

En su reciente visita al Ministerio de las Culturas, el presidente Abelardo de la Espriella anunció el inicio de una “contrarrevolución cultural”. Según explicó, el Gobierno emprenderá una lucha abierta contra el “wokismo”, al que calificó como uno de los “grandes cánceres” que amenazan la sociedad colombiana. Acusó a esta corriente de desconocer las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, falsificar la historia y promover el relativismo moral. También advirtió que ningún funcionario del Gobierno podría mantener una posición ambigua frente a esta batalla.
El discurso está atravesado por contradicciones difíciles de ignorar. El presidente denuncia que la cultura haya sido utilizada como instrumento ideológico, pero anuncia que su Gobierno emprenderá una “contrarrevolución cultural” para restaurar determinados valores. Afirma que las instituciones culturales deben pertenecer a todos los ciudadanos, pero exige a sus funcionarios compartir sus convicciones. Condena el adoctrinamiento, mientras reivindica una “interpretación correcta de los hechos de la historia”. Defiende la libertad cultural, pero ordena retirar de los espacios públicos las representaciones de personajes históricos que considera terroristas.
Estas contradicciones no son simples descuidos retóricos. Revelan una concepción según la cual las propias convicciones políticas aparecen como verdades naturales, mientras las perspectivas diferentes son descalificadas como ideologías peligrosas. La cultura nacional se presenta como una herencia homogénea que debemos recuperar, mientras el reconocimiento de la diversidad es denunciado como una fragmentación artificial de la sociedad.
Sin embargo, hay algo que me preocupa tanto como el discurso presidencial: las confusiones que rodean las ideas que pretende combatir. Muchas de las afirmaciones denunciadas como peligrosas o extremistas son bastante más sencillas de lo que sugieren sus detractores. Y, si nos tomáramos el tiempo de comprenderlas, quizás llegaríamos a una conclusión opuesta a la del presidente: como sociedad, necesitamos ser más “woke”, no menos.
Lo que las ciencias sociales nos permiten comprender
La palabra inglesa woke significa, literalmente, “despierto”. En las comunidades afroamericanas de Estados Unidos, se utilizó para invitar a mantenerse alerta frente al racismo y otras injusticias. Con el tiempo, el término se extendió a otras formas de discriminación, antes de convertirse en una etiqueta despectiva utilizada para desacreditar reivindicaciones muy diferentes.
Es perfectamente legítimo cuestionar algunas prácticas asociadas con el wokismo. Hay formas de activismo que simplifican las relaciones sociales, reducen a las personas a sus identidades o toleran mal el desacuerdo. Pero sería absurdo concluir que, por algunos excesos, debemos renunciar a comprender cómo se producen las desigualdades de género, raza, clase o sexualidad. Porque buena parte de las ideas que hoy se denuncian como “woke” son, en realidad, conocimientos básicos de las ciencias sociales.
¿Qué nos enseñan estas disciplinas? Ante todo, a reconocer cuánto de lo que pensamos, hacemos y consideramos normal depende de la sociedad en la que hemos crecido. Nuestros gustos, nuestras aspiraciones, nuestras ideas sobre lo masculino y lo femenino, nuestras clasificaciones raciales o nuestros juicios sobre las personas de otras clases sociales no surgen simplemente de la naturaleza. Los aprendemos, muchas veces sin darnos cuenta, y los transmitimos a las siguientes generaciones. Por eso también pueden cambiar.
Esta es una de las ideas fundamentales de las ciencias sociales: la construcción social de la realidad. Decir que algo es una “construcción social” no significa que sea falso o imaginario. Significa que tiene una historia, que no siempre ha sido como lo conocemos y que podría ser diferente. Pensemos en las relaciones entre hombres y mujeres. Las diferencias biológicas no explican por qué durante tanto tiempo las mujeres no pudieron votar, estudiar ciertas carreras o disponer libremente de sus bienes. Esas restricciones no estaban inscritas en sus cuerpos: eran el resultado de normas e instituciones que las sociedades habían establecido y que, con el tiempo, pudieron transformar.
Pero también debemos comprender la “realidad de las construcciones sociales”: aunque tengan un origen histórico, sus consecuencias son muy reales. Las categorías raciales, por ejemplo, no corresponden a divisiones biológicas naturales de la humanidad. Sin embargo, durante siglos sirvieron para justificar la esclavización, negar derechos y establecer jerarquías entre las personas. Y todavía hoy influyen en las oportunidades que tenemos, el trato que recibimos o la manera en que nos percibimos. Que una clasificación sea socialmente construida no significa que sus efectos sean imaginarios.
