

En la última semana antes de la segunda vuelta presidencial, Carlos Suárez contactó de urgencia al publicista caleño Víctor Osorio, mejor conocido como “Caremonja”, para proponerle un último vídeo de campaña.
La idea de Suárez era salir con una cámara a distintos barrios de Barranquilla para invitar a varias personas a ponerse la camiseta de “Defensores de la patria”. Si la persona aceptaba, era llevada a un estudio en el que aparecía por sorpresa Abelardo de la Espriella a entregarle la prenda amarilla inspirada en la Selección Colombia.
“Fue el experimento social de un hombre creativo y repentino como Carlos”, recuerda Caremonja.
“Serví 20 años en mi país. Necesitamos que nos devuelva la seguridad perdida”, le dice con una voz emocionada Juan Carlos, un veterano de las fuerzas militares, a De la Espriella en el vídeo. “20 años siendo pescador, pero ahora la extorsión no nos deja trabajar, presidente”, le dice Idelfonso.
“Hoy termina una campaña en la que he dado todo. Por ustedes, por la patria milagro, por la libertad que nos han querido arrebatar. (…) Y les pido, con el corazón en la mano, que se pongan la camiseta de la Selección del Tigre. Hoy, más que nunca, nosotros estamos… ¡Firmes por la patria!”, termina De la Espriella dentro de un estudio en el que vuelan papeles picados de colores.
El vídeo condensa la estética y la narrativa de la campaña De la Espriella. Tiene las pegajosas canciones que se popularizaron en redes sociales, los símbolos y el lenguaje futbolero del que se apropiaron en pleno Mundial y los movimientos de De la Espriella en sus puestas en escena.
“Improvisación planificada” fue como Suárez describió su método de campaña para demostrar la conexión popular que desde hace años les viene reclamando a los candidatos que asesora, y que encontró y supo explotar con su socio y amigo, Abelardo de La Espriella.
En 2014, cuando Suárez fundó su consultora política, Estrategia y Poder, De la Espriella fue primer su socio y luego uno de sus principales clientes. Juntos construyeron el personaje carismático que doce años después logró la hazaña de ganar la Presidencia sin la mayoría de la clase política tradicional y empresarial. Lo hicieron con una disciplinada máquina de propaganda que Suárez lideró y con la que sigue sosteniendo la popularidad de un presidente para quien la imagen lo es todo.
“El número dos”, como muchos políticos lo llaman, es un abogado y publicista de 57 años que desde hace años, desde su columna en La Silla Vacía, promovía la necesidad de un presidente fuerte, criticaba los “salones del bogocentrismo” y era enfático en analizar el comportamiento del “ciudadano moderno e hiperinformado”, el germen de la receta del populismo algorítmico con la que apuntaló a De la Espriella.
El estratega de campaña
Como De la Espriella, Carlos Suárez es un hombre que se enorgullece del dinero que tiene. Y había decidido irse a vivir a Miami, hastiado de los problemas de Colombia, como se lo dijo a varios conocidos en conversaciones privadas. Pero pocos meses después de empacar sus maletas para siempre decidió volver a “salvar la patria”.
El proyecto del abelardismo es, en muchos sentidos, un artefacto construido desde Estados Unidos del que Suárez se vanagloria. “La campaña me la gané de manera digital y remota desde la piscina de mi casa (en Miami) a través de los mecanismos digitales con toda la tecnología rodeándome para poder tomar las decisiones que se tomaron”, dijo en una entrevista en Caracol tras el triunfo en las presidenciales.
Suárez y su equipo se precian de haber construido un sofisticado sistema para escuchar a profundidad las conversaciones digitales y descifrar de manera segmentada, como dicen, los sentimientos de los votantes de las redes sociales. “Todo lo midieron, todo lo testearon”, dice una persona que estuvo en la campaña.
Esos datos de la “escucha social” la transformaron en una campaña que bebió de los símbolos, la osadía populista y el antielitismo de la nueva derecha internacional, una receta a la que De la Espriella y Suárez supieron agregar los ingredientes locales: el enorme bloque de votantes colombianos que rechazan los diálogos del gobierno con grupos criminales, o unas clases medias de ciudades intermedias que, como ellos, miran con desdén el poder bogotano.
En el relato de su victoria, Suárez habla del “reinado del algoritmo” como la marca de nuestra época, y de su acierto al haber descifrado sus claves en Colombia para lograr el triunfo de De la Espriella. “La campaña la ganamos porque entendimos, con método y sin romanticismo, que las elecciones unipersonales eligen líderes para que conduzcan a un pueblo en un sueño colectivo”, dijo en un reciente discurso.
