
En los últimos tres años, he perdido la cuenta de cuántas veces he escuchado a alguien decir algo como: «Creo en Dios, pero estoy en contra de la religión organizada», «Soy espiritual, pero no soy religioso» o «Tengo fe, pero no necesito ser parte de una iglesia». Como señala Brad Edwards en The Reason for Church [La razón para la iglesia], los cristianos no evangelizan principalmente a los ateos, sino más bien a las personas que se muestran ambivalentes respecto a la religión organizada. Según un estudio de Pew de 2024, el sesenta y siete por ciento de los encuestados que se identifican como «sin ninguna creencia en particular» creen que existe algo espiritual más allá del mundo natural.
No todas las personas que se identifican como «espirituales pero no religiosas» tienen todo en común, pero algo que comparten es que, si bien suelen creer en un poder superior, la forma en que las personas se relacionan con él no requiere una religión organizada. Anhelan la trascendencia, pero han dejado atrás la religión institucional y han adoptado lo que Tara Isabella Burton llama «religión intuitiva».
Lo que hace atractivo este impulso es que promete liberarnos del nihilismo que conlleva la creencia de que este mundo es todo lo que hay, así como de las exigencias dogmáticas de la religión organizada. Si el materialismo frío ofrece autonomía, pero le cuesta proveer un significado, y la religión organizada ofrece significado, pero le cuesta proveer autonomía, entonces la espiritualidad no organizada promete tanto significado como autonomía.
Lo que pierde la religión privatizada
Las personas «espirituales pero no religiosas» comprenden, con razón, la importancia de la trascendencia y la imposibilidad de encontrar un significado absoluto cuando se quedan atrapadas en lo material. Lamentablemente, sin la durabilidad de la religión organizada, terminan experimentando un aislamiento espiritual.
Este aislamiento los obliga a responder preguntas de importancia fundamental, ya sea por sí mismos o en comunidades que no tienen la capacidad para abordar tales preguntas. Es más, este aislamiento, sin quererlo, le resta valor a la experiencia de trascendencia que anhelan. Estas necesidades insatisfechas crean una oportunidad para que la iglesia demuestre que es una alternativa convincente.
Si perdemos la religión organizada y la espiritualidad se vuelve privada, perdemos un modelo moral compartido y coherente
Si perdemos la religión organizada, perdemos un sentido compartido de la realidad, los rituales y la moralidad. ¿Por qué es importante un sentido compartido de la realidad, los rituales y la moralidad? Porque cuando estas cosas ya no se comparten, sino que se privatizan, toda su carga recae sobre el individuo.
La espiritualidad no religiosa obliga al individuo a responder preguntas como estas: ¿Existe Dios? ¿Cómo es? ¿Quién soy yo? ¿Qué está mal en el mundo? ¿Hay alguna esperanza? ¿Cómo debería vivir? ¿Cómo puedo encontrarle sentido a la vida? ¿Qué pasa después de la muerte?
La persona tiene entonces la carga de organizar esas respuestas de manera coherente. Puesto que las personas no pueden hacer esto en aislamiento, se quedan con la aplastante sensación de que la vida no tiene sentido. Los jóvenes a menudo sienten ansiedad al tratar de decidir qué carrera elegir y con quién casarse. ¿Cuánta más ansiedad debe haber cuando la pregunta de cómo vivir una vida significativa, y que no sea en vano, recae sobre la persona? Esto no es libertad, sino más bien un peso insoportable que ha dado lugar a lo que Jonathan Haidt llama la «generación ansiosa».
La espiritualidad no religiosa tiene dificultades para ofrecer rituales comunitarios que se alineen con las creencias sobre la verdadera realidad. En cambio, las personas deben seleccionar prácticas que no se vinculan claramente con una visión coherente de la realidad y luego tratar de encontrar una comunidad que pueda o no compartir su visión de la realidad.
Sin la religión organizada, también perdemos algo en el ámbito moral. La ciencia puede analizar, pero no puede decirnos qué es el bien y qué es el mal. La política puede crear leyes, pero no puede cultivar el amor por lo verdadero, lo bueno y lo bello. Si perdemos la religión organizada y la espiritualidad se vuelve privada, perdemos un modelo moral compartido y coherente.
Las personas que se definen como «espirituales, pero no religiosas» terminan teniendo relaciones superficiales porque el principio organizador de sus relaciones se convierte en algo menos importante que lo que realmente importa. Los seres humanos anhelamos conectarnos más allá de la comida, las películas, los deportes y la política, pero si lo que más importa es privado y no está organizado, ¿qué nos queda?
No estoy diciendo que alguien no pueda hablar de espiritualidad con amigos sin una religión organizada. Más bien, estoy diciendo que, sin una religión organizada, las personas no pueden compartir su espiritualidad. Hablar de espiritualidad con amigos no es suficiente. No alivia la inquietud existencial de la soledad. Recibir empatía general durante un momento de sufrimiento sin una capacidad compartida para darle sentido no es suficiente. Es el compartir organizado de la espiritualidad lo que brinda alivio en este caso. Cuando el individualismo radical se apodera de la espiritualidad, deja a las personas en confusión, ansiedad y soledad.
