La disminución del deseo sexual en las mujeres no depende exclusivamente de las hormonas. El estrés, la falta de sueño, la salud mental, la relación de pareja, determinadas medicaciones y las diferentes etapas de la vida pueden influir de manera significativa en la libido.
La sexualidad femenina es el resultado de una combinación de factores biológicos, psicológicos y sociales. Hormonas y neurotransmisores intervienen en el deseo, pero también lo hacen la atención, las emociones, la sensación de seguridad y el contexto cotidiano. Por eso, una mujer puede experimentar una disminución de la libido incluso cuando sus análisis hormonales no muestran alteraciones relevantes.
Los especialistas también señalan que el deseo femenino no siempre aparece de forma espontánea. En muchas mujeres puede ser responsivo, es decir, surgir después de la cercanía emocional, la intimidad o una estimulación adecuada, en lugar de presentarse permanentemente como un impulso inicial.
El estrés crónico y la llamada carga mental ocupan un lugar central. El cansancio, las responsabilidades, la falta de tiempo personal y los problemas de sueño pueden mantener al organismo en un estado de alerta que dificulta la conexión con el placer. Los conflictos no resueltos o la desigual distribución de responsabilidades dentro de una pareja también pueden afectar el deseo, sin que ello signifique necesariamente falta de amor.
Algunos medicamentos pueden tener efectos sobre la libido. Los anticonceptivos hormonales producen respuestas diferentes según cada persona y formulación, mientras que ciertos antidepresivos, especialmente los ISRS, pueden afectar el deseo, la excitación o el orgasmo. También pueden influir otros tratamientos, por lo que no se recomienda suspender ninguna medicación sin consultar previamente con un profesional de salud.
El posparto, la perimenopausia y la menopausia representan además etapas en las que pueden producirse cambios importantes. La falta de sueño, el dolor o la sequedad vaginal pueden modificar la experiencia sexual y hacer que el cuerpo asocie la intimidad con incomodidad.
La fluctuación del deseo durante semanas o meses puede ser normal. Sin embargo, conviene buscar orientación profesional cuando la disminución es persistente, genera malestar personal, afecta la calidad de vida o aparece acompañada de dolor, fatiga intensa, ansiedad, síntomas depresivos, sangrados anormales o cambios repentinos después de iniciar un medicamento.
Una evaluación adecuada puede considerar la historia clínica, la salud mental, el sueño, el estrés, los medicamentos y el contexto de pareja. Cuando corresponde, también pueden estudiarse factores como la función tiroidea, la prolactina o la transición menopáusica. La salud sexual, concluyen los especialistas, requiere una mirada integral y no una explicación limitada únicamente a las hormonas.
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