
En el año 2019, cuando tuvimos oportunidad de realizar un viaje por Irán, nos gustaba visitar los mercados, los lugares donde el pueblo vive y se manifiesta. Siempre decimos que para conocer una ciudad cualquiera debemos empezar por sus antiguos mercados y lugares de intercambio. Tanto en Teherán como en otras ciudades que visitamos, nos llamaban la atención algunos espacios, muchas veces circulares, donde la gente se sentaba a tomar café o té. A veces sobre almohadones y otras sobre sillas, el servicio se presentaba sobre bandejas y por lo que recuerdo sobre las paredes pendían tapices con escenas y un músico entonaba canciones cada tanto. Por eso escribimos este artículo con especial afecto tras investigar más sobre esta costumbre que todavía hoy mantiene su tradición.
En la antigua Persia, el café debe comprenderse no solo como una bebida, sino como una verdadera institución social, literaria y ritual. Su llegada, probablemente desde el cercano Yemen hacia fines del siglo XVI, coincidió con el apogeo de la dinastía safaví (1501–1736), período clave en la consolidación del Estado persa, la unificación del territorio y la afirmación del chiismo como religión oficial.
Fue en ese contexto de fortalecimiento político, artístico y cultural cuando se difundieron las qahveh-khaneh, o casas de café, espacios que rápidamente se integraron al tejido urbano, especialmente en los bazares. Allí, en medio del ir y venir de mercaderes y viajeros, se configuró un ámbito singular de sociabilidad: un lugar donde se conversaba, se escuchaban noticias, se recitaban poemas y se compartían relatos.
Aunque Persia no era productora de café y dependía de su importación desde regiones vecinas, su consumo se expandió ampliamente entre la población. Sin embargo, la importancia de la qahveh-khaneh trascendía el acto de beber. Era, ante todo, un escenario público, una suerte de ágora oriental donde circulaban ideas, se debatían asuntos –incluso políticos– y se construía comunidad.
En estos espacios confluían poetas, narradores, hombres de letras y músicos. El café, en este sentido, operaba como un verdadero aglutinador social, un catalizador de vínculos humanos que encontraba en la palabra su principal vehículo de expresión.
Uno de los rasgos más fascinantes de estas cafeterías especiales fue el desarrollo de la naqqālī, el arte del relato oral. Los narradores –o naqqāl– recitaban episodios del Shahnameh, la gran epopeya persa, junto con historias heroicas, religiosas o legendarias.
Estas representaciones no eran meras lecturas: constituían verdaderas puestas en escena, cargadas de dramatismo y gestualidad. El público, reunido en torno al narrador, participaba emocionalmente de los relatos, generando una experiencia colectiva que combinaba literatura, teatro y memoria histórica.
A esta intensa vida oral se sumó, con el tiempo, una expresión visual igualmente poderosa: la llamada “pintura de café”, una tradición artística profundamente ligada a estos espacios.
Desarrollada principalmente entre los siglos XIX y comienzos del XX, especialmente durante el período Qajar, esta pintura se caracteriza por grandes composiciones narrativas, colores intensos y figuras de fuerte carga simbólica. Sus temas solían provenir de las epopeyas persas, de relatos religiosos chiíes o de episodios heroicos profundamente arraigados en la identidad cultural iraní.
Estas obras no eran simples elementos decorativos. Funcionaban como soporte visual de la narración oral, reforzando las historias que los narradores recitaban. La imagen y la palabra se entrelazaban así en una experiencia estética completa: mientras el relato emocionaba, la pintura fijaba en la memoria colectiva las escenas evocadas.
Entre los principales exponentes de esta tradición hemos leído que destacan Hossein Qollar-Aqasi (1902-1966), considerado uno de sus grandes maestros, y Mohammad Farahani (1937-2012), quien prolongó este lenguaje en el siglo XX.
Con el paso del tiempo, especialmente desde los siglos XVIII y XIX, la bebida del café fue perdiendo protagonismo frente al té, cuya importación y difusión crecieron sostenidamente hasta convertirlo en la bebida dominante del país. Este desplazamiento no respondió a una única causa, sino a una compleja combinación de factores comerciales, políticos, culturales y agrícolas. Sin embargo, lo notable es que, aun cuando el café dejó de ser central en el consumo, la estructura cultural que había generado permaneció.
La palabra qahveh siguió viva, y las qahveh-khaneh conservaron su prestigio como instituciones sociales. Incluso cuando se bebía té en lugar de café, estos espacios continuaron siendo ámbitos de encuentro, conversación y expresión cultural.
A diferencia de otras tradiciones más ritualizadas, como la ceremonia del té en Japón, en Persia no se desarrolló una liturgia estricta en torno al café. En su lugar, prevaleció una etiqueta basada en la hospitalidad y la convivencia.
Ofrecer café –y más tarde té– acompañado de tabaco o qalyān (pipa de agua), constituía un gesto de bienvenida, deferencia y respeto. En la cultura cortesana y urbana, este acto formaba parte esencial del código social, reforzando vínculos y jerarquías.
En definitiva, el café en Irán no puede entenderse únicamente como una bebida. Fue –y en muchos aspectos sigue siendo– un espacio de encuentro, un escenario donde la palabra, la imagen y la sociabilidad se entrelazan para dar forma a una de las tradiciones culturales más ricas del mundo.
En las casas de café persas, el tiempo no solo se compartía: se narraba, se pintaba y se transmitía. Y así, entre el humo, la voz del narrador y los colores intensos de los murales se fue construyendo una memoria colectiva que aún hoy perdura.
Juan Antonio Varese
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/cultura/el-cafe-en-iran-bebida-sociabilidad-relato-y-pintura/
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