La Asociación de Productores Orgánicos (APRO) busca transformar una parte de los alimentos que quedan fuera del circuito comercial en nuevos productos con mayor valor agregado. Con una inversión de G. 100 millones apoyada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), la organización desarrolla una línea de pastas orgánicas y sin gluten elaboradas principalmente con mandioca, batata y distintas hortalizas. El proyecto pretende reducir pérdidas agrícolas, generar nuevas fuentes de ingresos para pequeños productores y convertir una materia prima que muchas veces pierde valor por su apariencia o tamaño en alimentos destinados al consumidor final.
El proyecto responde a un problema que comienza mucho antes de que un alimento llegue a una góndola. Una parte de las cosechas puede quedar en las propias fincas porque los compradores solamente aceptan determinados tamaños, formas o características visuales. A esas mermas se suman las que se producen durante el transporte, la manipulación y la comercialización.
En el caso paraguayo, el problema está comenzando a ser medido de manera sistemática. El Instituto Nacional de Estadística (INE), el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) y la FAO pusieron en marcha en 2025 un operativo piloto para estimar las pérdidas de alimentos desde la producción hasta la comercialización. La primera etapa se concentró en cadenas como mandioca, tomate, cebolla y banana, con relevamientos en zonas productoras de Caaguazú y Central.
La importancia de contar con esos datos es considerable. Sin conocer cuánto se pierde, dónde ocurre la pérdida y cuáles son sus causas, resulta difícil diseñar políticas públicas o inversiones privadas que ataquen el problema en el punto adecuado. El INE y la FAO buscan precisamente construir una metodología que permita monitorear periódicamente las pérdidas y contribuir al cumplimiento del ODS 12.3, relacionado con la reducción de las pérdidas y desperdicios de alimentos.
La dimensión internacional también es relevante. Según la FAO, actualmente se pierde alrededor del 13,2% de los alimentos en la cadena de suministro después de la cosecha y antes de la etapa minorista, mientras que otro 19% se desperdicia en los niveles de comercio minorista, servicios de alimentación y hogares, de acuerdo con estadísticas de 2024 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. La FAO señala además que las pérdidas y desperdicios representan entre 8% y 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
En Paraguay, APRO comenzó a trabajar sobre esta problemática en 2021. El primer paso fue transformar excedentes agrícolas en harinas. Según la organización, aquel proceso permitió desarrollar alrededor de 20 variedades de harinas obtenidas de frutas, tubérculos y hortalizas.
La experiencia dejó una conclusión comercial importante: producir una harina a partir de una materia prima que normalmente se desperdicia no es suficiente si el consumidor no encuentra un formato práctico para utilizarla. De esa necesidad surgió la siguiente etapa: desarrollar alimentos terminados.
Así aparecieron las pastas.
La base de la nueva línea estará formada por mandioca y batata, a las que se incorporarán diferentes vegetales para producir variedades con sabores y colores distintos. Entre los ingredientes ensayados figuran zanahoria, remolacha, locote rojo, cúrcuma, jengibre, espinaca y perejil.
APRO también experimenta con combinaciones como remolacha con rosella y preparaciones a base de zapallo y calabaza, además de variedades verdes con espinaca y perejil. La meta inicial es desarrollar hasta cinco variedades y colores, con especial interés en generar una propuesta atractiva para los niños.
La iniciativa tiene además una dimensión tecnológica. Las hortalizas son sometidas a un proceso de escaldado a 95 °C durante aproximadamente 30 segundos y posteriormente enfriadas con agua y hielo. El tratamiento permite conservar mejor determinadas características del vegetal, especialmente color y sabor, y facilita su posterior procesamiento.
Otra herramienta es la conservación mediante congelamiento. Algunos productos pueden mantenerse a -18 °C, permitiendo guardar excedentes durante los períodos de mayor producción para utilizarlos cuando la disponibilidad disminuya.
Ese mecanismo puede ayudar a resolver uno de los problemas clásicos de la agricultura: la diferencia entre el momento en que el campo produce y el momento en que el mercado necesita el producto. En lugar de intentar vender todo inmediatamente, una parte puede ser procesada y conservada para extender su utilización.
La inversión de G. 100 millones permitió incorporar equipamiento para el escaldado, una cámara frigorífica, infraestructura para elaborar y moldear las pastas y capacitación especializada. En la primera etapa, aproximadamente cuatro personas estarán involucradas directamente en la producción.
