
Algunos arroyos del norte de Canadá están cambiando de color ante los ojos de los científicos. Aguas que antes eran transparentes aparecen ahora de un naranja turbio, cargadas de acidez y metales que pueden ser peligrosos para la vida acuática. No es un vertido industrial ni un accidente minero. Según un estudio publicado en Science, el origen está en el deshielo del permafrost, que está dejando al descubierto rocas antiguas capaces de alterar la química del agua.
El dato que ha encendido todas las alarmas es la rapidez del cambio. Los investigadores identificaron 146 arroyos visiblemente afectados mediante imágenes por satélite y comprobaron sobre el terreno que algunos habían pasado de ser cauces limpios a presentar niveles muy ácidos y altas concentraciones de metales, sobre todo desde 2024. «Esto tiene muy mala pinta», resumió Sean Carey, profesor de la Universidad McMaster y coautor del trabajo.
Una señal naranja en Yukón
El estudio se centra en una zona al norte de Dawson City, en Yukón, entre las cuencas de los ríos Yukón y Mackenzie. Son dos de los grandes sistemas fluviales subárticos de Norteamérica y alimentan, de una forma u otra, el océano Ártico. No hablamos de un charco aislado en mitad de la nada.
Estas cabeceras tienen importancia para comunidades indígenas, excursionistas y fauna local. En algunos casos se usan como agua de bebida y también funcionan como zonas de desove para peces como la trucha Dolly Varden o el tímalo ártico. Por eso el color naranja no es solo una rareza bonita para una foto. Es una advertencia.
«Nos quedamos realmente sorprendidos», dijo Elliott Skierszkan, autor principal del estudio y profesor asistente en la Universidad de Carleton. Lo que sorprendió no fue solo encontrar metales, sino ver una transición brusca en apenas dos o tres años. En ciencia ambiental, eso es muy rápido.
Qué está pasando bajo el suelo
El permafrost es suelo que permanece congelado durante largos periodos. En muchas regiones árticas ha funcionado como una especie de tapa natural, manteniendo aisladas capas de roca y minerales durante siglos o milenios. El problema llega cuando esa tapa se rompe por el calentamiento.
Al descongelarse el terreno, el agua y el oxígeno alcanzan rocas ricas en sulfuros. Esa reacción genera acidez y moviliza metales como aluminio, cadmio, zinc o níquel, que después viajan con la lluvia y el deshielo hacia los arroyos. El hierro ayuda a explicar ese aspecto oxidado, como si el río se hubiera convertido en una herida abierta.
En la práctica, el proceso se parece a lo que ocurre en algunas zonas mineras contaminadas, aunque aquí no haya una mina trabajando al lado. La diferencia inquietante es que la reacción puede repetirse en muchos pequeños cauces a la vez. Y ahí está el problema de escala.
El caso más preocupante
El peor ejemplo documentado por los investigadores fue un arroyo que desemboca en el río Ogilvie. A principios de siglo, su agua se consideraba prácticamente intacta. En julio de 2025, la situación había cambiado de forma drástica.
Según el estudio, el agua era tan ácida que resultaría inhabitable para la mayoría de la vida acuática. Las concentraciones de azufre eran comparables a las de un estanque de residuos mineros, mientras que metales como el aluminio y el cadmio aparecían cientos o incluso miles de veces por encima de niveles considerados seguros para seres humanos y fauna.
La señal era visible río abajo. Los investigadores observaron una pluma de agua alterada hasta tres kilómetros después de la confluencia con el Ogilvie. Es el tipo de imagen que no necesita demasiada explicación. Se ve y preocupa.
Peces y agua segura
La primera víctima probable de estos cambios es la vida acuática. Un arroyo muy ácido no es un lugar fácil para insectos, algas, peces jóvenes o especies que necesitan moverse por esas cabeceras para completar su ciclo. Y cuando falla esa base, el resto de la cadena también se resiente.
En Alaska ya se habían observado ríos oxidados vinculados al deshielo del permafrost. Allí, los informes científicos han documentado pérdida de peces y descenso de biodiversidad en cabeceras afectadas. Yukón parece estar mostrando una versión canadiense del mismo aviso, con sus propios ritmos y su propia geología.
Para las personas, el mensaje más prudente es claro. Si un cauce cambia de color o aparece rodeado de vegetación muerta, no debería tratarse como una fuente segura sin análisis. En zonas remotas, donde llenar una cantimplora en un arroyo parece lo más normal del mundo, ese detalle importa mucho.
La buena noticia, por ahora
No todo el sistema fluvial muestra el mismo daño. Los investigadores señalan que los ríos grandes aguas abajo no han mostrado, de momento, una caída preocupante de la calidad del agua. Los niveles de sulfato a largo plazo están aumentando, pero no llegan a valores tóxicos, y las concentraciones de metales se mantienen estables en esos cauces mayores.
Esto ocurre porque, al mezclarse con más agua, el pH puede subir y parte de los metales disueltos pasan a formar pequeñas partículas. Es una especie de amortiguador natural. Pero no conviene confiarse demasiado.
La pregunta que queda abierta es hasta dónde llega esa mejora río abajo y qué pasa si cada año se suman más arroyos afectados. Un solo arroyo puede diluirse. Cientos, quizá no tanto. El reloj corre más deprisa que muchos planes de vigilancia.
Vigilar antes de que sea tarde
El norte de Canadá se está calentando más rápido que la media mundial. En la región, las temperaturas han subido alrededor de 2,6 °C desde la década de 1960, según recoge la investigación. Ese calor no solo derrite hielo visible. También cambia carreteras, pistas de aterrizaje, viviendas y ahora la química del agua.
Los científicos piden más vigilancia y más datos de campo. No basta con mirar el color desde un satélite, aunque sea una herramienta muy útil. Hace falta medir pH, sulfatos y metales, y avisar a quienes viven, pescan o viajan por estas zonas.
El hallazgo también deja una lección incómoda. El cambio climático no siempre llega como una ola de calor o un incendio. A veces aparece en silencio, debajo del suelo, hasta que un arroyo cristalino se vuelve naranja. Y entonces ya no hay forma de no verlo.
El estudio ha sido publicado en Science bajo el título «Abrupt stream acidification and metal mobilization from permafrost degradation», y los datos asociados al trabajo también están disponibles en Dryad.
Adrián Villellas
Fuente de esta noticia: https://www.ecoticias.com/naturaleza/cientificos-confirman-que-el-permafrost-esta-tinendo-los-rios-de-naranja-tras-liberar-metales-toxicos-atrapados-durante-millones-de-anos-y-ya-ha-acabdo-con-dos-especies-los-pirineos-afectados
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