
Más de 400 habitantes de Teopisca, Chiapas, recorrieron cerca de 5 kilómetros a pie para llegar a los cuatro manantiales del ejido El Porvenir, las fuentes de agua que abastecen a gran parte de la ciudad y el valle. La peregrinación no fue en silencio: llevaron cantos, música y baile tradicional para agradecer a la Madre Tierra y pedir que el agua siga fluyendo. La ceremonia ocurre mientras una sequía activa ya causó pérdidas en cultivos de maíz en la región. También pidieron perdón —colectivamente, en voz alta— por la deforestación y el daño causado a la naturaleza.
Los cuatro ojos de agua que sostienen una ciudad entera
Los manantiales del ejido El Porvenir no son un símbolo: son infraestructura real. Abastecen de agua a gran parte de Teopisca y al valle que la rodea, una ciudad en los Altos de Chiapas donde la conexión entre comunidad y fuentes naturales no se ha roto del todo. La peregrinación de este año reunió a más de 400 personas que hicieron el trayecto completo —5 kilómetros de ida— para llegar a esos cuatro ojos de agua y celebrar una ceremonia que mezcla espiritualidad, gratitud y una conciencia ambiental que ningún manual de sustentabilidad logra transmitir igual.
Lo que diferencia esta tradición de una protesta o una campaña es el tono: no hay demandas al gobierno ni consignas contra la industria. Hay música, hay baile, hay cantos dirigidos a la tierra. Y hay también algo que en los foros climáticos raramente se escucha: un pedido de perdón. La comunidad reconoció en colectivo el daño causado por la deforestación y le habló a la naturaleza como se le habla a alguien a quien le fallaste.
Sequía, maíz perdido y una respuesta que no es tecnológica
La peregrinación no llega en un momento cualquiera. Chiapas atraviesa una sequía que ya golpeó los campos de maíz —el cultivo base de la milpa y la alimentación local— y puso en alerta a comunidades que dependen del temporal para sobrevivir. En ese contexto, caminar 5 kilómetros hasta los manantiales no es folclore: es una respuesta comunitaria a una crisis real.
Lo interesante del modelo de Teopisca es que no espera ni tecnología ni política pública para actuar. La relación con el agua se mantiene viva a través del ritual: se celebra cuando fluye, se llora cuando escasea, se pide perdón cuando se daña su origen. Esa lógica —el agua como bien que se agradece, no solo que se consume— es exactamente lo que los sistemas de gestión hídrica modernos han perdido, y lo que comunidades como esta siguen custodiando.
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