
La Copa Mundial de la FIFA no es solamente el mayor espectáculo futbolístico del planeta. Es también una gigantesca plataforma educativa, cultural y social observada por millones de niños, jóvenes y adultos. Por eso, cuando dentro de un campo de juego aparecen insultos, provocaciones, gestos de desprecio o la negativa deliberada a estrechar la mano de un adversario después del partido, la discusión no puede reducirse simplemente a la calentura de noventa minutos de fútbol. El episodio ocurrido después del encuentro entre Francia y Paraguay, cuando Kylian Mbappé ignoró el intento de saludo del arquero paraguayo Orlando Gill y este posteriormente reaccionó arrojándole el balón, obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿dónde termina la rivalidad deportiva y dónde comienza una conducta que las autoridades del fútbol deberían investigar y eventualmente sancionar? Más importante todavía: ¿dónde está la FIFA cuando las estrellas que participan de su principal competición protagonizan comportamientos contrarios al mensaje de respeto y juego limpio que la propia organización promueve mundialmente? El silencio disciplinario ante determinados episodios puede resultar tan perjudicial como la conducta de quienes los protagonizan.
El partido entre Paraguay y Francia fue intenso, disputado y cargado de tensión. Francia consiguió la clasificación después de imponerse por 1-0, pero las imágenes posteriores al encuentro terminaron generando una controversia que trascendió el resultado deportivo. Orlando Gill se acercó a Mbappé para saludarlo, el delantero francés no correspondió al gesto y continuó con la celebración. El arquero paraguayo reaccionó entonces lanzándole el balón. Posteriormente, Gill reconoció que había perdido la calma después de intentar saludar al futbolista francés sin obtener respuesta. Ninguna de las dos conductas debería ser presentada como ejemplo del verdadero espíritu deportivo. Rechazar ostensiblemente el saludo de un adversario después de una competición y responder posteriormente con una agresión o provocación tampoco contribuye a los valores que supuestamente representa un Mundial. Sin embargo, precisamente por tratarse de futbolistas profesionales, la responsabilidad institucional debería ser todavía mayor. La FIFA dispone de reglamentos, comisiones disciplinarias, imágenes televisivas y mecanismos tecnológicos suficientes para analizar cada episodio. La cuestión es si existe realmente voluntad para actuar con el mismo rigor frente a todos los jugadores, independientemente de su nacionalidad, influencia mediática o importancia comercial.
El problema fundamental no consiste en determinar si un jugador es francés, paraguayo, argentino, brasileño o pertenece a cualquier otra selección. Tampoco debería convertirse esta discusión en una confrontación entre países. El verdadero problema es establecer si las reglas disciplinarias y los principios del juego limpio son aplicados de manera uniforme. Cuando un jugador comete una falta violenta dentro del campo, existe un árbitro que puede mostrar una tarjeta amarilla o roja. Cuando se produce una agresión que las autoridades no observan durante el encuentro, las imágenes pueden ser posteriormente analizadas. Entonces, ¿por qué los comportamientos antideportivos posteriores al pitido final parecen ingresar con frecuencia en una peligrosa zona gris? Negarse deliberadamente a saludar a un adversario, insultarlo, provocarlo o humillarlo públicamente puede no tener las mismas consecuencias físicas que una entrada violenta, pero deteriora igualmente los valores esenciales de la competición. El respeto no puede ser solamente una palabra escrita en las campañas publicitarias de la FIFA. Debe convertirse en una obligación efectiva para todos los participantes del Mundial.
Existe, además, una cuestión todavía más profunda. Los futbolistas que participan de una Copa del Mundo no son ciudadanos anónimos disputando un partido entre amigos. Son profesionales observados por millones de personas y convertidos, quieran o no, en referentes internacionales. Kylian Mbappé es uno de los deportistas más conocidos e influyentes del planeta. Precisamente por esa condición, sus acciones tienen una repercusión extraordinariamente superior a las de cualquier jugador desconocido. Lo mismo ocurre con todos los integrantes de las selecciones participantes. Cuanto mayor es la influencia de un deportista, mayor debería ser su responsabilidad dentro y fuera del terreno de juego. Un niño que observa a su ídolo negarse a saludar a un adversario puede interpretar que la victoria autoriza el desprecio. Otro que observa una reacción agresiva puede entender que la frustración justifica responder violentamente. Este es el punto donde la FIFA debería intervenir con claridad, no necesariamente para transformar cada controversia en una suspensión, sino para establecer límites, investigar los hechos y demostrar que el comportamiento deportivo también forma parte de las obligaciones de quienes participan en un Mundial.
