

Bob Geldof quedó impactado por un informe sobre el hambre en Etiopía y decidió impulsar un concierto simultáneo en Wembley y Philadelphia. Fue el 13 de julio de 1985.
Bob Geldof y su novia, Paula Yates, estaban haciendo lo mismo que hacían todas las noches: mirar la BBC. Un informe de cuatro minutos sobre la grave situación humanitaria en Etiopía captó la atención de él. Las imágenes daban cuenta de la hambruna de ese país en un continente al que el mundo trataba como si fuera otro planeta, distante y desconocido. Esos cuatro minutos iban a cambiar la historia de la música.
Geldof, irlandés, cantante, compositor y, por ese entonces, líder de The Boomtown Rats, llamó a su amigo Midge Ure, el frontman de Ultravox. Acababa de tener una idea que, a la luz de cómo terminó ese impulso, resultaría demasiado modesta: escribir una canción, convocar a artistas importantes para grabarla, y donar las regalías a Etiopía.
La idea era novedosa y también era riesgosa. El rock no tenía aceitado ningún mecanismo enfocado en la solidaridad. Más bien era un género que, en algunos casos, denunciaba y miraba con cinismo al sistema, aunque nunca tanto como el punk. Pero no actuaba colectivamente sobre eso que denunciaba. No sólo porque no había construido sus herramientas para hacerlo, sino también porque el mundo del rock no debía verse como un mundo empático, frágil, conmovido. Y porque cada estrella cuidaba lo suyo: la guerra de egos era una constante.
Dos canciones y un plan
Pero aunque el rock era todo eso, Geldof insistió y el plan se puso en marcha. Sting, Phil Collins, Bono, Boy George y George Michael fueron algunos de los que le pusieron la voz al single “Do they know it’s Christmas?”, que alcanzó el primer lugar en los rankings en los días previos a la Navidad de 1984.
Meses después, el modelo fue replicado en Estados Unidos: Michael Jackson y Lionel Richie escribieron nada menos que la histórica “We are the world”, y junto al emblemático productor Quincy Jones convocaron a Bob Dylan, Bruce Springsteen, Stevie Wonder, Cindy Lauper, Paul Simon, Billy Joel y otras grandes estrellas para grabarla en una sola sesión tras la entrega de los Grammy de 1985.
Michael Jackson, junto a Lionel Richie y Quincy Jones, fue impulsor de la grabación de «We are the world», cuyas regalías se donaron a África. (Captura de video)
Esa noche, Quincy Jones, un trompetista virtuoso y el histórico productor que acompañó a Michael Jackson a convertirse en el rey del pop, le presentó a su plantel de súper estrellas al inspirador del proyecto: Bob Geldof. Geldof no dudó y dio un discurso estremecedor sobre el hambre en África. Habló del hambre, dio cifras insoportables y llamó a todos esos artistas a accionar en contra de esa masacre. Lo aplaudieron y parecían convencidos de hacerlo.
Unas horas después, el líder de The Boomtown Rats, volvió a hacerse del micrófono sin que nadie se lo diera y gritó. Empezó a quejarse del lujoso catering que estaban consumiendo. Alguien lo interrumpió para aclararle que el catering era una donación. Geldof no volvió a usar el micrófono esa noche. Y se quedó pensando. Ambos singles, el grabado en Inglaterra y el que se había editado en Estados Unidos, habían recaudado decenas de millones de dólares. Estaba seguro de que podía hacerse más.
El hombre que insistió hasta que le dijeron que sí
En marzo de 1985, cada vez más enfocado en lograr un cambio más grande para ese país que lo había desvelado en el informe de la BBC, Geldof se reunió con Harvey Goldsmith, el promotor de rock más importante del Reino Unido.
Le propuso algo que Goldsmith consideró directamente imposible: un recital simultáneo en dos continentes, con los mayores artistas del mundo de la música sobre el escenario. Goldsmith intentó disuadirlo: juntar a tanta gente era inviable, la coordinación entre Europa y Estados Unidos sería dificultosísima, y los egos de los artistas más grandes terminarían de imposibilitar el plan.
Geldof asintió con la cabeza y cuando Goldsmith terminó de hablar le dijo: “Creo que el 13 de julio es una buena fecha. Ya averigüé y Wembley está disponible”. El histórico Live Aid ya era una idea imparable.
