
Jesús declaró a Sus discípulos: «Si me amaran, se regocijarían de que voy al Padre, ya que el Padre es mayor que Yo» (Jn 14:28, énfasis añadido).
A primera vista, puede parecer desconcertante. ¿Acaso en este texto Dios el Hijo reconoce que es inferior a Dios el Padre? La respuesta que requiere esta pregunta es más profunda de lo que parece.
Con Su declaración, Jesús no negó, renunció o minimizó Su posición en la Trinidad; más bien, estaba revelando la humildad y la misión redentora que lo llevó a someterse a la voluntad del Padre.
Veamos cómo esta afirmación muestra la perfecta humildad y obediencia de Cristo, y cómo nos invita a confiar en el plan de Dios.
Jesús asume humildemente la condición humana
Cuando Jesús vino al mundo, no solo se hizo hombre; se hizo siervo (Fil 2:7; Mt 20:28). Esto significa que, sin renunciar a Su divinidad, aceptó los límites de la vida humana (p. ej., cansancio, hambre, dolor, tristeza) mientras en todo tiempo se sujetó a la voluntad del Padre. Él podría haber usado Su poder para evitar cualquiera de las dificultades de la vida humana, pero eligió vivir como nosotros para salvarnos.
Durante Su ministerio, Jesús no ejercía Su gloria divina para imponerse, sino que estaba totalmente sometido al Padre. Esta sumisión no era debilidad, sino amor. Él se humilló por nuestro bien, para que pudiéramos tener acceso a Su persona, ya que Él es el camino al Padre (Jn 14:6).
Jesús vino como hombre y siervo para cumplir la voluntad del Padre, incluso cuando eso significó sufrimiento y sacrificio. Esta es la humildad que nos abre la puerta de la vida eterna.
La subordinación funcional dentro de la Trinidad
Cuando Jesús dice que «el Padre es mayor», esto refleja una posición funcional. La afirmación de Jesús nos apunta a cómo obra cada persona de la Trinidad en la redención. El Padre planea, el Hijo cumple y el Espíritu aplica. La subordinación del Hijo es temporal y funcional; no esencial (como enseña la herejía arriana del subordinacionismo). En otras palabras, Jesús sigue siendo completamente Dios, pero Su misión en la tierra fue la de obedecer y cumplir (p. ej., Jn 6:38).
La verdadera grandeza no se logra reclamando poder o control, sino obedeciendo a Dios con amor y lealtad
Esto tiene un gran significado para nuestra vida diaria. Nos apunta a que la verdadera grandeza no se logra reclamando poder o control, sino obedeciendo a Dios con amor y lealtad. La obediencia de Jesús nos muestra que el camino de la salvación pasa por la humildad y la entrega.
Una razón para regocijarse
Jesús dice que los discípulos deberían alegrarse de que Él vaya al Padre. Esto puede parecer extraño. ¿Por qué celebrar Su partida? La respuesta está en el propósito detrás de Su obediencia. El regreso del Hijo al Padre marca la culminación de Su obra redentora. La cruz fue completada, el perdón asegurado y el Espíritu Santo enviado para habitar en los creyentes.
La obediencia de Jesús nos muestra que el camino de la salvación pasa por la humildad y la entrega
Lo que parecía separación es, en realidad, cercanía eterna. Cristo no ascendió al cielo para dejarnos solos, sino para enviarnos Su presencia continua a través del Espíritu (Mt 28:19-20). Esto nos muestra que la verdadera alegría cristiana no depende de circunstancias externas, sino de la obra terminada de Cristo y de la promesa de Su compañía constante.
Este mensaje también nos consuela hoy. Cuando enfrentamos dificultades, podemos confiar en que Jesús —quien se humilló y se sometió al Padre— sigue trabajando por nosotros. La humildad de Cristo no terminó en la cruz; culminó en gloria, y esa misma gloria nos asegura que nuestras vidas están en Sus manos.
La gloriosa paradoja del evangelio
Cuando Jesús dijo: «el Padre es mayor que Yo», nos estaba revelando el corazón del evangelio: Cristo, siendo plenamente Dios, se humilló voluntariamente para cumplir la obra de nuestra redención. Su subordinación en la economía de la Trinidad no implica inferioridad esencial, sino una sumisión real y voluntaria en Su obra redentora, por la cual fue exaltado para nuestra glorificación (Fil 2:9-11).
La humildad de Cristo no terminó en la cruz; culminó en gloria, y esa misma gloria nos asegura que nuestras vidas están en Sus manos
Esta paradoja gloriosa —Cristo humillado y exaltado— es el fundamento de la vida cristiana. Como dice el Salmo 25:9, «Enseñará a los humildes su camino», y en Él hallamos poder para humillarnos y esperanza para perseverar.
La esperanza que tenemos no nos lleva a forzar nada; esta obediencia humilde y esta transformación auténtica fluyen de la mismísima obra que Cristo está haciendo en nosotros por medio del Espíritu Santo. No es un esfuerzo vano ni nuestra propia fuerza la que sostiene el cambio, sino la gracia eficaz de Dios que transforma nuestro corazón y voluntad desde adentro.
La pregunta que queda es clara: ¿Nos sometemos al Dios soberano con la misma obediencia con que Cristo se humilló? Que esta verdad sea el ancla firme de nuestra fe y la brújula que guíe nuestro caminar diario, en la certeza de que solo en Cristo crucificado y exaltado hay salvación y esperanza verdaderas.
Jorge Rivera
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/jesus-dijo-padre-mayor/
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