Emilio Monzó volvió a hacer lo que mejor sabe: moverse antes de que el resto termine de ordenar el tablero. Mientras Javier Milei y el kirchnerismo siguen ocupando los extremos de la escena, el ex presidente de la Cámara de Diputados trabaja sobre una hipótesis distinta para 2027: que exista espacio para una alternativa de centro, con figuras provenientes de fuera de la política tradicional y con capacidad de sumar a sectores del peronismo, el radicalismo y el viejo universo de Juntos por el Cambio. En ese esquema aparecen con fuerza los nombres de los empresarios Jorge Brito y Daniel Hadad.
El papel no le resulta ajeno. Monzó construyó buena parte de su carrera como armador y negociador: pasó por la UCeDé y el peronismo, fue intendente de Carlos Tejedor, ministro bonaerense durante la gestión de Daniel Scioli y luego una pieza clave del PRO que llevó a Mauricio Macri a la Presidencia en 2015.
Entre 2015 y 2019 presidió la Cámara de Diputados y se convirtió en uno de los principales articuladores políticos de Cambiemos en un Congreso sin mayoría propia. Alejado después de la conducción macrista y creador del Partido del Diálogo, hoy vuelve a ocupar ese lugar de mediador en las sombras, pero con una ambición distinta: ayudar a construir una opción presidencial que vuelva a colocar al centro político en competencia en un mundo atrapado en la polarización.
—¿Cómo analiza el impacto de las elecciones de los últimos días en Brasil, Estados Unidos e Israel?
—La verdad es que no lo miro desde el punto de vista de las ideologías tradicionales. Para mí, en Estados Unidos volvieron a encenderse, a partir del resultado electoral, las luces del faro de Occidente, de lo que significaron la Ilustración y el liberalismo. El liberalismo en el sentido literal de la palabra, no lo que estamos viendo hoy en la Argentina.
Ese resultado, y también el de Lula, pero especialmente el de Estados Unidos, me generó una alegría muy grande porque siempre admiré a ese país desde ese punto de vista. La aparición de Trump manchó y apagó esa luz que mirábamos con admiración. Su derrota es un alivio. Por eso celebro mucho el resultado electoral. Y también el de Lula, que para mí tiene la misma implicancia, aunque no la misma trascendencia por lo que significa Estados Unidos. En la Argentina tiene que ver con los mismos criterios y valores.
—¿Se puede hablar de algún tipo de techo para las posiciones más extremas?
—Sí. Creo que las posiciones extremas tienen vencimiento, no pasan de una elección, gracias a Dios, y por eso terminan teniendo malos resultados. Sea un extremo de derecha o de izquierda, el centro se harta. Quizás electoralmente consiguen resultados, pero cuando gobiernan con esa filosofía y no moderan sus actitudes, generalmente les va mal.
Espero que esto se traslade también a la Argentina. Que el año que viene los argentinos nos despertemos y terminemos con esta autocracia que se lleva adelante en la figura de Milei. Y que también a Milei le sirva como ejemplo de que las relaciones con otros países tienen que ser de Estado y no personales, porque hipotecamos mucho más que el futuro de un Presidente de la Nación jugando de esa manera.
—¿Por qué piensa que la gente tuvo tanta paciencia con un gobierno que habla permanentemente de ajuste y avanzó sobre sectores vulnerables, como las personas con discapacidad?
—Porque hubo muchos años de populismo económico. Creo que la gente se hartó de una manera de manejar la economía basada en imprimir o emitir dinero sin respaldo, generando una sensación momentánea de bienestar e incrementando las deudas. Es como una casa: no podemos vivir bien emitiendo cheques sin fondo porque en algún momento vencen y hay que pagarlos. Eso fue obsceno por parte de los gobiernos anteriores y le hizo mucho daño a la Argentina.
Además se cruzó el COVID. Y la juventud reaccionó frente a las restricciones de aquella época, fue un voto reactivo, de indignación, una expresión de libertad frente a los políticos que la habían restringido.
Ahora la Argentina no puede pasar del populismo de la emisión al dogmatismo del ajuste. Durante años confundimos imprimir dinero con generar riqueza. Pero en este punto corremos el riesgo de confundir cualquier recorte del gasto con una buena administración. Necesitamos responsabilidad fiscal, pero también inteligencia para administrar. El equilibrio fiscal es indispensable, pero no es un programa de desarrollo. La estabilidad tiene que transformarse en inversión, producción, empleo y mejores salarios. La Argentina no va a salir adelante si no tiene un Estado inteligente, que tenga en cuenta las consecuencias sociales y económicas y también los problemas de competitividad de las empresas. Hay que terminar con privilegios, pero también generar condiciones para competir internacionalmente. En la Argentina tenemos al único presidente del mundo que no defiende al empresario argentino.

