La inteligencia artificial avanza a gran velocidad en Estados Unidos, pero una nueva encuesta muestra que su expansión todavía no se traduce en un respaldo mayoritario entre los votantes. El sondeo realizado por The New York Times y la Universidad de Siena revela una combinación de escepticismo, preocupación ambiental y falta de consenso político sobre cómo debería gestionarse la tecnología, mientras la construcción de los grandes centros de datos que alimentan los sistemas de IA se convierte en uno de los principales puntos de conflicto.
La encuesta fue realizada entre el 8 y el 13 de septiembre de 2026 entre 1.503 votantes probables de Estados Unidos, a menos de dos meses de las elecciones legislativas de medio término. En una de las principales conclusiones del estudio, ningún partido consiguió una ventaja amplia sobre el otro cuando se preguntó cuál estaría mejor preparado para abordar los desafíos relacionados con la inteligencia artificial: el 42% mencionó a los republicanos y el 40% a los demócratas.
La falta de una posición dominante contrasta con otros asuntos políticos en los que los encuestados sí expresaron preferencias partidarias más definidas. El resultado sugiere que la IA continúa siendo un tema relativamente nuevo para una parte importante del electorado y que todavía no existe una percepción consolidada sobre qué políticas deberían aplicarse frente al desarrollo acelerado de esta tecnología.
El rechazo a los centros de datos supera las divisiones partidarias
Uno de los datos más contundentes del estudio aparece cuando los encuestados fueron consultados específicamente sobre la construcción de centros de datos destinados a alimentar sistemas de inteligencia artificial. El 61% dijo oponerse a la construcción de estas instalaciones, mientras que la oposición se extendió entre votantes de ambos partidos.
La diferencia generacional es todavía más marcada. Cerca del 80% de los menores de 30 años manifestó su rechazo a nuevos centros de datos, mientras que entre las personas mayores de 65 años la oposición fue del 53%. Esto muestra que la preocupación no se limita a un grupo político específico y que las percepciones sobre la expansión física de la IA también están relacionadas con la edad.
Entre quienes rechazan estos complejos tecnológicos, la mayoría no plantea necesariamente una prohibición absoluta. El 56% de los opositores dijo preferir establecer límites a su construcción antes que prohibirlos completamente. Las razones mencionadas incluyen el consumo de energía y agua, las consecuencias ambientales y el impacto que las enormes instalaciones pueden tener sobre las comunidades donde se construyen.
¿Por qué los centros de datos se convirtieron en un problema político?
La expansión de la inteligencia artificial requiere una infraestructura física considerable. Los modelos más avanzados necesitan enormes cantidades de capacidad informática, lo que ha impulsado la construcción de centros de datos de grandes dimensiones.
Estas instalaciones consumen cantidades significativas de electricidad y, dependiendo de la tecnología utilizada para su refrigeración, también pueden demandar grandes volúmenes de agua. Por eso, el debate sobre la IA dejó de ser exclusivamente tecnológico y comenzó a involucrar cuestiones relacionadas con servicios públicos, precios de la electricidad, disponibilidad de agua, uso del territorio y medio ambiente.
Entre los votantes que se oponen a los centros de datos, las preocupaciones relacionadas con el cambio climático fueron mencionadas con mayor frecuencia por los demócratas. Los republicanos, en cambio, mostraron una mayor tendencia a expresar una desconfianza general hacia la inteligencia artificial. El sondeo encontró, no obstante, puntos de coincidencia importantes entre ambos grupos.
La IA todavía no es una prioridad electoral
Pese a todo el debate tecnológico, la inteligencia artificial todavía ocupa un lugar relativamente pequeño entre las preocupaciones que los estadounidenses consideran determinantes para su voto.
Menos del 1% de los encuestados señaló a la IA o a los centros de datos como el asunto más importante para decidir su voto en noviembre. La economía aparece muy por encima de esta cuestión entre las prioridades del electorado. Entre los jóvenes, sin embargo, la IA adquiere algo más de relevancia, aunque continúa lejos de los principales asuntos electorales.