Esa conexión emocional con el votante es una idea en la que ha insistido desde hace años como estratega político. “…Porque la idiosincrasia del colombiano reclama reconocimiento del aspirante y el ciudadano promedio le dará su voto a quien muestre interés por escucharlo y se comprometa con la realización de sus expectativas –aunque eso nunca se cumpla–”, escribió en su libro Campos de batalla en la lucha política, publicado en 2019 en coautoría con Carlos Arias.
Con esa mirada populista anclada en la escucha digital, De la Espriella y Suárez construyeron como enemigo a “los de siempre”, una suerte de casta corrupta y mediocre que operaba a la sombra de los colombianos.
Los expresidentes Santos y Uribe, políticos rivales y periodistas críticos de Abelardo fueron caricaturizados en decenas de vídeos con inteligencia artificial en los que se reunían en lugares secretos para conspirar contra la voluntad popular simbolizada en la figura del “Tigre”, el héroe de la nueva regeneración moral de Colombia. Incluso la gobernadora Dilian Francisca Toro, quien fue la principal clienta de Suárez durante 12 años, no logró escaparse de la narrativa que necesitaban explotar para ganar la Presidencia.
En su libro, Suárez habla de la relación de un estratega con el político “como la arcilla en manos del alfarero, dúctil para que se pueda dar la forma adecuada”, escribe. “…si la arcilla es áspera, no permitirá construir ninguna pieza artística con ella”.
En De la Espriella, Suárez encontró un actor político consumado con vocación de artista, capaz de sobreponerse a las contradicciones de una vida pública polémica construida en los márgenes oscuros del poder –como la de él– y decidido a alcanzar el mayor logro de su vida con ambición, temeridad y sin humildad, que es la “virtud de los estúpidos”, como lo dicta una de sus frases cínicas sobre el poder.
“En un momento de la campaña, Carlos nos alcanzó a decir que simplemente siguiéramos el ritmo y el talento de Abelardo”, recuerda alguien de la campaña.
— Aquí están las bodegas. Aquí están los bots—, decía Abelardo en un evento multitudinario que lo posicionó como un candidato viable luego de meses de una campaña digital.
—Bots que dicen que pagamos, y son de carne y hueso. Bots con alma, que votan, sin buses ni contraprestaciones.
En la noche, dentro del Grand Hyatt de Bogotá y con la adrenalina a tope, haciendo la evaluación con su equipo del evento que acababan de presenciar, Suárez dijo “tenemos presidente”.
El alcance del poder de Suárez en el gobierno
Abelardo de la Espriella ganó como el primer outsider de la política colombiana, sin el apoyo de la mayoría de la clase política tradicional ni empresarial. Pese al estrecho margen de la victoria, fue una hazaña electoral que derrotó al mismo tiempo a Uribe y a Petro siendo relativamente un desconocido.
Tras el triunfo, y como lo suele hacer en sus campañas ganadoras, Carlos Suárez salió a promocionar su fórmula del éxito. En su relato, la magia de la campaña consistió en conectarse con los anhelos profundos de los colombianos, hastiados de la degradación política y moral del gobierno Petro, y no ceder a los intereses mezquinos de la clase política tradicional.
“Lo único distinto que hicimos es dejar de lado las componendas que se hacen en los clubes y en las mesas de los partidos y volcarnos al pueblo para escuchar al pueblo”, dijo sobre “los de siempre”, quienes durante años lo contrataron para encontrar un relato con sentido para sus victorias.
En todas sus entrevistas insistió en que su carácter como estratega se inclina más bien a estar en las sombras, y que su interés hacia el futuro no pasaba por estar en el día a día del fragor y las intrigas de un gobierno. Lo dijo días antes de aceptar la presidencia de la junta de Ecopetrol, por la que recibirá 10,5 millones de pesos por cada sesión.
Sin embargo, pese a su relato sobre su distancia con el gobierno, Suárez parece estar en cada una de las principales movidas que emprende De la Espriella.
Desde la victoria presidencial, asumió, de facto, el liderazgo de las comunicaciones del gobierno. Es el encargado de cuidar la imagen del presidente, diseña las grandes narrativas del gobierno promovidas con inteligencia artificial, tiene una lista negra de medios de comunicación vetados de su primer círculo y un grupo de influenciadores que promueven narrativas funcionales a sus objetivos orbita a su alrededor.