Macri, Axel Kicillof y los nombres que buscan ocupar el centro
—Milei ubica al gobierno de Mauricio Macri entre los ejemplos de populismo. ¿Cuánto coincide?
—Creo que la conciencia del equilibrio fiscal y de la responsabilidad fiscal la inicia Mauricio Macri. No tengo ninguna duda. Tenía mucha decisión de lograr ese equilibrio, pero el contexto era distinto. Veníamos de un kirchnerismo que se fue muy fuerte y ese aliento nos persiguió durante los cuatro años. En este sentido, tengo algunas diferencias con las elecciones intermedias porque condicionan mucho a los gobiernos. Mauricio tenía la decisión de buscar el equilibrio fiscal, pero cuando aumentaban las tarifas la opinión pública inmediatamente se corría hacia el lado contrario.
La licencia que tuvo Milei para hacer el ajuste es única. Por eso hay que observarlo bien. Y me preocupa que estemos entrando en el tercer período de recesión, porque ajustó brutalmente sin tener en cuenta las consecuencias sociales. La gente le dio licencia para hacerlo, pero hoy explotan la minería, la energía y el agro y, al mismo tiempo, estamos en el tercer período de recesión. Creo que el plan de Milei es dogmático: es ajustar, pero no gobernar.
—¿Cómo ve hoy a Macri?
—Me gustaría verlo más parado en el centro. Creo que es una persona de centro. Lamentablemente, una parte de la dirigencia del PRO se ha extremado y sufre algo parecido a lo que le ocurre al Partido Popular en España, pero de manera más grave: acá el extremo absorbió a la centroderecha. Nosotros vendríamos a ser el PP y ganó (el líder de VOX, Santiago) Abascal, que sería Milei. El PRO se diluye porque, cuando te acercás a los extremos, te funden. No podés acercarte al kirchnerismo y no ser kirchnerista ni acercarte al mileísmo y no ser mileísta. Apenas te aproximás al polo, fundís tu propia identidad. Creo que Mauricio Macri todavía tiene una identidad muy fuerte como hombre moderado, prudente y de centro, pero el acercamiento a Milei no le hace bien.
—Han surgido varios nombres que buscan posicionarse por el centro, como Daniel Hadad, Jorge Brito o Dante Gebel. ¿Son figuras que pueden complementarse?
—No son todos lo mismo. A Dante Gebel lo respeto por su profesión, pero creo que no tiene los atributos para ser presidente de la Nación. A Daniel Hadad y Jorge Brito los conozco y creo que tienen condiciones para ejercer. Conocen el Estado, conocen los problemas del país, invierten en la Argentina y se preocupan y ocupan de los problemas locales.
Yo no miro a alguien como outsider simplemente porque venga de afuera de la política. La condición es que tenga experiencia y conocimiento del Estado. Y ambos tienen condiciones.
¿Es uno o el otro? Pueden ser los dos. Ojalá haya PASO para que la sociedad pueda discernir quién tiene la preferencia de los ciudadanos. Y me gustaría que se ampliaran esas primarias: que participe también el radicalismo, Martín Lousteau y algunos gobernadores. Me gusta mucho lo que hizo Pullaro en Santa Fe y también Cornejo en Mendoza. Son figuras que integran el pensamiento del centro y sería muy bueno que participaran de una PASO de esas características.
—¿Imagina al peronismo, o a una parte del peronismo, dentro de esa construcción de centro?
—Siempre me gustó ese peronismo pragmático, de centro, donde me crié y me formé, y que después se extremó por distintas razones. Me gustaría que recuperáramos esa parte. Hay muchos peronistas que abrazan el centro.
El caso de (exgobernador y senador san juanino, Sergio) Uñac, que hoy aparece como precandidato a Presidente, refleja ese centro del peronismo. Y también algunos gobernadores, como (el pampeano, Sergio) Ziliotto. Eso es el centro: entender la complejidad del conjunto, en lugar de pensar que todos los que no opinan como el Presidente son “zurdos, hijos de puta”. Son todos argentinos. Ese es el perfil que quiero gobernando la Argentina.
—¿El kirchnerismo sería hoy el peronismo no pragmático?