Reconocer todo esto no implica negar la biología ni creer que podemos cambiar la sociedad a voluntad. Significa comprender que muchas desigualdades que consideramos naturales son el resultado de procesos históricos que podemos estudiar y cuestionar. Transformarlas puede ser difícil, pero comprender que algo ha sido construido históricamente significa también reconocer que no estamos condenados a aceptarlo como inevitable.
¿Por qué sabemos tan poco de ciencias sociales?
No debería sorprendernos que estas ideas resulten extrañas para una parte importante de la población. En Colombia, aunque existen experiencias pedagógicas valiosas, la enseñanza escolar de las ciencias sociales suele privilegiar los acontecimientos históricos, las instituciones políticas o los conocimientos geográficos, dejando menos espacio para comprender cómo funciona la vida social. Muchos estudiantes terminan el colegio sin haber tenido la oportunidad de preguntarse seriamente cómo se construyen las diferencias de género, cómo se reproducen las desigualdades de clase o por qué seguimos clasificando a las personas según categorías raciales. Y en las universidades, quienes no estudian humanidades o ciencias sociales pueden terminar su formación profesional sin haber tenido una introducción rigurosa a estos problemas.
No se trata de que todos debamos convertirnos en sociólogos o antropólogos, ni de que las escuelas deban enseñar a los estudiantes qué pensar sobre cada controversia. Se trata, precisamente, de enseñarles a pensar: a distinguir entre lo natural y lo aprendido, a interrogar lo que parece evidente, a reconocer el peso de la historia sobre nuestras vidas y a confrontar nuestras convicciones con investigaciones y evidencias. Estas herramientas no deberían ser privilegio de quienes estudian determinadas carreras. Son parte de la formación necesaria para comprender el mundo en el que vivimos.
En su ausencia, resulta mucho más fácil presentar como peligrosas o extravagantes ideas que, explicadas con rigor, son bastante sencillas. Muchas personas conocen las caricaturas de las ciencias sociales antes de haber tenido la oportunidad de conocer sus argumentos. Así, estudiar la construcción social del género se convierte, supuestamente, en negar las diferencias biológicas; investigar el racismo equivale a dividir a la sociedad entre víctimas y culpables; y analizar las desigualdades de clase significa desconocer el esfuerzo individual. En lugar de discutir lo que realmente sostienen estas investigaciones, terminamos combatiendo versiones deformadas de ellas.
Quizás, antes de emprender una batalla contra el “wokismo”, deberíamos preocuparnos por que más colombianos tengan acceso a los conocimientos que les permitirían comprender de qué estamos hablando. Una sociedad que comprende mejor cómo se producen sus desigualdades está también mejor preparada para reconocer los sufrimientos que podría evitar. Por eso, necesitamos más ciencias sociales, no menos.
¿Qué significa ser mujer? ¿Y ser hombre?
Para comprender lo que significa la construcción social del género, basta con observar la historia de nuestras propias familias. Pensemos en nuestras abuelas. Muchas crecieron en una época en la que se esperaba que se casaran jóvenes, se ocuparan de los hijos, obedecieran a sus maridos o renunciaran a determinadas aspiraciones profesionales. Muchas no pudieron estudiar lo que querían, trabajar fuera de sus casas o disponer libremente de sus ingresos. En cambio, sus nietas pueden considerar perfectamente normal estudiar una carrera universitaria, vivir solas, no casarse o decidir no tener hijos.
¿Significa eso que nuestras abuelas eran mujeres “de verdad” y sus nietas han dejado de serlo? Evidentemente, no. Significa que las expectativas sobre lo que debe ser una mujer han cambiado profundamente en unas pocas generaciones. Y lo mismo ocurre con los hombres: las maneras de ejercer la paternidad, expresar los sentimientos o participar en las tareas domésticas también se han transformado. Nada obliga a un hombre, por naturaleza, a ocultar sus emociones, ejercer la autoridad mediante la violencia o considerar que cambiar un pañal amenaza su masculinidad.
Pero no se trata solamente de reconocer esos cambios. También debemos preguntarnos por los sufrimientos que determinadas expectativas han producido. ¿Cuántas mujeres tuvieron que soportar relaciones violentas porque se consideraba que los problemas matrimoniales debían resolverse en privado? ¿Cuántas renunciaron a sus proyectos porque se les enseñó que una buena madre debía sacrificarse por su familia? ¿Cuántos hombres aprendieron a reprimir sus emociones por miedo a parecer débiles?
El presidente reivindica los valores que nos enseñaron nuestros abuelos. Pero reconocer que algunas de sus ideas sobre lo masculino y lo femenino produjeron sufrimientos no significa despreciarlos. Tampoco significa que las mujeres deban renunciar a la maternidad o que los hombres tengan que adoptar una única manera de vivir su masculinidad. Significa, simplemente, que esas maneras de vivir deberían ser posibilidades, no obligaciones. ¿No es preferible una sociedad donde cada persona pueda construir su vida sin tener que sufrir por no ajustarse a lo que otros esperan de su sexo?
