Nicolás Gabardós siempre tuvo el sueño de hacer su propia marca de vinos, pero a juzgar por cualquier mortal que pise esta tierra, tenía algunos problemas: no tenía capital, viñedo, ni bodega, ni tampoco un socio que comprara su idea y lo acompañará.
Aún más, quería hacerlo en una provincia donde la vara estaba alta, porque la principal industria agrícola era la vitivinícola, porque había más de 800 bodegas y porque de allí salían y salen todavía los mejores vinos del mundo.

Nada de eso lo amedrentó. Ya se había formado en estos menesteres en la Escuela Técnica Agraria Miguel Amado Pouget, un añejo colegio secundario agrícola, famoso entre sus alumnos no solo por su calidad educativa sino también, por estar en el campo, donde la salida de la escuela presentaba el desafío dar la vida para correr al último colectivo y no quedarse a pie, a 15 kilómetros de casa.
Su cursado en la escuela Pouget le abrió una oportunidad magnífica: un intercambio educativo con Francia que le permitió ir a Alsacia y hacer una práctica rentada sobre elaboración de vinos. Allí descubrió dos cosas que lo impresionaron: métodos y tecnología que no había visto en Argentina, en las habituales visitas que como estudiantes hacían a las bodegas. Segundo, la certeza de la alta calidad de los vinos de Mendoza.
Regresó, cursó dos años en la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNCuyo, para terminar su carrera de enólogo en la Facultad Don Bosco de Enología y Ciencias de la Alimentación, ubicada en Rodeo del Medio, Maipú. De ahí en más, comenzó a trabajar por distintas bodegas, a hacer experiencia, hasta que en 2008 dio su primer salto importante: decidió hacer su propio vino. Tenía 27 años.

Como no tenía ni finca, ni bodega, ni capital, arrancó sin más en el garaje de su casa, que no estaba en una zona rural sino en el popular y antiguo barrio de Villa Hipódromo, plena zona urbana de Godoy Cruz, lejos de cualquier viñedo dispuesto siquiera para una buena foto.
Nicolás Gabardós compró unos palets, dos tanques de agua y unos 1.000 kilos de uva, en tiempos en los que la uva Malbec ya se imponía con fama mundial. Sin embargo, él compró otra variedad, no compró malbec.
Y allí, en el mismísimo garaje de su casa, donde además también se guardaba el auto, vertió los racimos en los tanques y a falta de otra tecnología, pisó uva con sus propios pies y los pies de dos amigos, al mejor estilo patero, para luego pasar ya sí, a un proceso más refinado de elaboración.

“Compré dos tanques de agua porque son aptos para hacer vino, uno de 1,000 litros y otro de 600, traje uva Syrah desde San Martín (oásis Este de Mendoza). Queríamos desgranarla, pero nos dimos cuenta que no terminaríamos más, por lo que, metimos directamente los racimos enteros en el tanque y fuimos moliendo a pie, como se hace con el vino patero. Después, cuando hubo que elaborar, ya aplicamos los procedimientos de elaboración, el cuidado y las buenas técnicas que se necesitan para obtener un buen vino”, arranca contando Nicolás Gabardós a Bichos de Campo.
Le dijeron que estaba loco por haber comprado uva Syrah, que tendría que haber comprado Malbec. Ya estaba embarcado y no retrocedió: “Del primer vino que elaboré en el garage de mi casa, hice 700 botellas, las vendí rápido, me quedó ganancia, y además, el vino fue premiado en Vinandino. Fue el primer vino de garage argentino en obtener una medalla internacional. Unos meses después ganó otra medalla en Estados Unidos. Ahí fue cuando me enamoré del syrah”, recuerda Gabardós.


Así, tras su primer corte, Luna Roja, ese vino hecho en un garaje de Godoy Cruz, finalmente había nacido bien parido, para decirlo claramente y en castellano. El emprendimiento prosperó año a año, cosechando hasta 30 premios internacionales. Pero mucho antes de eso, el garage quedó chico y hubo que mudar Luna Roja a una bodega. Gabardós no compró una, sino que decidió elaborar en una ajena, contratando el servicio.
Porque si hay algo que mantuvo en el tiempo como uno de los ejes para que su emprendimiento creciera y fuera rentable, fue que nunca compró bodega ni finca para hacer su vino. “Yo compro las uvas a los productores y luego alquilo un sector de una bodega para elaborarlo, tarea de la que me ocupo personalmente, indicándole luego al enólogo de esa bodega el procedimiento y técnica a aplicar”, detalla Gabardós.

Explica, que “nunca fue mi idea tener una finca o una bodega por una cuestión de costos, son costos muy grandes si sos un pequeño productor. Siempre quise garantizar la provisión de uva, cualquiera que fueran las condiciones climáticas, porque en última instancia uno puede cambiar de finca”.
“En cambio -continúa-, si tenés finca o bodega, venís vendiendo o elaborando mucho, y de repente no vendés más, ¿qué haces con todo ese inmueble ahí parado? Esta estrategia me ha permitido achicar el negocio en los últimos años, por la caída de las ventas y el consumo, sin que eso sea un dolor de cabeza”.
A la hora de la comercialización aplica el mismo criterio: vendo directamente el vino a distribuidores, a vinotecas, en ferias, a través de internet, y ahora estamos evaluando ingresar a la góndola de algún supermercado. Luna Roja no se exporta, pero si se vende en varias provincias del país, como Córdoba, Santa Fe, Provincia de Buenos Aires y Ciudad de Buenos Aires, ya no solo Syrah, sino también Malbec, Bonarda, Cabernet franc, Malbec rosado y espumantes.


Como toda la industria vitivinícola en problemas, la grande y la pequeña, hoy Nicolás Gabardoz atraviesa la dura tormenta que enfrenta la actividad, que está generando sobre stocks, convocatorias de acreedores y quebrantos, por la baja del consumo de vino a nivel mundial, la caída de los despachos, de las exportaciones, y del precio, con un dólar bajo que ancla el crecimiento y un mercado interno deprimido que no ayuda a compensar.
Puntualiza Gabardós que por esta situación “hace tres vendimias que no elaboramos más Luna Roja porque hay que terminar de vender el que todavía tenemos. Crecimos fuerte desde 2008, partiendo de 700 botellas ese año hasta 18.000 en 2014, pero después de la pandemia, vino toda esta crisis y la última vendimia que elaboramos, alcanzamos las 8.000 botellas”.

Aquellos comienzos en el garage de Gabardoz se transformaron en un viaje que ya lleva 17 años, tiempo sobrado para pedir un consejo para los que quieren emprender y tienen que arrancar de cero, o menos.
“Les aconsejaría que lo más importante de todo es el sueño que quieren cumplir, que ese sueño no se detenga ni permitan que se los frenen. Les van a decir que esto o aquello no les conviene hacerlo. ¡Cuidado! Hay que escuchar, saber escuchar, pero el sueño hay que mantenerlo en pie, porque ese es el impulso que uno necesita como el agua para poder emprender”.
“El camino puede ser lento, puede ser rápido, pero el sueño tiene que estar vivo y tiene que gustar mucho porque son más las pálidas que las buenas. Si no es así, van a bajar muy pronto los brazos”.
Bichos de campo
Fuente de esta noticia: https://bichosdecampo.com/el-sueno-hecho-realidad-de-un-emprendedor-mendocino-sin-finca-ni-bodega-empezo-a-hacer-vino-en-su-garage-gano-premios-internacionales-y-llego-a-elaborar-18-mil-botellas/
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