
Madrid acoge el diálogo secreto sobre el Sáhara: EE. UU. mueve ficha entre Marruecos, Polisario, Argelia y Mauritania, con la ONU en la mesa.
La reunión celebrada en Madrid sobre el futuro del Sáhara Occidental ha sido, sobre todo, una operación de silencio. Se ha reabierto un canal de diálogo que llevaba más de seis años sin una cita directa y visible entre Marruecos y el Frente Polisario, con Argelia y Mauritania orbitando alrededor como actores necesarios, incómodos y, a ratos, inseparables. El marco elegido no es un hotel ni una sede de Naciones Unidas: el encuentro se ha movido en el terreno más controlado posible, con Washington marcando el paso y con una consigna simple, casi de manual: pocas palabras fuera, todo el peso dentro.
Ese hermetismo no nace del gusto por el secretismo, sino de la necesidad de bajar la temperatura. En Rabat y en Argel se entiende que cada frase pública, en un asunto que toca soberanía, orgullo nacional, fronteras y memoria colonial, se convierte en gasolina. Por eso la escena ha sido rara: delegaciones viajando, reuniones y contactos, nombres relevantes en la capital española… y al mismo tiempo una ausencia casi total de explicaciones oficiales. En el centro, la pregunta de siempre —autonomía bajo soberanía marroquí o referéndum de autodeterminación con la independencia como opción— y un dato nuevo que lo cambia todo por debajo: Estados Unidos ha decidido empujar en serio, en un momento en que la ONU ha reorientado el carril y Europa se ha acercado al plan marroquí.
Madrid, la cita silenciosa que vuelve a abrir el expediente
La imagen más fiel de lo ocurrido es la de una conversación que regresa a la vida con la boca tapada. En la práctica, la reunión se ha desarrollado en la sede de la embajada de Estados Unidos en la capital española y con una “ley del silencio” que ha sido parte del diseño, no un accidente. El Ministerio de Exteriores español ha preferido el perfil bajo, limitándose a reconocer una reunión multilateral sin desplegar un relato propio, como si el objetivo fuera evitar que el foco caiga sobre España más de lo imprescindible. Hay un punto de pragmatismo aquí: el conflicto del Sáhara es lo bastante sensible como para que una sola frase, mal colocada, haga saltar chispas en dos direcciones a la vez.
El calendario también ayuda a entender el clima. La cita llega tras meses de actividad diplomática acelerada, con una resolución del Consejo de Seguridad aprobada el 31 de octubre de 2025 —la Resolución 2797— que, por su lenguaje y su empuje político, ha acercado el debate a la idea de “una verdadera autonomía” como salida “más factible”. Eso, traducido al terreno real, significa que Rabat entra con viento a favor en la escena internacional, mientras el Polisario y Argelia perciben una presión creciente para aceptar un marco que consideran estrecho, incluso tramposo, si la independencia queda fuera del menú.
En ese contexto, el silencio funciona como herramienta: aislar a los negociadores de la presión de la opinión pública, evitar que se negocie mirando de reojo a la grada. No es una técnica nueva, pero sí llamativa por el lugar: Madrid no es un punto cualquiera del mapa saharaui, es una capital con una historia demasiado pegada al asunto. La antigua potencia administradora aparece ahora como escenario, no como árbitro, y esa diferencia —escenario, no árbitro— es justamente lo que se intenta subrayar con la discreción.
Los protagonistas: Washington marca el ritmo
Cuando Washington decide “hacer de anfitrión” sin ser el país donde se libra el conflicto, el gesto suele llevar mensaje. Aquí, ese mensaje es doble: se reactiva la negociación y se hace bajo un formato que permite hablar con Marruecos y el Polisario, pero también apretar a Argelia y mantener a Mauritania dentro del cuadro. En la sala han pesado nombres y cargos, pero también una idea casi mecánica: sin Argelia, cualquier acuerdo queda cojo; sin el Polisario, cualquier acuerdo queda vacío; sin Marruecos, cualquier acuerdo es imposible; sin Mauritania, el equilibrio regional pierde una pieza que siempre ha preferido moverse en voz baja.
