
Por: Abel Sinning Castañeda Eso es lo que hoy investigan Fiscalía, Procuraduría y Corte Suprema tras la denuncia del director del Dapre, Carlos Ríos, en pleno Senado el 21 de octubre, y el testimonio posterior de Deicy Jiménez en Semana. Según esos relatos, habrían sido contratadas en Presidencia para prestarle servicios sexuales al presidente. Si se confirma, no estamos ante Las Mil y una Noches. Estamos ante el uso del erario para pagar sexo.
Me suena a Mao Tse-tung.
El mismo Mao de la biografía de Chang y Halliday, «Mao: la historia desconocida», que cita a su médico personal. El que necesitaba a diario a dos o tres muchachas de la Guardia Roja recitando su librito rojo mientras fornicaba. El tirano que confundió el poder con la cama.
Petro, si estas denuncias resultan ciertas, reúne lo peor de dos tiranías: la del jeque musulmán que cree que el Estado es su harén, y la del sátrapa comunista que cree que el pueblo existe para servirle, incluso en la cama.
Lo que muestran esos testimonios – de 30 a 40 mujeres según Jiménez, 48 según Ríos – no es un desliz privado. Es un patrón. Es satiriasis en su estado más crudo, esa hipersexualidad masculina incontrolable que el lenguaje políticamente correcto hoy disfraza de «conducta hipersexual», pero que en la calle siempre se ha llamado sátiro. Un sátiro de orejas puntiagudas y erección permanente que pasará a la historia no por una reforma, sino por convertir la Casa de Nariño en un burdel con presupuesto nacional.
Petro dice que jamás entregó un contrato por sexo y que todo es una conspiración uribista para meterse en su vida íntima. La misma excusa de siempre. Que si son pobres madres cabeza de hogar ayudadas por programas públicos. Que si es persecución.
No hay persecución. Hay dos denuncias gravísimas, una indagación previa abierta y una citación para el 29 de octubre en la Corte Suprema. Y mientras los activistas disfrazados de periodistas – como los desenmascara con precisión quirúrgica María Andrea Nieto en «Desmintiendo a Coronell», @MAndreaNieto – piden «más pruebas» para aplazar la indignación, el país ya entendió de qué estamos hablando.
No necesito más pruebas para opinar. Si el poder se usa para instrumentar a 48 mujeres a punta de OPS, no es un gobierno. Es un harén.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
SIXTO ALFREDO PINTO
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