Esa idea de artesanía elevada atraviesa también su relación con la orquesta y los cantantes. Antonini defiende una práctica musical donde el director no impone desde fuera una obediencia mecánica, sino que busca que cada músico comprenda el sentido de su intervención. La partitura no se ejecuta: se piensa. Cada detalle debe aparecer en su dosis exacta, integrado en un organismo mayor. Esa conciencia artesanal dialoga con una tradición lírica que el maestro evoca desde la escucha, el texto y la construcción paciente de los matices, más cerca del oficio que de la vanidad abstracta del arte entendido como palabra intocable.
El reparto alterna dos elencos encabezados por Andrè Schuen y Samuel Hasselhorn como Conde de Almaviva; Adriana González y Anett Fritsch como Condesa; Sara Blanch y Anna Prohaska como Susanna; y Luca Pisaroni y Alejandro Baliñas como Figaro, junto a un amplio equipo vocal que completa el universo escénico de la producción. La presencia de estos intérpretes refuerza el carácter de acontecimiento mozartiano de una propuesta que exige no solo solvencia vocal, sino inteligencia teatral, ductilidad escénica y una relación muy precisa con el texto.
Sara Blanch, que regresa al Liceu con Susanna, subraya precisamente la dimensión teatral del personaje. En esta ópera, el texto no es una zona secundaria entre arias, sino una materia viva. Susanna exige intención, discurso, color, atmósfera y una inteligencia escénica que no puede quedar subordinada al lucimiento vocal. Mozart obliga a cantar pensando y a actuar escuchando. La voz, en este contexto, no debe imponerse sobre el personaje, sino ponerse a su servicio. La cantante ha señalado también el desconcierto inicial que le produjo el universo visual de Pazos, hasta que la extrañeza se transformó en juego, risa y disponibilidad escénica. Ese desconcierto forma parte del pacto de la producción: el espectador no recibe un Mozart domesticado, sino un espacio donde la sorpresa vuelve a activar la obra.
La tarta nupcial de Marta Pazos no es, por tanto, una ocurrencia. Es una tesis escénica. En ella se condensan la boda, la clase social, el deseo, el artificio, la seducción, la violencia y la promesa rota de una armonía doméstica. Bajo el azúcar late una pregunta amarga: cuánto abuso puede esconderse dentro de las formas civilizadas del amor, del matrimonio, del linaje y de la belleza.
Ahí reside la vigencia de ‘Le nozze di Figaro’. Mozart no necesita ser actualizado mediante una violencia exterior a su partitura, porque la obra ya contiene su propia modernidad. Lo que hace esta producción es mirar de frente aquello que la tradición, a veces, ha preferido envolver en elegancia: la soledad de la Condesa, la astucia emancipada de Susanna, la obediencia estratégica de Figaro, el deseo adolescente de Cherubino, la impunidad del Conde y la extraordinaria capacidad de la música para transformar una comedia de enredos en una investigación despiadada sobre el poder.
La propuesta apunta a un Liceu que no trata el repertorio como museo, sino como materia viva. Con Marta Pazos y Giovanni Antonini, ‘Le nozze di Figaro’ regresa no como pieza amable de patrimonio musical, sino como dispositivo teatral donde cada mirada, cada silencio y cada gesto conservan una carga dramática esencial. En su interior, la risa no cancela la violencia; la belleza no absuelve al privilegio; la forma no adormece el conflicto. La ópera se vuelve entonces lo que siempre fue cuando Mozart la llevó a su punto más alto: una máquina exacta para escuchar, entre el fulgor del placer, el ruido de un mundo que empieza a romperse.