Observamos con desazón cómo el orden internacional que nació de las ruinas de las dos grandes guerras europeas ha ingresado en un paréntesis, para dar paso a una confrontación en algunos lugares híbrida y en otras directa: pareciera que el genocidio de los gazatíes expuesto en toda su crudeza es la constante del periodo.
Omar Cid. Escritor. Teólogo. Analista. «El Siglo». 25/10/2026. Son tiempos crueles para la cultura. Las restricciones impuestas desde el Estado bajo la administración Kast, con su recorte aproximado de $49 mil millones de pesos para el presupuesto 2027 del Ministerio de las Culturas, han vuelto dramática la situación para los trabajadores del rubro. No es la primera vez en nuestra historia reciente. Y para ser franco, los espacios culturales al interior de los medios de comunicación, salvo excepciones honrosas, son hoy casi inexistentes. Las secciones que antes dedicaban páginas a la crítica literaria, cinematográfica o musical han sido reemplazadas por catálogos de gastronomía, viajes y bienestar: un ocio activo de tarjeta de crédito que mide «lo cultural» por su capacidad de generar consumo, alejándose de la reflexión y la experiencia estética en su sentido más amplio. Plantearse, por tanto, una propuesta cultural en un medio como El Siglo puede ser considerado arriesgado e incluso quijotesco.
Vivimos una época inquietante. Lo que se construyó a sangre y fuego ‒y que ha sido cacareado a diestra y siniestra como un hito‒ se desmorona, hace agua, y sus restauradores, entre la neurosis y la esquizofrenia, se desenvuelven en el escenario como títeres de un drama satírico. Eso sí, han cumplido a cabalidad la orden del titiritero: recaudar y recaudar.
Observamos con desazón cómo el orden internacional que nació de las ruinas de las dos grandes guerras europeas ha ingresado en un paréntesis, para dar paso a una confrontación en algunos lugares híbrida y en otras directa: pareciera que el genocidio de los gazatíes expuesto en toda su crudeza es la constante del periodo.
La crisis civilizatoria no se cumpliría sin considerar el gran terremoto que implica el retorno de Asia y la extensión euroasiática como eje y polo civilizatorio; en ese intertanto, Europa exhibe su papel de colonia destinada al tormento y nuestro continente sufre los rigores de la potencia que a regañadientes cede espacio y con ello reduce su capacidad de hegemonía. En síntesis, un imperio sin periferia sufriente enfrentaría una crisis existencial.
La perspectiva antes descrita, poco a poco ha ido cristalizando. Su paso lento en el escenario cultural es producto de la diversidad de corrientes que conviven en el ámbito interno —cruzadas las más de las veces— por intereses que desplazan, omiten o subordinan esta realidad. Dicho de otro modo, la colonialidad epistémica, el provincialismo, las corrientes globalistas y posmodernas que, como neoconquistadores, coparon la academia y las subjetividades de la posdictadura, se han transformado en una coraza implacable, en lentes distorsionadores, en pastillas destinadas a anestesiar el pensamiento, distanciándolo del sistema mundo y sus relaciones de poder.
Si a eso sumamos la variante de la guerra cognitiva, de la que somos víctimas cada día, cada hora, cada minuto, fruto de la intoxicación informativa, cuyo objetivo en base a deformaciones, omisiones y falsedades repetidas hasta el hartazgo es dañar la capacidad de reflexión, de análisis y de interpretación de la realidad, ¿no habrá que meditar su impacto en la dimensión cultural? ¿No será que hoy todo es cancha y las disquisiciones sobre arte puro o comprometido quedaron fuera de juego, bajo el principio de considerar el cerebro y el comportamiento como objetivo de guerra? Lo que hemos visto en los recientes procesos electorales, en la construcción de discursividades y audiencias —y por tanto de una cultura basada en granjas de bots— no es ya un elemento perturbador. El caso de Fernando Cerimedo es una sirena de alerta aterradoramente potente, una luz roja que parpadea para advertirnos de un peligro forzoso. A esto se suma la propia IA y sus reverberaciones en el mundo de la cultura. Se dice sencillo. Bajo esta fragilidad, una salida es la urgencia de abordar estos temas en clave descolonizadora.
Obligarnos a [re]leer y releernos pareciera estar en el centro de los desafíos de construir una mirada propia que recoja el patrimonio histórico que vincula a las izquierdas y la cultura en nuestro país; se trata de lazos profundos, tan internalizados que resulta difícil separarlos. Ya el joven Francisco de Bilbao, desde las élites liberales, estremeció los cimientos de la aristocracia conservadora con su ensayo Sociabilidad chilena (1844). El obrero tipógrafo Luis Emilio Recabarren dio un paso decisivo: al atreverse a generar las condiciones para que los obreros hablaran por sí mismos a través de sus medios de comunicación. El teatro, la poesía, la música, la sola lectura eran experiencias liberadoras en un Chile recargado de carencias de todo tipo.
Ese hilo histórico no se interrumpió. Pasó por la poesía épica de Neruda, que convirtió el Canto General en una cartografía continental de la dignidad; por la Nueva Canción Chilena, que hizo de la música un acto de memoria y resistencia; por la cultura clandestina de la dictadura, que sostuvo la palabra en plena tormenta y a la intemperie. No se puede entender al sujeto social popular que fue artífice de las transformaciones más relevantes en nuestro país sin ese reconocimiento al mundo cultural.
Esa tradición de resistencia no puede ni debe ser olvidada, pero tampoco transformarse en un fetiche que no permita advertir las nuevas maneras de brotar y expandirse que adquiere el fenómeno cultural. Hoy, frente a un Chile individual, mercantilizado y anestesiado, la cultura puede abrir un espacio de exterioridad: un lugar desde el cual se pueda pensar, sentir y nombrar lo que el sistema totalizador excluye. No se trata sólo de «hacer cultura» como entretenimiento, sino de cuestionar radicalmente una civilización de la muerte que pone en riesgo incluso a todos los seres vivos. Las Tesis y su performance El violador eres tú son un buen ejemplo de esa propuesta, los círculos de lectores y talleres variopintos, donde la poesía, el cuento y el canto pervive lejos de la llamada industria cultural, son parte de esa frontera.
La crisis cultural en curso es civilizatoria. El extractivismo capitalista destruye tanto los ecosistemas como las formas de vida comunitaria que los habitan. Sus víctimas son los cuerpos marginados, racializados, explotados, excluidos, sexualizados, destinados a la inmolación. Detrás de esa máquina de destrucción existe una racionalidad, una matriz de pensamiento cuya base de exclusión tiene su origen histórico en la experiencia de la conquista: es decir, 1492.
Por esta razón, el mundo cultural y sus maneras de sentipensar no pueden huir de ese extractivismo; son parte del botín. Frente a la pretensión de reconquista, ahora en otro código y lengua que pone en peligro nuestra manera de decir, nuestras formas de expresión más básicas, nuestra historia, los elementos que nos unen como pueblo, como experiencia narrativa traducida en escritura, canto, teatro, pintura, etc., vale la pena darse la tarea de abrir un espacio donde confluyan voces que tengan como eje una mirada que reivindique la posibilidad de vivir de otro modo, en dignidad soberana.
Puede que, bajo estas condiciones, el esfuerzo, la perseverancia y la porfía marcados por nuestros antecesores sea la semilla que permita diseminar esta idea, a modo de invitación y provocación a la vez.
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