
Mientras todavía combinan escuela, deportes, idiomas y actividades extracurriculares, tres jóvenes paraguayos ya venden productos, reciben pedidos, atienden clientes y piensan en convertir sus ideas en negocios mayores. Benjamín Almada, de 13 años; Thaís Rodríguez Simbrón, de 8; y Fernando “Ferchu” Gaona Núñez, de 14, desarrollaron emprendimientos nacidos de aficiones personales que terminaron convirtiéndose en experiencias reales de ventas, creatividad y organización.
Las historias tienen edades y productos diferentes, pero comparten un elemento decisivo: ninguno esperó a llegar a la adultez para descubrir el mundo del emprendimiento. Benjamín encontró en la pastelería una vocación que comenzó en su propia casa; Thaís transformó un kit de pulseras en un pequeño negocio de accesorios personalizados; y Ferchu pasó de fabricar pulseras a trabajar con resina y elaborar productos para celebraciones y eventos.
El caso de Benjamín es probablemente el que tiene una dimensión más competitiva. A sus 13 años, el joven de Capiatá ya prepara tortas, tartas y otros productos por encargo y realiza entregas a domicilio. Comenzó a vender sus preparaciones a los 9 años, después de descubrir su interés por la pastelería a partir de la cocina familiar y de cursos realizados con apoyo de su madre.
Su primer contacto con la gastronomía estuvo relacionado con su abuelo, que preparaba pizzas. La experiencia despertó su curiosidad y posteriormente su madre lo inscribió en un curso de cocina que incluía preparaciones dulces y saladas. La decisión de especializarse llegó rápidamente: Benjamín descubrió que lo suyo estaba en la pastelería.
Desde entonces, la actividad dejó de ser solamente un pasatiempo. El joven comenzó a recibir pedidos y a entender aspectos que normalmente aparecen mucho más tarde en la vida profesional: costos, producción, atención al cliente, organización del tiempo y responsabilidad frente a quien compra.
Actualmente prepara productos desde Capiatá, con una torta de un kilogramo cuyo precio parte de G. 75.000, según la información proporcionada por InfoNegocios. Pero su objetivo va más allá de vender tortas. El adolescente también formó parte del proceso que permitió a Paraguay volver al circuito del Mundial de Pastelería, una competencia internacional de alto nivel dentro del sector gastronómico.
El desafío para Benjamín está en compatibilizar esa vocación con la vida escolar. Además de estudiar, participa en actividades musicales y continúa realizando cursos. Sus compañeros incluso se sorprenden de que consiga organizar pedidos y preparaciones mientras mantiene sus responsabilidades académicas.
Aquí aparece uno de los primeros grandes desafíos de los niños y adolescentes con vocaciones tempranas: el talento puede aparecer mucho antes que la estructura educativa especializada disponible para desarrollarlo.
El propio caso de Benjamín pone esa dificultad en evidencia. Con 13 años todavía no puede acceder a determinadas instancias de formación técnica formal. El sistema paraguayo ubica la Educación Media después del tercer ciclo de la Educación Escolar Básica, mientras que la formación técnica de ese nivel está orientada a estudiantes de mayor edad. La consecuencia es que algunos jóvenes que ya tienen una vocación definida deben continuar buscando cursos y alternativas por fuera de la estructura técnica formal.
El Ministerio de Industria y Comercio (MIC) reconoce que la cultura emprendedora debe comenzar desde el sistema educativo. La institución ha trabajado junto con el Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) en iniciativas para incorporar el emprendedurismo en el tercer ciclo y la Educación Media, con materiales destinados a docentes y estudiantes.
La legislación paraguaya también establece un marco específico para promover la cultura emprendedora. La Ley N.º 5.669/2016, de Fomento de la Cultura Emprendedora, creó la Dirección Nacional de Emprendedurismo (DINAEM) y estableció instrumentos para promover el emprendimiento, la innovación y el desarrollo de proyectos.
Pero el caso de Thaís plantea una situación diferente. Con apenas 8 años, la niña todavía se encuentra por debajo de la edad mínima legal para el empleo adolescente en Paraguay. Su historia, por lo tanto, debe entenderse principalmente como una experiencia familiar y creativa, no como una incorporación al mercado laboral formal.
Todo comenzó cuando recibió, a los 7 años, un kit para fabricar pulseras y accesorios. Primero los hacía para ella. Después apareció una idea sencilla: venderlos.
