
Hay una fotografía de 1991 que explica mejor que cualquier texto lo que fue Antonio Navarro Wolff, quien murió el domingo pasado en Bogotá. En ella aparecen los tres copresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente; Horacio Serpa, por el liberalismo; Álvaro Gómez Hurtado, por el Movimiento de Salvación Nacional, y Navarro, por la Alianza Democrática M-19.
Lo extraordinario no es la foto, sino los antecedentes de los tres protagonistas. Apenas tres años antes, en 1988, el M-19 había secuestrado a Álvaro Gómez. Navarro, por su parte, caminaba con una prótesis desde que en 1985 un militar le lanzó una granada en una cafetería de Cali. Y, sin embargo, ahí estaban el exguerrillero y el dirigente conservador al que su organización había privado de la libertad, compartiendo la mesa donde se escribió el pacto que todavía nos rige como sociedad.
De Navarro se pueden decir muchas cosas, entre esas, que fue ministro de Salud, alcalde de Pasto, gobernador de Nariño y senador; que manejó lo público con una rectitud poco común y con una obsesión por ejecutar; que nunca traicionó el Acuerdo de Paz que firmó en 1990. Pero, en una especie de homenaje, quiero detenerme en dos rasgos que hoy escasean en la política nacional y que necesitamos con urgencia. El primero es su capacidad de ver en el otro a un adversario y no a un enemigo. El segundo, su talento para convertir ese reconocimiento en acuerdos que nos permitieron avanzar como sociedad.
Adversario, no enemigo
La ciencia política tiene una distinción que parece de diccionario, pero que define si una democracia sobrevive o no. Chantal Mouffe, filósofa belga, enmarcó que al enemigo se le quiere eliminar, mientras que al adversario se le quiere derrotar, pero se le reconoce el derecho a existir, a pensar distinto y a volver a intentarlo. Con el enemigo no hay política posible, solo guerra y aniquilación. Con el adversario hay competencia, debate y, eventualmente, acuerdo.
Navarro conoció los dos lados de esa frontera. Vivió la lógica del enemigo en la clandestinidad y la pagó con su cuerpo. Por eso su paso a la democracia no fue solo un cambio de método, sino de mirada. Cuando asesinaron a Carlos Pizarro, en abril de 1990, semanas después de la firma de la paz, habría sido comprensible que el M-19 volviera a las armas. Navarro asumió la candidatura presidencial y siguió adelante en paz. Meses después, su lista obtuvo cerca de una cuarta parte de los votos a la Constituyente.
Los politólogos Levitsky y Ziblatt denominan “tolerancia mutua” al hecho de aceptar que el rival es legítimo, que ama a su país tanto como uno y que, si gana, tiene derecho a gobernar. En su estudio sobre cómo mueren las democracias, esa norma no escrita aparece como uno de los dos guardarrieles que las sostienen. Navarro la practicó a lo largo de su vida pública posterior a dejar las armas. Para él, el conservador, el liberal o el empresario no eran obstáculos que remover, sino colombianos con ideas, intereses y derechos iguales a los suyos.
Principios firmes, posiciones flexibles
Reconocer al otro es el punto de partida de cualquier democracia que se precie de ser liberal o moderna. Lo difícil viene después cuando se trata de sentarse con él y llegar a un acuerdo concreto. En la Constituyente, la AD M-19 tenía la bancada más grande después del liberalismo, pero no la mayoría. Ninguno de los tres sectores podía imponer su Constitución. El resultado fue un texto que mezcla la carta de derechos y la tutela con la descentralización, la independencia del Banco de la República y nuevos mecanismos de participación. Entre los aportes que se le atribuyen a Navarro está la segunda vuelta presidencial, que obliga a quien gane a construir mayorías más allá de su propio campo.
La teoría de la negociación denomina a lo que Navarro hacía de manera intuitiva como un principio esencial para tener éxito y es el de separar los intereses de las posiciones. La posición es lo que uno dice que quiere, el interés es lo que de verdad le importa. Quien confunde las dos convierte cada punto en una cuestión de honor y no cede nada. Navarro sabía qué no estaba dispuesto a negociar, cuáles eran sus puntos de honor, como la suerte de los más pobres, la paz, la participación ciudadana, los derechos humanos. Todo lo demás, el cómo, el cuándo, el cuánto, podía discutirse. Había en él algo de ingeniero, que era su profesión original, y que lo caracterizo en sus cargos públicos, el principio de que las cosas se diseñan para que funcionen, no para que luzcan bien.
El vacío que deja
Navarro era, como escribió La Silla Vacía al registrar su muerte, quizás el último sobreviviente de una generación que debatía grandes ideas sin dejar de reconocerse. Su partida coincide con un momento en que ese tipo de liderazgo escasea, y el costo se nota en nuestra democracia.
Los estudios del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes, con base en el Barómetro de las Américas, han mostrado durante años que la mayoría de los colombianos se ubica en el centro ideológico, y el país es más de centro que buena parte de América Latina. La polarización, concluyeron sus investigadores, golpea con más fuerza a los políticos que a los ciudadanos, y en el tema de paz fue impulsada desde arriba, por las élites.
También hay otra conclusión, un poco más preocupante, lo que crece no es tanto la distancia entre lo que pensamos, sino la antipatía hacia quien piensa distinto. La llamada polarización afectiva. Un análisis de las presidenciales de 2022, publicado en la revista Análisis Político, encontró que en las consultas y en la segunda vuelta predominó justamente esa forma emocional de polarización. Y mientras tanto, la satisfacción con la democracia se desplomó: según el mismo Barómetro, pasó de 56,6% en 2008 a 29% en 2018.
Lo que nos queda por hacer
El mejor homenaje a Navarro no es repetir su biografía, sino recuperar su método. Escuchar antes de responder. Suponer que el otro tiene razones, aunque no las compartamos. Distinguir lo que no se negocia de lo que sí. Recordar que el contradictor de hoy es el socio posible de mañana, y que en un país como este nadie gobierna solo.
Detrás de todo eso hay una idea sencilla, la misma que inspiró la Constitución que ayudó a escribir y es que todos somos iguales. No solo ante la ley, sino ante la condición humana. El que vota distinto también madruga, también tiene miedo, también quiere que a sus hijos les vaya mejor.
Navarro había empuñado las armas y eligió dejarlas. Había sobrevivido a quienes lo querían muerto y eligió no odiar. Se sentó al lado del hombre que su organización había secuestrado y juntos escribieron las reglas de todos. Antonio dio y fue ejemplo, ahora, no hay excusa para que nosotros no podamos hablarnos.
https://www.lasillavacia.com/red-de-expertos/red-social/tres-sillas-y-un-pais-lo-que-nos-deja-antonio-navarro/
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