
La morosidad de los créditos familiares en Argentina ha tocado un nuevo máximo y el dato ya no cabe en la letra pequeña de los informes bancarios. En abril, el incumplimiento de los préstamos a hogares escaló al 12% en el sistema financiero, medio punto más que en marzo, y dejó una cifra que pesa como una piedra en mitad de la mesa: 5,3 millones de personas tienen al menos un crédito en situación irregular. Dicho sin barniz: uno de cada cuatro argentinos con financiación registrada arrastra problemas serios para pagar.
La foto es aún más áspera fuera de los bancos tradicionales. En las entidades no financieras, donde entran billeteras, tarjetas de consumo, plataformas de crédito y financiadores que crecieron al calor de la vida cotidiana digital, la mora llegó al 31,5%. No es un susto menor ni una anécdota de coyuntura. Es el síntoma de una economía en la que millones de hogares usaron el crédito como puente, como muleta, a veces como salvavidas, y ahora descubren que el salvavidas también cobra intereses.
La cifra que cambia el clima del crédito argentino
La Central de Deudores del Banco Central de la República Argentina viene mostrando un deterioro persistente de la calidad crediticia de los hogares. Abril confirmó la tendencia con una crudeza incómoda: la mora bancaria de las familias subió del 11,5% al 12%, el dato más alto en más de dos décadas, y acumuló 18 meses consecutivos de aumento. No es un bache. Es una escalera.
Para entender la dimensión del golpe conviene recordar de dónde venía el indicador. En octubre de 2024, la morosidad de las familias rondaba el 2,5%. Año y medio después se ha multiplicado casi por cinco. La frase suena técnica, pero en la cocina de una casa significa otra cosa: cuotas que se pisan entre sí, mínimos de tarjeta que dejan de ser mínimos, préstamos personales que nacieron para ordenar una deuda y acabaron alimentando otra. La economía doméstica, cuando se rompe, no hace ruido de cristal; suena más bien a notificación bancaria a las ocho de la mañana.
La irregularidad no golpea solo a quienes viven al margen del sistema. El problema aparece dentro del circuito formal del crédito, entre personas que tienen cuenta, tarjeta, préstamos y una relación abierta con bancos o entidades registradas. El universo total de tomadores de crédito ronda los 20 millones de personas, y el 26,7% aparece ya con alguna deuda irregular. En lenguaje financiero, dejan de ser perfiles cómodos. En lenguaje humano, empiezan a quedar fuera de la ventanilla.
Aquí hay una precisión importante. Un crédito irregular no significa simplemente haber pagado tarde un recibo por despiste. En estos datos se habla de atrasos relevantes, normalmente de 90 días o más, una frontera que para los bancos cambia la clasificación del cliente y para las familias cambia el aire de la casa. Pasado ese punto, renegociar se vuelve más difícil, conseguir financiación nueva se encarece y la reputación crediticia queda tocada durante un tiempo. No es una mancha de café. Es tinta.
El deterioro de abril también afectó a las empresas, aunque con mucha menos intensidad. La mora empresarial pasó del 3,1% al 3,3%, mientras que la del sector privado en conjunto subió al 7,3%. El contraste importa: el incendio está mucho más concentrado en los hogares que en las compañías. Eso cambia el diagnóstico. No estamos ante un simple problema de balances empresariales, sino ante una tensión social que entra por la tarjeta, por el préstamo pequeño, por la compra financiada del electrodoméstico, por el adelanto que parecía inocente.
De la tarjeta al préstamo personal: la deuda que llega antes que el salario
El corazón del problema está en el crédito al consumo. Las líneas más sensibles son las tarjetas de crédito y los préstamos personales, porque son las que más se parecen a la vida diaria. No financian una fábrica ni una inversión que dará frutos dentro de años. Financian comida, transporte, servicios, ropa, arreglos de casa, medicamentos, colegio, vacaciones modestas o simplemente el hueco entre el sueldo y el final del mes. Ahí, donde la macroeconomía se quita la corbata.
Durante meses, el crédito funcionó como una especie de anestesia. Permitió sostener consumo cuando los ingresos reales no alcanzaban o avanzaban más despacio que los precios. El Gobierno argentino necesitaba que la financiación privada ayudara a mover la actividad; los bancos y las fintech encontraron demanda; los hogares aceptaron cuotas porque la alternativa era recortar de golpe. Todo bastante racional, dentro de una racionalidad de emergencia. El problema es que una anestesia no cura una fractura. Solo aplaza el dolor.