Dos integrantes de la campaña que lo vieron de primera mano coinciden en que durante los meses de campaña, Suárez se volvió muy cercano a este grupo de influenciadores de derecha que defienden a De la Espriella y que se autoperciben como “guerreros” de la “batalla cultural” y que reciben de él las principales líneas narrativas, pese a no ser una persona religiosa ni de ideas conservadoras.
“¡Viva Carlos Suárez!, ¡Viva Carlos Suárez!”, gritaban los influenciadores abelardistas que fueron invitados a la posesión presidencial del 7 de agosto en Cali.

Con ese poder mediático, a Suárez se le señala de ambientar la salida del exministro del Interior, Rodrigo Lara, a quien la esfera digital del abelardismo acusó de mantener funcionarios petristas en su cartera y de contrariar las tesis fundamentales del gobierno, decidido a promover una cruzada ideológica contra la izquierda. La esposa de Lara, María José Valenzuela, escribió por lo menos dos mensajes en Facebook diciendo que la razón de la salida del ministro fue por no seguirle “la cuerda a Carlos Suárez” nombrando, entre otras cosas, a un viceministro subordinado al estratega.
Esa esfera de influenciadores ha promovido otras narrativas útiles para el estratega. Entre ellas, una campaña de desinformación contra La Silla Vacía y su directora luego de que este medio revelara el conflicto de interés que tendrá Suárez para supervisar las investigaciones que tiene abiertas Ecopetrol contra el empresario petrolero Serafino Iacono, socio de De la Espriella y de Copper Giant, una empresa que a principios de agosto anunció a Suárez como directivo.
Para un presidente obsesionado con la imagen que proyecta, el rol de jefe de comunicaciones de facto que juega Suárez es fundamental. Carlos dedica buena parte de su energía a monitorear la imagen del presidente mediante las costosas herramientas de escucha digital que vienen desde la campaña.
Pero Suárez no se limita solo a tirar línea en comunicaciones. Tiene también varias fichas dentro del gabinete. La más directa es la ministra TIC, Alexandra Falla. Es una experimentada comunicadora social que durante el gobierno Petro fue postulada por el Partido de la U para ser viceministra de Transformación Digital del MinTic.
Suárez incidió directamente en el nombramiento de Falla, según una fuente que conoció la movida, y ha conversado con la ministra para discutir nombramientos en los niveles inferiores de ese ministerio.
Otro nombramiento directo de Suárez fue el del viceministro de Deportes, Edinson Tigreros, quien trabajó durante años en la Gobernación del Valle, y que se hizo cercano a Suárez mientras asesoró a Dilian Francisca Toro, según dos personas que conocen de cerca esa relación. Tras la salida de Lara, Tigreros subió su hoja de vida a Función Pública para ser uno de los viceministros del Interior de Alejandro Ordóñez, el reemplazo de Lara que Suárez celebró con mucho entusiasmo en sus redes personales.
Para Suárez, la verdadera batalla que tiene el gobierno De la Espriella por librar es la “cultural” y tiene el objetivo de desmontar lo que, según su relato, es la narrativa dominante que la izquierda liderada por Gustavo Petro supo construir por décadas en Colombia en medio de unas élites corruptas y cobardes.
“El pueblo es sabio, el pueblo está cansado de ser políticamente correcto. Y está dispuesto a encontrar la libertad, pero en orden, en justicia y basada en el crecimiento económico aplicado en la producción de la riqueza”, dijo en un discurso en el que lanzó la interpretación cruda que tiene de la política —el triunfo del “reinado del algoritmo”, la manipulación emocional y tecnológica del electorado— con las que está incidiendo en el futuro del gobierno De la Espriella.
De hecho, Carlos Suárez tiene una colección de frases cínicas sobre el poder que utiliza en público y en privado. “En la soledad del cubículo, votas con el corazón o con el hígado”, “La humildad es la virtud de los estúpidos”, “La lucha por el poder es la lucha por los contratos públicos”.
Y como alguien que sabe de su talento para los relatos, desplegado con sentencias en apariencia originales e incontrovertibles, ha venido construyendo la narrativa sobre sí mismo: la de un hombre solitario, que prefiere pasar desapercibido, y que armado de sus conocimientos en estrategia política –forjados durante años en la dura arena de las elecciones regionales– logró descubrir el alma popular de los colombianos para moldear con ella al hombre correcto en el momento indicado: Abelardo de la Espriella.