La controversia se agravó posteriormente con declaraciones políticas e insultos dirigidos contra Mbappé, algunos de ellos denunciados como racistas y discriminatorios. Es indispensable establecer aquí una diferencia fundamental: criticar una conducta deportiva no autoriza absolutamente a nadie a utilizar expresiones racistas, xenófobas, homófobas o discriminatorias. El racismo debe ser condenado sin ambigüedades, venga de donde venga y sea quien sea la persona que lo practique. Pero igualmente peligroso sería utilizar la gravedad de unas declaraciones discriminatorias para impedir cualquier debate legítimo sobre la conducta de un jugador dentro o alrededor del campo de juego. Son cuestiones diferentes y ambas merecen respuestas institucionales. La lucha contra el racismo no puede ser selectiva, como tampoco puede ser selectiva la defensa del juego limpio. Una organización internacional responsable debe tener capacidad para condenar simultáneamente la discriminación, las agresiones, los insultos, las provocaciones y cualquier comportamiento contrario a los principios deportivos.
Y entonces aparece inevitablemente la pregunta que millones de aficionados pueden formularse: ¿dónde está la FIFA? La organización que gobierna el fútbol mundial posee un extraordinario poder económico, político, mediático y disciplinario. Durante años ha desarrollado campañas contra el racismo, la violencia y la discriminación. Habla permanentemente de respeto, inclusión y juego limpio. Pero esos principios pierden credibilidad cuando el público percibe que determinadas conductas son ignoradas o tratadas de manera diferente dependiendo de quién sea el protagonista. No se trata de exigir automáticamente una suspensión contra Mbappé o contra Orlando Gill. Se trata de exigir transparencia. ¿Fue analizado el incidente? ¿Existe una investigación? ¿Los informes arbitrales mencionaron lo ocurrido? ¿Qué establecen exactamente los reglamentos disciplinarios para estos comportamientos? El silencio institucional alimenta las sospechas de favoritismo mucho más que una explicación clara, técnica y pública.
Un Mundial debería servir para unir a los pueblos mediante el deporte, no para profundizar enfrentamientos, nacionalismos extremos y hostilidades entre sociedades. Cuando las tensiones del campo se trasladan a la política, las redes sociales y las relaciones entre países, el fútbol deja de funcionar como instrumento de integración y comienza peligrosamente a convertirse en combustible para nuevas divisiones. La FIFA tiene la responsabilidad de impedir que su principal competición sea utilizada como escenario para promover el odio, la discriminación o la confrontación. Pero esa responsabilidad comienza dentro del propio campo de juego. No es coherente pedir paz a los aficionados si los protagonistas pueden insultarse, provocarse o despreciarse sin consecuencias. Tampoco es coherente promover ceremonias de “Fair Play” mientras determinadas actitudes quedan sin una respuesta institucional suficientemente clara.
La historia del deporte demuestra que uno de los gestos más importantes ocurre precisamente después de la competición. Dos adversarios pueden enfrentarse durante noventa minutos, disputar cada balón y defender apasionadamente los colores de sus países, pero el saludo final representa el reconocimiento de que existe algo superior al resultado: el respeto por el adversario. Perder con dignidad es parte del deporte. Ganar con dignidad también. Cuando ese principio desaparece, el fútbol corre el riesgo de convertirse simplemente en una batalla entre enemigos. Y ese no debería ser el mensaje transmitido por la competición deportiva más importante del planeta.
Por eso, la discusión sobre Mbappé y Orlando Gill debería superar las pasiones nacionales y las disputas políticas. Paraguay merece respeto. Francia merece respeto. Orlando Gill merece respeto. Kylian Mbappé merece respeto. Pero precisamente porque todos merecen respeto, todos deben estar sometidos a las mismas reglas y responsabilidades. Ninguna camiseta puede estar por encima del reglamento. Ninguna estrella mundial debería recibir privilegios disciplinarios. Ningún jugador debería responder a una provocación con otra provocación. Ningún político debería convertir una controversia deportiva en un ataque racista o discriminatorio.
La FIFA enfrenta aquí una oportunidad para demostrar qué modelo de fútbol pretende defender. Puede continuar limitándose a grandes discursos institucionales sobre paz, igualdad y respeto, o puede demostrar mediante decisiones transparentes que esos principios también tienen consecuencias prácticas. Porque el verdadero espíritu deportivo no se demuestra solamente cuando un jugador marca un gol espectacular o levanta una Copa del Mundo. Se demuestra especialmente en la derrota, en la victoria y en el momento de mirar al adversario a los ojos y estrecharle la mano.
La pregunta final, por tanto, continúa abierta: si la FIFA no interviene, no investiga y no establece límites claros frente a las conductas antideportivas, ¿quién protegerá los valores fundamentales del fútbol? El Mundial debería ser un instrumento de encuentro entre naciones. Nunca un escenario donde el desprecio, la provocación y el odio encuentren espacio para crecer. La FIFA no promueve oficialmente la guerra en el deporte, evidentemente, pero su silencio frente a determinadas controversias puede terminar contribuyendo a crear exactamente el ambiente de enfrentamiento que afirma combatir. Y en una competición observada por todo el planeta, guardar silencio también transmite un mensaje.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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