La actividad comenzó a crecer mediante pedidos personalizados. Thaís empezó a elaborar pulseras para mejores amigas, kits especiales y posteriormente productos destinados a primeras comuniones, confirmaciones y otros acontecimientos.
Su ambición tampoco se limita a fabricar accesorios en casa. Después de ver una propiedad en venta cerca de su vivienda, le comentó a su madre que quería comprarla para convertirla en un espacio donde otros niños pudieran asistir a talleres y crear sus propias pulseras.
Puede parecer una fantasía infantil, pero detrás de la idea existe un concepto empresarial bastante claro: no solamente vender un producto, sino crear una experiencia alrededor del producto.
Actualmente trabaja principalmente por pedido, con acompañamiento de su madre, y ya tuvo experiencia en ferias. En 2025 viajó hasta Ciudad del Este para participar en una feria de miniemprendedores, una experiencia que amplió su contacto con clientes y otros jóvenes interesados en crear pequeños negocios.
Su sueño es abrir una tienda de accesorios y sumar un taller creativo para otros niños. La idea convierte un emprendimiento individual en una posible actividad educativa y comunitaria.
El tercer protagonista es Fernando Daniel Gaona Núñez, conocido como “Ferchu”, que tiene 14 años y acumula ya ocho años de experiencia desarrollando productos artesanales.
Su historia comenzó todavía más temprano que la de los otros dos. A los 6 años compró una caja de cuentas en un supermercado y comenzó a fabricar pulseras. Una vecina le preguntó si quería venderlas y aquella pregunta terminó convirtiéndose en el primer paso de un proyecto que fue cambiando con el tiempo.
Primero fueron las pulseras de perlas. Después aprendió a trabajar con hilo y posteriormente incorporó la resina, una técnica que hoy utiliza para fabricar recuerdos personalizados, portarretratos, portanombres y productos destinados a bautismos, primeras comuniones, colegios y otros eventos.
Una parte de su aprendizaje ocurrió fuera de las aulas. Ferchu utilizó tutoriales de YouTube para conocer nuevas técnicas y ampliar sus posibilidades de producción. El proceso muestra cómo las herramientas digitales pueden funcionar como una especie de escuela informal para jóvenes que desean desarrollar habilidades prácticas.
Pero el emprendimiento tampoco ocupa todo su tiempo. Ferchu estudia, practica taekwondo, donde es instructor junior, segundo dan y cinturón negro, juega futsal en Olimpia desde hace tres años y estudia inglés los sábados en el CCPA.
Su objetivo también está definido: quiere tener un local y un taller propio donde pueda producir y hacer crecer el negocio.
Las tres historias muestran algo que el ecosistema empresarial suele buscar en los emprendedores adultos: iniciativa, capacidad de aprender, creatividad, adaptación y disposición para probar una idea. La diferencia es que estos tres jóvenes están desarrollando esas habilidades mientras todavía están construyendo su formación académica y personal.
Eso no significa, sin embargo, que un niño emprendedor deba ser tratado simplemente como un adulto pequeño. Precisamente por su edad, el acompañamiento familiar y la protección de sus derechos son fundamentales.
En Paraguay, el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (MTESS) establece que los menores de 14 años no deben trabajar. Entre los 14 y 17 años, el trabajo adolescente está permitido bajo condiciones especiales de protección, con límites de jornada, autorización de padres o tutores y registro correspondiente.
Para adolescentes de 14 a 16 años, la normativa establece una jornada máxima de cuatro horas diarias y 24 horas semanales; para quienes tienen entre 16 y 17 años, el límite es de seis horas diarias y 36 semanales, con restricciones adicionales cuando continúan asistiendo a instituciones educativas. El Registro del Adolescente Trabajador (RAT) es uno de los mecanismos establecidos para garantizar esa protección.
Esto introduce una distinción importante en las historias de los tres jóvenes. Emprender no significa automáticamente trabajar bajo las mismas condiciones que un adulto. En el caso de los menores, la actividad debe mantenerse compatible con la educación, la salud, la seguridad y el desarrollo integral.
El emprendimiento temprano también puede ser una herramienta educativa poderosa cuando se desarrolla correctamente. Aprender a calcular cuánto cuesta fabricar una pulsera, cuánto cobrar por una torta, cómo responder a un cliente o cuánto tiempo requiere un pedido puede convertirse en una experiencia práctica de educación financiera y organización.