Pero el estratega en las sombras que dice ser ha anhelado la luz del reconocimiento a lo largo de su vida, negada en los años de una infancia solitaria, reclamada por una carrera en la que se enriqueció dentro de los pasillos tradicionales del poder y ganada por los reflectores que ha decidido ponerse encima.
El misterio y el abandono de los primeros años de Suárez
Los años más felices de Suárez los vivió como adolescente en Pamplona, Norte de Santander, una ciudad fría y colonial con una gran tradición católica y un movimiento permanente de viajeros y comerciantes entre los dos santanderes.
En una entrevista con Bocas, Suárez cuenta que hasta los 11, o los 12 años, antes de llegar a Pamplona, vivió en Bogotá con su abuela materna, una mujer campesina oriunda de un pueblo cercano a Pitalito, Huila. Sin embargo, cuando la abuela empezó a sufrir de diabetes y no pudo cuidarlo más lo envió con su madre, quien se había ido a trabajar a Venezuela, donde se había casado con un hombre diferente a su padre, el difunto magistrado Daniel Suárez Hernández.
Pero en 1983, lo enviaron como interno al Seminario Menor Santo Tomás de Aquino, un viejo y prestigioso colegio para clases medias acomodadas administrado por la arquidiócesis de Pamplona. Para entonces, los internados en Colombia empezaban a caer en desuso, y en el Seminario Menor eran cada vez menos los chicos que llegaban bajo esa modalidad.
“Sentí que me estaban exiliando. Pero eso me duró un par de meses. Mi mejor época en la vida fue ser interno en Pamplona”, dijo Suárez.
La madre de Suárez es un verdadero misterio para las cuatro personas consultadas por La Silla que lo conocen desde que era joven. “Nunca habla de ella”, dice alguien que ha tenido acceso a su círculo familiar, quien pidió la reserva de su nombre. También lo es la relación que ella mantuvo con su padre, Daniel Suárez –a la vez un profesor respetado y un magistrado cuestionado– que estuvo alejado de la vida de su hijo.
Carlos encontró su refugio en el Seminario Menor de Pamplona. “Los curas me querían, los profesores también. Yo era medio calavera, pero hice grandes amigos y siempre encontré quien me adoptara”, le dijo a Bocas.

En las fotos que el Seminario Menor conserva de la promoción de Suárez, la de 1986, siempre luce como uno de los más altos. “Lo recuerdo como alguien brillante”, dice el alcalde de Pamplona, Klauss Faber Mogollón, quien era un par de años menor que Carlos y también estudió en el Seminario. “Por sus notas, evidentemente era uno de los mejores estudiantes. Le iba bien en Sociales y Matemáticas”, dice el padre Richard Mora, actual rector del colegio.

En una de las fotos de la promoción de 1986, Suárez –de mirada seria, pelo abundante y el único con la chaqueta desabotonada–, aparece junto a sus compañeros y la profesora Amparo Sánchez Parga de Borgoña, una investigadora que en los noventa fue la directora del museo de arte religioso de la arquidiócesis de Pamplona y que, según Suárez, fue quien lo crió en esa época en la que le “tocó generar una vida solo y la aprendí a vivir así”.
Luego de graduarse del colegio, su primera decisión fue volver a Bogotá a ser reconocido por su padre.
El reconocimiento esquivo de un padre
En noviembre de 1996, con apenas 27 años, Carlos Suárez protagonizó un escándalo nacional. Un grupo de 10 congresistas conservadores le filtraron a la prensa un casete en el que hablaba con el entonces ministro de Comunicaciones del gobierno de Ernesto Samper, Saulo Arboleda.
En la conversación, Suárez, al parecer, le estaba pidiendo un puesto al ministro Arboleda. Por el intercambio en la conversación, Carlos estaba pidiendo un puesto para él. En el medio, le hablaba de una decisión judicial que estaba a punto de tomar su padre, Daniel Suárez Hernández, quien era el presidente del Consejo de Estado. “…sale como ustedes habían conversado”, le dice Suárez al entonces ministro.

Los congresistas conservadores utilizaron la grabación para promover una moción de censura contra el ministro de Samper, enredado en un conocido escándalo de corrupción conocido en los noventa como el “miti-miti”, relacionado con irregularidades en la licitación pública de emisoras radiales. Entre ese grupo de congresistas opositores estaban Enrique Gómez Hurtado, padre del actual ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, y del senador Enrique Gómez, hoy aliado de Suárez.
