
«La salvación por medio de la separación»: así define R. C. Sproul la doctrina de la salvación según los fariseos. Esta breve frase sintetiza bien su enseñanza y práctica. Déjame explicarlo con un ejemplo de higiene personal.
Nos lavamos las manos cuando las tenemos sucias y procuramos no ensuciarlas de nuevo. ¿De qué sirve lavarnos las manos con agua y jabón por un buen tiempo, si inmediatamente después tocamos todo en un baño público? La manera más práctica de mantenerse limpio es evitando el contacto con la suciedad. Así funciona la higiene física.
Uno de los problemas de los fariseos es que llevaron las implicaciones físicas de la higiene a la santidad espiritual: se creían limpios porque no tocaban lo sucio, se creían puros porque no se mezclaban con lo impuro, se creían santos porque no se relacionaban con los pecadores. De esto se trata la «salvación por medio de la separación» que ellos creían y, de hecho, suena bastante razonable. Sin embargo, Jesús desafía nuestra lógica humana.
Un choque de cosmovisiones
Lucas 15 registra uno de los choques más importantes entre la higiene espiritual farisaica y la santidad relacional de Jesús: «Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban para oír a Jesús. Y los fariseos y los escribas murmuraban: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”» (Lc 15:1–2). Es un choque de cosmovisiones y de teologías prácticas.
Para entender esta escena debemos recordar que uno de los grandes temas del Evangelio de Lucas es la lógica invertida del reino de los cielos: los valores y las jerarquías del mundo quedan trastocadas con la llegada de Cristo. Y este intercambio entre Jesús y los fariseos es una de las mejores ilustraciones de esta lógica.
Los valores y las jerarquías del mundo quedan trastocadas con la llegada de Cristo
También debemos entender este intercambio a la luz de la misión de Jesús: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» (Lc 5:31–32). A tal punto cumplió Su tarea, que los fariseos le llamaban: «amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores» (Lc 7:34).
Los pecadores y publicanos se sienten cómodos a Su lado y, al mismo tiempo, Jesús disfruta pasar tiempo con ellos. Es una relación de amistad mutua que nos infunde esperanza. En la escena de Lucas 15, son los publicanos y los pecadores quienes se acercan a Jesús. Es una acción voluntaria.
Los pecadores eran impuros espiritualmente y marginados por las autoridades religiosas de la época. Los publicanos eran los que traicionaron a su nación por un buen sueldo, personas llenas de vergüenza. Eran considerados por muchos como la escoria de la sociedad, un lamento para sus familias y la representación de todo lo despreciable.
Lucas nos dice claramente quiénes eran, qué hacían y, finalmente, para qué venían: para oír a Jesus. En medio de su necesidad, en su vergüenza, en su aflicción, en su convicción de pecado, los marginados se sentían libres para acercarse y oírle. Le tomaron la palabra al que dijo: «Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar» (Mt 11:28).
Los sucios y los “limpios”
El choque de Jesús contra la lógica de los fariseos expone una diferencia abismal entre dos tipos de personas en el mundo. El primer grupo, al que corresponden los publicanos y pecadores necesitados de perdón y redención, son aquellos que se acercan humildemente a su Ayudador.
Así como Jesús te llama a ser santo como Él, también te llama a ser amigo de pecadores como Él
El segundo grupo está conformado por quienes se creen sin necesidad de perdón ni redención y critican a Jesús con orgullo y soberbia. A este grupo pertenecen los escribas y fariseos, quienes acusaban a Jesús de impureza: «Este recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc 15:2). El autor Dane Ortlund señala lo irónico de este título injurioso:
Aunque las multitudes lo llaman «el amigo de los pecadores» como una acusación, el calificativo es de un consuelo indescriptible para aquellos que se saben pecadores. Que Jesús sea amigo de los pecadores solo es despreciable para aquellos que sienten que no están en esa categoría (Manso y humilde, p. 116).
En respuesta a esta acusación, Jesús relata las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo (Lc 15:1–32). Estas no están dirigidas solo a los «sucios», sino principalmente a aquellos que se consideran «limpios». Son historias que representan un reto directo a los valores de la higiene espiritual farisaica y también a los nuestros. Reta lo que es práctico, lo que es seguro. Desafía nuestra lógica humana.
El pastor que ama a la oveja perdida, la mujer que desea recuperar la moneda y el padre que ha perdido a su hijo siguen un mismo patrón: se sacrifican, se arriesgan y, al final, encuentran lo que se había perdido. Y en las tres parábolas, cuando lo perdido es encontrado, hay gozo, comida, fiesta y felicidad.
Jesús confronta a los fariseos por su falta de gozo y rechazo por los impuros y necesitados. Las tres parábolas de Jesús están llenas de imperativos a gozarse por el hallazgo de lo que se había perdido y, de una forma implícita, Cristo les reprocha a los fariseos su actitud contraria: «Les digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento» (Lc 15:7). A esto le llamo sarcasmo divino. ¿Acaso hay noventa y nueve justos? La respuesta es un contundente «no».
Jesús no está interesado en los que «ya son justos», solo vino por pecadores. Él no busca sanos, quiere sanar enfermos. ¡Por eso es el amigo de los pecadores! No le importa ensuciarse, arriesgarse o ponerse en peligro por el necesitado. Y a ti tampoco te debería importar hacerlo, con tal de amar al perdido como Jesús te ama.
El prototipo de amistad cristiana
Jesús es el prototipo de la amistad verdadera. Está en Su esencia misma, en Su naturaleza divina, el inclinarse a ayudar al pecador que reconoce su necesidad (Is 57:15).
Jesús no espera a que el pecador sea limpio para acercarse; sino que se acerca para limpiarle y da Su vida llamándolo «amigo»
Él es amigo del rechazado y marginado, de la que echó a perder su reputación, del que fue infiel, de la que lucha con la adicción y del que está solo. De todos ellos y de todos nosotros: Jesús es el amigo que rescata y disfruta de la compañía del que le busca. En nuestra imitación de Cristo, deberíamos ser iguales para con los hambrientos, los repugnantes, los avergonzados y los despreciados.
«Amigo de pecadores» no es solo una descripción pasiva, sino un ejemplo activo para el cristiano. Es un título que emana de Su identidad, de Su carácter; este es el testimonio de Su corazón, el centro de Su persona: Jesús es tierno, abierto, compasivo, misericordioso. Y así como Jesús te llama a ser santo como Él, también te llama a ser amigo de pecadores como Él.
El gran error de los fariseos fue asumir que la impureza espiritual de otros puede contaminar la pureza del corazón. Jesús demostró lo opuesto: Su gracia es más poderosa para limpiar que el pecado para hacer impuro. Al sentarse a la mesa con el pecador, el publicano y el marginado, demostró que Su pureza no quedaba comprometida.
Jesús no espera a que el pecador sea limpio para acercarse; sino que se acerca para limpiarle y da Su vida llamándolo «amigo». Y nos invita ahora a dejar atrás nuestra lógica humana e imitar Su santidad para que, como Él, nosotros también seamos amigos de pecadores.
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