
Un correo al FBI reaviva acusación de Mark Epstein contra Trump por la muerte de Jeffrey Epstein, y repasa qué dicen los informes oficiales.
El correo existe y está dentro de los llamados archivos Epstein publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos: lo firmó Mark Epstein, hermano de Jeffrey Epstein, y en él acusa al presidente Donald Trump de estar implicado en la muerte del financiero en prisión. El documento, tal y como aparece en el lote divulgado, funciona como lo que en el argot policial es una pista recibida por internet: queda registrada, se reenvía internamente y se archiva con el resto del material que llega a una agencia… incluso cuando lo que contiene es una afirmación sin soporte.
Lo que no existe, al menos en lo que hoy es público, es la pieza que convertiría esa acusación en algo más que ruido: pruebas verificables. El propio Departamento de Justicia, al explicar por qué ha volcado millones de documentos, advierte de que la producción puede incluir material falso o presentado de forma engañosa porque se ha incorporado “todo lo que el público envió al FBI”, y añade un aviso explícito: hay papeles con afirmaciones “no ciertas” y “sensacionalistas” sobre Trump, que el Gobierno considera infundadas. En paralelo, las conclusiones oficiales sobre la muerte de Epstein siguen ancladas en el mismo punto: suicidio en la celda, con fallos graves de vigilancia, pero sin hallazgos que sostengan un asesinato.
El correo que reabre una herida y lo que realmente dice
La clave de esta historia no está en una frase viral, sino en el contexto administrativo que rodea al archivo. El mensaje de Mark Epstein aparece como un envío a través de un canal de tips del FBI, fechado en febrero de 2023, y con dos errores ortográficos llamativos que, paradójicamente, ayudan a identificarlo: “Presient” y “is” donde debería ir “his”. En el cuerpo sostiene que su hermano “fue asesinado” en la celda porque estaba a punto de “dar nombres” y remata con una afirmación de máximo voltaje: que Trump habría autorizado el crimen. En el documento público, datos personales del remitente —incluida información técnica como la IP— aparecen tachados.
Ese mismo registro deja ver la trastienda burocrática: un examinador de recepción de amenazas del FBI lo reenvía al circuito interno y lo deriva a un agente. No hay, en ese rastro, una validación de contenido; hay tramitación. Es un matiz que cambia el sentido de la escena: no es “un correo del FBI acusando”, sino “un correo al FBI que queda incorporado a un repositorio gigantesco”. A partir de ahí, lo que se sabe es lo que Mark Epstein ha contado en las declaraciones recogidas estos días: que nadie de las fuerzas de seguridad se puso en contacto con él para ampliar o contrastar su versión.
El efecto político es automático, casi químico. El apellido Epstein, el nombre de Trump y la palabra “muerte” en la misma línea producen una lectura rápida: implicación. Pero si se baja el zoom, lo que aparece es otra cosa: un familiar que sostiene desde hace tiempo que el suicidio no cuadra, que lanza una acusación directa y que, años después, ve ese escrito reaparecer dentro de un archivo oficial masivo. Esto explica por qué el documento se convierte en “titular” sin convertirse en “prueba”; funciona como chispa en un lugar donde el combustible ya estaba derramado.
La avalancha de documentos y el aviso del propio Gobierno
Para entender por qué un documento así aparece con sello institucional sin que la institución lo respalde, hay que mirar el marco legal y el método de publicación. El Departamento de Justicia divulgó el 30 de enero de 2026 una nueva entrega de material en cumplimiento de la Epstein Files Transparency Act (ley de transparencia de los archivos Epstein), firmada por Trump el 19 de noviembre de 2025. Habló de más de 3 millones de páginas adicionales, junto con más de 2.000 vídeos y unas 180.000 imágenes, y aseguró que, sumado a lo ya publicado, el total se acerca a 3,5 millones de páginas.
Y en esa misma explicación dejó una frase que es casi un manual de lectura para todo lo demás: esta producción puede incluir material falso o presentado de forma falsamente atribuida, porque se ha incorporado “todo lo que el público envió al FBI” al conjunto que la ley obliga a liberar. Es decir, el archivo no es solo un compendio de evidencias judiciales; también es un contenedor de entradas recibidas, documentos de trabajo, comunicaciones, adjuntos, recortes y expedientes que se tocaron, se copiaron o se guardaron durante años. Ese “todo” es el que hace que, dentro del mismo saco, convivan piezas sólidas y piezas que son puro barro.
