El nuevo atlas de Galápagos desvela 48 especies marinas desconocidas para la ciencia
Cuarenta y ocho especies que la ciencia no había catalogado nunca. Ese es el balance del Atlas Marino de las Islas Galápagos, presentado esta semana por la Fundación Charles Darwin, la Dirección del Parque Nacional Galápagos y un consorcio internacional de instituciones oceanográficas tras cinco años de trabajo en el archipiélago ecuatoriano. Se publica en abierto, accesible por internet, y reúne más de 4.500 fotografías submarinas, mapas batimétricos detallados y descripciones taxonómicas de los ecosistemas marinos de una de las regiones más biodiversas del planeta. Para Ecuador supone un respaldo a sus políticas de conservación; para las islas, un argumento más para reivindicar su valor patrimonial: aquí encontró Charles Darwin las pistas que acabarían dando forma a su teoría de la evolución.
Las 48 especies se reparten en cuatro grupos: peces óseos (12, varios del género Lythrypnus), invertebrados bentónicos (18, entre crustáceos, moluscos y equinodermos), algas marinas (10) y microorganismos planctónicos (8). La más llamativa es quizá una medusa bioluminiscente de la familia Pandeidae, capaz de emitir destellos azulados en la oscuridad del fondo, que los investigadores han bautizado provisionalmente como Pandea galapagensis. También figura un pequeño tiburón gato de fondos rocosos, Bythaelurus giddingsi, de apenas medio metro: en cinco años de búsqueda sistemática solo se han localizado tres ejemplares vivos.
El trabajo de campo ha exigido más de 1.200 horas de buceo científico y el recurso a sumergibles no tripulados que operan hasta los 1.500 metros de profundidad. Con esos medios, el equipo ha cartografiado 38 montes submarinos hasta ahora inexplorados, ha identificado 12 arrecifes de coral de aguas frías y ha localizado 17 zonas de cría del tiburón ballena (Rhincodon typus), el pez más grande del mundo. Toda esa información ha quedado integrada en una base de datos georreferenciada que permite consultar el estado de cada ecosistema, las especies que lo habitan y las amenazas que lo acechan, con vistas a diseñar medidas de protección concretas.
La importancia del atlas no se agota en la ciencia. Galápagos recibe cada año más de 270.000 turistas, una industria que aporta a Ecuador alrededor de 600 millones de dólares anuales y que depende directamente de la salud de sus ecosistemas marinos. La sobreexplotación pesquera, el cambio climático y los plásticos son las tres grandes amenazas que pesan sobre el archipiélago. Contar con un inventario preciso de su biodiversidad es la condición previa para gestionar de forma sostenible un recurso natural que no tiene precio.
El atlas dibuja también corredores biológicos submarinos que unen Galápagos con la isla del Coco (Costa Rica), Malpelo (Colombia) y Coiba (Panamá): la red de áreas marinas protegidas conocida como Corredor Marino del Pacífico Este Tropical (CMAR). Por ellos transitan tiburones, tortugas marinas, mantarrayas y ballenas, lo que confirma que proteger de verdad exige coordinación entre países. En esa dirección, los gobiernos de Ecuador, Costa Rica, Colombia y Panamá anunciaron esta semana una ampliación conjunta de sus áreas protegidas que sumará más de 500.000 kilómetros cuadrados, una superficie casi equivalente a la de España.
España ha participado a través del Instituto Español de Oceanografía (IEO) y del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), que han aportado tecnología de secuenciación genética y formación de especialistas. «El atlas de Galápagos demuestra que la ciencia y la conservación son inseparables. Conocer para proteger: esa debe ser la máxima de cualquier política ambiental seria en el siglo XXI», sostiene el biólogo Rafael Araujo, codirector del proyecto. La publicación coincide, además, con la celebración en Madrid de la XV Cumbre Iberoamericana de Biodiversidad, en la que los ministros de Medio Ambiente de la región discuten estas mes nuevas medidas para frenar la pérdida de especies.
Entre la comunidad científica española el interés es especial, porque ve en el atlas un modelo replicable. El Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC), en Barcelona, ya ha anunciado un proyecto análogo para el Mediterráneo, previsto para 2027-2030, con el que pretende catalogar la biodiversidad de las áreas marinas protegidas españolas, en particular el parque nacional de Cabrera, la reserva de la plataforma continental de Galicia y los fondos de El Cachucho, frente a Asturias. «Galápagos es un laboratorio único, pero el Mediterráneo también alberga una riqueza extraordinaria, aún insuficientemente estudiada. Necesitamos un atlas similar para nuestros mares si queremos protegerlos eficazmente frente al cambio climático y la presión humana», afirma la doctora Marta Coll, investigadora del ICM. El proyecto, que todavía no tiene presupuesto cerrado, podría financiarse en parte con fondos europeos Next Generation y sumar la colaboración de Italia, Francia y Grecia.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CLAUDIA VALEAN CARPA
Inventora en España desde 2022 y profesional con sólida trayectoria en liderazgo, gestión estratégica y dirección de equipos. Con experiencia internacional vinculada al ámbito de la investigación y más de 17 años de experiencia en gestión profesional y desarrollo organizativo.
Comprometida con la excelencia, la innovación y el crecimiento continuo, considero que el liderazgo se construye a través de la perseverancia, la visión estratégica y la capacidad de generar valor en cada proyecto. Destaco por mi capacidad de organización, coordinación de equipos y orientación a resultados en entornos dinámicos y de alta responsabilidad.




