Según Fabio Valencia Cossio, uno de los promotores de la moción, Arboleda estaba interesado en una sentencia del Consejo de Estado relacionada con el proceso de licitación de las emisoras.
Por el escándalo del “miti-miti”, Arboleda tuvo que renunciar al gobierno, y en el 2000 la Corte Suprema lo condenó por interés ilícito en la celebración de contratos. Consultado para este perfil, Arboleda, quien tiene cerca de 80 años, dice no recordar el contexto de la conversación con Carlos Suárez, exonerado de cualquier investigación en el escándalo, y explica que su sentencia está siendo revisada por una decisión de la Corte IDH.

Pese a la exoneración, la filtración de la conversación de Suárez con Arboleda fue una nueva mancha para la hoja de vida del entonces magistrado, y estuvo a punto de volver a romper la relación distante que siempre tuvo con su hijo, según una persona con acceso a su círculo familiar.
“El consejero más polémico”, decía El Tiempo sobre Daniel Suárez en diciembre del 96. El periódico recapitulaba los cuestionamientos al magistrado a lo largo de los noventa, incluida la conversación de su hijo Carlos con el ministro Arboleda.
Nacido en Soacha en 1947, y de origen conservador, Daniel Suárez Hernández tenía el encanto personal de un hombre ambicioso e inteligente y a lo largo de su vida fue, sobre todo, amigo de abogados y políticos liberales. “Era encantador, muy gordo, un gran bebedor de whisky”, cuenta un conocido abogado externadista, quien lo conoció personalmente y pidió la reserva de su nombre.

En 1987, y en contra de la voluntad de su padre, Carlos Suárez retomó su contacto entrando a estudiar Derecho en el Externado, de donde se graduó en 1991. En esa universidad, Daniel Suárez Hernández era un respetado profesor de derecho civil que dictaba clases desde los años setenta. “Como no quería que yo entrara allá, me empeñé más en hacerlo. (…) Quería sentarme en primera fila y que mi papá me viera siendo su alumno”, contó a Bocas.
Cuando Carlos llegó al Externado, su padre empezaba a ascender al punto más alto de su carrera como abogado.
En 1991, Daniel Suárez fue elegido magistrado del Consejo de Estado en reemplazo de Gustavo de Greiff, el primer fiscal general de la Nación. Llegó a la Sección Tercera, encargada de los litigios sobre contratación pública. Cinco años después fue elegido presidente de la corporación, en 1996.
Según Suárez, sólo hasta el 96 volvió a tener una relación con su padre. Para ese año, Carlos trabajaba en el DAS bajo la dirección del abogado Marco Tulio Gutiérrez. Según su relato, Gutiérrez le delegó la tarea de montar el esquema de seguridad para su papá, recién electo presidente del Consejo de Estado. Ahí se reencontró con él y con la familia que no conocía.
Entre el 91 y el 96, Suárez trabajó como abogado primero en la Fiscalía y luego en el DAS.
En la Fiscalía, Suárez fue el asistente en el caso de Fernando Montañez Bultrón, un narcotraficante puertorriqueño quien en 1994 se fugó de los calabozos del DAS con la complicidad de varios de sus funcionarios. El equipo en el que trabajaba logró su recaptura y la judicialización de sus cómplices.
Por esa investigación, Suárez entró en contacto con la entonces subdirectora del DAS, la abogada Ana Montes, una de las funcionarias más cercanas al entonces director del organismo de seguridad y ahora columnista de El Espectador, Ramiro Bejarano. “Lo recuerdo como un joven abogado, pilo y trabajador”, recuerda Montes, quien sólo alcanzó a trabajar un par de meses con Carlos porque tuvo que renunciar a principios del 95.
Suárez se mantuvo en el cargo hasta la siguiente administración del DAS en cabeza de Marco Tulio Gutiérrez, el hombre que le ordenó armar el esquema de seguridad de su padre.
En el 2000, el papá de Suárez intentó fallidamente buscar la nominación del Consejo de Estado en la terna para ser procurador general. “Un aspirante polémico”, titulaba Semana sobre la ambición de Daniel Suárez, recordando, de nuevo, la sospechosa conversación de Carlos con el exministro samperista.