—Si uno mira el kirchnerismo de origen, con (Julio) Cobos de vicepresidente y casi prohibiendo el folclore peronista en el Luna Park, era muy pragmático. Fijate hasta qué punto que podía contener a Daniel Scioli, Alberto Fernández y Sergio Massa. Era un kirchnerismo que en épocas electorales se corría al centro. Hoy estamos frente a un kirchnerismo más dogmático, producto también de la interna de su propia casa con Axel Kicillof. Hoy al gobernador no lo veo pragmático ni como el peronismo con el que me acostumbré a conversar y dialogar. Creo que está parado casi igual que Milei: en un dogmatismo universitario pre-Muro de Berlín.
—Ustedes han tenido reuniones con Kicillof y en algún momento dijeron que, si mostraba voluntad de ir hacia otro lugar, podía ser competitivo.
—Es una muy buena persona y tenemos una buena relación personal, pero es muy dogmático en su pensamiento. El mundo cambió muchísimo como para estar parado en una ideología tan dura como la que hoy tiene Axel Kicillof.
—¿Cree que lo hace para forzar la polarización con Milei o porque no termina de separarse del kirchnerismo y de Cristina?
—Me gustaría que lo hiciera por eso, porque significaría que en realidad piensa distinto. Pero es más complejo: es genuino. Él realmente piensa así. Y para mí es una preocupación que pueda asumir la Presidencia de la Nación alguien con tanto sesgo dogmático y sin pragmatismo.

—Cristina Kirchner dijo en una entrevista con The Washington Post que no descartaría volver a ser candidata si se revirtiera su inhabilitación. ¿Sigue siendo una potencial candidata?
—Cristina sigue siendo candidata. No lo digo yo, lo dicen las encuestas. Sigue siendo una figura importante de la Argentina, con una intención de voto muy relevante, en un país donde Milei no va a ganar en primera vuelta. Eso descartémoslo. Puede llegar a 30 puntos y, por los votos que tiene hoy, podría pelear un balotaje.
—¿Es paradójico que una de las principales figuras políticas esté presa?
—En Brasil, Lula estuvo preso y hoy es presidente reelecto. Hay una parte de la sociedad que está agradecida con Cristina, que la admira y que continúa mirándola como una proyección política. Milei y compañía se equivocan cuando hablan del riesgo de Cristina. Si Cristina fuera todo lo que dice Milei, no tendríamos “Riesgo Kuka”. El riesgo es Milei. “Los que vendrán te harán mejores”, me decía mi padre. Si los que vienen son peores, la gente recurre a la memoria, al pasado, y recuerda quiénes fueron las figuras que más la ayudaron.
El problema de Milei es Milei, no el “Riesgo Kuka”. Es muy fácil ponerle el riesgo al otro cuando uno tiene la responsabilidad de gobernar. Eso hacen los populismos: echarle la culpa al otro. Y en Milei es permanente.
El “riesgo Milei”, los empresarios y el desencanto de los jóvenes
—El riesgo país superó los 900 puntos esta semana pese a que Milei avanzó con ajuste, beneficios impositivos para inversiones y una reforma laboral. ¿Cuál es el riesgo que representa para el mercado?
—Quien ve actuar a Milei, aunque sea un empresario al que le haya ido muy bien, puede sentir algunas alarmas por su carácter, su temperamento y su equilibrio emocional. Un país necesita equilibrio fiscal, obviamente, pero también equilibrio institucional, porque eso da garantías y seguridad, y equilibrio emocional de las personas que están a cargo del Gobierno. Esos tres equilibrios son fundamentales y hay dos que Milei no cumple. Por eso empieza a ser un problema también para el empresariado.
Su actitud, la falta de respeto por las formas y las instituciones, empiezan además a erosionar su electorado. Miraba una encuesta que mostraba algo muy llamativo: Milei tuvo un origen muy fuerte entre los jóvenes, que reaccionaban contra el establishment político simbolizado por la motosierra, pero ahora los jóvenes de 16 a 24 años aparecen como el grupo con peor imagen del Presidente.
Los mismos que lo apoyaron para llegar hoy empiezan a correrse. Me gusta una palabra que usan los chicos: Milei hoy da cringe. La juventud ve que no tiene futuro con esta gestión. Y ojo con eso, porque a la juventud no la recuperás fácilmente. Es reactiva y esto debería ser un llamado de atención.

—Pero muchas de las candidaturas que se mencionan para ocupar el centro provienen de la política o de mundos cercanos. ¿Cómo se vuelve a seducir a los jóvenes que apostaron por alguien distinto?
