
Es actriz, docente de literatura y teatro uruguaya, egresada de la EMAD (Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático Margarita Xirgu) y del IPA (Instituto de Profesores Artigas). Se destaca por su labor investigativa en educación artística y su trabajo en contextos de privación de libertad, desarrollando talleres en la Unidad Penitenciaria Nº 7 de Canelones.
A punto de ser magíster, en Psicología del Conocimiento y del Aprendizaje (Flacso), Carolina Eizmendi tiene una diplomatura superior en Intervenciones Pedagógicas en Contextos de Privación de Libertad (Universidad de San Martín, Argentina, 2021).
Trabaja como educadora en el Programa Nacional de Educación en Cárceles (PNEC) del Ministerio de Educación y Cultura (MEC), implementando la creación de libros y talleres artísticos con personas privadas de libertad.
Para saber más de estas propuestas socioeducativas, entrevistamos para Cultura de La Mañana a Carolina Eizmendi.
Comencemos por tu entorno familiar, tu lugar de origen, tus referentes y formación inicial.
Soy la menor de tres hermanos. Hija de Julio Eizmendi y Stella Artuzamunoa. Mi papá fue comerciante y mi madre, asistente social. Cursé toda la escuela y el liceo en el Colegio Juan Zorrilla de San Martín, HH. Maristas y luego fui al IPA y a la EMAD. Cada uno de estos lugares de formación fueron mi casa y en cada uno fui muy feliz. Así los recuerdo y así los sigo habitando a muchos de ellos, los cuales hoy en día son mis lugares de trabajo.
Mirando en perspectiva, ¿cómo describirías tu proceso de formación? ¿Qué papel tuvo el disfrute en ese camino y en tu manera de aprender?
A los 9 años me integré al Movimiento Scout del Uruguay, donde encontré un mundo alucinante en el que me quedé por más de 15 años. Una forma de ser, de habitar este mundo y de vincularme con el resto de las personas y conmigo misma. El tema del cuidado estaba muy presente allí. La forma de vivir el compromiso de la reciprocidad del cuidado siempre me pareció muy bonita. Ser scout ha perfilado mis recorridos.
Luego, en el liceo tuve educadores y educadoras increíbles de quienes después tuve el honor de ser compañera, colega y amiga personal de muchos/as. Aprendí a observarlos como modelos de docentes apasionados que te guiaban y también te impulsaban en tu vuelo. Allí descubrí rápidamente que la docencia era mi camino. Lo supe desde muy chica. La literatura me cautivó cuando la tuve por primera vez en 3º de liceo. Encontraba un misterio fascinante en cada texto. Un juego de puertas de sentido y el desafío de ir descubriéndolas. Recuerdo a mi primer docente de Literatura, Silvia Viroga, que me acompañó muchísimos años, incluso durante mi trayecto por el IPA. Tengo la fortuna de seguir encontrándonos para tomar un café hasta el día de hoy. Esos regalos que da la vida.
La actuación vino después. Si bien desde muy chica hice talleres de teatro con un profe que luego sería un gran compañero y referente, Luis Vidal Giorgi, decidí presentarme a la EMAD con el IPA ya avanzado. Cuando entré en el 2006 se me abrió un nuevo universo en relación con cómo entender y habitar el mundo de la creación.
Todo mi recorrido en cuanto a mi formación ha sido un descubrir y ha marcado etapas bellísimas y trascendentes en mi vida. En mi caso, el estudio siempre ha ido asociado al disfrute. Creo que es una gran clave para el aprendizaje permanente. Nadie quiere volver a un lugar donde no se es feliz.
Como docente, ¿qué buscabas en los estudiantes? ¿En qué niveles te gustaba más trabajar y por qué?
Para mí, cada clase es un universo a construir y al terminar, es necesario que todos los que participamos de ella, nos hayamos corrido del lugar, aunque sea un centímetro de donde comenzamos. Una idea, un sentir, un conocimiento, una mirada, algo nos tuvo que haber transformado. En todos estos años de aula, he ido aprendiendo muchísimo sobre cómo intentar habilitar los aprendizajes, promover los encuentros y gestionar los fracasos cuando las cosas no salen. Al principio estaba muy centrada en mí, en dar bien los contenidos, en ser clara, en guiar bien. Con el tiempo fui descubriendo y aprendiendo que el foco está fuera de mí. Es en el vínculo donde realmente pasan cosas. Una pregunta, una intervención, un chiste, todo hace a la construcción del aula.
Comencé dando Literatura en Ciclo Básico. Cuando yo me copaba al analizar los textos o analizando con alguna imagen poética era gracioso ver a los gurises mirarme sin entender qué era lo tan copado. Nos divertíamos. Después fui dejando la literatura y me fui dedicando a dar teatro en los bachilleratos artísticos y ahí encontré algo maravilloso. Entre el lenguaje escénico, los y las pibas en movimiento y la docencia como juego, fue encontrar el espacio de aula casi perfecto.
Como actriz, te hemos visto en trabajos dirigidos por Mariana Percovich, inclusive hasta hace muy poco en el Cabildo con la obra Fiesta patria. ¿Qué debe tener la propuesta artística para que te “enganche” como actriz?
Crear es uno de los grandes verbos que me guían en la vida y en la profesión. Actuar para mí es una de las múltiples formas de hacerlo.
Percovich es con la directora que más he trabajado. Egresé con ella siendo mi docente en 4º año de la EMAD y después hicimos varias obras juntas. En diferentes etapas creativas y de vida de cada una. Yo confío en ella. En su mirada como directora. Ella en relación con la actuación ve cosas que a mí me parecen inaccesibles. Confío en su guía por lugares que de otra forma para mí serían desconocidos. Por eso, a cada propuesta de Mariana yo le digo que sí. Porque me desafía, porque ella sabe timonear, porque me conoce como actriz y me invita a arriesgar. Esa forma de ser y hacer teatro me seduce, sin lugar a duda.
