
Más de 16000 kilómetros.
Por lo que recuerdo, eso es lo que he corrido en la última década. Esos kilómetros me han llevado por varios países de distintos continentes, por todo tipo de terrenos y bajo cualquier tipo de clima. He perdido la cuenta de cuántos pares de zapatos he gastado. Puedo decir sin temor a equivocarme que he pasado mucho tiempo poniendo un pie delante del otro.
Corrí gran parte de ese recorrido antes de que Cristo conquistara mi corazón, pero la mayor parte de esos kilómetros los hice después. Esto plantea la pregunta: ¿por qué dedicar tanto tiempo a ejercitar el cuerpo cuando el alma es lo que más importa? ¿Por qué recorrer dieciséis mil kilómetros con tus pies (por no hablar de las innumerables horas que he pasado en el gimnasio) cuando podrías haber dedicado ese tiempo de rodillas? O, para plantear la pregunta de forma un poco más paulina, si el entrenamiento físico tiene algún valor, pero la piedad mucho más, ¿para qué se molesta uno en ejercitar el cuerpo?
Para empezar, cuerpo o alma es una falsa dicotomía. Como deja claro Pablo en 1 Corintios 9:24-27, la forma física y la forma espiritual no tienen por qué ser «A o B»; lo mejor es que sean «A y B». El cuerpo y el alma tienen una relación reflexiva e inseparable: el cuerpo afecta al alma y el alma afecta al cuerpo. Dios nos creó para glorificarle disfrutando de Él, y el cuerpo es el compañero de entrenamiento del alma en la búsqueda de placeres espirituales. En su reciente libro, A Little Theology of Exercise [Una pequeña teología del ejercicio], David Mathis lo explica maravillosamente:
Quiero que mi vida se centre en la gloria y el gozo: la gloria de Dios en mí y a través de mí, y mi gozo en Él y a través de Él. Me acerco al tema del ejercicio sin avergonzarme, en busca de mi gozo en Dios. Ejercito mi cuerpo por el bien de mi alma. Busco que el ejercicio físico sirva para el gozo espiritual en Dios (p. 48).
Mathis resalta una multitud de formas en que el ejercicio facilita la satisfacción en Dios. Quizás lo más significativo para mí a lo largo de los años ha sido que el ejercicio físico aumenta mi capacidad para disfrutar de Dios, al ofrecerme nuevas categorías para conocer a Dios y Su diseño para la vida cristiana. El ejercicio se ha convertido en un campo de entrenamiento espiritual, un campo de práctica que fortalece mi voluntad y moldea mi alma.
Consideremos solo tres de estas categorías, enmarcadas como exhortaciones que mi cuerpo le transmite a mi alma a través del ejercicio. Quizás te animen a moverte.
1. Conoce el placer en el dolor
Pocas cosas me ayudan a conocer el placer en el dolor como el ejercicio. Pulmones ardiendo, brazos adoloridos, piernas que se sienten como plomo: entrenar el cuerpo duele. En cada momento, el estado físico implica algún tipo de sufrimiento. Sin embargo, ese dolor es tanto el camino hacia el gozo como algo extrañamente placentero en sí mismo. El ejercicio crea la categoría de que el gran gozo a menudo viene como resultado de un gran esfuerzo.
En otras palabras, sin dolor no hay ganancia. Exigir a mi cuerpo con entrenamientos duros y ver los beneficios refuerza la verdad espiritual de que el sufrimiento produce recompensa. Pablo conocía bien esta lección. Él podría haber acuñado la frase «sin dolor no hay ganancia»: «Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada» (Ro 8:18). Como resume David Mathis: «El esfuerzo produce recompensa» (p. 69).
No solo tenemos un cuerpo ahora; lo tendremos por eternidad. La obra maestra creativa de Dios que es el cuerpo no será desechada, sino perfeccionada
Pero los largos kilómetros no solo me ayudan a ver el gozo al otro lado del dolor; también me ayudan a encontrar placer en el dolor. Cualquiera que haya perseverado en el ejercicio el tiempo suficiente como para superar la fase de los propósitos de año nuevo, basados en la pura fuerza de voluntad, conoce el sabor a la vez doloroso y siempre gozoso de hacer ejercicio. El ejercicio no es todo placer. A simple vista, hay dolor, sudor y respiración entrecortada. Pero, si se profundiza un poco más, el ejercicio nos entrena para tener sumo gozo, porque las pruebas a menudo allanan el camino hacia la madurez y la fuerza.