Pero el alcance potencial del proyecto es mayor. APRO trabaja con alrededor de 200 productores, según la información proporcionada por la organización para el proyecto, y mantiene organizaciones de base en Central, Cordillera, San Pedro y Caaguazú. Su sede y centro de acopio están ubicados en Itauguá.
Esto significa que la iniciativa puede convertirse en un mecanismo adicional para canalizar producción de pequeños agricultores. En lugar de depender exclusivamente de la venta del producto fresco, los productores pueden tener una salida adicional mediante una cadena de transformación.
La lógica es sencilla, pero económicamente significativa: una mandioca o una batata que no alcanza el estándar comercial para venderse como producto fresco puede convertirse en materia prima para otro alimento. El valor ya no está únicamente en el tubérculo, sino en todo lo que se construye alrededor de él: procesamiento, formulación, conservación, presentación, marca y comercialización.
APRO ya cuenta con experiencia en esa transformación. La organización, fundada en 1999, desarrolla la comercialización de productos orgánicos y agroecológicos bajo la marca EcoAgro Naturalmente. Su plataforma comercial ofrece actualmente frutas, hortalizas, harinas, semillas y otros alimentos provenientes de pequeños productores.
La experiencia con excedentes tampoco comenzó con las pastas. En 2025, APRO presentó sus harinas de hortalizas durante una actividad de economía circular y explicó que estos productos surgieron precisamente de alimentos que sus productores no habían conseguido comercializar. La organización planteó entonces la transformación como una forma de generar valor agregado y nuevas oportunidades de mercado.
Ese antecedente es importante porque muestra que la nueva línea de pastas no constituye una idea aislada. Forma parte de una estrategia progresiva para pasar de la producción primaria hacia productos procesados con mayor valor.
El desafío ahora es más exigente. Una harina puede ser utilizada como ingrediente, mientras que una pasta debe competir directamente por espacio en el mercado de alimentos preparados. El consumidor evaluará sabor, textura, precio, presentación, facilidad de cocción y calidad, además de la historia ambiental detrás del producto.
Por eso, la sustentabilidad puede abrir la puerta, pero no necesariamente garantiza una venta repetida. Para que el proyecto sea económicamente sostenible, las pastas tendrán que demostrar que pueden competir también como alimento.
La condición de sin gluten agrega otro posible segmento comercial. Existe un mercado de consumidores que necesitan evitar el gluten por razones médicas y otro grupo que busca alternativas alimentarias diferentes. Pero esta característica exige controles y autorizaciones sanitarias adecuados antes de que pueda realizarse una comercialización masiva con las correspondientes declaraciones en el etiquetado.
Precisamente, APRO se encuentra todavía en esa etapa. Las primeras pruebas de industrialización y calidad ya fueron realizadas, pero la organización trabaja en el envase y los permisos sanitarios necesarios para comercializar la nueva línea.
La previsión es comenzar la venta en sus propios establecimientos durante septiembre de 2026, mientras que el ingreso a supermercados está proyectado para 2027, bajo la marca EcoAgro.
Si esa segunda etapa se concreta, el proyecto podría dejar de ser un experimento de economía circular para convertirse en una pequeña industria alimentaria vinculada directamente con la agricultura familiar.
Y ahí aparece una cuestión estratégica para Paraguay. El país posee una producción agrícola importante, pero uno de los desafíos históricos consiste en agregar más valor dentro del territorio nacional. Vender materia prima genera ingresos; transformarla, empaquetarla y comercializarla como producto terminado puede generar una cadena económica mucho más extensa.
La mandioca ofrece un ejemplo especialmente interesante. Es uno de los alimentos tradicionales de Paraguay y tiene además numerosas posibilidades de transformación industrial. La existencia de una materia prima culturalmente conocida facilita que un producto innovador pueda mantener una conexión con los hábitos alimentarios locales.
La batata cumple una función similar, pero permite ampliar las posibilidades de formulación. Combinada con vegetales, puede contribuir a crear productos diferenciados tanto visualmente como en sabor.
La estrategia también puede ayudar a reducir la dependencia de la estacionalidad. Cuando determinados vegetales alcanzan su período de mayor producción, una parte puede ser procesada y almacenada para ser utilizada posteriormente.
Eso puede beneficiar tanto al productor como al consumidor. El primero obtiene una alternativa para colocar parte de su producción; el segundo puede acceder a determinados productos durante un período más prolongado.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental que debe mantenerse clara: no todo alimento descartado es apto para ser reutilizado. El proyecto apunta a productos que todavía reúnen condiciones adecuadas para el consumo pero pierden valor comercial por tamaño, apariencia, excedentes o dificultades de comercialización. La transformación industrial no puede utilizar materias primas deterioradas que representen un riesgo sanitario.