El propio MIC viene reforzando programas de educación financiera para emprendedores y Mipymes, con contenidos sobre gestión del negocio, ingresos, egresos, costos, crédito y planificación. La política pública reconoce que muchas pequeñas empresas enfrentan precisamente dificultades para administrar flujo de caja, acceder a financiamiento y comprender herramientas financieras.
Para niños y adolescentes, esa formación puede comenzar de una manera mucho más sencilla: aprender que vender no significa necesariamente ganar dinero.
Una torta tiene ingredientes, energía, tiempo de preparación, transporte y otros costos. Una pulsera tiene materiales y horas de trabajo. Un producto de resina requiere insumos, herramientas, electricidad, embalaje y tiempo. Entender esa diferencia entre precio, costo y ganancia puede ser una de las lecciones empresariales más valiosas que estos jóvenes puedan aprender.
También existe una segunda enseñanza: el fracaso forma parte del proceso. Un producto puede no venderse, un cliente puede cancelar un pedido, un diseño puede no funcionar o una idea puede necesitar cambios. Aprender a corregir sin abandonar el proyecto puede resultar más importante que obtener una venta inmediata.
El ecosistema paraguayo está intentando ampliar precisamente esas oportunidades. En 2026, el MIC y organismos internacionales avanzan en programas destinados a impulsar emprendimientos juveniles innovadores y digitales, con fondos de capital semilla, incubadoras, centros de desarrollo empresarial y herramientas de digitalización.
La diferencia es que iniciativas como esas están dirigidas principalmente a jóvenes de mayor edad. Los casos de Benjamín, Thaís y Ferchu plantean una pregunta anterior: ¿qué ocurre cuando la vocación emprendedora aparece mucho antes de que el joven pueda ingresar a los programas convencionales?
La respuesta podría estar en crear rutas progresivas. No necesariamente se trata de convertir a niños en empresarios formales, sino de ofrecer espacios seguros donde puedan experimentar con creatividad, educación financiera básica, resolución de problemas, comunicación y trabajo en equipo.
La experiencia internacional también muestra que la educación emprendedora puede comenzar desde edades tempranas siempre que tenga un enfoque pedagógico y no simplemente comercial. El objetivo debería ser desarrollar competencias, no transformar la infancia en una carrera por facturar.
En Paraguay, la propia Ley 5.669 plantea la promoción de la cultura emprendedora dentro de los diferentes niveles educativos. El desafío ahora es llevar ese principio a metodologías adecuadas para cada edad y evitar que el emprendimiento se reduzca exclusivamente a enseñar cómo vender.
Porque detrás de una pequeña pulsera, una torta personalizada o un recuerdo de resina puede existir algo más importante: un niño descubriendo que puede crear algo que otra persona valore.
Benjamín ya está mirando hacia la alta pastelería internacional. Thaís imagina una tienda acompañada de talleres para otros niños. Ferchu piensa en un local y un espacio de producción propio. Los tres todavía tienen muchos años por delante antes de tomar decisiones profesionales definitivas, pero ya están acumulando algo que difícilmente se aprende solamente en un aula: experiencia.
El gran desafío será conseguir que esa experiencia no interfiera con su educación ni con su infancia. Si existe equilibrio, acompañamiento familiar y protección adecuada, los pequeños emprendimientos pueden convertirse en laboratorios donde los jóvenes aprendan responsabilidad, creatividad, disciplina, administración y confianza en sus propias ideas.
Y quizá esa sea la parte más interesante de estas tres historias. Ninguno comenzó con un gran capital, una oficina o un plan empresarial de decenas de páginas. Uno comenzó con una receta, otra con una caja de pulseras y otro con un pequeño paquete de cuentas comprado en un supermercado.
Lo que vino después fue una combinación de curiosidad, apoyo familiar, aprendizaje y ganas de seguir creciendo.
En una economía donde Paraguay busca ampliar su cultura emprendedora y fortalecer a sus micro y pequeñas empresas, estos tres casos funcionan como una señal temprana de algo que puede ser todavía más importante: la próxima generación de emprendedores ya está experimentando, creando y vendiendo antes incluso de terminar el colegio.
La cuestión ahora no es apresurarlos. Es ofrecerles las herramientas adecuadas para que, cuando llegue el momento de elegir su camino profesional, ya sepan algo fundamental: una buena idea puede comenzar siendo pequeña, pero necesita conocimiento, disciplina y tiempo para convertirse en un verdadero proyecto.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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