El ejercicio ha fortalecido mi voluntad para soportar las dificultades por el gozo puesto delante de mí. La disciplina hedonista que practico en mi cuerpo es contagiosa para mi alma.
2. Fíjate en los pequeños avances
Hace poco me lesioné el menisco. No fue una lesión grave, pero me dejó un poco desanimado. Sabía de lo que era capaz, pero no podía rendir al máximo de mi potencial. Así que empecé el arduo proceso de rehabilitación, comenzando con unos sencillos estiramientos y lo que me parecían ejercicios «para débiles».
Durante las primeras semanas, seguí frustrado. Quería correr varios kilómetros y no podía caminar ni una sin sentir dolor. Sin embargo, pronto me di cuenta de que mejoraba casi a diario. Todavía no podía correr, pero los estiramientos y los ejercicios que al principio me costaban tanto se fueron volviendo más fáciles poco a poco. En comparación con lo que quería ser, mi progreso me parecía insignificante, pero en comparación con lo que era solo unas semanas antes, mi progreso era notable. Aprendí a fijarme en los pequeños logros, a no menospreciar los pequeños pasos.
El ejercicio nos enseña esta lección en todos los ámbitos. Los avances diarios, las mejoras en la destreza entre una práctica y otra, pueden parecer insignificantes en comparación con el objetivo final, pero son el verdadero barómetro del crecimiento. Los paralelismos con la vida espiritual son abundantes. La santificación es un proceso que se desarrolla día a día, una práctica tras otra. Si te comparas únicamente con el ser humano glorificado que un día brillará como el sol y juzgará a los ángeles, te llevarás una gran decepción. Pero mide tu progreso comparándote con el «tú» del mes pasado y prepárate para sorprenderte gratamente con la lenta transformación del Espíritu Santo. El camino hacia lo más alto y lo más profundo requiere dar un paso a la vez (Fil 3:13-14).
Sin embargo, no debemos espiritualizar esta lección con demasiada rapidez. Al fin y al cabo, tendremos cuerpos para siempre. ¿Es necesario que te recuerde que nuestro Señor tiene un cuerpo físico en este mismo momento? Un hombre se sienta en el trono del cielo, y Su cuerpo resucitado late con la esperanza de que nosotros también tendremos un cuerpo como el Suyo (Fil 3:20-21). No solo tenemos un cuerpo ahora; lo tendremos por eternidad. La obra maestra creativa de Dios que es el cuerpo no será desechada, sino perfeccionada.
Nuestro ejercicio debería ir acompañado de asombro ante la gloria creativa de Dios
Esto significa que hacer buen uso de nuestros cuerpos es una preparación para el cielo. Los pequeños avances importan. Ahora usamos nuestros cuerpos con «ruedas de apoyo» para que algún día podamos disfrutar de la plena libertad del cuerpo espiritual. Cada uno de nosotros debe ser fiel con lo poco que se nos ha dado antes de que se nos confíe mucho más (Lc 19:17). C. S. Lewis resume acertadamente lo que está en juego:
¿Quién me confiará un cuerpo espiritual si ni siquiera puedo controlar un cuerpo terrenal? Estos cuerpos pequeños y perecederos que ahora tenemos nos fueron dados como se dan ponis a los escolares. Debemos aprender a manejarlos: no para que algún día podamos prescindir por completo de los caballos, sino para que algún día podamos montar a pelo, con confianza y regocijo, esas monturas más grandiosas, esos caballos alados, resplandecientes y que sacuden el mundo, que tal vez incluso ahora nos esperan con impaciencia, pateando y resoplando en los establos del Rey. No es que el galope tuviera ningún valor a menos que fuera un galope con el Rey; pero ¿de qué otra manera —puesto que Él se ha quedado con Su propio corcel— podríamos acompañarle? (Miracles [Milagros], p. 266).