El comunicado del Departamento de Justicia va todavía más lejos: avisa de que algunos documentos contienen acusaciones “no ciertas” y “sensacionalistas” contra Trump, y remacha que esas afirmaciones son infundadas. No cita el correo de Mark Epstein por su nombre, pero sí marca una línea roja que afecta a cualquier acusación sin respaldo que aparezca en el repositorio. Por eso el debate se parte en dos: el documento, por existir, es real; el contenido del documento, por no estar probado, puede ser falso. Puede sonar a juego de palabras, pero es la diferencia entre archivo y verificación.
Muerte en una celda: la versión oficial y sus grietas conocidas
La muerte de Jeffrey Epstein lleva años envuelta en sospecha, y no solo por teorías grandilocuentes. Hay hechos prosaicos —y feos— que alimentan dudas razonables: fallos de vigilancia, rondas que no se hicieron, controles falsificados, un centro penitenciario con problemas, personal al límite. El 10 de agosto de 2019, Epstein fue hallado colgado en su celda del Metropolitan Correctional Center de Nueva York, en una unidad de alojamiento especial. La oficina forense de la ciudad de Nueva York determinó que la causa fue ahorcamiento y la manera de muerte, suicidio.
Lo que vino después fue una investigación interna de gran calibre y de lectura nada cómoda. El inspector general del Departamento de Justicia publicó en junio de 2023 un informe que documenta “numerosos y graves fallos” del Bureau of Prisons en la custodia, el cuidado y la supervisión de Epstein. El foco del informe, conviene subrayarlo, no es un thriller sobre “quién lo mató”, sino la conducta del personal penitenciario y la cadena de errores que permitió que un preso de altísimo perfil se quedara sin el nivel de vigilancia exigible.
El informe del inspector general: fallos, cámaras y registros
El informe describe un patrón de incumplimientos: rondas que se registraron como hechas sin haberse hecho, protocolos que se quebraron, decisiones de alojamiento que dejaron a Epstein más expuesto a un desenlace fatal. En ese recorrido aparece una palabra que pesa: falsificación de registros, un síntoma de que el problema no fue solo el cansancio o la falta de medios, sino también la voluntad de maquillar el desastre. El documento también recuerda que la investigación se realizó junto con el FBI, y que, en paralelo, el FBI evaluó el origen de la muerte.
Años después, en julio de 2025, el Departamento de Justicia y el FBI difundieron un memorando sobre su revisión “exhaustiva” de los materiales de investigación relacionados con Epstein. Sus conclusiones oficiales fueron claras: no encontraron evidencia de una lista de clientes incriminatoria, ni de chantaje a figuras poderosas, ni de base para imputar a terceros no acusados; y, sobre la muerte, ratificaron que Epstein se suicidó y que la revisión del vídeo de los pasillos de su unidad no mostraba a nadie entrando en el área de su celda en el tramo clave entre la noche del 9 de agosto y la mañana del 10.
Los guardias que mintieron y el rastro judicial del descuido
Aquí la historia abandona el terreno de las teorías y entra en el de los tribunales. Dos funcionarios penitenciarios, Tova Noel y Michael Thomas, fueron acusados de falsificar registros y de no vigilar como debían aquella noche; según los cargos, pasaron tiempo durmiendo o navegando por internet en lugar de realizar rondas regulares. Ambos admitieron haber falsificado documentos y alcanzaron un acuerdo que les permitió evitar prisión, con obligaciones de cooperación y condiciones. El caso terminó archivándose tras ese pacto. Esta secuencia no prueba asesinato; prueba algo más cotidiano y devastador: negligencia y engaño dentro de un sistema que debía ser férreo.
Con esos elementos, la idea de “alguien lo mató” encuentra terreno fértil: si falló todo lo demás, ¿por qué no iba a fallar lo esencial? Pero el salto de “fallos graves” a “homicidio ordenado por el presidente” requiere un puente de evidencia que, por ahora, no aparece en lo público. Lo que sí aparece, y de forma reiterada, es la constatación oficial de que Epstein murió por suicidio, y que los agujeros del sistema penitenciario fueron lo bastante grandes como para convertir ese suicidio en un escándalo institucional.
