
El agua que se va por el desagüe de una ciudad no desaparece: emprende un viaje de varios kilómetros por tuberías enterradas, llega a una gran depuradora y allí pasa por una sucesión de filtros, tanques y microorganismos hambrientos antes de volver a un río. Es un recorrido poco visible, pero ocupa a miles de profesionales cada día y funciona sin descanso, de noche y de día, en laborables y en festivos.
Lo primero: quitar lo que no debería estar ahí
Unas rejas o tamices retienen los sólidos grandes. Después, el agua se frena en canales donde la arena y la gravilla se hunden por su propio peso. Y en otros tanques, las grasas, que flotan, se recogen desde la superficie con rasquetas. Nada de esto requiere química: es física elemental, la misma que separa el aceite del agua en un vaso.
Esta fase protege a las demás. Una bomba atascada por un montón de toallitas puede parar una instalación entera, y de ahí el empeño de las empresas de saneamiento en recordar que el váter no es una papelera.
Los decantadores: dejar que el agua repose
Superada la limpieza gruesa en la depuradora, el agua entra en grandes depósitos circulares, a menudo de varias decenas de metros de diámetro, donde se mueve muy despacio. Con esa calma, buena parte de las partículas en suspensión se posa en el fondo y forma un lodo. Es el tratamiento primario.
Quien haya visto cómo se asienta el barro en un charco tras la lluvia entiende el principio. Aquí se aplica a escala industrial y con paciencia: el agua puede permanecer allí un par de horas. El lodo del fondo se retira por abajo y el agua más clara sale por el borde superior, rebosando con suavidad.
¿Quién hace el trabajo sucio? Bacterias, y muchas
La parte más curiosa llega después, en el tratamiento secundario. Lo que queda en el agua es sobre todo materia orgánica disuelta, imposible de filtrar con una reja. La solución es biológica: poner a trabajar a comunidades de bacterias y otros microorganismos que se alimentan precisamente de esa materia.
En el sistema más extendido de una depuradora, el de fangos activos, el agua pasa a balsas donde se insufla aire de manera continua. Esas burbujas aportan el oxígeno que necesitan los microbios para multiplicarse y digerir la contaminación. Desde fuera, la superficie parece un caldo marrón en ebullición suave. Dentro, hay un ecosistema entero: bacterias, protozoos y pequeños organismos que se agrupan en flóculos, unas especies de copos que luego se asientan con facilidad.
Un segundo decantador separa esos copos del agua ya mucho más limpia. Parte del fango se devuelve a las balsas para mantener la población de microbios en forma, y el sobrante se retira para tratarlo aparte. Es, en esencia, una cadena de montaje donde los empleados son microscópicos y nunca piden vacaciones.
Lo que sigue: pulido final y destino del lodo
No todas las depuradoras se detienen en el secundario. Según el lugar donde vaya a verterse el agua, puede añadirse un tratamiento terciario para eliminar nutrientes como el nitrógeno y el fósforo, que en exceso favorecen la proliferación de algas en ríos y embalses. Otras plantas aplican filtración fina o desinfección con luz ultravioleta o con cloro, sobre todo cuando el agua se va a reutilizar para riego de parques o limpieza de calles.
El lodo, por su parte, tiene su propia vida. En muchas instalaciones se introduce en digestores, grandes depósitos cerrados donde otras bacterias, sin oxígeno, lo descomponen y generan biogás, rico en metano. Ese gas se puede quemar para producir electricidad y calor, con lo que la planta cubre una parte de su propio consumo energético. Lo que resta, ya estabilizado, suele destinarse a usos agrícolas o a otros tratamientos, según el caso.
Un río más limpio, cifras de una gran planta
El agua depurada se devuelve al cauce con una calidad que permite al río seguir con su vida: peces, plantas de ribera y, aguas abajo, otras ciudades que a su vez la captarán para potabilizarla. Cada ciudad es, en cierto modo, el vecino de río arriba de la siguiente.
Para hacerse una idea de la escala, basta mirar a las grandes plantas: una depuradora de una gran área metropolitana puede tratar cada día cientos de miles de metros cúbicos, el equivalente a llenar varios cientos de piscinas olímpicas en veinticuatro horas. Y todo el proceso, desde la reja de entrada hasta el vertido final, se completa en cuestión de horas.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
Prensa Mercosur es un diario online de iniciativa privada que fue fundado en 2001, donde nuestro principal objetivos es trabajar y apoyar a órganos públicos y privados.
- ★Alistan la pista atlética Jefferson Pérez de Miraflores para el Sudamericano Sub-18
- ★Deportivo Cuenca y su doble reto en Manta por la permanencia
- ★PSG vs Barca por Champions League: dónde ver
- ★Periodista Mónica Rincón sufre encerrona en Costanera Norte: banda roba su vehículo
- ★Bolivia — Bolivia anuncia reactivación de ferrocarril Arica La Paz tras encuentro entre Kast y Rodrigo Paz


