La inflación se desaceleró en abril hasta el 2,6% mensual, con una tasa interanual del 32,4%, pero esa mejora no borra la erosión acumulada de los ingresos ni convierte automáticamente una cuota vieja en una cuota cómoda. Una familia puede ver que los precios suben menos rápido y, al mismo tiempo, no llegar al pago del préstamo. Parece contradictorio. No lo es. La inflación mira la velocidad del coche; la deuda mira el muro que ya tienes delante.
Con tasas de préstamos personales que seguían moviéndose alrededor del 67% nominal anual a comienzos de junio, el crédito barato no aparece por ninguna parte. Y cuando el coste financiero se mantiene alto, refinanciar no siempre alivia: a veces solo cambia el envoltorio del problema. Se cancela una deuda con otra, se patea una cuota hacia adelante, se respira dos semanas. Luego vuelve la marea. Más alta.
Hay otro detalle que rara vez entra en los discursos políticos porque estropea la foto. La morosidad puede subir incluso con indicadores agregados de actividad aceptables. Un país puede crecer y, aun así, tener hogares asfixiados. El promedio nacional no paga la tarjeta de nadie. El PIB puede sonreír en un gráfico mientras una parte de la clase media baja, los autónomos, los asalariados ajustados y los trabajadores informales cuentan monedas frente a la app del banco. La estadística, noble oficio, también tiene esquinas oscuras.
Por qué las fintech y los créditos no bancarios muestran la peor cara
El dato más duro está fuera de la banca tradicional: 31,5% de mora en entidades no financieras. Ahí el crédito suele ser más rápido, más pequeño, más digital y también más caro o más expuesto a perfiles de riesgo. El dinero llega con menos solemnidad que en una sucursal bancaria. Un par de clics, una pantalla amable, una promesa de cuota manejable. La modernidad tiene esa virtud: hace que endeudarse parezca limpio, casi sin fricción. Como pedir comida.
Pero el riesgo no desaparece porque el botón sea bonito. Las billeteras virtuales, las tarjetas de consumo y los financiadores ligados al comercio captaron a millones de usuarios que necesitaban liquidez inmediata o acceso a compras en cuotas. Muchos no habrían obtenido financiación bancaria clásica en las mismas condiciones. Otros sí, pero prefirieron la comodidad. En ambos casos, el resultado es una cartera más sensible al primer golpe de ingresos.
No se trata de demonizar la tecnología financiera. Las fintech ampliaron el acceso, redujeron barreras y llevaron servicios a personas que antes quedaban fuera del circuito formal. Eso es real. También lo es que la inclusión financiera sin capacidad de pago puede convertirse en una puerta giratoria: entras al crédito, compras tiempo, sales con una mochila más pesada. La frontera entre oportunidad y trampa no siempre está en la letra pequeña; a veces está en el salario.
El crecimiento de la mora no bancaria revela además un cambio cultural. La deuda ya no vive solo en el banco. Está en el móvil, en la tienda, en la plataforma de pagos, en la financiación instantánea del comercio, en la tarjeta que ofrece descuentos y luego cobra intereses con puntualidad de reloj suizo. El crédito se volvió ambiental. Está en el aire. Por eso, cuando se deteriora, no afecta solo a un producto financiero: contamina el consumo entero.
La paradoja: menos inflación, más familias en mora
La desaceleración de los precios en abril permitió al Gobierno argentino exhibir una mejora frente a marzo. Pero la morosidad siguió subiendo. Esta paradoja es el nudo del momento. La inflación puede aflojar y, aun así, la deuda familiar puede empeorar porque las cuotas responden a decisiones tomadas meses atrás, a tasas pactadas en otro clima y a ingresos que no siempre recuperan lo perdido. El bolsillo no se repara por decreto estadístico.
La política económica argentina se mueve en una cuerda fina. Si las tasas bajan demasiado rápido, puede reaparecer presión sobre precios, dólar o expectativas. Si se mantienen demasiado altas, el crédito al consumo se seca y las familias endeudadas quedan atrapadas en una pendiente. La ortodoxia tiene su lógica; la nevera vacía, la suya. Y ambas suelen discutir mal.
El problema es que la mora también retroalimenta el coste del crédito. Cuando más clientes dejan de pagar, bancos y financiadores endurecen condiciones, suben márgenes, reducen cupos o prestan solo a perfiles más seguros. El sistema se protege. Normal. Pero esa protección deja fuera precisamente a quienes más necesitan refinanciar o recomponer su liquidez. La puerta se estrecha cuando más gente intenta pasar por ella.