Daniel Suárez Hernández murió dos años después, en 2002, unas semanas antes de las elecciones al Congreso, donde competía en la lista al Senado del Partido Liberal bajo la línea del congresista Héctor Elí Rojas. Según dos fuentes que lo conocieron, murió de una hemorragia en la Clínica Palermo de Bogotá mientras estaba en uno de los procedimientos a los que se sometió para bajar de peso. Tenía 55 años.
“Tuvimos poco tiempo de relación”, contó Carlos.
En esa década, Suárez empezó a despuntar su exitosa carrera como abogado penalista, el oficio por el que conoció a De la Espriella.
La amistad con De la Espriella
Como su padre, Carlos Suárez estuvo a punto de morir desangrado en un hospital. Fue en un viaje a Túnez, en la década de los 2000, en uno de los viajes largos que suele hacer con su esposa, Liliana Sandoval, quien lo acompaña en sus proyectos empresariales y por la que siente un amor incondicional, según una fuente que ha tenido acceso a su círculo familiar.
Suárez cuenta que durante ese viaje empezó a sufrir de una serie de desmayos que lo tuvieron hospitalizado durante dos semanas. “Me hicieron transfusiones, nunca supieron lo que me pasaba. El regreso fue difícil por la situación médica. Cuando llegué a Colombia, me pasó todo lo contrario: me dijeron que un trombo se me había subido al pulmón”, contó en la misma entrevista.
De la Espriella se encargó personalmente de que Carlos y Liliana regresaran pronto a Colombia. Según una persona que conoce el episodio, Abelardo les pagó los aviones privados para que llegaran más rápido a Bogotá.
Luego, cuando Carlos creyó que iba a morir, le pidió a Abelardo que le entregara todo su dinero a su esposa y que le prometiera que siempre la iba a cuidar. “No se me olvida lo que hizo por mí”, le dijo a la periodista María Paulina Ortíz en la entrevista de Bocas.
“Lo que muchas personas no entienden es que Carlos y Abelardo no tienen una relación de clientes, o de socios. Mucho menos es una relación de empleado con subalterno. Son amigos de verdad y siempre van a estar a un chat de distancia”, dice el estratega político Carlos Arias, quien hizo su carrera como consultor dentro de la firma de Suárez, Estrategia y Poder.
Ese es justamente el mismo relato que tiene Suárez sobre su relación con De la Espriella: una amistad incondicional, que está por fuera de los intereses políticos y económicos, y que aspira a permanecer intacta después de cuatro años en la cúspide del poder.
Según ha contado, Suárez conoció a De la Espriella a principios de los 2000 a través de su exjefe del DAS, Marco Tulio Gutiérrez, quien los invitó a un almuerzo, y luego se siguieron encontrando de vez en cuando como litigantes.
En 2004, De La Espriella promovió un referendo contra la extradición de paramilitares y guerrilleros a través de foros universitarios en los que participó alias Ernesto Báez, exjefe del Bloque Central Bolívar recién desmovilizado. Lo hizo como líder de una ONG llamada Fundación Iniciativas por la Paz, Fipaz, que creó durante los diálogos de Justicia y Paz para buscar una salida política para los paramilitares.
De la Espriella y Mancuso fueron amigos de infancia, pese a sus diferencias de edad, y coincidieron en el colegio de La Salle, en Montería, según ha contado el mismo presidente. Por esa conexión personal, Abelardo pudo acercarse a la cúpula del paramilitarismo durante los diálogos de Santa Fe de Ralito, y años después reivindicó el liderazgo criminal de Mancuso al frente de las autodefensas. “Mancuso es mi paisano y se echó a espaldas una lucha que debimos haber dado todos los cordobeses”, le dijo De la Espriella en 2008 al periodista Gustavo Gómez, en Semana.
En paralelo al trabajo de De la Espriella con Fipaz, Suárez asumió la defensa de Mancuso durante cinco años hasta retirarse como abogado en ejercicio, en 2010. “Ese fue un proceso que me sirvió para conocer el país real, el país de las regiones, y compararlo con el ‘bogocentrismo’, que en la capital se viste de corbata, pero en las regiones se viste de otra cosa para tener complicidades que son innarrables”, dijo Suárez.
Es sobre esa época que se remontan las duras críticas del expresidente Álvaro Uribe contra Suárez. En campaña, Uribe le sacó en cara unas visitas que Carlos coordinó para que un grupo de congresistas opositores visitaran en Estados Unidos a Mancuso, extraditado por Uribe. Entre ellos, el exministro del Interior, Rodrigo Lara, y los senadores de izquierda Iván Cepeda y Piedad Córdoba, enconados enemigos de Uribe.