¿Por qué tendría alguien que sufrir por amar a otra persona?
Pensemos ahora en otra situación que seguramente conocemos en nuestras propias familias, entre nuestros amigos o en nuestro entorno cercano. ¿Cuántas personas han vivido con angustia su orientación sexual, no por lo que sienten, sino por miedo a las reacciones de los demás? El temor a decepcionar a sus padres, a perder su cariño, a convertirse en motivo de vergüenza para la familia o a ser rechazadas por sus compañeros.
Muchas aprenden desde muy jóvenes a vigilar sus gestos, modificar su manera de hablar o caminar y esconder aspectos de su personalidad para evitar burlas y humillaciones. Otras pasan años preparando una conversación con sus padres que sus hermanos heterosexuales nunca tendrán que afrontar. Algunas terminan alejándose de sus familias, no porque hayan dejado de quererlas, sino porque sienten que no pueden ser ellas mismas a su lado.
¿Por qué tendría que ser así? No hay ninguna razón natural para que sentir atracción por una persona del mismo sexo implique vivir con miedo, vergüenza o culpa. Buena parte de ese sufrimiento proviene de las expectativas, los prejuicios y las reacciones de quienes nos rodean. Y, como ocurre con las normas de género, esas actitudes también tienen una historia y pueden cambiar.
No hace falta compartir las mismas ideas sobre la familia, el amor o la sexualidad para reconocer algo bastante elemental: nadie debería tener que esconder a la persona que ama, vivir con miedo a ser humillado o temer perder el cariño de sus padres por su orientación sexual. ¿No sería mejor que todas las familias fueran espacios donde nadie tuviera que vivir con miedo al rechazo?
¿Por qué la apariencia de una persona tendría que convertirse en motivo de humillación?
Pensemos ahora en unos niños afrocolombianos o indígenas que crecen escuchando burlas sobre su cabello o su color de piel, que aprenden desde pequeños que ciertos rasgos físicos son considerados menos bellos que otros, o que descubren que su apariencia puede despertar sospechas en una tienda o en un centro comercial. Pensemos también en quienes sienten que deben modificar su manera de hablar, peinarse o presentarse para ser aceptados en determinados espacios. ¿Por qué tendrían que soportar esas experiencias?
El color de piel es una característica física; el valor que atribuimos a ese color es una construcción social. No hay ninguna razón natural para que un color de piel, una textura de cabello o determinados rasgos físicos se conviertan en motivos de vergüenza, inferioridad o desconfianza. Son asociaciones que hemos aprendido históricamente y que podemos desaprender. Durante siglos, las sociedades construyeron jerarquías raciales que sirvieron para justificar la esclavización, la segregación y múltiples formas de discriminación. Aunque esas jerarquías han sido cuestionadas y transformadas, algunas de sus consecuencias siguen presentes en nuestras vidas.
Y no se trata solamente de insultos o actos abiertamente racistas. También están las expectativas que se transmiten de manera casi imperceptible: qué rasgos consideramos bellos, a quién imaginamos ocupando posiciones de autoridad, qué personas nos inspiran confianza o quiénes parecen estar “fuera de lugar” en ciertos espacios. Esas pequeñas experiencias, repetidas a lo largo de una vida, pueden enseñar a algunas personas que deben esforzarse más que otras para ser reconocidas y respetadas.
Estudiar la historia de la esclavización, de la discriminación racial y de las resistencias de los pueblos afrodescendientes e indígenas no significa falsificar la historia ni dividir artificialmente a los colombianos entre opresores y oprimidos. Significa intentar comprender de dónde vienen esas desigualdades y por qué algunas persisten. ¿No sería preferible que ningún niño tuviera que sentirse menos bello, menos capaz o menos digno de confianza por su color de piel?
¿Por qué algunos derechos siguen siendo privilegios?
Pensemos, finalmente, en una de las formas más evidentes de desigualdad: la que separa las condiciones de vida de unas familias y otras. Algunos padres pueden ofrecer a sus hijos una alimentación adecuada, una buena educación, atención médica y múltiples oportunidades para desarrollar sus capacidades. Otros tienen que luchar cada día para satisfacer sus necesidades más básicas. Reconocer estas disparidades no debería confundirse con una forma de «resentimiento social». El problema no es que algunos niños crezcan en condiciones privilegiadas, sino que muchas de esas condiciones, reservadas hoy a quienes tuvieron la suerte de nacer en determinadas familias, deberían estar garantizadas para todos. Alimentarse bien, recibir atención médica de calidad, acceder a una buena educación o crecer en un entorno seguro no deberían ser privilegios, sino derechos.