Trump y Epstein: amistad social, fotos y una ruptura sin acta notarial
La acusación de Mark Epstein se entiende mejor —no porque tenga más pruebas, sino porque gana carga simbólica— cuando se coloca sobre el historial de relación entre Trump y Epstein. Está documentado que se movieron en círculos sociales similares en los años noventa y principios de los 2000, con fotografías y menciones cruzadas. En una entrevista de 2002 en una revista neoyorquina, Trump habló de Epstein con un tono de camaradería: dijo que lo conocía desde hacía años y lo describió como alguien “divertido”, añadiendo un comentario sobre su gusto por mujeres “jóvenes”. Esa cita, repetida hasta el cansancio, sigue siendo una pieza clave porque es una frase del propio Trump, no una reconstrucción ajena.
La pregunta que siempre vuelve —y que no necesita grandilocuencia— es cuándo y por qué se rompió esa relación. Trump ha sostenido en distintas ocasiones que se distanció, que no era cercano o que “no era fan” de Epstein. En paralelo, hay relatos periodísticos que sitúan un veto de Epstein en Mar-a-Lago tras un episodio conflictivo relacionado con una menor vinculada a un socio del club. Ese tipo de versiones existen y circulan desde hace años; lo delicado es que rara vez vienen acompañadas de un documento oficial que las clausure con fecha y firma. En este asunto, como en tantos alrededor de Epstein, lo que abunda son las zonas grises.
En ese paisaje, los documentos liberados por el Departamento de Justicia tienen un efecto doble. Por un lado, reponen material que recuerda que Epstein trató con gente poderosa, que enviaba correos, que buscaba contactos, que se movía como pez en agua entre nombres conocidos; por otro, el propio Gobierno insiste en que la aparición de un nombre en un correo o una agenda no equivale a un delito. Y, en el caso de Trump, el aviso oficial es todavía más concreto: en el paquete hay material falso o acusaciones infundadas contra el presidente, y se ha publicado igualmente por exigencia legal. Esa advertencia, dicho en claro, funciona como antídoto institucional contra el uso automático de cualquier documento como “prueba” política.
Con todo, la relación Trump-Epstein sigue siendo un punto sensible porque es una historia de proximidad social previa a la caída pública del financiero, y porque la cronología se discute con pasión: quién sabía qué, cuándo lo supo, quién se apartó y por qué. Ahí es donde una acusación tan extrema como la de Mark Epstein encuentra su audiencia: no porque haya un expediente que la sostenga, sino porque encaja en un relato previo de contactos, fiestas, fotografías y frases antiguas que hoy se leen con otra luz.
La otra tormenta: víctimas expuestas, redacciones fallidas y presión política
Mientras el foco mediático se fija en nombres famosos, lo que está provocando choques inmediatos —y legales— tiene que ver con las víctimas. Tras la gran publicación de enero, el Departamento de Justicia reconoció que había retirado “varios miles” de documentos y materiales porque podían incluir información identificativa de víctimas: nombres, correos, direcciones, incluso datos bancarios y fotografías explícitas donde se ven rostros. Atribuyó el fallo a “error humano o técnico” y describió un nuevo protocolo para retirar rápidamente lo señalado y volver a subirlo con redacciones corregidas, idealmente en una ventana de 24 a 36 horas.
La situación llegó a un tribunal federal de Nueva York a través de una carta dirigida al juez Richard M. Berman, vinculado históricamente al caso de Epstein. Abogados de víctimas, entre ellos Brittany Henderson y Brad Edwards, hablaron de un impacto “devastador” y de la necesidad de intervención urgente. En los relatos incorporados a esas comunicaciones aparecen detalles que cortan el aire: mujeres que dicen haber recibido amenazas de muerte, otras obligadas a cancelar tarjetas y cuentas por filtraciones de datos financieros, y una sensación compartida de que la gran promesa de transparencia ha desembocado en una exposición brutal de quienes ya habían pagado el precio más alto.
