Hay heridas que creemos que nunca podremos perdonar. Una traición, una mentira, una decepción que llega de alguien en quien confiábamos o unas palabras que todavía duelen cuando las recordamos. También están esos errores propios que nos acompañan durante años y que, por mucho tiempo que pase, seguimos reprochándonos. Nos convencemos de que hay cosas imperdonables, de que jamás podremos mirar lo sucedido de otra manera. Pero la vida, a veces, nos sorprende.
© Getty ImagesPorque lo que un día parecía imposible de aceptar termina perdiendo parte de su peso. No necesariamente olvidamos ni recuperamos la relación con quien nos hizo daño, pero algo cambia dentro de nosotros. Dejamos de darle vueltas a lo ocurrido, de buscar explicaciones o de imaginar cómo habrían sido las cosas si hubiéramos actuado de otra manera.
De esa capacidad humana para transformar nuestra relación con el pasado habla una reflexión atribuida a la escritora canadiense Alice Munro, premio Nobel de Literatura en 2013: «Solemos decir que hay cosas que no se pueden perdonar, o que nunca podremos perdonarnos. Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos a todas horas». Y nos llama la atención la última frase. ¿De verdad perdonamos a todas horas sin ser conscientes? De todo ello hablamos con el psicólogo segoviano José Martín del Pliego.
© Getty Images¿Quién fue Alice Munro?
Alice Munro (1931–2024) fue una escritora canadiense considerada una de las grandes maestras del relato contemporáneo. En 2013 recibió el Premio Nobel de Literatura por una obra que explora, con extraordinaria sensibilidad, las relaciones humanas, los conflictos familiares, la memoria y las contradicciones de la vida cotidiana.
Sus historias están pobladas de personajes aparentemente corrientes que se enfrentaban a decisiones difíciles, pérdidas, secretos y sentimientos que no siempre sabían explicar. En sus relatos, las personas podían amar y hacer daño, arrepentirse y volver a equivocarse. Quizá por eso sus reflexiones sobre la condición humana siguen despertando tantas preguntas.
© Getty Images¿Por qué perdonamos cosas que creíamos imperdonables?
Cuando sufrimos una experiencia dolorosa, es habitual que nuestras emociones condicionen la manera de interpretarla. La rabia, la tristeza o la decepción pueden hacernos sentir que jamás conseguiremos superar lo ocurrido.
Sin embargo, lo que sentimos inmediatamente después de una herida no tiene por qué ser lo mismo que sentiremos años después. Nuestras circunstancias cambian, adquirimos nuevas experiencias y, en ocasiones, somos capaces de comprender lo sucedido desde una perspectiva diferente.
El psicólogo José Martín del Pliego explica que el perdón puede surgir como resultado de un proceso de elaboración emocional que no siempre es consciente. Según señala, nuestro sistema nervioso continúa procesando las experiencias dolorosas incluso cuando no estamos pensando deliberadamente en ellas. De ahí que, en ocasiones, descubramos que hemos conseguido perdonar algo sin saber exactamente cuándo ni cómo ocurrió.
«El hecho de sentir que hemos perdonado es que ya no nos está afectando aquello que nos hicieron porque ya lo hemos soltado», explica el especialista. En su interpretación, la intensidad del rencor o de la amargura puede disminuir a medida que elaboramos emocionalmente lo sucedido.
Y eso también ayuda a entender la expresión «lo hacemos a todas horas»: Munro estaría aludiendo a esos cambios internos que pueden producirse sin que tomemos la decisión consciente de perdonar.
© Getty Images¿Qué cuesta más, perdonar a los demás o perdonarnos a nosotros mismos?
A veces somos mucho más comprensivos con las equivocaciones ajenas que con las propias. Podemos entender que un amigo se haya equivocado, pero seguimos reprochándonos durante años una decisión que tomamos sin conocer sus consecuencias.
Para José Martín del Pliego, perdonarnos a nosotros mismos puede resultar especialmente difícil porque entra en juego la culpa. El psicólogo explica que, en algunas personas, esta emoción está relacionada con patrones aprendidos durante la infancia, cuando intentaban adaptar su comportamiento para conseguir la aceptación y el cariño de sus figuras de referencia.
Cuando esa tendencia a culpabilizarse se mantiene en la edad adulta, los errores propios pueden vivirse con una dureza desproporcionada. La culpa se convierte entonces en una respuesta emocional persistente de la que resulta difícil desprenderse.
Sin embargo, reconocer nuestra responsabilidad no debería confundirse con condenarnos indefinidamente. Aprender de un error, reparar el daño cuando sea posible y aceptar que no podemos cambiar el pasado son procesos diferentes de castigarnos una y otra vez.
© Getty Images¿Qué papel tienen el tiempo y la empatía en el perdón?
El paso del tiempo puede ayudarnos a contemplar lo ocurrido con mayor distancia emocional. Martín del Pliego explica que, cuando el dolor está muy presente, resulta especialmente difícil comprender las razones o circunstancias de quien nos ha hecho daño.
«Al principio no se puede porque hay una activación muy fuerte», señala. Sin embargo, cuando esa intensidad emocional disminuye, puede resultar más sencillo ponerse en el lugar del otro ydesarrollar cierta empatía.
Esto no significa que el tiempo lo cure todo ni que necesariamente terminemos perdonando. Pero, en determinadas circunstancias, esa distancia nos permite revisar lo sucedido sin sentirnos tan desbordados como al principio.
© Getty Images¿Es necesario perdonar para superar una experiencia dolorosa?
Existe una idea muy extendida según la cual, para cerrar una herida, necesariamente tenemos que perdonar. Pero el proceso emocional es más complejo.
José Martín del Pliego insiste en que no siempre es imprescindible perdonar para superar una experiencia dolorosa. Una persona puede elaborar lo sucedido, recuperar su bienestar y, aun así, decidir que no quiere volver a tener relación con quien le hizo daño.
«Es compatible el que se haya podido soltar eso que me está pasando, es compatible con que se mantenga cierta tendencia a mantener lejos a la otra persona», explica el psicólogo.
Podemos recuperar la tranquilidad sin reconciliarnos con quien nos hizo daño. También podemos comprender las circunstancias de otra persona sin justificar su comportamiento ni permitir que vuelva a perjudicarnos.
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