
El periodista y especialista en narcotráfico Antonio Ladra advirtió que Uruguay se ha convertido en un punto logístico relevante para las organizaciones criminales que buscan enviar cocaína y otras drogas hacia Europa, aprovechando su ubicación geográfica, su infraestructura portuaria y las conexiones terrestres con Argentina y Brasil. La advertencia vuelve a colocar en el centro del debate la utilización de las rutas comerciales y los puertos uruguayos por redes internacionales del narcotráfico.
La posición de Uruguay como centro logístico regional no es nueva. El puerto de Montevideo ocupa una ubicación estratégica para el tránsito de mercancías del Mercosur, mientras que el país mantiene conexiones terrestres directas con Argentina y Brasil. Esa infraestructura, diseñada para facilitar el comercio legítimo, también puede ser aprovechada por organizaciones criminales que buscan introducir cargamentos ilícitos dentro de cadenas comerciales legales.
Ladra viene siguiendo este fenómeno desde hace años y ha advertido sobre la transformación del narcotráfico uruguayo. Su análisis sostiene que el país dejó de ser únicamente un lugar de tránsito ocasional y pasó a ocupar un papel más importante dentro de las redes internacionales que movilizan cocaína desde Sudamérica hacia los mercados europeos.
Uno de los principales puntos de preocupación es el puerto de Montevideo y el movimiento de contenedores. El volumen del comercio marítimo dificulta revisar físicamente cada carga y obliga a las autoridades a utilizar sistemas de análisis de riesgo, inteligencia y controles selectivos.
Un antecedente reciente muestra la dimensión del problema. En noviembre de 2025, la Dirección Nacional de Aduanas informó que 381,48 kilos de cocaína fueron encontrados en Amberes dentro de un contenedor que había salido del puerto de Montevideo. Según la Aduana uruguaya, el contenedor había sido escaneado antes de partir y en ese momento no presentaba contaminación, por lo que el caso también abrió interrogantes sobre dónde y cuándo fue introducida la droga.
El episodio evidencia una de las dificultades centrales del narcotráfico internacional: las organizaciones criminales intentan contaminar los cargamentos en distintos puntos de la cadena logística para dificultar la identificación del origen y evitar los controles.
Europa se convirtió en uno de los principales destinos de la cocaína producida en América del Sur. La Agencia de Drogas de la Unión Europea advierte que las organizaciones criminales están aprovechando grandes infraestructuras logísticas, especialmente los puertos marítimos, para introducir drogas en el continente.
Uruguay ofrece además una característica que resulta particularmente atractiva para las redes criminales: su conexión con dos grandes mercados regionales. Desde Brasil ingresan importantes flujos de mercancías y personas, mientras que Argentina mantiene una extensa frontera y una intensa circulación comercial con Uruguay.
Las fronteras terrestres también son utilizadas por organizaciones que transportan droga dentro del territorio uruguayo. En junio de este año, una investigación policial en Rivera terminó con 57 kilos de cocaína incautados y la detención de varias personas vinculadas a una organización criminal.
El problema no se limita a Montevideo. Las investigaciones de las autoridades uruguayas muestran operaciones relacionadas con drogas en distintos departamentos y zonas fronterizas. La Policía ha desarrollado procedimientos recientes en Rivera, Maldonado, Rocha, Colonia y otros puntos del país.
En mayo, por ejemplo, una investigación en Maldonado permitió desarticular un punto utilizado para el acopio y procesamiento de drogas. Las autoridades incautaron aproximadamente 4,5 kilos de cocaína y 7,5 kilos de marihuana, además de armas, municiones, dinero y elementos utilizados para el procesamiento de la droga.
El fenómeno también tiene una dimensión regional. Las organizaciones que operan en Uruguay mantienen conexiones con grupos brasileños y con estructuras criminales de otros países sudamericanos. La proximidad con Brasil resulta especialmente relevante debido a la presencia de organizaciones como el Primeiro Comando da Capital (PCC), que mantiene actividad transfronteriza en distintos puntos de la región.
El periodista Antonio Ladra ha señalado precisamente la importancia que adquirieron estas conexiones y la relación entre las organizaciones locales y las grandes estructuras criminales internacionales. En sus investigaciones también ha advertido sobre los vínculos con grupos brasileños y con organizaciones europeas interesadas en controlar las rutas de salida de cocaína hacia el continente europeo.
La preocupación no se limita al transporte de drogas. El narcotráfico genera una economía paralela que puede penetrar sectores legales, desde empresas utilizadas para transportar o almacenar mercancías hasta actividades destinadas al lavado de dinero.
Ese aspecto aumenta el desafío para las autoridades porque una organización criminal no necesita controlar directamente un puerto para utilizarlo. Puede intentar introducir droga en una cadena comercial legítima mediante la corrupción de empleados, la manipulación de contenedores o la utilización de empresas que aparentemente realizan actividades normales.
El sistema de control debe, por lo tanto, combinar inspecciones físicas con inteligencia financiera y análisis de información comercial.
La ubicación geográfica de Uruguay, que durante décadas fue presentada como una ventaja para el comercio regional, también puede convertirse en una vulnerabilidad frente al crimen organizado.
