
Un viejo relato cuenta que un ermitaño, aun viviendo apartado del ruido del mundo, afirmaba tener mucho trabajo. Debía ocuparse de dos halcones, dos águilas, dos conejos, una serpiente, un asno y un león. Sus visitantes no veían animales alrededor. La explicación era sencilla: representaban sus ojos, sus manos, sus pies, su lengua, su cuerpo y su corazón.
Esta fábula nos invita a mirar hacia nuestro interior. Aunque las dificultades externas son reales y merecen atención, también necesitamos reconocer cómo respondemos a ellas. Podemos cultivar una mirada más compasiva, actuar con responsabilidad y aprender a expresar lo que sentimos sin hacernos daño ni lastimar a otros.
Desde una perspectiva humanista y espiritual, “domar” estos animales puede entenderse como educar nuestras capacidades con paciencia. Somos seres en crecimiento, capaces de equivocarnos, comprendernos y elegir de nuevo.
Los dos halcones: los ojos que aprenden a mirar
Los halcones representan los ojos y la facilidad con la que nuestra atención se dirige hacia lo que sucede alrededor.
A veces miramos para comparar, encontrar defectos o confirmar prejuicios. Vemos el éxito ajeno y sentimos envidia; observamos un error y creemos conocer toda la historia de una persona.
Educar la mirada consiste en detener el juicio apresurado. Detrás de una conducta puede haber una historia que desconocemos; detrás de una sonrisa, un sufrimiento que no se nota. La compasión nos ayuda a mirar con profundidad, conservando el discernimiento necesario para reconocer lo que nos hace bien y lo que requiere límites.
Espiritualmente, estos halcones nos recuerdan que también podemos aprender a reconocer la bondad, agradecer y contemplar la vida con asombro.
Las dos águilas: las manos que eligen cómo actuar
Las águilas representan las manos: nuestra capacidad de intervenir en el mundo.
Con ellas podemos construir, cuidar, compartir y sostener. También podemos agredir, arrebatar o actuar con indiferencia frente a quien necesita apoyo. Su significado nos lleva a una pregunta concreta: ¿qué efecto tienen mis acciones en la vida de los demás?
El autodominio se vuelve visible cuando transformamos una intención en un acto responsable: acompañar a alguien, cumplir una promesa o reparar lo que dañamos.
Las manos también necesitan aprender a recibir. Aceptar ayuda reconoce nuestra humanidad y permite que otros nos cuiden.
Los dos conejos: los pies frente al miedo y la dificultad
Los conejos simbolizan los pies y el impulso de escapar de aquello que nos incomoda.
Todos podemos sentir deseos de aplazar una conversación, evitar una responsabilidad o alejarnos de una emoción dolorosa. El miedo merece ser escuchado: a veces nos protege y otras veces limita nuestras posibilidades.
Educar estos conejos significa distinguir cuándo necesitamos permanecer y afrontar una dificultad, y cuándo conviene retirarnos para protegernos. La valentía puede expresarse al sostener una conversación honesta, pedir ayuda o salir de una relación que nos hace daño.
Desde la espiritualidad, caminar con fe permite avanzar aun cuando sentimos incertidumbre, respetando nuestro ritmo y nuestros límites.
La serpiente: la lengua y la responsabilidad de la palabra
La serpiente representa la lengua, capaz de herir mediante la humillación, la mentira, el chisme o una respuesta impulsiva.
Muchas heridas nacen de palabras pronunciadas sin considerar sus consecuencias. Por eso, cuidar lo que decimos requiere una pausa: ¿es cierto?, ¿es necesario?, ¿puedo expresarlo con respeto?
Una palabra honesta puede poner un límite sin degradar a nadie. Una disculpa sincera puede abrir la posibilidad de reparar. Una conversación atenta puede ayudar a alguien a sentirse menos solo.
Vigilar la lengua también implica revisar cómo nos hablamos. Repetirnos que somos inútiles o indignos profundiza nuestro sufrimiento. Podemos reconocer los errores con firmeza y tratarnos con dignidad.
El asno: el cuerpo que sostiene nuestra vida
El asno simboliza el cuerpo y el esfuerzo cotidiano. En una lectura humanista, esta imagen invita a equilibrar la disciplina con el cuidado.
Nuestro cuerpo tiene necesidades y límites. El cansancio puede ser una señal legítima de que necesitamos descansar, alimentarnos, recibir atención o disminuir una carga. Escucharlo forma parte de una vida responsable.
Educar al asno significa cultivar hábitos que nos sostengan y reconocer cuándo estamos exigiéndonos demasiado. También supone evitar que la comodidad decida siempre por nosotros.
La vida espiritual se expresa en el trato que damos al cuerpo: cuidarlo es agradecer el medio por el cual sentimos, trabajamos, abrazamos y habitamos el mundo.
El león: el corazón que busca reconocimiento
El león representa el corazón cuando desea imponerse, tener siempre la razón o recibir admiración constante.
Ese orgullo puede dificultarnos pedir perdón, reconocer una equivocación o alegrarnos por el bien ajeno. Sin embargo, detrás de la necesidad de imponernos también puede existir inseguridad, miedo al rechazo o una profunda necesidad de sentirnos valiosos.
Educar al león requiere comprender esas necesidades y hacernos responsables de cómo las expresamos. La humildad permite reconocer nuestro valor sin colocarnos por encima de nadie.
Un corazón que madura puede escuchar una crítica, admitir sus límites y amar sin intentar controlar. Su fuerza se expresa en la capacidad de actuar con justicia y ternura.
Un trabajo interior que dura toda la vida.
El ermitaño nos recuerda que el crecimiento humano necesita atención diaria. Habrá ocasiones en que reaccionemos con orgullo, hablemos con dureza o evitemos lo que debemos afrontar. Cada una puede convertirse en una oportunidad para comprender, reparar y practicar una respuesta diferente.
La oración, el silencio, la reflexión y el acompañamiento de personas de confianza pueden ayudarnos en ese camino. El autodominio crece cuando reconocemos lo que sentimos y elegimos cómo actuar de acuerdo con nuestros valores.
Quizá la pregunta que deja esta fábula sea: ¿cuál de mis animales necesita hoy más atención, paciencia y cuidado?
Texto de reflexión inspirado en la fábula “El ermitaño domador de animales”, difundida en distintas versiones. Las interpretaciones humanistas y espirituales aquí desarrolladas son una elaboración para este artículo.
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”. 2 Timoteo 1:7 (Reina-Valera 1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.



















