
La renuncia del jefe del Servicio de Neurocirugía Pediátrica del Hospital Pereira Rossell, Gonzalo Costa, abrió una crisis que va mucho más allá de la salida de un médico: puso bajo la lupa las condiciones en las que se realizan cirugías de alta complejidad, la falta de equipamiento, las tensiones dentro del equipo y una disputa de poder que involucra a autoridades hospitalarias, médicos y referentes académicos. El caso adquirió especial gravedad después de que Costa denunciara que durante meses se trabajó con instrumental insuficiente y equipamiento deteriorado, al punto de advertir sobre el riesgo de que las carencias pudieran afectar la asistencia de los pacientes pediátricos.
El conflicto tuvo uno de sus momentos más delicados en marzo, cuando un antiguo craneótomo —instrumento utilizado para abrir el cráneo durante determinadas intervenciones— dejó de funcionar correctamente. Según la reconstrucción publicada por el diario uruguayo El Observador, una cirugía quedó incompleta porque el hospital no disponía inmediatamente de otro equipo. Costa reclamó entonces condiciones mínimas para continuar operando y sostuvo que los problemas habían sido comunicados reiteradamente a las autoridades.
La dirección del hospital buscó inicialmente una solución mediante el alquiler de un equipo, una alternativa que, según fuentes citadas en la investigación, Costa rechazó porque consideraba necesario adquirir uno nuevo. Finalmente, se utilizaron fondos provenientes de donaciones y se desembolsaron unos US$7.000 para conseguir el instrumental y reanudar las cirugías. Las autoridades sostienen que el problema fue solucionado rápidamente y niegan que se haya producido una situación de omisión de asistencia.
El episodio del craneótomo, sin embargo, no era un hecho aislado. Costa había enumerado otras dificultades, entre ellas la falta de determinados elementos para posicionar a los niños, instrumental microquirúrgico, insumos hemostáticos, disponibilidad de estudios de neuroimagen durante las intervenciones y problemas con la aspiración central. También reclamaba desde hacía años un microscopio quirúrgico adecuado, considerado esencial para la neurocirugía pediátrica.
El problema del microscopio tiene además una historia prolongada. Según la investigación, el Pereira Rossell dispone actualmente de uno, pero el equipo ha sufrido fallas y en 2021 tuvo que ser enviado a reparación, por lo que el hospital utilizó temporalmente un microscopio prestado por el Hospital Maciel. Especialistas consultados consideraron que un centro nacional de referencia debería contar con dos equipos de alta calidad, para evitar que una avería pueda comprometer la actividad quirúrgica.
La ministra de Salud Pública, Cristina Lustemberg, anunció esta semana que ya fue emitida la orden de compra de un nuevo microscopio. El equipo tendría un costo aproximado de US$300.000 y, según las autoridades, la adquisición surgió después de conversaciones con integrantes del servicio.
Pero el conflicto también tiene una dimensión personal. Según testimonios recogidos durante la investigación, Costa había protagonizado fuertes discusiones con autoridades del hospital por las condiciones de trabajo. Algunas fuentes describieron episodios de enojo que posteriormente eran seguidos por conversaciones más moderadas. En uno de los enfrentamientos, el neurocirujano habría advertido que “un día se iba a morir un niño por no tener lo básico para operar”.
La dirección del hospital sostiene una interpretación diferente. Las autoridades consideran que las dificultades fueron solucionadas y rechazan que la atención de los pacientes haya quedado comprometida. También cuestionan que la renuncia de Costa haya sido atribuida exclusivamente a las carencias del hospital, ya que sostienen que su incorporación a una institución privada fue un factor determinante en su salida.
Costa terminó incorporándose como jefe del Servicio de Neurocirugía de la Médica Uruguaya. La salida produjo además movimientos dentro de la especialidad y del propio Pereira Rossell. Algunos profesionales abandonaron el servicio y otros regresaron después de haber permanecido alejados durante un período.