Lady Di, el Príncipe Carlos y Bob Geldof, en la apertura del Live Aid en Wembley. REUTERS/Rob Taggart
Esa misma tarde, una discográfica le cedió una oficina y Geldof se puso a trabajar. Lo primero fue contactar a Bill Graham, el mítico promotor musical norteamericano, que sería el hombre clave al otro lado del Atlántico. Después vino el obstáculo más difícil: convencer a los artistas y lidiar con sus aires de grandes estrellas.
El éxito de los singles benéficos había ablandado a algunas de las grandes figuras. Pero, aunque hoy parezca increíble, en ese entonces nadie quería excederse en sus demostraciones de empatía y fragilidad. El rock, el verosímil con su público y el negocio que llevaba implícito, consistía en ser “chicos malos”.
Geldof utilizó un recurso muy simple y muy eficaz. A cada nombre importante que contactaba le aseguraba que otras grandes estrellas ya habían aceptado, y remataba siempre con la misma pregunta: “¿Vos te vas a quedar afuera?”. A Sting le dijo que Elton John y Billy Joel ya se habían sumado. Cuando habló con Elton, le informó que los primeros en aceptar habían sido Sting y Billy Joel.
El mismo método funcionó con las cadenas televisivas. NBC y CBS rechazaron la propuesta. ABC era la última opción. Al iniciar esa reunión, Geldof explicó que no podía comprometerse porque había prometido a NBC comunicarle cualquier oferta superior. ABC aceptó.
Reducir costos, agrandar la marquesina
El problema dejó de ser conseguir artistas y pasó a ser rechazar propuestas de grupos con enorme convocatoria sin destruir relaciones: ya no había lugar para tantos. El presupuesto original bajó de 20 millones de dólares a 4 gracias a donaciones, ahorros y presiones para abaratar los costos. Cuando llegó una factura de 15 mil dólares por placas conmemorativas de agradecimiento, Geldof amenazó con despedir a todo el equipo de producción norteamericano. En apenas un rato, esa misma factura bajó a 5 mil.
Elton John durante su presentación en el Live Aid, el 13 de julio de 1985.
La recaudación se estructuró en cuatro rubros: las casi 200 mil entradas de ambos estadios —que se agotaron en horas—, los derechos televisivos vendidos a 150 países, el merchandising y las maratones televisivas que se organizaron para poder recibir donaciones por esa vía.
Geldof exigió que en cada país importante de Europa, Asia y América hubiera centros de recaudación simultáneos al show. Cuando algunos países se resistieron, amenazó con retirarles los derechos de transmisión. Hubo 22 maratones televisivas alrededor del mundo.
Wembley y Philadelphia
El estadio de Wembley, en Londres, era el escenario más grande que el Reino Unido podía ofrecer y estaba preparado para 72 mil personas. El estadio JFK de Philadelphia, elegido para la pata estadounidense del enorme evento solidario, tenía capacidad para 99 mil. El 13 de julio de 1985 los dos estaban repletos.
A las doce del mediodía en Londres —las siete de la mañana en Philadelphia— una voz anunció: “Son las 12 en punto en Londres, las 7 de la mañana en Estados Unidos, y en todo el mundo, es hora del Live Aid”. Llegaron nada menos que los príncipes de Gales, Carlos y Diana. La banda Coldstream Guards tocó el saludo real. Y a continuación salió a escena Status Quo, que abrió el show con “Rockin’ All Over The World” ante 72 mil personas que llevaban horas en las tribunas, esperando por los primeros acordes.
Lo que siguió fue una sucesión de presentaciones que, en total, duraron dieciséis horas imparables y que batieron todos los records. Ni la final del Mundial de 82 ni los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84 habían llegado a los 1.500 millones de espectadores televisivos de todo el mundo que tuvo ese día el Live Aid. Algunos artistas encontraron sobre esos escenarios su consagración definitiva. Y algunos otros hicieron algo entre una presentación mediocre y un papelón.
Un desconocido ante el micrófono
La apertura del show en el estadio JFK fue una de las perlas de la jornada. El primer artista en subir al escenario norteamericano fue un chico de 18 años con rulos, una armónica colgada al cuello y una guitarra. Se presentó como Bernard Watson. Su nombre real era David Weinstein y sus antecedentes artísticos eran prácticamente nulos.
