
Como todos los años, el 1ro de mayo se convocó a los trabajadores a un acto en la plaza contigua al Palacio Legislativo. Y como todos los años hubo encendidos discursos contra la explotación laboral, contra los empresarios ricos, contra el gobierno anterior… Y también, como todos los años, ondearon banderas extranjeras, se cantó la Internacional, se defendió al “faro de libertad” que es Cuba y se atacó duramente al imperialismo yanqui. Como todos los años…
Pareciera que el tiempo no pasara, que nadie registrara los cambios vertiginosos que se están produciendo en el mundo del trabajo, el tremendo peligro que todos los trabajadores enfrentan. Da la impresión de que la dirigencia sindical vive en una burbuja de cristal de la que se niega a salir y no se dan cuenta de que la lucha hoy no es contra el empresario que da trabajo, sino contra las pérdidas cada vez más graves de toda fuente de trabajo. Para los no calificados, pero también para los más preparados.
¿Acaso alguien piensa que con esos discursos confrontativos se abona el terreno para la creación de nuevas fuentes laborales? ¿No se les pasa por la mente que el capital quiere certezas y huye de tanta hostilidad?
El 1° de mayo es una fecha que no solo recuerda luchas pasadas por derechos básicos como la jornada laboral digna, la seguridad en el empleo y la remuneración justa, sino que también nos invita a reflexionar sobre el presente y el futuro del trabajo.
La tensión entre capital y trabajo ha sido siempre una constante: los empresarios buscan eficiencia y rentabilidad, mientras que los trabajadores buscan reconocimiento, condiciones justas y seguridad. Sin embargo, la historia ha mostrado mil veces que la verdadera prosperidad de cualquier sociedad no surge de la confrontación, sino de la cooperación. El capital y el trabajo no son fuerzas opuestas, sino complementarias: el capital necesita del esfuerzo humano y la creatividad de los trabajadores para generar valor; los trabajadores, a su vez, dependen del capital para que sus esfuerzos tengan un marco organizado y sostenible que garantice estabilidad y desarrollo.
En un mundo en transformación, con tecnologías que redefinen tareas y formas de producir, esta complementariedad se vuelve aún más relevante. La inversión inteligente y la gestión responsable del capital, unidas al compromiso, la formación y la participación activa de los trabajadores, generan sociedades más equitativas, productivas y resilientes.
Debemos entender que lo prioritario es asegurar la fuente de trabajo. De poco sirve defender derechos laborales cuando son cada vez más los que no acceden a un trabajo digno. Tirar de la piola hasta que se corte solo le sirve a los que buscan crear condiciones de malestar que agreguen nafta a la hoguera de la conflictividad social. Y es un acto de tremendo egoísmo dejar sin trabajo a quienes más lo necesitan, para así crear las condiciones objetivas de una revolución que solo puede traer más hambre y miseria.
No se puede presentar la vida en blanco y negro. O capitalismo salvaje o socialismo. Ni uno ni otro. En ese sentido, tiene renovada vigencia la más que centenaria doctrina social de la Iglesia.
A fines del siglo XIX, el Papa León XIII abordó el tema del trabajo de manera profunda en su encíclica Rerum Novarum, que se considera el punto de partida de la doctrina social de la Iglesia moderna. Publicada en 1891, sus principales ideas incluyen conceptos claros sobre la dignidad del trabajo. León XIII afirmaba que el trabajo no es solo un medio para ganar dinero, sino una expresión de la dignidad humana. El trabajador debe ser respetado como persona, no tratado como un simple instrumento de producción.
En cuanto a los derechos de los trabajadores, reconocía que debían tener un salario justo que permitiera al trabajador y a su familia vivir dignamente. También defendía condiciones laborales seguras y razonables.
Señalaba asimismo que empresarios y trabajadores deben colaborar, no enfrentarse. El capital tiene la función de organizar y posibilitar la producción, mientras que el trabajo aporta creatividad y esfuerzo humano.
Subrayaba que este debía ejercerse con justicia y responsabilidad social, promoviendo el bien común, con un claro sentido de justicia colectiva.
Favorecía que los trabajadores se organizaran en sindicatos o asociaciones para defender sus intereses, pero dentro de un marco moral y ordenado.
En resumen, León XIII promovió una visión de equilibrio y respeto mutuo entre capital y trabajo, reconociendo los derechos de los trabajadores sin demonizar al empresario y marcando las bases de la ética social cristiana frente a la industrialización y la explotación laboral de su época.
Más de un siglo después, hay quienes prefieren ignorar ese mensaje premonitorio y esclarecedor. Tal vez la gravedad de la situación actual nos haga por fin reconocer el camino…
Guido Manini Ríos
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/opinion/obreros-y-empresarios-unidos/
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