Ese mismo frente ha generado una respuesta política que se mueve en paralelo al morbo de los nombres. El Departamento de Justicia ha aceptado que miembros del Congreso puedan revisar versiones sin tachaduras de parte del material en condiciones estrictas: acceso en equipos del propio Departamento, con aviso previo y sin copias electrónicas. Es un intento de equilibrar dos presiones opuestas que chocan cada día: quienes exigen la liberación completa “sin filtros” y quienes recuerdan que en estos archivos hay información íntima, imágenes sexuales y datos identificativos que pueden arruinar vidas en minutos.
Y como si faltara algo, el caso vuelve a cruzarse con Ghislaine Maxwell, condenada por ayudar a Epstein en la captación y abuso de menores. En las últimas horas, ha trascendido que Maxwell tiene previsto comparecer ante un comité de la Cámara de Representantes y que su intención sería no responder a preguntas sustantivas invocando la Quinta Enmienda. El simbolismo es enorme: el sistema abre millones de archivos hacia fuera, pero una de las piezas centrales del engranaje, con condena firme, se prepara para hablar poco o nada en un escenario político.
En este clima, el correo de Mark Epstein actúa como una bengala más, pero no es el único foco de calor. La publicación masiva ha expuesto, de paso, las costuras de un proceso que intenta ser transparente sin desproteger víctimas, que quiere cumplir una ley sin convertir internet en un repositorio de datos íntimos, y que se mueve con el freno puesto por la posibilidad de que parte del material sea directamente basura: falsificaciones, rumores, “tips” sin base, documentos enviados por particulares con motivaciones políticas o personales.
Cuando una acusación se queda sin ancla
Aterrizar el correo de Mark Epstein en el terreno de lo verificable obliga a separar capas. La primera es la más simple y, a la vez, la más importante: no hay cargos públicos ni una investigación anunciada que sostenga que Trump estuviera implicado en la muerte de Epstein. Lo que hay es un documento enviado al FBI, incorporado a un repositorio legalmente publicado, y una acusación que, por su gravedad, exigiría evidencia extraordinaria. La segunda capa es el encuadre oficial que rodea todo el archivo: el Departamento de Justicia avisa de materiales falsos y de acusaciones infundadas contra el presidente dentro del mismo lote, publicadas por obligación legal.
La tercera capa es la historia material de aquella madrugada de agosto de 2019: un preso de alto perfil, un centro penitenciario con problemas, rondas fallidas, registros falsificados, cámaras con sombras, personal que incumple. Ese conjunto alimenta sospechas comprensibles, pero no sustituye a la prueba. En el balance oficial, tanto el informe del inspector general como el memorando conjunto posterior del Departamento de Justicia y el FBI sostienen la conclusión de suicidio y sitúan el escándalo en la negligencia y el mal funcionamiento del sistema, no en un asesinato ordenado desde arriba.
Y luego está la cuarta capa, la política pura. Que una acusación así circule en 2026 no es casual: coincide con un proceso de transparencia legalmente impuesto, con debates internos sobre qué se publica y qué se tacha, con errores de redacción que han obligado a retirar miles de documentos y con una disputa abierta entre Gobierno, Congreso, víctimas y opinión pública sobre si se está contando “todo” o solo “lo que conviene”. En ese escenario, el correo funciona como arma arrojadiza y como prueba de una cosa muy concreta: que en los archivos Epstein hay, mezclados, hechos comprobados, fallos documentados, y también acusaciones sin base que se cuelan por el mismo conducto.
Si se mira el conjunto con frialdad, lo que queda es incómodo pero nítido: un hermano que acusa, un Gobierno que publica y advierte de falsedades, y un expediente oficial que, pese a todas sus grietas, sigue sosteniendo que Epstein murió por suicidio. El resto —la implicación de Trump en un homicidio— no aparece respaldado en lo público con nada que aguante una comprobación seria. Y, mientras no aparezca, seguirá siendo lo que hoy es: un documento explosivo por su contenido, pero huérfano de pruebas.
🔎 Contenido Verificado ✔️
Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: The Independent, Department of Justice, Office of the Inspector General, Department of Justice (PDF), El País, Reuters.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/trump-implicado-en-la-muerte-de-epstein/
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