En ese círculo, el crédito deja de ser motor y empieza a ser freno. Si las familias no pueden financiar consumo, compran menos. Si compran menos, el comercio vende menos. Si el comercio vende menos, el empleo y los ingresos sufren. Si los ingresos sufren, la mora vuelve a subir. Una rueda. No muy épica, pero eficaz en su crueldad.
Conviene no exagerar el riesgo bancario. El sistema financiero argentino todavía muestra colchones de liquidez, previsiones y capital que amortiguan el golpe. El problema no parece, al menos con los datos disponibles, una crisis bancaria clásica al estilo de pánico de depósitos. No es eso. La alarma está en otro sitio: en la solvencia cotidiana de millones de hogares y en la posibilidad de que el consumo pierda una de sus piernas.
Ese matiz es esencial. Hablar de récord de morosidad no significa anunciar la caída del sistema financiero mañana por la mañana. Significa observar que una parte creciente de la población queda dañada como sujeto de crédito. Y cuando eso ocurre, la economía pierde capilaridad. El dinero ya no circula con la misma alegría por barrios, comercios y servicios. Se vuelve cauto. Se esconde.
Bancos más cautos, consumo más débil
Para los bancos, la subida de la mora obliga a cambiar el tono. El cliente que hace un año parecía razonable puede convertirse hoy en un riesgo. Las entidades ajustan modelos, revisan scoring, piden más garantías, reducen límites de tarjeta o encarecen préstamos personales. No lo hacen por maldad, aunque a veces el correo automático parezca escrito por un villano de oficina. Lo hacen porque una cartera con más impagos exige más prudencia.
Esa prudencia, sin embargo, tiene un coste social. Muchas familias no necesitan crédito para caprichos, sino para ordenar pagos. Un descubierto, una reparación del coche, una factura atrasada, una cuota escolar, una emergencia médica. Cuando el sistema retira crédito o lo encarece, los hogares no siempre dejan de endeudarse; a veces saltan a canales más caros, informales o desordenados. El riesgo se mueve de habitación. No desaparece.
La banca tradicional todavía mantiene ratios de mora mucho menores que las entidades no financieras, pero el deterioro es amplio. En abril aumentó la irregularidad en la mayoría de los principales bancos con exposición a familias. Eso indica que el problema no pertenece a una entidad concreta ni a una mala campaña comercial aislada. Es macro, aunque se manifieste en microdramas: una cuota, otra cuota, la llamada que no se contesta.
También hay un efecto psicológico. Cuando el consumidor siente que su deuda lo persigue, cambia hábitos. Compra menos, aplaza decisiones, evita financiar, retira gastos prescindibles. El comercio lo nota antes que el Excel oficial. Un restaurante con mesas vacías, una tienda que vende menos electrodomésticos, una familia que repara en vez de cambiar. Pequeñas escenas, todas juntas, hacen una estadística.
El Gobierno argentino aspiraba a que el crédito privado tuviera un papel relevante en la recuperación de la actividad. Pero con un cuarto de los tomadores en situación irregular, esa palanca pierde fuerza. El crédito no puede empujar mucho si una parte de sus usuarios acaba de quedar marcada por impago. Es como pedirle a una bicicleta con la cadena salida que gane velocidad.
Qué significa dejar de ser sujeto de crédito
La expresión “sujeto de crédito” suena fría, casi burocrática. En realidad define algo muy concreto: la posibilidad de que el sistema confíe en ti para prestarte dinero. Cuando una persona cae en mora relevante, esa confianza se rompe o se encarece. No es necesariamente permanente, pero puede durar meses o años, según el historial, la entidad, el tipo de deuda y la capacidad posterior de regularización.
Perder acceso al crédito formal puede cerrar oportunidades normales. Comprar un electrodoméstico en cuotas, financiar un tratamiento, alquilar con garantías, afrontar una mudanza, sostener un pequeño negocio familiar, cubrir un imprevisto. El crédito no es solo consumo alegre; también es una infraestructura invisible de la vida moderna. Cuando se corta, se nota en los huesos.
El riesgo social de la morosidad récord es justamente ese: la creación de una bolsa amplia de ciudadanos financieros de segunda velocidad. Personas que siguen trabajando, consumiendo y pagando lo que pueden, pero con acceso restringido a herramientas que antes usaban para estabilizar su mes. No son marginales. Están dentro. Pero cada vez más cerca del borde.
