
Tienes una semana llena de compromisos que no puedes postergar, de modo que el único tiempo que has reservado libre de ocupaciones es para tu familia. Entonces una amiga te llama y te pide un favor que implicaría usar ese tiempo, pero aunque sabes que no puedes decirle que sí, terminas aceptando porque no quieres fallarle.
Estás hablando con un amigo y te das cuenta de que la conversación está tomando un rumbo inapropiado, en contra de lo que crees. Hay algo en tu interior que te dice que debes ser luz, pero hay otro lado luchando dentro de ti que te dice que es mejor quedarte callado para no ser avergonzado, y terminas haciendo eso.
Te invitan a la fiesta de una de tus amigas, pero decides no ir porque crees que todos la pasarían mejor si tú no estás ahí.
Solo cuando nuestra identidad, refugio y seguridad están en Cristo podemos genuinamente amar a los demás en lugar de usarlos
El temor al hombre es mucho más común de lo que pensamos y puede estar presente en nuestras vidas con distintas envolturas, pero al final todas tienen la misma raíz: alguien se ha vuelto más grande que Dios en nuestras vidas. Cuando experimentamos temor al hombre, tenemos sin lugar a dudas un problema de amor.
Ciertamente no estamos amando a Jesús de la manera en la que debiéramos hacerlo, pero quizás pensamos que sí estamos amando bien a los demás porque, al final, lo que hacemos parece estar centrado en las otras personas y no en nosotros. Pensamos de esta manera porque expresamos nuestro temor al hombre tratando de acomodarnos a los demás, diciendo siempre que sí a lo que necesiten o haciendo aquello que los haga sentir bien. Concluimos que no estamos tan mal, porque al menos «estamos amando al otro» y dándole prioridad por encima de nosotros mismos.
Pero ¿genuinamente podemos decir que estas acciones están motivadas por el amor?
El temor es un lazo
La Palabra nos enseña: «El temor al hombre es un lazo, / Pero el que confía en el SEÑOR estará seguro» (Pr 29:25).
Un lazo no es amor; es una trampa. Cuando tememos al hombre, no nos relacionamos con los demás desde la libertad de amar, sino desde la necesidad de protegernos, validarnos o sentirnos seguros. Si te das cuenta, nada de esto busca el bien de la otra persona, sino nuestro propio beneficio.
Por temor, podemos terminar diciendo que sí para no ser rechazados, haciendo ciertos comentarios para conseguir palabras de afirmación, guardando silencio cuando hay cosas que deberíamos decir solo para no ser juzgados, o haciendo buenas obras para los demás con el fin de sentirnos necesitados.
Podemos amar libremente porque Aquel que murió y resucitó por nosotros nos ha dado identidad y cuida de nuestras necesidades más profundas
Amar implica darse de verdad por el bien del otro; temer implica atar a los demás a nuestras expectativas y necesidades. Cuando necesito la aprobación de alguien, su respuesta deja de ser un regalo y se convierte en una condición para mi bienestar interno. Así, sin darnos cuenta, usamos a las personas como medios para sentirnos aceptados, valiosos o en control. El lazo del temor al hombre no aprisiona solo al que teme, sino también a aquel en quien este pone su dependencia.
Como bien dice el autor Ed Welch: «Con respecto a los demás, nuestro problema es que los necesitamos (para nosotros mismos) más de lo que los amamos (para la gloria de Dios)».
Ahora bien, así como el temor al hombre es un lazo, Proverbios nos enseña que la seguridad verdadera no viene de la respuesta de los demás ni de lo que puedan darnos, sino de nuestra confianza en el Señor. Solo cuando nuestra identidad, refugio y seguridad están en Cristo podemos genuinamente amar a los demás en lugar de usarlos. La confianza en el Señor nos da la libertad de amar; el temor al hombre nos esclaviza y nos lleva a usar.
Un llamado más alto
Ante esta realidad, podríamos concluir que la solución es simplemente amar más y darnos mejor por los demás. Pero aunque eso puede sonar bien, estaríamos poniendo el enfoque de nuestra transformación en el lugar incorrecto. Amar al otro desde la libertad y no usarlo desde el temor implica vivir conforme a esta verdad: «Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5:15).
Este pasaje revela el problema de fondo del temor al hombre: vivir para uno mismo. Cuando temo a las personas, no estoy realmente orientada hacia ellas, sino hacia mi necesidad de aprobación, seguridad, validación o control.
Pablo, en cambio, presenta una vida redimida con un nuevo centro: ya no vivimos para nosotros mismos, sino para Cristo, quien murió y resucitó por nosotros. Cuando Cristo es el eje, las personas dejan de ser medios para nuestro bienestar emocional y se convierten en prójimos a quienes podemos amar libremente, sin usarlos ni necesitarlos para definirnos o llenarnos, porque Aquel que murió y resucitó por nosotros nos ha dado identidad y cuida de las necesidades más profundas de nuestro corazón.
Patricia Namnún
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/agradar-amar-temor-al-hombre/
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