El Espectador publicó un correo electrónico, fechado el 14 de junio del 2009, entre Suárez y Piedad Córdoba, a quien en conversaciones personales se refería como “la negra Piedad”, una señal de su cercanía personal. En el correo, siendo abogado de Mancuso, Carlos le informaba que exparamilitares como Jorge 40, Macaco y el “Tuso” Sierra tenían la intención de hablar con ella. También le daba recomendaciones sobre el proceso con la embajada de Estados Unidos para hablar con los líderes criminales recién extraditados por el gobierno Uribe.
Suárez ha guardado silencio sobre ese episodio que hasta hoy lo enfrenta con Uribe, aunque en campaña le respondió al expresidente llamándolo “dinosaurio”. Sin embargo, desde la época de Justicia y Paz fue un crítico de las bases jurídicas de la desmovilización, y siempre pensó que el gobierno Uribe iba a terminar extraditando a los jefes paramilitares, como finalmente ocurrió.
En 2010, Suárez dejó la defensa de Mancuso, abandonó su oficio como abogado tras una década en la que pudo enriquecerse, se mudó con su esposa a Australia, repensó por completo su vida –según dijo a Bocas– y regresó a Colombia a montar la firma por la que se volvió un hombre asiduo en los pasillos del poder.
La sociedad económica con De la Espriella
Tras retirarse de abogado, la nueva vida de Carlos Suárez empezó a finales del 2013 cuando decidió fundar su consultora política, Estrategia y Poder. Lo hizo junto a Óscar Ritoré, un publicista cercano a la poderosa familia Daes de Barranquilla, que luego dejó la firma. En el inicio de la consultora, De la Espriella era el dueño del 33% de las acciones de la nueva empresa, según su registro público de marzo del 2014.
Suárez instaló la firma en la oficina de un cuarto piso de la Zona T, una de las zonas más costosas del norte de Bogotá. La oficina era parte del pago de los honorarios que un cliente le hizo a De la Espriella, como lo pudo establecer La Silla. En esa oficina, De la Espriella también montó el área de comunicaciones de su firma de abogados.
Desde el inicio de Estrategia y Poder, Abelardo, además de socio, era uno de los principales clientes de la firma de Suárez. Juntos pensaron y ejecutaron la estrategia de mercadeo con la que De la Espriella lleva años construyendo la narrativa de un empresario exitoso y hedonista que puede cantar ópera, tener su propia marca de ron y pasar largas temporadas en sus propiedades entre el Caribe y el Mediterráneo.
La imagen de prosperidad construida para De la Espriella no se sostiene en los balances de su red empresarial, como lo reveló La Silla. En esa red, Suárez y su esposa Liliana son socios claves. Los dos son fundadores de la Fundación De la Espriella y dueños de Churca SAS, la empresa que tiene el 30 por ciento de las acciones de De La Espriella Style. Suárez además aparece en los papeles de la empresa estadounidense Abeluci Cars Corp, junto con la esposa de De la Espriella, Ana Lucía Pineda. La firma tiene un objeto amplio y les permite realizar cualquier actividad comercial en los Estados Unidos.
Para las presidenciales, según los registros entregados al Consejo Nacional Electoral, la campaña De la Espriella le pagó a Estrategia y Poder más de 4.300 millones de pesos en primera vuelta y 1.450 millones en segunda vuelta.
Tras la victoria de De la Espriella, y el nombramiento en Ecopetrol, Suárez sigue en el día a día de su firma, ahora dirigida por el abogado vallenato Mauricio Maestre, y aspira a convertirse en la consultora más cotizada para las elecciones regionales con el aire de tener al amigo y socio del presidente como estratega senior.
“Primer paso para ganar una elección: contratarnos”, se lee en una reciente publicación de Suárez en Instagram.
El consultor que aspira a las grandes ligas
Dentro del gremio de consultores políticos, Suárez no era considerado un estratega de grandes ligas. Nunca había estado detrás de una campaña presidencial ganadora, ni siquiera a nivel de Latinoamérica, y sus triunfos en Colombia antes de De la Espriella estuvieron de la mano de la clase política tradicional a la que ahora dice confrontar y que en campaña tachó como “los de siempre”. Y a excepción de De la Espriella, sus candidatos ganaron mezclando clientelismo con estrategia de comunicación política.
