

El viernes 16 de octubre 2026, la sala Live Era se convirtió en el escenario de una celebración donde el rock, la nostalgia y el espíritu de Halloween se encontraron para dar vida a una fiesta en la que el público también fue protagonista.
Hay canciones que desafían el paso del tiempo y que, apenas comienzan a sonar, tienen la capacidad de devolvernos a otros momentos de nuestras vidas. Quizás porque la música no solamente se escucha: también se habita. Con ese espíritu, Pogo Fest desembarcó en Montevideo con una edición especial dedicada a Halloween. La propuesta, proveniente de Argentina, despertó una importante expectativa y la sala estuvo rebosante de público, mayormente jóvenes veinteañeros que entonaron canciones que, en buena medida, pertenecen a la banda sonora de la juventud de sus padres (por cierto, una grata noticia para quienes fuimos adolescentes en los años noventa y todavía entonamos como himnos buena parte de las canciones que sonaron).
La convocatoria prometía un recorrido por diferentes épocas y vertientes musicales, con canciones de bandas emblemáticas como Nirvana, Metallica, Green Day, Linkin Park, Oasis, Queen, System of a Down, Arctic Monkeys, The Strokes y Red Hot Chili Peppers, entre otras. Una selección que invitaba a transitar desde la crudeza del grunge hasta la potencia del hard rock y el metal, pasando por el rock alternativo y los grandes temas que marcaron a distintas generaciones. Durante la noche, el repertorio también permitió disfrutar de la inconfundible potencia de Guns N’ Roses, del talento de Michael Jackson y de la excelsa música de Charly García, uno de los grandes referentes del rock argentino. Todo, por cierto, gracias a una selección musical a cargo de unos DJ que estuvieron a la altura de la ocasión.
Fue una noche en la que confluyeron expresiones artísticas diferentes, unidas por una extraordinaria capacidad para trascender las fronteras del tiempo y permanecer vivas en la memoria colectiva. Y, justamente, mientras la sala se poblaba de fantasmas, demonios y criaturas surgidas del imaginario del terror, las canciones de artistas que marcaron distintas épocas regresaban para recordarnos que ciertas expresiones del arte logran vencer al olvido.
Entre los asistentes podían encontrarse personajes surgidos del universo cinematográfico del terror, rostros cuidadosamente maquillados, máscaras inquietantes y vestimentas que parecían trasladar a la pista de baile escenas de alguna película fantástica. Una monja demoníaca, reconocible por su caracterización inspirada en el cine de terror, compartía el espacio con otras criaturas de apariencia amenazante y personajes que oscilaban entre lo siniestro y lo extravagante. El público no se limitaba a ocupar el lugar tradicional del espectador. Con sus disfraces, maquillajes y formas de participación, los asistentes contribuyeron a construir la identidad visual de la fiesta. Hubo algo particularmente interesante en aquella convivencia de criaturas. El terror, que en el cine busca provocar inquietud o miedo, se transformó en un motivo de encuentro, diversión y complicidad. Aquello que habitualmente representa una amenaza se convirtió, por unas horas, en una expresión festiva. Y en ese juego de apariencias, mientras algunos ocultaban sus rostros detrás de máscaras y maquillajes, parecían encontrar nuevas maneras de expresarse. Como si, en ocasiones, necesitáramos disfrazarnos para revelar aspectos de nosotros mismos que permanecen escondidos durante la vida cotidiana.
Y así, el templo rockero de Live Era comenzó, minuto a minuto, a transformarse en un espacio profundamente dionisíaco, donde la música invitaba a abandonar momentáneamente el orden, la mesura y las convenciones para entregarse a la intensidad de la experiencia compartida. Nietzsche encontró en la figura de Dionisio una expresión de aquellos impulsos vitales que desbordan los límites de la racionalidad y permiten al individuo experimentar una forma de comunión con los demás. La música, desde esa perspectiva, posee una capacidad singular para desdibujar las fronteras que habitualmente nos separan. Algo de ese espíritu puede reconocerse en celebraciones como Pogo Fest. El nombre mismo de la fiesta remite a una de las expresiones corporales más características del rock: el pogo, ese particular movimiento colectivo en el que los cuerpos se aproximan, se empujan y vuelven a encontrarse siguiendo la intensidad de las canciones. Y vaya si estuvo presente en la noche del viernes, como puede apreciarse en el registro audiovisual que acompaña esta crónica.
En tiempos en que buena parte de nuestras relaciones se desarrolla a través de pantallas, algoritmos y plataformas digitales, esta experiencia adquiere un significado especial. Los cuerpos vuelven a ocupar un mismo espacio y la música recupera su capacidad de construir comunidad. En aquella convivencia de máscaras, música y recuerdos hubo algo más que una propuesta de entretenimiento. Hubo también una celebración de la imaginación, de la libertad expresiva y de esa necesidad profundamente humana de reunirnos alrededor de experiencias compartidas.
¡Que tengamos Pogo Fest para rato! Nos lo merecemos. Y nos hace muy bien.
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