
La estrepitosa derrota electoral de los republicanos estadounidenses interrumpió abruptamente una oleada de derecha extrema, temible por sus propuestas políticas, económicas y antisociales, y también por la adopción de una modalidad de liderazgo insensible a las necesidades humanas, indiferente frente a las carencias de amplios sectores de la sociedad, y hasta cruel en la apreciación y uso de las fuerzas armadas para resolver conflictos internacionales.
Hasta hace pocos días, una sensación generalizada de impotencia frente al desbalance político abrupto originado por los votantes de cada país, al virar de un centro-izquierda a una derecha extrema o a un anarcocapitalismo, crecía ante un futuro teñido de rasgos de autoritarismo similares a los reconocidos en la figura del presidente Donald Trump.
El pueblo norteamericano, más sólido en cuanto a la preservación de sus instituciones, fue el primero en reaccionar frente a los desatinos de Trump e imitado por jefes de estado de otras naciones. El apabullante triunfo de los demócratas no dejó dudas respecto del desacuerdo colectivo con la administración republicana que, ahora, encontrará un freno más potente en cuanto a las decisiones, nacionales e internacionales, del Poder Ejecutivo.
La reacción electoral fue contundente al rechazar el curso económico en cuanto al costo de vida, la caída del consumo, el valor de los combustibles, y especialmente la guerra contra Irán, sobre la cual Trump nunca esperó la aprobación del Congreso. Sin embargo, algunas mediciones post electorales señalaron que el repudio generalizado a Trump estuvo focalizado en el nivel de corrupción ostentosa del magnate y sus allegados.
La peor consecuencia para los republicanos fue perder el capital generacional dentro del movimiento MAGA, donde la huida de los jóvenes, en repudio a los “negocios” personales del presidente Trump y al “enriquecimiento sin límites” de los dirigentes tecnológicos que lo acompañan, fue de enorme importancia a la hora de militar el voto republicano. Muchos se refugiaron sin titubeos en los ámbitos demócratas.
El modelo de liderazgo de la derecha extrema replica sus comportamientos en diversos puntos del planeta, donde las sociedades -cada una a su manera- exhibieron sus anticuerpos para neutralizar los excesos en el manejo del poder de estos líderes cuestionados.
Hungría fue el primero en demostrar que, electoralmente, se podía desalojar a Viktor Orbán del poder autocrático con sus propias reglas, después de 16 años de gobierno ininterrumpido. El opositor Peter Magyar nació de las costillas de Orbán, se fue dos años antes de la elección y pasó a ser su principal opositor, con la ventaja de conocer exactamente las debilidades de su jefe.
Son inocultables las resistencias a la extrema derecha por parte de derechas liberales genuinas, que actúan como barreras en Europa. Por ejemplo, Serbia se convirtió en un modelo de cambio de liderazgo por parte del Partido de los Estudiantes, un agrupamiento nuevo conformado por estudiantes universitarios dispuestos a establecer una nueva metodología de selección de candidatos y de organización interna. Se inclinaron por imponer un “poder horizontal”, regido sin líderes y por consensos absolutos, a lo que sumaron la declinación de los mismos estudiantes para candidatearse en esas elecciones, además de designar candidatos probos e intachables, y sobre todo de gran formación profesional.
Los cambios contemporáneos tienen la particularidad de surgir, a veces, de hechos aparentemente menores. En Serbia cayó un cartel y mató a más de una docena de personas por inoperancia de una empresa favorecida por el gobierno en una licitación. La reacción popular surgió así “contra la corrupción” hace casi dos años y se extendió hasta la elección presidencial de octubre pasado cuando el movimiento estudiantil serbio derrotó al partido del presidente Aleksandar Vučić, poniendo fin a 14 años de dominio político autoritario de derecha extrema. En general, se identifica a este triunfo como una “victoria histórica”, que ahora deja un precedente importante para el resto de Europa.
Las elecciones en Israel fueron otra muestra de rechazo al autoritarismo ejercido por el ultraderechista Benjamín Netanyahu, quien consiguió 52 escaños en la elección de la semana pasada pero no pudo obtener el respaldo del partido judío ortodoxo para continuar gobernando, en tanto que su principal opositor consiguió 50 escaños y el apoyo de dos partidos árabes que lograron, por primera vez, 17 asientos parlamentarios. Los 67 escaños son más que suficientes para que Gadi Eisenkot sea designado primer ministro por el presidente de Israel Isaac Herzog.