Esta distinción es central dentro de cualquier estrategia de economía circular alimentaria. El objetivo es evitar que un alimento aprovechable se convierta prematuramente en residuo, no transformar residuos no aptos en alimentos.
La política pública paraguaya está avanzando precisamente hacia una mejor comprensión de este problema. El piloto del INE, MAG y FAO analiza las pérdidas en diferentes eslabones de la cadena, desde la finca hasta el transporte y el mercado mayorista, para identificar los puntos donde se concentra la mayor cantidad de mermas.
Ese conocimiento puede ser determinante para iniciativas como la de APRO. Si las estadísticas muestran que determinadas cadenas agrícolas sufren pérdidas importantes en períodos específicos, será posible diseñar soluciones de almacenamiento, transformación o comercialización mucho más precisas.
El proyecto también puede convertirse en una referencia para otras organizaciones de productores. La experiencia de APRO demuestra que la economía circular no necesariamente requiere comenzar con una gran planta industrial. Puede partir de una organización que ya posee productores, centros de acopio, una marca y canales de comercialización y luego incorporar tecnología para aprovechar mejor la materia prima.
La asociación ha buscado precisamente fortalecer ese modelo. En 2025 fue seleccionada en un programa de innovaciones verdes y sostenibles impulsado por Conacyt, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Ministerio de Industria y Comercio, con el objetivo de incorporar tecnología y equipamiento para transformar materias primas alimentarias y fortalecer cadenas de valor.
La siguiente fase de APRO podría ir todavía más lejos. La organización contempla desarrollar sopas, cremas, alimentos congelados y productos liofilizados, ampliando la utilización de excedentes agrícolas más allá de las pastas.
Si esa estrategia avanza, la organización podría construir un portafolio basado en una misma premisa: aprovechar mejor aquello que el campo ya produce.
El impacto potencial no se limita al ambiente. También puede alcanzar los ingresos rurales. Cuando una organización de productores consigue transformar parte de la producción y acceder a nuevos mercados, una mayor proporción del valor final del alimento puede permanecer dentro de la cadena productiva nacional.
Eso cambia la relación tradicional entre productor y mercado. El agricultor deja de ser solamente quien entrega una materia prima y pasa a formar parte de una cadena donde intervienen procesamiento, tecnología, desarrollo de productos, comercialización y marca.
Para Paraguay, esa transición resulta especialmente relevante en un momento en que el debate sobre agricultura familiar comienza a combinarse cada vez más con innovación, industrialización y economía circular.
El proyecto de APRO todavía debe demostrar su viabilidad comercial. Tendrá que completar los trámites sanitarios, consolidar la producción, definir precios competitivos y conseguir que los consumidores incorporen las nuevas pastas a sus compras habituales.
Pero la idea ya supera el simple concepto de “aprovechar sobras”. Lo que se está intentando es construir una nueva cadena de valor a partir de alimentos que actualmente pierden valor antes de llegar al consumidor.
Y allí está el aspecto más interesante del proyecto: no se trata solamente de desperdiciar menos, sino de producir de otra manera.
Una mandioca que ayer podía quedarse en una finca por no cumplir con el tamaño exigido, una batata que no encontraba comprador o una hortaliza que perdía valor durante la comercialización pueden convertirse en un alimento con marca, procesamiento, vida útil y mercado propio.
Si APRO consigue llevar esa propuesta desde las pruebas actuales hasta los supermercados en 2027, Paraguay tendrá un ejemplo concreto de cómo la innovación puede unir agricultura familiar, reducción de pérdidas, industria alimentaria y economía circular.
El desafío será demostrar que la sostenibilidad puede dejar de ser solamente un discurso ambiental y convertirse en un negocio viable para quienes producen los alimentos.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
- ★Argentina: el “serrucho” de los precios frena la desinflación y expone por qué bajar la inflación se volvió más difícil
- ★Argentina: el acercamiento entre Macri y Karina reabre el tablero de 2027 y expone nuevas tensiones dentro del Gobierno
- ★Colombia: entre lonas, colchones y fogatas, los sobrevivientes del terremoto de Pereira enfrentan una segunda tragedia
- ★Argentina: MicroFeria de Arte de Rosario cumple 10 años y consolida a la ciudad en el circuito del arte contemporáneo
- ★Paraguay: el jiu-jitsu deja de ser solo competencia y gana espacio entre empresarios y profesionales