La delegación estadounidense y el método del control
La iniciativa se ha articulado con dos figuras estadounidenses que han llevado el pulso del encuentro: Masad Boulos y Michael Waltz. Lo importante, más allá del nombre, es el enfoque: reunión en un espacio controlado, agenda acotada, ausencia de show, y una sensación de “primero fijamos el marco, luego ya veremos el contenido”. En diplomacia suena frío, pero es el paso necesario cuando el terreno está lleno de minas… en sentido literal y en sentido político.
El contexto estadounidense añade una capa. La Administración de Donald Trump ya dejó en 2020 una huella enorme al reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental como parte del paquete de normalización con Israel, una decisión política unilateral que no cambia el derecho internacional de la ONU, pero que sí cambia el clima, las expectativas y el juego de alianzas. En los últimos meses, Washington ha reiterado ese apoyo y ha reforzado el mensaje de que la propuesta de autonomía de Marruecos es, para Estados Unidos, el carril principal. Eso pesa en la mesa, aunque nadie lo diga en voz alta.
La ONU en el asiento de al lado, con cara de paciencia
En el encuentro ha estado el enviado personal del secretario general de la ONU para el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura, que lleva tiempo intentando reactivar una negociación que se congeló, se recalentó, volvió a congelarse… y así, como un motor viejo. Su presencia es clave porque evita que la reunión parezca un atajo que sustituye el marco de Naciones Unidas; más bien, se presenta como un empujón dentro de ese marco, aunque con un desequilibrio evidente hacia la autonomía.
En paralelo, el peso de la MINURSO —la misión de la ONU creada para organizar un referéndum que nunca llegó— vuelve al primer plano. Naciones Unidas sigue considerando el Sáhara Occidental un territorio no autónomo pendiente de descolonización, y esa frase, que suena burocrática, es dinamita política. Se puede apoyar una “autonomía amplia” y, a la vez, mantener el lenguaje de descolonización. Esa coexistencia es parte del problema: dos marcos que conviven en el papel, chocan en la realidad y se vuelven arma arrojadiza según quién mire.
El papel español, mientras tanto, se ha movido en la zona gris. El ministro José Manuel Albares ha mantenido contactos previos y paralelos con actores regionales y, de hecho, la víspera del encuentro ya había interlocución con Exteriores de Argelia y Mauritania. Pero España ha evitado presentarse como mediador. En esta historia, aparecer demasiado tiene coste. Y desaparecer, también.
Rabat llega con un plan de autonomía más grande
La propuesta marroquí de autonomía no es nueva: Rabat la puso sobre la mesa en 2007. Lo que sí es nuevo es la ambición del texto que Marruecos ha venido preparando en los últimos meses para ensanchar esa autonomía, darle forma jurídica más sólida y presentarla como un autogobierno “de verdad” dentro de la soberanía marroquí. El movimiento no es casual: la Resolución 2797 ha reforzado la idea de que la autonomía es el terreno “más realista” para negociar, y Marruecos quiere llegar con un documento que parezca inevitable, completo, listo para firmar… o al menos listo para que el mundo diga: aquí hay algo tangible.
La clave está en cómo se presenta esa autonomía. Rabat insiste en que la autonomía equivale al libre ejercicio de la autodeterminación; no lo plantea como una concesión, sino como una fórmula moderna de organización territorial. En ese discurso, la palabra “autodeterminación” no desaparece: se redefine. Y ahí nace el choque central, porque para el Polisario la autodeterminación significa poder escoger también la independencia. Para Marruecos, el límite es claro: independencia, no.
En este replanteamiento, Marruecos ha observado modelos europeos para vestir la propuesta con referencias reconocibles. Ha mirado fórmulas de descentralización y autogobierno, incluida la experiencia española de comunidades autónomas, y también estructuras como ciertos territorios de ultramar franceses. Es una forma de decir: la autonomía no es humo, es arquitectura institucional. El problema es que Marruecos arrastra un fuerte centralismo político y administrativo, y convertir una autonomía en algo creíble implica ceder poder real, presupuesto real, margen real. No basta con un estatuto bonito si Rabat retiene el mando efectivo de seguridad, fronteras y recursos estratégicos.