Uno de los cambios más relevantes fue el ingreso de Humberto Prinzo, director de la Cátedra de Neurocirugía, para colaborar con la continuidad del servicio. Prinzo y Costa tienen una relación profesional de larga data y, según El Observador, incluso son padrinos de los hijos del otro. El cambio produjo una situación particular: Costa pasó a ocupar en el sector privado una posición jerárquica sobre quien anteriormente era su superior académico.
La reorganización también expuso antiguas diferencias dentro del equipo. Según fuentes citadas en la investigación, dos neurocirujanas que se habían alejado del servicio regresaron después de la salida de Costa. Una fuente de ASSE confirmó además que en 2025 se había abierto un expediente relacionado con una denuncia por presunto destrato protagonizado por el neurocirujano en el block quirúrgico, aunque la investigación no avanzó.
El caso tiene una particular importancia porque Uruguay cuenta con muy pocos neurocirujanos en actividad y aún menos profesionales con experiencia específica en intervenciones pediátricas. De acuerdo con las fuentes consultadas por El Observador, son menos de 50 los neurocirujanos activos en el país y una proporción importante de quienes se formaron durante la última década no realizó rotaciones en el Pereira Rossell.
Esa situación vuelve especialmente sensible la continuidad de los equipos. La salida de un especialista con experiencia no puede resolverse simplemente mediante una nueva contratación, porque la formación de un neurocirujano pediátrico requiere años de capacitación y práctica.
El Pereira Rossell también desarrolló procedimientos de alta complejidad, entre ellos cirugía fetal. La salida del equipo encabezado por Costa dejó temporalmente una preocupación sobre la continuidad de algunas de esas capacidades.
A la discusión sanitaria se sumó rápidamente la política. La situación alcanzó a la ministra Lustemberg, al presidente de ASSE, Álvaro Danza, y al director del Pereira Rossell, Gustavo Giachetto. La oposición comenzó a utilizar el episodio para cuestionar la gestión del sistema público, mientras sectores vinculados a las autoridades interpretaron parte de las críticas como una disputa política destinada a debilitar a la actual conducción del hospital.
El trasfondo es particularmente complejo porque las denuncias sobre falta de recursos se mezclaron con conflictos personales, diferencias profesionales y cambios de autoridades. Esto dificulta separar qué problemas corresponden a carencias estructurales del hospital y cuáles derivan de enfrentamientos internos acumulados durante años.
Las autoridades aseguran actualmente que el servicio está cubierto y que la asistencia a los niños se encuentra garantizada. También realizaron recorridas por el área de Neurocirugía después de que el conflicto se hiciera público para comprobar la disponibilidad de materiales e insumos necesarios.
El episodio deja, sin embargo, preguntas que van más allá de la renuncia de un jefe de servicio. Si un centro hospitalario de referencia necesita recurrir a donaciones para conseguir rápidamente un instrumento indispensable para una cirugía cerebral, el problema no puede reducirse únicamente a una disputa entre médicos.
También queda planteado el desafío de garantizar que los equipos críticos tengan mantenimiento, sustitución y respaldo suficiente. En especialidades de alta complejidad, depender de un único microscopio o de instrumental que ya ha demostrado fallas puede generar vulnerabilidades que no deberían resolverse únicamente cuando aparece una emergencia.
La controversia continuará probablemente durante las próximas semanas. Por un lado, las autoridades deberán demostrar que el servicio cuenta con los recursos necesarios y que las cirugías pueden realizarse con normalidad. Por otro, la comunidad médica deberá procesar la salida de varios profesionales y reconstruir un equipo capaz de mantener la formación de nuevos especialistas.
La crisis del Pereira Rossell revela así una combinación delicada: carencias históricas de equipamiento, dificultades para formar especialistas, enfrentamientos dentro de los equipos y una creciente politización de la gestión sanitaria. La compra del nuevo microscopio puede resolver una de las deficiencias más visibles, pero no necesariamente solucionará los problemas de fondo que terminaron provocando la salida del jefe de Neurocirugía Pediátrica.
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