—Los chicos buscan gente que encuentre soluciones a sus problemas. Lo que hizo el Gobierno con las universidades los afectó mucho, no solo por las formas. Cuando hacés un ajuste podés sacar un gasto del Presupuesto, pero el costo en la economía sigue existiendo. Podés ajustar a la universidad, pero dejás de formar una generación y trasladás un costo hacia el futuro. Cuando no mantenés la obra pública pasa lo mismo. Son costos que en algún momento el Estado va a tener que pagar.
¿Cómo se ven reflejados los jóvenes? En la universidad, en sus padres que no llegan a fin de mes, en sus abuelos que tienen que decidir si compran medicamentos. Quizás también creyeron en la dolarización. Y, además, aparece la revolución digital y la inteligencia artificial, con muchos jóvenes estudiando carreras cuyo futuro hoy ponen en duda.
A todo eso no le podés agregar motosierra y ruido. Le tenés que agregar reflexión, inteligencia y pausa. La reacción ya la expresaron en la elección anterior. Ahora van a buscar gente con capacidad para gestionar.
—Lula armó en Brasil una alianza que fue mucho más allá del Partido de los Trabajadores e incorporó incluso antiguos adversarios. ¿Imagina un gran frente anti-Milei en 2027?
—No anti-Milei. Sí imagino un gran frente contra los valores que acabo de describir. Tuvimos un bloque de Juntos en el Congreso donde convivían socialistas, la Coalición Cívica y sectores de Hacemos. Sueño con un bloque de esas características. Nos unen valores con los que nos formamos: la República, un capitalismo con sensibilidad social, equilibrio fiscal con sensibilidad social y la educación como ascensor social en la Argentina. Hoy parecen conceptos de izquierda frente a esta extrema derecha, pero son conceptos de centro. La centroderecha y la centroizquierda tienen que estar juntas en esta elección.
Y también miro mucho la parte emocional de quien vaya a ser presidente. Quiero una persona templada, normal, que tenga una familia, hijos que la interpelen. Para mí esos son atributos importantes para un presidente de la Nación.
—Si algo se puede destacar de Milei es que nunca ocultó quién era. Se mostró tal cual es y la gente lo eligió.
—Eligió ese perfil. Los jóvenes lo eligieron para romper. Después Sergio Massa lo eligió para romper a la centroderecha y la centroderecha lo eligió para romper a Massa. Siempre lo elegimos para romper. ¿Y qué es Milei? Una persona que rompe, que destruye. Si le sacás la motosierra y le cambiás las herramientas, no las va a usar. De eso no nos podemos quejar: votamos auténticamente a una persona para romper. Pero la Argentina que viene es una Argentina para construir, y él no tiene la personalidad para hacerlo.

—En algún momento se habló de noviembre como un mes para empezar a definir candidaturas de centro, como Hadad o Brito. ¿Puede haber novedades en el corto plazo después de los retrocesos de gobiernos de derecha en otros países?
—El que precipita este diálogo electoral es el propio Presidente de la Nación por los riesgos que genera su figura. De otra manera hoy estaríamos hablando de otras cosas. Las candidaturas las veo expresándose entre febrero y marzo del año que viene. Por supuesto que lo que pasó en Estados Unidos es un aliciente para los moderados, los prudentes y la gente de centro. Ganó el centro en Estados Unidos y ganó el centro en Brasil. Eso va a generar más entusiasmo. Es bueno para el mundo que se haya frenado a Trump y es bueno para la Argentina que miremos ese faro y tratemos de imitarlo el año que viene.
—¿Cómo piensa que puede influir la visita del Papa en el escenario político argentino?
—Es la misma correlación de estas elecciones. Si faltaba algo, es que venga el Papa. Si miro su encíclica y el Papa expresa y refleja ese mensaje, sería maravilloso para la Argentina. Ojalá nos hable mucho de paz, de unidad y de sensibilidad con los que menos tienen.
—El Gobierno cree que la visita no se va a politizar. Incluso ahora impulsa una ley para las personas con discapacidad.
—Bienvenido sea que reaccionen, aunque sea por la visita del Papa. Es importante para la gente que menos tiene que el Estado esté presente y no ausente.
—¿Lo ve como un giro genuino o solamente pragmático?
—No me importa de dónde salga mientras se ayude a la gente. Me imagino que es más pragmático que genuino, pero bienvenido sea, porque la gente necesita la ayuda del Estado.
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