
Doce personas han caminado sobre la superficie lunar. Al punto más profundo conocido del océano, el Challenger Deep, han llegado unas pocas más, pero la cifra sigue siendo diminuta: se cuenta con los dedos de varias manos, no con los de un estadio entero. Y, sin embargo, la Luna está a unos 384.000 kilómetros y la fosa, a menos de once de profundidad. Nos queda más cerca el vacío que lo que hay en el océano profundo bajo nuestras quillas.
Esa paradoja resume el estado de nuestro conocimiento sobre el océano profundo. Cubre la mayor parte del planeta, es el mayor espacio habitable de la Tierra por volumen, y aun así nuestros mapas detallados de él son, en proporción, más pobres que los de algunos cuerpos del sistema solar.
Un lugar diseñado para rechazarnos
La primera razón es la más física: la presión. Cada diez metros de profundidad añaden aproximadamente una atmósfera. En el fondo de la fosa de las Marianas, la presión es más de mil veces la de la superficie. Un equipo que funciona sin problema en un laboratorio puede aplastarse, filtrar agua o simplemente dejar de responder.
A eso se suma la oscuridad total. La luz del sol se apaga casi por completo a unos mil metros, de modo que todo lo que vemos allí abajo lo vemos gracias a los focos que llevamos nosotros. Cada imagen es un círculo de luz diminuto en un espacio inmenso, como explorar una catedral con una linterna de bolsillo.
Y están el frío, la sal que corroe y la imposibilidad de comunicarse por radio. Las ondas de radio apenas penetran en el agua, así que los vehículos deben recurrir a cables o a señales acústicas, mucho más lentas y con menos capacidad de datos.
¿Cuánto del fondo marino hemos cartografiado de verdad?
Aquí conviene distinguir entre mapa y mapa. Gracias a la altimetría por satélite, que detecta pequeñas variaciones en la superficie del mar causadas por la gravedad de las montañas submarinas, existe una imagen global del fondo. Pero su resolución es gruesa: sirve para ver grandes rasgos, no para distinguir lo que hay en detalle.
Los mapas de alta resolución, hechos con sónar multihaz desde barcos, cubren solo una fracción del lecho oceánico. Proyectos internacionales como Seabed 2030 trabajan precisamente para completar esa cartografía, y las cifras de avance que publican muestran que, aun con un esfuerzo coordinado, queda mucho por hacer. Un barco que avanza con su sónar peina franjas estrechas, y el océano es enorme.
El resultado es que seguimos descubriendo cosas a escala geográfica: montes submarinos que no figuraban en ningún mapa, cañones, fallas. En tierra firme esto sería impensable.
Vida donde no debería haberla
Lo que sí hemos visto en el océano profundo ha ido derribando ideas. Durante mucho tiempo se pensó que, sin luz solar, el fondo sería casi un desierto. En 1977, la exploración de las fuentes hidrotermales de las islas Galápagos con el sumergible Alvin mostró comunidades densas de gusanos tubulares, almejas y cangrejos que viven de la quimiosíntesis: bacterias que obtienen energía de compuestos químicos como el sulfuro de hidrógeno en lugar de la luz.
Fue un cambio de paradigma para la biología. La fotosíntesis dejaba de ser la única base posible de un ecosistema, y eso alimentó los debates sobre dónde podría haber vida más allá de la Tierra, por ejemplo bajo el hielo de lunas como Europa.
Las expediciones siguen aportando sorpresas. Cada campaña con vehículos de control remoto acostumbra a traer especies que la ciencia no había descrito, desde medusas y pepinos de mar hasta pulpos que se parecen poco a cualquier cosa conocida. Los taxónomos suelen coincidir en que una parte importante de la fauna de aguas profundas aún carece de nombre científico.
El coste de mirar
Otra barrera, más prosaica, es el dinero y la logística. Un buque oceanográfico con su tripulación, un sumergible tripulado o un robot de gran profundidad son equipos caros de construir, de mantener y de operar. Cada día en el mar tiene un precio elevado, y el tiempo de campaña es escaso. Muchas expediciones dedican jornadas enteras a bajar y subir el equipo para obtener unas pocas horas de trabajo en el fondo.
Además, el material recogido no siempre sobrevive al viaje. Algunos animales de aguas profundas se deterioran al subir por el cambio de presión y temperatura, lo que complica estudiarlos vivos. De ahí el valor creciente de las cámaras y los sensores que observan sin extraer nada, y de la secuenciación de ADN ambiental, que permite detectar especies a partir de restos genéticos presentes en el agua.
Lo que sabemos y lo que no: el balance del abismo
El océano profundo sigue siendo un gran desconocido por cuatro motivos que se refuerzan entre sí: una presión extrema, una oscuridad total, una cartografía detallada todavía incompleta y unos costes que limitan cuántas veces podemos bajar. Lo que ya hemos visto, desde las chimeneas hidrotermales hasta especies sin catalogar, indica que el margen de descubrimiento es enorme. Los avances en robótica, sónar y genética ambiental están acelerando el ritmo, pero el fondo del mar seguirá deparando hallazgos durante mucho tiempo.
https://www.ambientum.com/ambientum/ciencia/oceano-profundo-por-que-sabemos-tan-poco.asp
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