Durante décadas, la minería aluvial de oro modificó profundamente el río Kaka y afectó la vida de comunidades indígenas leco de la Amazonía boliviana. La actividad alteró el cauce, aumentó la carga de sedimentos y redujo las posibilidades de pesca, navegación y abastecimiento de agua.
En la cuenca del Beni, además, el impacto puede medirse mediante imágenes satelitales. Entre 2000 y 2024, las 52 microcuencas con minería ilegal registrada aumentaron un 21,5 % su superficie de agua, mientras 73 microcuencas sin actividad minera perdieron un 17,2 %.
Sin embargo, ese incremento no representa una mejora hídrica. Buena parte corresponde a pozas creadas por la extracción aurífera, mientras el Beni perdió casi 14.000 hectáreas de agua natural y sumó unas 3.000 hectáreas de cuerpos de agua asociados a la minería.

Un río transformado por décadas de extracción
El deterioro del Kaka tiene antecedentes que se remontan a la segunda mitad del siglo XX, cuando comenzaron a incorporarse dragas para explotar los depósitos auríferos. Desde entonces, la actividad se expandió y alcanzó también a integrantes de comunidades indígenas.
A partir de los años 2000, el uso de maquinaria y dragas se intensificó. La remoción permanente del lecho desplazó piedras y arenas hacia las orillas, modificó el cauce y favoreció la acumulación de sedimentos en distintos sectores del río.
Como consecuencia, las condiciones que durante décadas permitieron pescar pacú, surubí y bagres, beber agua y navegar fueron reemplazadas por un ambiente mucho más alterado. Además, la contaminación vinculada con combustibles, lubricantes y mercurio incrementó las presiones sobre el ecosistema acuático.
El agua que ganó la minería
El análisis de 164 microcuencas de la cuenca del Beni permite dimensionar una transformación que no siempre resulta evidente a simple vista. Las nuevas superficies de agua corresponden principalmente a excavaciones y pozas generadas durante la explotación.
En el propio Kaka, la microcuenca que atraviesa Tomachi figura entre las más afectadas. Allí desapareció una parte considerable del agua natural y surgieron extensas áreas vinculadas con las excavaciones mineras.
Asimismo, los mapas permiten observar que la actividad extractiva coincide con territorios indígenas. En promedio, estos territorios ocupan el 34,8 % de las microcuencas analizadas del Beni, donde las nuevas pozas mineras aparecen dentro de espacios habitados por distintos pueblos originarios.

Características geoambientales de la región
La cuenca amazónica boliviana ocupa más de 714.000 kilómetros cuadrados, equivalentes a cerca del 65% del territorio nacional. Dentro de ella conviven diferentes pisos altitudinales, bosques, ríos, lagos y otros ambientes que forman un sistema hidrográfico de elevada diversidad.
El sector amazónico comprende además una transición entre los Andes tropicales y las tierras bajas. Esa conexión favorece el transporte de agua, sedimentos y nutrientes desde las zonas montañosas hacia los grandes sistemas fluviales de la Amazonía.
Por eso, la transformación de un río como el Kaka trasciende su cauce inmediato. La pérdida de vegetación ribereña, la alteración de humedales y el exceso de sedimentos pueden afectar peces, otros organismos acuáticos y los ambientes terrestres asociados.
Además, MapBiomas identifica a la minería aluvial como una de las actividades presentes en las cuencas de los ríos Kaka y Tipuani. Sus herramientas permiten seguir durante décadas los cambios en la superficie del agua mediante imágenes satelitales.
Los arroyos que todavía protegen los lecos
Frente al deterioro del Kaka, la comunidad de Tomachi conserva dos arroyos que todavía funcionan como fuentes de abastecimiento. Los habitantes buscan protegerlos de desmontes y de cualquier actividad que pueda comprometer su calidad.
En este contexto, el pueblo leco intenta evitar que la minería alcance esas pequeñas cuencas. La experiencia del Kaka funciona como referencia de lo que podría ocurrir si la extracción vuelve a avanzar sobre cursos de agua todavía conservados.
Finalmente, la comunidad apunta a fortalecer la protección de sus fuentes hídricas y recuperar actividades como el turismo y la producción de alimentos. Mientras tanto, el desafío ambiental consiste en preservar los sectores que permanecen saludables y favorecer la recuperación progresiva de un río que durante décadas sostuvo la vida de las poblaciones ribereñas.
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