Hay una ironía amarga en todo esto. Durante años, muchos discursos celebraron la bancarización y la inclusión financiera como señales de modernidad. Y lo eran. Pero la inclusión no termina cuando alguien recibe una tarjeta o descarga una billetera. Termina, o debería terminar, cuando ese acceso mejora su vida sin dejarlo atrapado. La modernidad financiera, sin ingresos suficientes, puede parecer una lámpara bonita en una habitación sin suelo.
Un récord que también habla de política económica
El aumento de la mora familiar coloca presión sobre la estrategia económica argentina. No solo porque complica el crédito, sino porque muestra los límites de una recuperación apoyada en variables agregadas mientras una parte de los ingresos domésticos sigue tensa. El Gobierno puede exhibir desaceleración inflacionaria; la oposición puede subrayar el coste social; los bancos pueden hablar de riesgo; las fintech, de acceso. Todos tienen un pedazo del elefante. El elefante, mientras tanto, pisa.
La discusión de fondo no es si las familias argentinas se endeudaron por irresponsables. Esa explicación es cómoda, moralizante y bastante pobre. La mayoría de los hogares no se endeuda por deporte. Se endeuda porque el salario no llega, porque la inflación desordenó precios relativos, porque las tarifas pesan, porque el consumo se financió durante meses, porque el crédito apareció disponible, porque la vida no espera al próximo dato del INDEC.
Tampoco basta culpar a los bancos o a las fintech. Prestaron donde había demanda y donde los modelos de riesgo permitían prestar. El problema surge cuando millones de decisiones individuales racionales producen un resultado colectivo frágil. Cada familia compró tiempo. El país acumuló deuda familiar. La suma de soluciones privadas terminó dibujando un problema público.
La salida dependerá de tres variables: ingresos reales, tasas y empleo. Si los salarios recuperan poder adquisitivo de manera sostenida, la mora puede estabilizarse. Si las tasas bajan sin reavivar tensiones macroeconómicas, refinanciar será menos doloroso. Si el empleo aguanta, muchos hogares podrán reordenarse. Pero si una de esas patas falla, la morosidad puede seguir alta durante buena parte de 2026, incluso aunque la inflación mensual dé señales mejores.
La palabra “récord” tiene algo de titular fácil, de tambor. Pero aquí no es adorno. Resume una marca histórica en un país acostumbrado, por desgracia, a convivir con sobresaltos monetarios. Esta vez el termómetro está puesto en otro sitio: no tanto en el dólar de la esquina ni en la inflación del mes, sino en la capacidad concreta de millones de personas para cumplir con cuotas ya asumidas. Menos épica. Más real.
Cuando la factura llega antes que el sueldo
Argentina entra en una fase delicada de su ciclo crediticio. La morosidad familiar al 12% en bancos y al 31,5% en entidades no financieras muestra que el problema ya no es marginal ni pasajero. Afecta a 5,3 millones de personas, golpea la expansión del crédito, enfría expectativas de consumo y deja a muchos hogares en una zona gris: todavía dentro del sistema, pero con la puerta cada vez más pesada.
No hay una lectura única ni cómoda. La mejora de la inflación ayuda, pero no borra deudas acumuladas. Las tasas altas protegen algunos equilibrios, pero castigan a quien necesita refinanciar. El crecimiento agregado puede convivir con bolsillos agotados. Y el crédito, ese invento brillante cuando acompaña ingresos, se convierte en una cuerda áspera cuando llega antes el vencimiento que el sueldo.
El récord de morosidad no dice que Argentina vaya a hundirse mañana. Dice algo quizá más serio, por menos teatral: millones de familias están pagando el coste de haber usado deuda para atravesar una economía inestable. Algunas saldrán con renegociaciones, mejores salarios y tiempo. Otras quedarán marcadas fuera del crédito formal durante meses. En medio, bancos y fintech tendrán que decidir cuánto riesgo aceptan, y el Gobierno, cuánto dolor social cabe dentro de una estabilización que presume de orden mientras las cuotas se amontonan en la mesa de la cocina.
La deuda familiar rara vez derriba una economía de un golpe. Suele hacerlo de otra manera: apagando luces pequeñas. Una compra menos. Una cuota impaga. Un límite reducido. Un préstamo denegado. Un comercio que vende menos. Un trabajador que deja de llegar. No hay estruendo. Solo una persiana que baja un poco antes. Y muchas casas haciendo cuentas en silencio.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/argentina-bate-record-de-morosos/
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