Paul McCartney lideró el cierre del show en Wembley: cantaron «Let it be» pero hubo varias confusiones en la letra de la canción de Los Beatles.
Cuando escuchó en la radio que se realizaría el concierto en Philadelphia, consideró, sin motivos artísticos pero sí con mucha determinación, que él era el indicado para abrirlo. Se instaló en el estacionamiento del estadio JFK y durmió ahí durante varios días esperando cruzarse con el productor Bill Graham para convencerlo.
Antes de llegar al promotor, lo encontraron algunos periodistas que publicaron su historia como una curiosidad en un recuadro de la sección de espectáculos del diario local. A media mañana, Graham mandó a un emisario con un cassette para conocer su música. Diez minutos después, el propio Graham bajó al estacionamiento con una bandeja de comida y le dijo: “Comé que tenés que estar bien para el sábado. Parece que vas a abrir el show… ¿o pretendés ser el que lo cierre?”.
Bernard Watson abrió el Live Aid en Estados Unidos y, después de su presentación, le cedió el escenario al actor Jack Nicholson, que leyó un discurso sobre el escenario del hambre en África y especialmente en Etiopía. “Nunca estuve tan nervioso en mi vida, por suerte traje anotado todo lo que quería decir”, dijo el actor de El resplandor tras dirigir sus palabras a casi 100.000 personas. Lo que siguió fue la presentación de Joan Baez, que le dijo al público: “Disfruten, este es su Woodstock”.
Luces y sombras
En Wembley, Geldof tocó con sus Boomtown Rats y en el momento en que la letra decía “and the lesson today is how to die” (“y la lección de hoy es cómo morir”), levantó el puño izquierdo e hizo una pausa. El estadio estalló. Midge Ure tocó con Ultravox. Sade fue el primer gran deslumbramiento en el estadio.
Elvis Costello subió solo con una guitarra eléctrica y tocó un himno a la unión de los seres humanos: “All you need is love”, de los Beatles. Sting y Phil Collins hicieron un set conjunto que incluyó una versión acústica de “Every breath you take”.
Phil Collins tuvo el día más agitado de todos. Fue el único artista en tocar en los dos escenarios. Después de su actuación en Wembley, una moto lo llevó al aeropuerto, cruzó el Atlántico sobre un Concorde —usó esas tres horas de vuelo para repasar las canciones de Led Zeppelin— y subió al escenario en Philadephia.
La actuación de U2 y de Bono en Wembley fue consagratoria. «Bad», una de sus grandes canciones, duró casi diez minutos. (Créditos: YouTube / Live Aid)
U2 todavía no era una de las bandas más importantes del planeta. El Live Aid les valió esa consagración.. Tocaron “Sunday bloody sunday” y el público enloqueció. En la segunda canción de su show, “Bad”, Bono empezó a hacerles señas a los encargados de seguridad: les marcaba una zona del público.
Como no lo entendieron, bajó del escenario y se acercó a una chica de 15 años que estaba siendo asfixiada por la presión de la multitud. La abrazó, bailó unos segundos con ella y volvió al escenario para terminar una versión de más de diez minutos de la canción del disco “The unforgettable fire”.
No tuvieron tiempo para la tercera canción pero no importó: la presentación de U2 había sido extraordinaria en todos los sentidos posibles, y la chica del público contaría en 2005 que Bono le había salvado la vida.
Led Zeppelin fue quizás el momento más esperado del show en Estados Unidos. Se presentaron como Page, Plant y Jones —sin John Bonham, muerto en 1980, no podían llamarse formalmente Led Zeppelin— con Tony Thompson de Chic en la batería y Phil Collins como segunda batería, en una combinación que casi no habían ensayado.
La presentación fue desastrosa. Page, el eximio guitarrista de la banda, estaba en pésimo estado. Plant desafinaba. John Paul Jones intentaba mantener la estructura de las canciones con su bajo, pero era un trabajo imposible. Los propios Page y Plant se opusieron a que su actuación fuera incluida en el DVD del evento que se editó años después: había sido un papelón.
Madonna también tuvo una mala noche en Philadelphia. Antes de salir al escenario, alguien le dijo que en los pasillos se rumoreaba que lo más poderoso de sus shows era que se sacaba la ropa y no mucho más. Salió a escena enojada y desconcentrada: dio un espectáculo correcto pero sin toda la potencia y el histrionismo de los que es es capaz.