Esta diferencia resulta significativa: los estadounidenses pueden mostrar preocupación por la inteligencia artificial y al mismo tiempo no considerarla todavía un factor central a la hora de elegir a sus representantes.
El debate sobre regulación llega a Washington
Mientras la opinión pública continúa dividida, el debate sobre la regulación de la IA está creciendo dentro del Congreso. La discusión enfrenta dos cuestiones principales: cómo reducir los riesgos potenciales de la tecnología y cómo evitar que una regulación demasiado restrictiva reduzca la capacidad estadounidense para competir internacionalmente.
El presidente Donald Trump se ha manifestado contra una regulación federal amplia de la inteligencia artificial, argumentando que las restricciones podrían perjudicar la capacidad de Estados Unidos para competir con China en el desarrollo tecnológico. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, también ha expresado oposición a una regulación federal amplia.
Dentro del Partido Demócrata existen, por otra parte, sectores que reclaman medidas más estrictas. El senador independiente Bernie Sanders ha planteado una pausa en determinados desarrollos de IA avanzada y ha advertido sobre posibles riesgos extremos asociados con sistemas futuros. Otros legisladores demócratas no comparten necesariamente todas esas propuestas.
El debate tampoco sigue una división partidaria absoluta. Algunos republicanos también han pedido medidas de control. En Michigan, por ejemplo, el republicano Mike Rogers y el demócrata Abdul El-Sayed han planteado posiciones favorables a una mayor regulación, aunque con propuestas diferentes.
La preocupación también alcanza a la industria tecnológica
El debate político se desarrolla al mismo tiempo que algunos de los principales ejecutivos de la industria tecnológica discuten públicamente sobre seguridad y regulación. Empresas y dirigentes del sector han comenzado a diferir sobre cuánto control gubernamental debería existir y qué mecanismos podrían utilizarse para evaluar los riesgos de los sistemas de IA.
Las advertencias incluyen desde problemas relacionados con la desinformación y el empleo hasta escenarios más extremos vinculados con sistemas autónomos cada vez más capaces. Al mismo tiempo, otros líderes de la industria sostienen que una regulación demasiado rápida podría frenar la innovación y la competencia internacional.
Esta discusión llega en un momento en que los sistemas de inteligencia artificial están pasando rápidamente de herramientas utilizadas principalmente para generar texto, imágenes o código a agentes capaces de ejecutar tareas más complejas con distintos grados de autonomía.
Un debate que puede crecer más allá de las elecciones de 2026
Los resultados de la encuesta no significan que los estadounidenses rechacen la inteligencia artificial como tecnología. El sondeo mide percepciones políticas y sociales en un momento específico y, además, muestra que una parte considerable del electorado todavía no tiene una posición completamente definida sobre la cuestión.
Lo que sí aparece con claridad es una preocupación concreta por la infraestructura física necesaria para sostener el crecimiento de la IA. La oposición a los centros de datos reúne a votantes de distintas tendencias políticas, mientras las autoridades locales enfrentan preguntas sobre quién debe asumir los costos de la expansión tecnológica.
Estados Unidos se encuentra así ante una contradicción: la inteligencia artificial es presentada por la industria y por distintos sectores políticos como una tecnología estratégica para el futuro económico y tecnológico del país, pero una parte importante de la población observa con desconfianza la infraestructura que hace posible su expansión.
Por ahora, la IA no ocupa el primer lugar entre las prioridades electorales. Sin embargo, el debate sobre quién pagará el costo energético y ambiental de la revolución tecnológica, quién establecerá sus límites y cómo se distribuirán sus beneficios ya comenzó a formar parte de la agenda política estadounidense. La encuesta de The New York Times y Siena muestra que ese debate todavía no tiene una respuesta definida, ni entre los votantes ni entre los partidos.
Foto: Reuters / Shelby Tauber / Infobae
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