
Impulsadas por el cierre forzoso del estrecho de Ormuz, las exportaciones de crudo estadounidense alcanzan máximos históricos y convierten al país en exportador neto por primera vez desde la II Guerra Mundial. La hegemonía energética tiene, sin embargo, un precio incómodo en casa: los ciudadanos pagan la gasolina más cara en años mientras la infraestructura de exportación ya roza su límite.
La administración estadounidense ha encontrado en el conflicto con Irán un catalizador inesperado para consolidar su hegemonía energética. Mientras el mundo observa con inquietud el despliegue militar en Oriente Medio, una revolución silenciosa pero igualmente sísmica se está produciendo en el mapa global del petróleo y el gas. Tal como señala un reciente análisis de El País de Madrid, la guerra está agigantando la hegemonía de Estados Unidos, que se ha convertido en exportador neto de crudo por primera vez desde la II Guerra Mundial. Este hito, sin embargo, no está exento de contradicciones y plantea preguntas incómodas sobre quién paga realmente el precio de esta nueva edad dorada de la energía estadounidense.
El resurgir del gigante energético
Para entender la magnitud del cambio, basta con mirar atrás apenas una década. Antes de la revolución del fracking, Estados Unidos ni siquiera figuraba en el mapa de los grandes exportadores. Fue a partir de 2014 cuando esa nueva técnica comenzó a dar frutos y, en poco más de diez años, el país ha pasado de una dependencia energética significativa a una hegemonía que la guerra no ha hecho sino reforzar. Hoy, la producción estadounidense ha alcanzado una dimensión casi mitológica. Según la Administración de Información Energética (EIA, por sus siglas en inglés), la producción de crudo en EE. UU. alcanzó un récord anual en 2025, y se mantendrá cerca de los 13,6 millones de barriles diarios (b/d) en 2026, consolidando al país como el mayor productor del mundo, muy por delante de Rusia y Arabia Saudita.
Las cifras del auge exportador
Una mirada a los números revela la transformación radical que está experimentando el mercado. Los datos más recientes de la EIA muestran que las exportaciones totales de crudo estadounidense se dispararon a un récord de 6,44 millones de barriles diarios (b/d), un salto de 1,64 millones de b/d en una sola semana. De esta forma, las importaciones netas de crudo cayeron en territorio negativo, alcanzando el nivel más bajo desde que existen registros semanales en 2001. Para ponerlo en contexto, en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, fue la última vez que EE. UU. fue un exportador neto de crudo en términos anuales.
Si al crudo se le suman los productos refinados como el diésel, las exportaciones totales de petróleo se elevan a un volumen igualmente histórico de 14,18 millones de b/d. Este auge se debe, en gran medida, al apetito insaciable de Europa y Asia por el diésel y el queroseno estadounidenses, que se han vuelto cruciales para llenar el vacío dejado por los productores del Golfo Pérsico.
El colapso del Estrecho de Ormuz
La génesis de esta nueva realidad es, sobre todo, geopolítica. La guerra ha provocado lo que los analistas describen como la mayor interrupción del mercado energético global de la que se tiene memoria. Según un análisis de Reuters, la clave está en el tapón que supone el Estrecho de Ormuz. Las amenazas iraníes a la navegación han paralizado el tránsito por este cuello de botella marítimo de 33 kilómetros de ancho, por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas mundial. Se calcula que países como Irak, Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes, Catar y Baréin han tenido que cerrar una producción conjunta de hasta 9,1 millones de b/d en abril, una cifra descomunal que representa casi el 9% de la oferta mundial. Refinerías de Asia y Europa, las más dependientes de Oriente Medio, han tenido que buscar alternativas desesperadamente, y el único productor con capacidad para responder rápido ha sido Estados Unidos.
Hegemonía energética como arma geopolítica
La guerra ha consolidado un doble bloqueo que atenaza el flujo energético mundial. Por un lado, la administración estadounidense ha establecido un bloqueo naval para cortar los envíos de petróleo iraní. Por otro, Teherán mantiene el propio Estrecho cerrado a otras embarcaciones, en una peligrosa estrategia de “tierra quemada”. Para los hogares estadounidenses, esto tiene un coste directo: el precio de la gasolina ronda los 4,50 dólares por galón (algo más de un euro por litro), un precio considerablemente elevado que alimenta el descontento interno.
Este contexto ha permitido que EE. UU. despliegue una agresiva guerra económica. Como parte de su campaña de “máxima presión”, el Departamento de Estado ha anunciado sanciones adicionales contra 15 entidades y 14 buques de la “flota fantasma” iraní, incluyendo barcos con bandera de Turquía, India y Emiratos Árabes Unidos. Además, los cargamentos de crudo físico para entrega inmediata en Europa han llegado a cotizar cerca de los 150 dólares por barril, un máximo histórico. La prima de los futuros del Brent sobre el West Texas Intermediate (WTI) estadounidense se ha disparado hasta los 20,69 dólares por barril, encareciendo las importaciones para las refinerías estadounidenses, pero haciendo que el crudo ligero estadounidense sea increíblemente atractivo para los compradores en Europa y Asia.
Los límites del ‘boom’ y sus paradojas
A pesar de las cifras récord, el “superciclo” exportador estadounidense tiene un techo. Los analistas coinciden en que la capacidad máxima de exportación de crudo del país ronda los 6 millones de b/d, debido a las limitaciones en la capacidad de los oleoductos y la disponibilidad de buques. “El mercado ya está poniendo a prueba el techo de exportaciones con 5,2 millones de barriles diarios la semana pasada. Cada barril adicional desde aquí cuesta más en fletes y logística que el anterior”, resume Bekzod Zukhritdinov, un operador de crudo con base en Dubái.
El auge exportador también plantea una paradoja interesante. Una parte importante del crudo que importa EE. UU. es de tipo medio y pesado, el que necesitan sus refinerías, diseñadas para procesar grados más sulfurosos que el crudo ligero y dulce que produce mayoritariamente el fracking. Para resolver este desajuste, se ha llegado a especular con la posibilidad de liberar crudo medio de la Reserva Estratégica de Petróleo, lo que permitiría empujar aún más crudo ligero estadounidense al mercado de exportación.
La guerra contra Irán está reescribiendo las reglas del mercado energético mundial a un ritmo vertiginoso. Estados Unidos se ha erigido en el proveedor de última instancia para un mundo sediento de crudo, completando un viaje que va de la dependencia a la hegemonía en apenas una década. Este nuevo estatus, sin embargo, es frágil y no está exento de costes: depende de un conflicto bélico, está tensionado por los límites de su propia infraestructura y se traduce en precios más altos para sus propios ciudadanos. La gran incógnita es si este es el principio de una nueva era de dominio energético estadounidense o, simplemente, un espejismo fugaz alimentado por el humo de la guerra.
Redacción
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/internacional/la-guerra-contra-iran-corona-a-estados-unidos-como-el-exportador-neto-de-crudo-por-primera-vez-desde-1943
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