Pero las desigualdades de clase no son solamente materiales. Expresiones como “tener clase”, “ser gente de bien” o “ser ordinario” establecen jerarquías entre maneras de vivir y, muchas veces, entre personas. Ciertos acentos, oficios, barrios o gustos se convierten en señales de inferioridad, mientras otros parecen conferir respetabilidad. ¿Cuántos niños empiezan, a raíz de las burlas de sus compañeros o de los comentarios de algunos adultos, a sentir vergüenza de la manera de hablar de sus padres, de su ropa o del trabajo que realizan? ¿Cuántos, en cambio, crecen convencidos de que sus propias maneras de hablar, vestir o comportarse son naturalmente superiores?
Estas desigualdades también influyen en la manera en que explicamos el éxito y el fracaso. Tendemos a atribuir los logros de quienes han crecido rodeados de oportunidades exclusivamente a su talento o esfuerzo, mientras interpretamos las dificultades de quienes han tenido menos recursos como señales de incapacidad o falta de voluntad. Reconocer el peso de las condiciones sociales no significa negar el mérito individual. Significa recordar que no todos comienzan la vida con las mismas oportunidades y que el esfuerzo no siempre recibe las mismas recompensas.
Pensemos en una madre que se acuesta cada noche angustiada porque no sabe cómo alimentar a sus hijos al día siguiente. Su situación no debería interpretarse simplemente como un fracaso personal. Debería llevarnos a preguntarnos qué clase de sociedad permite que algunas familias vivan rodeadas de abundancia mientras otras no pueden satisfacer sus necesidades más elementales. Una sociedad más justa no sería aquella en la que todos tuvieran que vivir de la misma manera, sino aquella en la que nadie estuviera condenado a la privación o a la humillación por las circunstancias en las que nació.
Una cuestión elemental de decencia
Los ejemplos podrían multiplicarse. Y todos remiten a una misma pregunta: ¿por qué deberíamos aceptar sufrimientos que podríamos evitar?
Por supuesto, no todo sufrimiento humano es socialmente producido, ni todas las desigualdades pueden eliminarse mediante cambios en nuestras maneras de pensar. No existen soluciones sencillas para todos los problemas. Las políticas destinadas a combatir las discriminaciones o reducir las desigualdades deben discutirse, evaluarse y, cuando sea necesario, corregirse.
Pero las ciencias sociales nos ofrecen algo fundamental: herramientas para reconocer aquello que considerábamos natural o inevitable y que podría ser diferente. Ese conocimiento no constituye una forma de adoctrinamiento. No obliga a adoptar una posición partidista ni prescribe una única respuesta política. Nos permite comprender mejor cómo se producen las desigualdades, cuestionar nuestras certezas y preguntarnos qué podríamos hacer para transformarlas.
Por eso resulta tan desconcertante que se presente el estudio del género, la sexualidad, la raza o la clase social como una amenaza. Comprender las restricciones que enfrentaron nuestras abuelas no significa despreciarlas. Reconocer los sufrimientos de quienes temen revelar su orientación sexual no implica atacar a la familia. Estudiar el racismo no equivale a dividir a la sociedad. Y preguntarnos por qué algunos niños crecen rodeados de oportunidades mientras otros carecen de lo indispensable no es una manifestación de resentimiento social.
Tampoco veo por qué estas preocupaciones deberían dividirnos necesariamente entre derecha e izquierda. Podemos discrepar sobre las causas de las desigualdades, sobre las políticas más adecuadas para enfrentarlas o sobre el papel que debe desempeñar el Estado. Pero reconocer que nadie debería sufrir humillaciones, violencias o privaciones evitables no tendría por qué ser patrimonio de ninguna corriente política.
Todos queremos, en principio, que las personas que amamos puedan vivir sin miedo, sin humillaciones y con oportunidades para desarrollar sus capacidades. El desafío consiste en extender esa preocupación más allá de nuestro círculo cercano, hacia personas cuyas experiencias no conocemos, cuyas formas de vida no compartimos o cuyas dificultades nos resultan ajenas. Y también en reconocer que la buena voluntad individual no basta: reducir ciertos sufrimientos exige transformar las normas, las instituciones y las condiciones materiales que contribuyen a producirlos.
No podemos evitar todos los sufrimientos. Pero sí podemos dejar de considerar normales algunos de los que nuestras propias sociedades producen. Para eso sirven también las ciencias sociales: no para decirnos qué debemos pensar ni para convencernos de que tenemos siempre la razón, sino para ayudarnos a reconocer aquello que todavía no sabemos ver y ampliar nuestras posibilidades de actuar.
Si estar woke significa mantenernos despiertos frente a esas injusticias, intentar comprender cómo se producen y preguntarnos qué podemos hacer para reducirlas, la pregunta no debería ser por qué hay tantas personas que aspiran a serlo.
La pregunta es cómo podríamos no aspirar a serlo.
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