En noviembre del 2016, en unas pequeñas cápsulas de vídeo publicadas por Kienyke en Youtube, Suárez explicaba la fórmula de Estrategia y Poder para lograr la victoria en cada una de las campañas regionales que asesoró.
De la segunda alcaldía de Alejandro Char, en Barranquilla, se abrogó el mérito de descubrir que los votantes querían la continuidad de las políticas de su primera administración; de la primera gobernación de Dilian Francisca Toro, en el Valle, exaltó el énfasis que hicieron en su trayectoria pública; de la gobernación de Rosa Cotes en el Magdalena habló de su decisión de aprovechar su “cercanía” con los votantes; y de Oneida Pinto en la Guajira dijo haber esquivado una “campaña de desprestigio” destacando su liderazgo femenino nacido en el seno de una comunidad indígena.
Como lo haría años después por el triunfo de De la Espriella, Suárez habla de una batería de mediciones que le permitieron entender los sentimientos de los votantes de “esquina a esquina” y se autoelogia por haber encontrado la narrativa precisa para sus candidatos, aunque fueran poco definitivas comparadas con el poder de una maquinaria tradicional, como promover el continuismo de Char.
Pero con su talento para construir relatos victoriosos, sobre todo cuando se tratan de sus propias victorias, Suárez ha sido capaz de presentarse como la pieza fundamental de cualquier campaña, aunque se trate de la del Ñoño Elías –otro político clientelista que años después fue condenado por corrupción–, o de Oneida Pinto, la exgobernadora de la Guajira que llegó apadrinada del también exgobernador Juan Francisco “Kiko” Gómez, condenado por homicidio e investigado por vínculos con bandas criminales.
“(Oneida) adicionalmente tuvo un reto muy, muy complicado: lidiar con un estigma de medios de comunicación y con una imagen que se la ha pretendido crear”, dijo Suárez en KienyKe luego del triunfo de Pinto, avalada por Cambio Radical.
Pero los cuestionamientos sobre la exgobernadora no eran simplemente una narrativa impulsada por el “bienpensante” establecimiento mediático bogotano. Años después, terminó destituida e inhabilitada por 10 años debido a las irregularidades en un contrato de cerca de $20.000 millones destinado a llevar tecnología a colegios públicos de La Guajira.
Por la campaña de Oneida Pinto, Estrategia y Poder ganó su primer “Napolitan Victory Awards”, un galardón entregado por la Academia de Artes y Ciencias Políticas de Washington (Wapas), una sociedad que organiza competencias sobre comunicación política. La organización ha sido cuestionada por ofrecer membresías para que las firmas postuladas obtengan nominaciones y reconocimientos que eleven su prestigio, y no por ser una evaluadora objetiva de las mejores estrategias políticas, como un circuito de autoelogios que consultoras emergentes como las de Suárez necesitan para mejorar su imagen.
Cuando empezó a escribir en La Silla, Suárez venía de ser fuente de su directora, Juanita León, desde que ella cubrió la desmovilización de los paramilitares en Ralito. Le dio el espacio porque Suárez había conocido las bisagras entre el mundo legal y el ilegal y tenía una noción poco convencional y aguda de la política. Sus primeras columnas fueron publicadas comenzando el gobierno de Iván Duque, un presidente al que Suárez cuestionó por su liderazgo débil y por su gabinete de presuntos tecnócratas sin representación política.
“Duque se encontró la presidencia en una rifa, sacó la balota ganadora y a la hora de administrar el premio, en vez de desarrollar la grandeza que merece el cargo que le entregó Uribe, quedó reducido a sus justas proporciones: a hablar como un gerente de departamento administrativo”, escribió en una columna de noviembre del 2019 titulada “Extrañando a Santos”.
En esos textos pueden encontrarse las semillas ideológicas del abelardismo: la confrontación sin cuartel con la izquierda, vista como un peligro democrático; el cuestionamiento al déficit democrático con el que nació la JEP tras el triunfo del “No” en el Plebiscito del 2016; el desprecio por el establecimiento bogotano; la necesidad de un liderazgo fuerte que tomara nota del auge de la nueva derecha; y el impacto de las redes sociales en la nueva política electoral.
Con ese conjunto de ideas y resentimientos, ahora promovidos con el entusiasmo tecnológico que se entrega a los dictados de los algoritmos, Suárez logró convertirse en el estratega del proyecto populista que lidera Abelardo de la Espriella.
https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/carlos-suarez-el-estratega-del-proyecto-populista-de-abelardo-de-la-espriella/
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