La iglesia tiene una oportunidad increíble de satisfacer las necesidades percibidas de los «espirituales pero no religiosos» que buscan algo más grande que ellos mismos y parecen no poder encontrarlo. A continuación, se presentan cuatro formas prácticas en que los cristianos pueden acercarse a ellos donde se encuentran.
1. Ora con fervor
En Romanos, Pablo expresa su deseo de que quienes están fuera de Cristo lleguen a conocer a Jesús: «Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por los israelitas es que lleguen a ser salvos» (10:1, NVI). Pablo sabe que es Dios quien conoce de antemano, llama, justifica y glorifica (8:30). Sabe que, si el Dios soberano del universo no actúa con poder, sus seres queridos no llegarán a la fe salvadora.
Al pensar en la cultura, puede ser fácil dejar de lado la oración. Debemos resistir esta tentación. Si queremos que las personas «espirituales pero no religiosas» que se muestran escépticas ante la religión organizada se acerquen a nuestras iglesias, necesitamos que Dios las atraiga.
Debemos orar para que las personas se sientan cada vez más insatisfechas con su espiritualidad no religiosa
No podemos limitarnos a diagnosticar que la cultura se muestra escéptica ante la religión institucional y apresurarnos a presentar argumentos apologéticos. Debemos orar para que las personas se sientan cada vez más insatisfechas con su espiritualidad no religiosa. Tenemos que orar para que las personas se pregunten a sí mismas: «¿Esto es todo?». Debemos orar para que las personas —por gracia y a través de la fe— conozcan el amor de Dios en Cristo y se unan a Su cuerpo. Acerquémonos confiadamente a Dios con los nombres de nuestros seres queridos.
2. Escucha con compasión
Como frecuentemente señala Ryan Burge, no todas las personas que son «espirituales pero no religiosas» creen lo mismo. Estas son personas que poseen la imagen de Dios y tienen historias únicas. Escucha sus historias, haz preguntas con curiosidad y muestra compasión cuando veas un punto de dolor.
Mateo 9:36 dice: «Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor». La actitud de Jesús hacia las personas desamparadas y sin pastor fue de compasión. No suspiró ni demostró frustración. Su corazón se conmovió.
Quienes desean practicar su espiritualidad por su cuenta son «ovejas sin pastor» y, cada uno a su manera, se sienten acosados e indefensos. Debemos escuchar con la paciencia suficiente y mostrar el interés necesario para percibir su dolor. Debemos conocer qué experiencias los han moldeado, qué esperan y qué temores ocupan habitualmente sus mentes. A las personas les encanta compartir sus historias con alguien que esté dispuesto a escuchar con curiosidad y compasión. Quizás esta escucha compasiva pueda abrir oportunidades para la proclamación del evangelio.
3. Evangelizar de manera creativa
En 1 Corintios 9, Pablo nos da una idea de su estrategia para la evangelización:
Entre los que no tienen la Ley me volví como los que están sin Ley (aunque no estoy libre de la Ley de Dios, sino comprometido con la ley de Cristo), a fin de ganar a los que están sin Ley. Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles. Todo esto lo hago por causa del evangelio para participar de sus frutos (vv. 21–23, NVI).
Pablo estaba dispuesto a desempeñar cualquier papel que fuera necesario para llevar a las personas a Cristo. La creatividad en la evangelización es algo bueno. Dios puede usar estrategias evangelísticas creativas para convertir a quienes no ven el valor de la iglesia en hermanos y hermanas fieles.
Que el mundo conozca el amor de Cristo es consecuencia directa de la unidad de la iglesia
El arte, la moda, la agricultura, el pickleball, la música, los videojuegos y las parrilladas son solo algunas de las oportunidades en las que podemos involucrarnos de manera creativa y pensar cómo podríamos acercar a las personas a Jesús. Llegar a quienes no ven el valor de la iglesia exigirá que pensemos de manera innovadora y nos acerquemos a las personas allí donde se encuentran.
4. Comprométete con la unidad
En Juan 17:23, Jesús ora por Sus seguidores: «para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a Mí». Que el mundo conozca el amor de Cristo es consecuencia directa de la unidad de la iglesia. En una cultura dividida, hay algo hermoso y cautivador para las personas cuando ven a una iglesia unida alrededor de las buenas nuevas de que Jesús salva a los pecadores. Un compromiso implacable con la unidad obligará a quienes tienen una actitud anti-institucional a reevaluar sus creencias.
Si se basan de la suposición de que no se puede confiar en las instituciones porque quienes las integran y dirigen lo hacen por razones egoístas, entonces es esencial un compromiso constante de «no [hacer] nada por egoísmo o por vanagloria» (Fil 2:3). Alcanzar a las personas por amor a Cristo y recibir a los que están afuera en la iglesia, en una época de desconfianza institucional, requerirá unidad. Pero la buena noticia, como nos recuerda Jesús en Mateo 16:18, es que las puertas del infierno no prevalecerán contra Jesús ni contra Su pueblo.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/espiritualidad-privatizada-sentir-solos/
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