
En esta instancia nos proponemos analizar las crisis desde una perspectiva de menor rechazo. Nuestros maestros nos habían enseñado que las crisis no eran algo bueno. Rompían con lo conocido, que genera certezas y cierta tranquilidad. Pero más recientemente hemos descubierto que ciertas rupturas pueden ser necesarias. Incluso en algunos casos son parte del resultado evolutivo hacia estados sistémicos de mayor y mejor desarrollo. En este artículo nos proponemos analizar este nuevo enfoque. Aproximarnos al entendimiento de las crisis como procesos evolutivos necesarios. Hasta en algunos casos, incluso bienvenidos.
Hay que reconocer el pulso que renueva por qué las crisis son el motor oculto de los sistemas vivos y sociales. Las crisis son procesos excepcionales que interrumpen el desarrollo esperado y considerado “normal” de un sistema. En ese sentido, de alguna manera replantean las trayectorias previas esperadas, si nos basamos en las señales previas. Lo interesante es poder valorar críticamente estos procesos. ¿Serán algo bueno o malo para los sistemas afectados? La verdad es que, en principio —caso a caso—, no lo sabemos, pero entendemos que es un asunto pertinente para explorar.
Hay una imagen errónea que repetimos casi sin pensarlo: la de la crisis como un fallo, una interrupción molesta de un orden deseable. Desde esa mirada, lo ideal sería un sistema social, una economía, una organización o una ciudad que funcionará como un reloj suizo, sin sobresaltos. Pero la historia biológica y social nos muestra lo contrario: los sistemas que sobreviven y se adaptan no son los que evitan las crisis, sino los que aprenden a usarlas. La crisis no es una avería; es un pulso. Entender ese pulso, sobre todo ahora que vivimos en un mundo BANI, es clave para no romper con él.
Explotando el laboratorio biológico, reconocemos que la crisis puede operar como una maestra silenciosa que va cambiando sin muchos ruidos. Empecemos con los sistemas biológicos, porque ahí el engaño es menor. Nadie diría que un ecosistema sano es un ecosistema estático. Un bosque viejo, por ejemplo, acumula madera muerta, hojarasca y una intensa competencia entre especies. En algún momento, un rayo o una sequía provocan un incendio. Ese incendio es una crisis que destruye, quema y mata individuos. Pero para el sistema, es una purga necesaria. Las semillas serótinas de algunas coníferas solo se abren con el calor del fuego. El suelo calcinado libera nutrientes bloqueados y, poco después, brota una diversidad mayor que antes.
Algo parecido ocurre en nuestro propio cuerpo. Una infección bacteriana es una crisis local. La fiebre, la inflamación y la activación inmunitaria no son un error de diseño: son el sistema respondiendo al estrés con un reajuste profundo. Sin esos episodios de desequilibrio controlado, nunca desarrollaríamos inmunidad. Las vacunas funcionan justamente así: introducen una crisis diminuta y simulada para que el sistema aprenda sin morir en el intento. También hay que reconocer que en ocasiones el afectado no se recupera y muere. Son escenarios en los que la coevolución fue insuficiente y la enfermedad mata al huésped.
La evolución de las especies plantea que ciertos procesos excepcionales pueden realizar aportes, si analizamos esa evolución con una mirada a largo plazo. La biología evolutiva añade una idea aún más radical: las grandes transiciones evolutivas, de células aisladas a organismos multicelulares, de individuos a colonias, ocurrieron gracias a crisis de cooperación. Cuando un recurso escasea o un depredador cambia las reglas, las formas de vida se ven forzadas a ensayar alianzas nuevas. La crisis rompe el equilibrio anterior y abre la puerta a combinaciones impensables en tiempos de bonanza.
El reflejo social de los cambios siempre estará presente. Los detonantes pueden ir desde rupturas como la peste hasta las revoluciones industriales. Los sistemas sociales no son biológicos, claro, pero heredan esa misma lógica dinámica. Las crisis no son anomalías en la política o la economía; son su mecanismo de transformación. La peste negra del siglo XIV acabó con un tercio de la población europea. Una catástrofe demográfica horrible. Pero también aceleró la crisis del feudalismo: la tierra dejó de valer, la mano de obra escaseaba, los campesinos podían negociar salarios y nació una incipiente movilidad social. Sin aquella crisis, el Renacimiento tal vez se habría demorado siglos. Desde luego, no fue la única causa —hubo también cambios tecnológicos y políticos previos—, pero actuó como un acelerador brutal.
Ciertos cambios en principio traumáticos en la sociedad también admiten diversas miradas en términos de sus aportes a la construcción de sistemas más robustos o flexibles. Más cerca en el tiempo, la crisis del año 1929 y la posterior Gran Depresión forzaron a repensar el capitalismo. De esa herida nacieron las políticas keynesianas, el estado de bienestar y la regulación financiera que durante décadas contuvieron la desigualdad. Como señaló Karl Polanyi en La gran transformación, las crisis de mercado no son accidentes evitables, sino el martillazo que dobla la chapa del sistema en una nueva forma.
Para cerrar estos aportes iniciales, debemos reconocer que hay una diferencia crucial con los sistemas biológicos: nosotros podemos anticipar las crisis, nombrarlas y diseñar respuestas. Pero también podemos negarlas y generarlas. Ahí empieza el problema actual. Durante buena parte del siglo XX, las sociedades occidentales construyeron una especie de inmunidad artificial: seguros de desempleo, bancos centrales que inyectan liquidez, reservas estratégicas de alimentos o petróleo. Funcionaron para crisis cíclicas y predecibles, pero no para lo que viene ahora.
Las crisis no son fallos del sistema, sino pulsos evolutivos que, bien gestionados, pueden fortalecerlo. Como muestran los sistemas biológicos y sociales, el estrés controlado —lo que llamamos hormesis— permite aprender, reorganizarse y desarrollar resiliencia. En un mundo BANI, frágil y no lineal, evitar toda fricción nos vuelve aún más vulnerables. La lección no es idealizar el sufrimiento, sino reconocer que la adaptación puede ser dura, pero suele ser necesaria.
Las respuestas dependerán de las particularidades de cada caso. Pero hay algunas pautas generales interesantes: diseñar con redundancia, diversidad y espacios para el conflicto regulado es el desafío. Uruguay, como cualquier sociedad contemporánea, necesita entender que las crisis no son pantallas azules, sino señales de límites a superar. El futuro no será estable, pero puede ser más robusto si aprendemos a usar el fuego para abrir nuestras propias semillas.
*Carlos Petrella y Carlos Tessore son ingenieros de la Universidad de la República, Uruguay, y doctorados en España y Estados Unidos, respectivamente. Codirigen un equipo de investigación en Gestión de Crisis Antrópicas.
Carlos Petrella y Carlos Tessore
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/opinion/descubriendo-que-las-crisis-no-necesariamente-son-algo-contraproducente-en-el-desarrollo-social/
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