David Bowie fue parte de la presentación en Wembley, ante 72 mil personas. (foto: Feed the World)
Bob Dylan fue el encargado de cerrar el show en Estados Unidos. Keith Richards y Ron Wood fueron sus acompañantes. La falta de ensayo y un Dylan disperso hicieron que la presentación fuera bastante olvidable. Durante “Blowin’ in the wind”, Dylan rompió las cuerdas de su guitarra. Ron Wood, en un gesto de amistad, le dio la suya y se quedó sin instrumento hasta que le trajeron uno de repuesto.
Del otro lado del océano, Paul McCartney cerró la presentación en Wembley con “Let it be” al piano. El micrófono falló durante los primeros dos minutos. El público reclamaba a gritos. McCartney tuvo que repetir versos y estrofas mientras los técnicos intentaban arreglar el sonido.
Sus acompañantes —David Bowie, Pete Townshend, el mismísimo Geldof— se equivocaron repetidamente en la letra. Fue un final incluso más caótico que el de Dylan, su guitarra rota y su desgano. McCartney tuvo que volver a grabar su voz para la edición en DVD del show.
Queen, veinte minutos para la historia
Todos los artistas tenían veinte minutos para estar sobre el escenario. Pero nadie los aprovechó como Queen. Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon salieron al escenario de Wembley y tocaron algunas estrofas de “Bohemian Rhapsody”. Siguieron “Radio Ga Ga”, “Hammer to fall”, “Crazy little thing called love”, “We will rock you” y “We are the champions”. Fue una avalancha de hits, una presentación arrolladora en la que Freddie Mercury se adueñó del público, de sus voces, de sus estados de ánimo.
No era el mejor momento de Queen en términos de popularidad. La prensa norteamericana no los trataba bien y la banda venía de años complicados, sobre todo en cuanto al vínculo entre ellos.
Freddie Mercury fue el gran frontman del Live Aid. Queen aprovechó al máximo su presentación, a fuerza de hits y de un cantante imparable que conquistó las voces de todo el público.
Pero en Wembley nada de eso importó. Aprovecharon su oportunidad y dieron el show de sus vidas. En una encuesta hecha a nivel global varios años después, la actuación de Queen en el Live Aid fue elegida el mejor concierto de rock de todos los tiempos, con el 79% de los votos.
100 millones de dólares y denuncias
Mientras Queen tocaba, el festival ya había recaudado más de un millón de libras esterlinas. La recaudación total del Live Aid superó los 100 millones de dólares. Fue transmitido en directo en más de 72 países. El dinero fue administrado por la fundación Band Aid Trust, creada por Geldof y destinada a la lucha contra el hambre en África.
Años después surgieron denuncias de que parte de los fondos enviados a Etiopía habían sido utilizados por el gobierno de ese país para comprar armas y financiar traslados forzosos de población en el marco de un programa de “reasentamiento” que dejó miles de muertos.
La BBC realizó una investigación al respecto. Geldof salió a desmentirlo con dureza y la BBC terminó publicando una disculpa antes de cada informativo luego de que se demostrara que las acusaciones contra Band Aid eran falsas.
Veinte años después del Live Aid, Geldof organizó el Live 8, otro mega concierto con fines benéficos. En el camino fue nombrado Caballero de la Corona y nominado varias veces al Premio Nobel de la Paz. Cada tanto se queja amargamente de que su labor filantrópica opacó su carrera como músico. Dijo, textualmente: “De no ser por el Live Aid yo hoy sería como Sting”
Después de aquel histórico 13 de julio de 1985, esa fecha se convirtió en el Día Mundial del Rock. Es que, aunque ese género musical parecía no querer saber nada con mostrarse solidarios, frágiles y empáticos, finalmente se brindaron a un objetivo común que iba más allá de todos los egos. Mostraron el corazón en vez de los dientes.
Fuente: Infobae
Publicado por: Daniel López
Fuente de esta noticia: https://www.diariodecultura.com.ar/home/los-cuatro-minutos-que-cambiaron-la-historia-del-rock-freddie-mercury-imparable-madonna-ofendida-y-la-guerra-de-egos-en-pausa/
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