El ejercicio nos enseña a fijarnos en los pequeños logros y a no menospreciar el día de las pequeñas cosas. La disciplina diaria —espiritual y física— es el camino hacia nuestra recompensa eterna (1 Co 9:24-27).
3. Maravíllate a través del esfuerzo
Si quieres ver lo bien que está diseñado algo, tienes que ponerlo a prueba. Si quisiera ver lo impresionante que era el Modelo T de Henry Ford, daría una vuelta con el automóvil. Lo llevaría al límite y vería cómo se comporta en condiciones difíciles. Correría con él contra otros automóviles. Al experimentar todas las capacidades del Modelo T, especialmente bajo esfuerzo, la creatividad de Ford quedaría totalmente demostrada.
Del mismo modo, cuando hacemos ejercicio, ponemos a prueba el diseño más maravilloso de Dios, y deberíamos quedarnos asombrados. Deberíamos maravillarnos al someter al cuerpo a esfuerzo. Dios creó el cuerpo humano para moverse, y no solo para moverse, sino para moverse a menudo y moverse bien. Por lo tanto, nuestro ejercicio debería ir acompañado de asombro ante la gloria creativa de Dios.
La gloria de nuestro Creador no solo se revela en la creación, sino que nosotros mismos, como criaturas, también proclamamos Su gloria
Como partícipe de esta maravilla, Mathis observa: «El cuerpo humano, en su diseño divino, es capaz de desarrollar habilidades notables a través de la práctica y el acondicionamiento» (p. 6). Por ejemplo, ¿sabías que un ser humano en forma puede alcanzar a un antílope? Se llama «caza de resistencia». Aunque el antílope es más rápido al principio, Dios diseñó su metabolismo para ráfagas cortas. Sin embargo, Dios creó el cuerpo humano con músculos de contracción rápida y de contracción lenta. Los seres humanos tienen la ventaja de la resistencia, por lo que pueden, literalmente, agotar a un antílope con el tiempo. Tenlo en cuenta la próxima vez que salgas a correr por tu vecindario y maravíllate.
- K. Chesterton dijo una vez: «El mundo nunca pasará hambre por falta de maravillas, sino solo por falta de asombro» (Tremendous Trifles, p. 7) . Sin duda, esto se aplica de manera preeminente al cuerpo humano. Muchos millones de fibras musculares trabajan juntas cada vez que das un paso. Incluso mover la mano para levantar un peso muestra la asombrosa brillantez de Dios. A Sir Isaac Newton no le faltaba este asombro: «A falta de cualquier otra prueba, el pulgar por sí solo me convencería de la existencia de Dios».
Mi cuerpo le enseña a mi alma a adoptar una actitud de asombro. Al hacer ejercicio, veo que, en verdad, «asombrosa y maravillosamente he sido hecho»; a través del esfuerzo, puedo decir: «Maravillosas son Tus obras, / Y mi alma lo sabe muy bien» (Sal 139:13-14). Mathis señala que, aunque el cuerpo está caído y gime anhelando ser renovado, la gloria impregna su diseño:
La gloria de nuestro Creador no solo se revela en la creación que nos rodea —los cielos, los mares, las montañas, las llanuras y todo el reino animal—, sino que nosotros mismos, como criaturas, también proclamamos Su gloria. Justo delante de nuestras narices —de hecho, en nuestros propios ojos, oídos y narices— hay pruebas aún más impactantes del esplendor, la destreza y la sabiduría de nuestro diseñador y creador, que es Dios mismo (p. 22).
Al mirar atrás y ver cómo mi cuerpo ha moldeado mi alma a través del ejercicio, dieciséis mil kilómetros parecen un pequeño precio a pagar. En cada paso y en cada repetición, el cuerpo le dice al alma: «Disfruta del placer en el dolor. Fíjate en los pequeños logros. Maravíllate a través del esfuerzo». Si estamos atentos, esos kilómetros y esos movimientos nos ayudarán a disfrutar de Dios y de Su maravilloso diseño para quienes llevan Su imagen. ¿Por qué no vamos a trotar por esta avenida del gozo?
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Clinton Manley
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/cuerpo-moldea-alma/
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