En el último ballotage de Brasil, el candidato de derecha extrema Flavio Bolsonaro -ganador de la primera vuelta- fue derrotado con contundencia por Ignacio Lula Da Silva, de orientación centro izquierda. Lula será presidente de Brasil por cuarta y última vez, después de remontar la primera vuelta y lograr una diferencia de 4,5 millones de votos. Bolsonaro decidió huir por la frontera argentina para no enfrentar causas judiciales sobre lavado de dinero. Menos virulento que su padre, actualmente detenido en su domicilio, acusado y condenado por intentar un golpe de estado contra Lula, Flavio Bolsonaro fue muy efusivo en la campaña electoral previa a los comicios, aunque no explicitó las medidas económicas que tomaría. El libreto hubiera sido el mismo que despliega actualmente en Argentina el presidente Javier Milei.
Precisamente Milei, se está consagrando en la historia argentina por su calidad de insultador serial, un ordinario comportamiento social, propuestas de odiar de manera extraordinaria a todos los periodistas, y rechazar con lenguaje procaz las expresiones que disienten con su pensamiento. El autoritarismo de Milei no necesita ser reflejado en esta nota, es a todas horas visto, tanto como su irascibilidad es evidente en las presentaciones frente a públicos amigos, o no concordantes. Los aplausos del auditorio deberían ser explicadas por los asistentes.
Este jefe de estado, que tiene mandato hasta 2027, últimamente ha protagonizado escándalos mal aceptados en partidos políticos de otras naciones del planeta. La injerencia en cuestiones extra nacionales es leída, desde hace siglos, como un modo de mala educación e intromisión indebida no pedida por sus pares de derecha, a quienes ya hasta molesta y compromete su presencia.
Milei se autopercibe como un anarcocapitalista destacado dentro del espectro de extrema derecha, es decir, el último eslabón de la cadena de matices. Las apariciones del presidente argentino en estadios de rock resultan relativamente apreciadas por la energía estudiantil de este hombre de 57 años, que intenta identificarse con las generaciones más jóvenes. La caída de los niveles de aprobación del mandatario argentino es reflejo de la fragilidad de la economía en los estamentos productivo, laboral, social, de salud y educación, que prevalecen por sobre su entusiasmo acerca de los avances en la macroeconomía.
Los elogios y respaldos de Milei hacia candidatos extranjeros se han convertido en señales de mal augurio. El escándalo reciente en Paraguay, donde el presidente Santiago Peña está siendo juzgado y expuesto a una destitución, es un dato importante luego de que el mandatario argentino señalara que el modelo económico en el país vecino era un ejemplo internacional. En realidad, es un ejemplo de pésima administración, robo y defraudación descomunal a tres millones de paraguayos, un hecho más grave incluso que la hecatombe vivida en Argentina en el año 2001.
Como corolario, cabe preguntar: ¿El modelo económico de la extrema derecha es malo? ¿El modelo de los “zurdos” o socialistas, experimentado a principios de este siglo es malo? ¿La cuestión es profundamente ideológica en ambos casos? ¿El neoliberalismo es contraproducente? ¿El modelo del estado de bienestar perdió vigencia, al igual que el estado de derecho?
Los interrogantes flotan sobre una capa sucia, oscura, mugrienta, maloliente, que deja al descubierto una sola razón válida para explicar los más graves hechos políticos, y las derrotas electorales: la corrupción.
La codicia humana que reclama cada vez más bienes materiales, dinero, negocios, enriquecimiento desmedido, y poder político para obtener cada vez más riqueza personal y grupal, es la más grave enfermedad que afecta a la política global y genera aún más pobreza en el mundo
Aristóteles dijo: “Las ambiciones de los hombres y su deseo de sacar ganancia son de las causas más frecuentes de los actos deliberados de injusticia. La gente que pone una suma de dinero para conseguir un cargo se acostumbra, no es de extrañar, a esperar algo a cambio”.
¿Cómo cortamos este ciclo que se repite?
https://www.parlamentario.com/2026/11/06/que-esta-pasando-con-los-lideres-de-la-extrema-derecha/
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