¿Cómo se dio tu vínculo con el contexto carcelario y la posibilidad de trabajar en propuestas socioeducativas? ¿Había un llamado del MEC? ¿Cómo empezó esta actividad? ¿Te presentaste sola o con alguien? ¿De quién depende este proyecto o programa? ¿Recibe algún otro apoyo?
En el 2011 empecé a trabajar como educadora en un programa del MEC que se llama PAS (Programa Aprender Siempre) dando talleres artísticos en la comunidad. Junto a otra educadora, Lorena Mangana, dimos muchos años el taller. Con ella lo bautizamos con el nombre de Palabras en Movimiento. En ese momento los talleres en cárceles eran muy pocos y me resultaba imposible pensarme al frente de uno.
Pasan los años y en el 2019 la coordinadora del programa me plantea que hay una posibilidad de dar un taller en la Unidad 7 en Canelones. Como era de esperar, al principio rechacé la propuesta, obvio, pero después dije que sí. Algo me movilizó como para cambiar de opinión. “En última instancia, renuncio”, pensé. El taller empezó en plena pandemia. Fue todo un desafío.
En esos años se crea el PNEC (Programa Nacional de Educación en Cárceles), por lo que el taller pasa del PAS a ser parte del PNEC y es en ese marco en el que el taller se realiza en la actualidad.
Los talleres se dan con una dupla de educadores. He aprendido mucho de trabajar así. Matías Collazo, Rosina Carpentieri y ahora Anahí Mendi han sido compañeros/as maravillosos/as con los cuales hemos forjado una identidad propia del taller. Cuando entramos a la Unidad algunos privados gritan desde las ventanas: “Ahí llegaron las de Palabras en Movimiento”. No nos gritan nuestros nombres, gritan el nombre del taller y eso es fabuloso.
¿Qué te motivó a trabajar con personas privadas de libertad? Descríbenos una jornada habitual.
El infierno de la cárcel lo devora todo. Arrasa con todo y en medio del incendio, el taller aparece como una bocanada de oxígeno.
Cuando cada año se incorporan nuevos participantes al grupo, les preguntamos en chiste: “¿Venís porque te dijeron que este es el mejor taller del mundo?”. Y muchos responden que sí. Por supuesto que todo es en tono de broma, pero hay un punto cierto: ahí sucede algo que no es nada habitual en el día a día. Encontrar un espacio seguro donde poder reír, pensar, sentir y compartir.
La educación es un derecho. No es un premio. ¿Por qué considerarla como tal? “Yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo”. La educación está, entre otras cosas, para eso. Para hacer preguntas que nos posibiliten pensarnos en forma permanente. Esto guía nuestro taller. La pregunta como motor de pensamiento, de nuestro sentir y de nuestra acción… ¡Y tiene un éxito bárbaro! Ahí aparecen nuevas preguntas. Y lejos de desestimular a quienes asisten, los atrae. Los convoca. Por supuesto que muchos se acercan al taller al comienzo para poder respirar un rato de aire fuera de la celda o para descontar algunos días de pena, o incluso muchos llegan sin saber por qué. Pero llegan. Y ese desplazamiento ya es suficiente para el desafío de poder crear un espacio de aprendizaje durante dos horas todos los viernes. Eso es posible incluso en medio del infierno.
¿Cómo es el sitio en donde interactúan? ¿Tienen elementos, lápices, tablas, hojas? ¿Cuántas veces por semana y cuánto tiempo? ¿Cómo se interrelacionan? ¿Alguna vez tuviste miedo? ¿Cómo se dirigen a ti? ¿Conoces a su familia y entorno?
Trabajamos en el espacio donde se recibe a la visita tanto en el Módulo 2 (de mañana) como en el Módulo 1 y Barracas (de tarde). Que el taller llegue a todos los módulos de la Unidad ha sido una conquista que cuidamos como oro. Siempre nos acompaña una operadora penitenciaria que es fundamental para el desarrollo del trabajo. No hay forma de penetrar la cárcel si no es en coordinación con el resto de los funcionarios. En todos estos años hemos forjado un muy buen vínculo con quienes trabajan en la Unidad.
En cuanto a la forma de llamarnos, siempre por el nombre. Al principio ni siquiera por el apodo. Poner en valor el nombre de cada uno es la primera herramienta clave en el taller. Volver al origen, al punto cero donde el nombre es el primer escalón para establecer el inicio del recorrido (la posibilidad de jugar a inventarnos nuevamente es una gran clave) y la forma de relacionarnos. Si aparecen los sobrenombres será después de haber creado un contrato de confianza. Como el zorro y el Principito, nos vamos acercando de a poco hasta lograr confiar mutuamente.
Sentí miedo todo el primer año de trabajo. Miedo en el cuerpo al llegar y empezar el taller. Después el miedo se fue convirtiendo en angustia. Cuando llegaba a mi casa. El peso de ese lugar se empieza a depurar después de irte. La violencia es parte del aire que respirás, del pedregullo por donde caminás, del color de las paredes, de las miradas. Es un lugar violento por definición.
Tuve que ir encontrando maneras de asumir eso, de gestionarlo para que no interfiriera en el trabajo. Encontré mis propios mecanismos para hacerlo. Ahora ya no siento miedo, pero sigo sintiendo tristeza e incredulidad. Aún no puedo creer que sigamos apostando al encierro como solución de algo, pero una vez ahí, junto a los participantes, hacemos que un pedacito de belleza y libertad se cuele a través de la reja.
Mary Ríos
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/cultura/crear-es-uno-de-los-grandes-verbos-que-me-guian-en-la-vida/
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