
A más de 3.000 metros de altitud, con el aire fino y las noches a punto de helar, una de las lagartijas andinas se tumba sobre una roca y espera a que el sol le caliente la espalda. Parece poca cosa. Sin embargo, esa escena se repite en laderas andinas donde los zoólogos siguen encontrando animales que la ciencia no había descrito nunca.
Cuando se anuncia una nueva especie de lagartija en los Andes peruanos, la noticia suele ocupar pocas líneas. Detrás hay años de trabajo de campo, comparaciones en museos y análisis de laboratorio. Y una idea que conviene tener clara: no hablamos de un territorio ya explorado a fondo, sino de uno que aún guarda mucho por catalogar.
Un animal que vive al límite del frío
Un reptil necesita calor externo para ponerse en marcha. En la montaña eso es un problema serio, porque el aire es frío y las noches son largas. Las lagartijas andinas lo resuelven con una rutina de precisión: salen temprano, se exponen al sol sobre piedras o troncos, suben su temperatura corporal y se refugian en grietas o entre la vegetación cuando el frío vuelve.
Algunas, sobre todo dentro del género Liolaemus, uno de los grupos más diversos de lagartos de Sudamérica, han ido más lejos: muchas especies de altura no ponen huevos, sino que paren crías vivas. Es una ventaja evidente. La madre, al buscar el sol, mantiene a las crías en un ambiente térmico más estable que el de un nido a ras de suelo, donde una helada puede arruinar la puesta.
Los colores también cuentan. Los tonos oscuros captan calor con más eficacia, y en muchas lagartijas de montaña las tonalidades pardas, grisáceas o con manchas ayudan, además, a pasar inadvertidas entre la roca y la hierba dura de la puna.
¿Cómo se sabe que es una especie nueva?
No basta con que un animal parezca distinto. El proceso suele ser lento y metódico.
Primero se recoge un ejemplar, o varios, en el campo y se conserva en una colección científica. Allí se examina con detalle: el número y la disposición de las escamas, las proporciones de la cabeza, el patrón de color, el tamaño de las patas. Después se compara con los ejemplares de especies parecidas que ya están descritas, a veces guardados en museos de varios países desde hace décadas.
A eso se suma el ADN. Secuenciar fragmentos del material genético permite medir cuánto se ha separado un linaje de sus parientes más próximos. Hay lagartijas casi idénticas a simple vista que resultan ser especies distintas, y otras que varían mucho de aspecto y son una sola. La genética ayuda a deshacer esos equívocos.
Al final se publica una descripción formal en una revista científica y se elige un ejemplar de referencia, el holotipo, que queda custodiado como patrón. Si alguien dentro de cien años duda de si ha encontrado la misma especie, podrá volver a ese ejemplar y compararlo. El nombre científico suele aludir al lugar del hallazgo, a un rasgo del animal o a una persona vinculada a su estudio.
¿Por qué aparecen tantas especies nuevas precisamente ahí?
La respuesta está en el relieve. Los Andes no son una cadena continua y homogénea, sino un mosaico de valles profundos, cumbres, mesetas y pendientes que cambian de clima en pocos kilómetros. Una población de lagartijas andinas atrapada en un valle de altura puede quedar aislada de las vecinas durante miles de generaciones. Con el tiempo, y sin intercambio genético, cada grupo se va diferenciando.
El resultado es un territorio con muchas especies de área reducida, a veces confinadas a una sola ladera o a un único sistema de lagunas. Los Andes tropicales figuran entre las regiones del planeta con mayor riqueza de vida, y Perú reúne una gran parte de esa variedad, desde los bosques de niebla hasta los pajonales de altura.
Esa distribución minúscula tiene su cara menos cómoda. Una especie que solo vive en un rincón de montaña es vulnerable a lo que ocurra en ese rincón: el pastoreo intensivo, las quemas para renovar pastos, la apertura de caminos o el avance de actividades extractivas. También el clima importa, porque muchos animales de altura tienden a desplazarse cuesta arriba cuando se calienta el ambiente, hasta que la montaña se acaba.
Una lagartija pequeña, un efecto grande en el territorio
Un hallazgo de este tipo no se queda en el cuaderno del investigador. Dar nombre a una especie la convierte en un elemento concreto que se puede incluir en inventarios, estudios de impacto ambiental y planes de manejo de áreas protegidas. Mientras un animal no está descrito, es invisible a efectos de gestión.
Para las comunidades de montaña, la biodiversidad singular puede traducirse en oportunidades reales. Las rutas de observación de fauna y flora, los alojamientos rurales y los servicios de guía especializada generan ingresos en zonas donde las alternativas económicas son escasas. Los visitantes interesados en herpetología, o en la naturaleza de altura en general, buscan precisamente lugares donde haya algo que no se encuentra en ningún otro sitio.
También hay un retorno para la propia ciencia local. Cada descripción de lagartijas andinas alimenta colecciones en universidades y museos peruanos, forma a jóvenes biólogos y atrae proyectos de investigación que dejan equipamiento, empleo temporal y conocimiento en la región. Una lagartija de pocos centímetros puede acabar siendo, sin proponérselo, un argumento para conservar la ladera entera donde vive.
https://www.ambientum.com/ambientum/medio-natural/lagartijas-andinas-nuevas-especies.asp
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