La misma infraestructura que facilita la llegada y salida de mercancías legales puede ser aprovechada por redes criminales para transportar sustancias ilícitas.
Esto no significa que el comercio exterior uruguayo esté asociado al narcotráfico. La enorme mayoría de las cargas que atraviesan el país corresponde a operaciones comerciales legítimas. El problema está en la capacidad de las organizaciones criminales para esconder pequeños volúmenes de droga dentro de grandes cadenas de transporte.
El desafío se vuelve todavía mayor cuando los cargamentos tienen como destino Europa. Una vez que la droga abandona Sudamérica, la investigación puede involucrar a varios países, autoridades aduaneras, policías y agencias de inteligencia.
Por esa razón, la cooperación internacional se convirtió en una herramienta fundamental. Uruguay necesita intercambiar información con Argentina, Brasil, Paraguay y los países europeos que reciben las cargas sospechosas.
Los antecedentes muestran que esa cooperación puede permitir detectar cargamentos antes de que lleguen a destino. También puede ayudar a identificar quién organizó el envío, quién proporcionó la droga, quién contaminó el contenedor y quién esperaba recibirlo en Europa.
Otro aspecto relevante es la evolución de las organizaciones criminales. Ya no funcionan necesariamente como estructuras rígidas con todos sus integrantes dentro de un mismo país. Las redes actuales pueden dividir las tareas entre diferentes grupos y territorios, dificultando la identificación de los responsables.
Una organización puede encargarse de obtener la cocaína en Bolivia o Paraguay, otra de transportarla hacia Uruguay, otra de introducirla en un contenedor y una cuarta de recibirla en Europa.
Ese modelo reduce el riesgo para los principales responsables y obliga a las autoridades a investigar las cadenas completas y no solamente a quienes son detenidos transportando la droga.
Uruguay también enfrenta el desafío del crecimiento del narcotráfico interno. Las autoridades han intensificado los operativos contra organizaciones dedicadas al suministro y distribución local, además de las investigaciones relacionadas con exportaciones.
Durante 2026, diferentes operaciones policiales terminaron con importantes incautaciones y condenas. En Rivera, la Operación Zanate permitió desarticular una estructura vinculada al narcotráfico y al tráfico de armas, mientras que en Maldonado la Operación Jacobo permitió decomisar decenas de kilos de cocaína.
Estos resultados muestran que el fenómeno tiene dos dimensiones conectadas: el mercado interno y las rutas internacionales. Las organizaciones pueden abastecer el consumo local y, simultáneamente, participar en operaciones de mayor escala destinadas a otros países.
La advertencia de Ladra adquiere relevancia precisamente por ese contexto. El problema ya no puede analizarse únicamente como una cuestión policial interna. El narcotráfico que utiliza Uruguay forma parte de una cadena regional y global.
Europa constituye un mercado especialmente atractivo para las organizaciones criminales debido al alto valor que alcanza la cocaína en comparación con los países productores. Esa diferencia de precios genera enormes ganancias y permite financiar estructuras cada vez más sofisticadas.
El dinero obtenido, a su vez, puede regresar a Sudamérica mediante mecanismos de lavado. Empresas, propiedades, vehículos y operaciones comerciales pueden utilizarse para intentar ocultar el origen de los fondos.
Por eso, combatir el narcotráfico requiere algo más que decomisar droga. También es necesario seguir el dinero, identificar las empresas utilizadas por las organizaciones y detectar movimientos patrimoniales que no coincidan con los ingresos declarados.
El caso uruguayo también plantea un debate sobre la seguridad de los puertos. La tecnología puede ayudar mediante escáneres, sistemas de trazabilidad, inteligencia artificial y análisis de riesgo, pero ninguna herramienta elimina completamente la posibilidad de contaminación de cargas.
La experiencia del contenedor que llegó a Amberes demuestra precisamente que la droga puede ser introducida después de un control inicial. Por eso, la seguridad de la cadena logística necesita múltiples capas de vigilancia.
Uruguay deberá además equilibrar el aumento de los controles con la necesidad de mantener la eficiencia de su comercio exterior. Una demora excesiva en los puertos puede afectar la competitividad, pero controles insuficientes pueden convertir la infraestructura logística en una oportunidad para las organizaciones criminales.
El desafío consiste en utilizar inteligencia para concentrar los recursos en los cargamentos de mayor riesgo sin obstaculizar innecesariamente las operaciones legítimas.
La advertencia de Antonio Ladra coloca nuevamente a Uruguay frente a una paradoja: su condición de polo logístico regional es una de sus principales ventajas económicas, pero también puede convertirse en una vulnerabilidad frente al narcotráfico internacional. El crecimiento de las rutas hacia Europa, la utilización de contenedores y las conexiones con Brasil y Argentina obligan a reforzar la cooperación regional, los controles portuarios, la inteligencia criminal y la persecución del lavado de dinero. Las incautaciones realizadas durante 2026 muestran que las autoridades uruguayas ya enfrentan organizaciones con capacidad para movilizar cantidades importantes de cocaína. El desafío ahora es impedir que el país sea utilizado como una plataforma cada vez más importante para el tráfico internacional sin afectar el funcionamiento legítimo de una infraestructura comercial fundamental para la economía uruguaya.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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