El terreno también manda. Marruecos controla de facto la mayor parte del territorio y ha invertido en infraestructuras, puertos, energía y redes logísticas en ciudades clave como El Aaiún o Dajla. Esa presencia material se traduce luego en discurso político: “gestionamos, invertimos, gobernamos”. Frente a eso, el Polisario se apoya en la legitimidad de la descolonización, en su estructura política en el exilio y en el control de la franja oriental al otro lado del largo muro defensivo marroquí, la berma, un sistema de arena y fortificaciones que ronda los 2.700 kilómetros y que parte el desierto como una cicatriz visible desde el espacio.
Esa berma no es un detalle: define la vida diaria del conflicto. En el oeste, ciudades bajo administración marroquí; en el este, zonas de control del Polisario; y, en Argelia, campamentos de refugiados en la región de Tinduf que sostienen, desde hace décadas, un exilio que ha dejado de ser provisional para volverse biografía. Hablar de autonomía o referéndum sin entender esa geografía es hablar en abstracto. Aquí, la geografía es política.
El Polisario y Argelia: el referéndum sigue en la mesa
El Polisario mantiene la exigencia de un referéndum de autodeterminación con la independencia como opción. Es su línea central desde que el alto el fuego de 1991 se firmó con esa promesa al fondo. Esa promesa no se cumplió, y el desgaste del tiempo ha cambiado cosas: generaciones enteras han crecido entre la espera, la frustración y el relato de una justicia aplazada. En 2020, tras la crisis de Guerguerat y el colapso efectivo del alto el fuego, el conflicto volvió a un estado de hostilidades intermitentes. No es una guerra convencional constante, pero sí una situación que se enciende y se apaga con comunicados, ataques puntuales y tensión sostenida.
En ese tablero, Argelia es más que “país vecino”: es la retaguardia estratégica del Polisario, el apoyo diplomático y el territorio que acoge los campamentos. Por eso el silencio de Argel en la cita de Madrid es tan elocuente. Si Argelia habla demasiado pronto, queda atrapada por su propia opinión pública y por su competencia regional con Marruecos. Si calla, mantiene margen. Es una lógica dura, casi militar: no dar pistas. Y Marruecos hace algo parecido por razones opuestas: no quiere que una negociación abierta parezca una concesión a la independencia, ni dar oxígeno al relato de que el Polisario vuelve a la mesa “de igual a igual”.
En los días previos a la reunión, la presencia en Madrid del ministro argelino de Exteriores, Ahmed Attaf, ha sido uno de los indicios más claros de que el encuentro iba en serio. Lo mismo ocurre con el ministro de Exteriores de Mauritania, Mohamed Salem Ould Merzouk, que ya estaba en la capital española desde el sábado. Son movimientos que, en diplomacia, se leen como humo: si hay humo, hay fuego, aunque nadie lo confirme.
El Polisario, por su parte, también ha cuidado el mensaje. No ha detallado delegación ni formato con claridad pública. Sí ha habido una línea política que ha circulado estos días: su secretario general, Brahim Ghali, ha reiterado que está dispuesto a mostrar flexibilidad y cooperación con los esfuerzos internacionales, pero siempre dentro del marco de descolonización y con el derecho de autodeterminación intacto. Esa frase suena templada, pero tiene una condición que lo complica todo: autodeterminación “intacta” significa que la independencia no se borra.
Entre ambos bloques aparece Mauritania, que suele jugar el papel de país que no quiere incendios en la frontera. Fue parte del conflicto en los años setenta, se retiró, y desde entonces se ha movido entre la prudencia y el interés por la estabilidad. En un Magreb tensionado, Mauritania es un recordatorio de que el Sáhara no es solo una disputa identitaria: también es seguridad regional, rutas comerciales, controles fronterizos y equilibrio en el Atlántico.
El calendario que aprieta: Minurso, la ONU y el mes de abril
Hay un punto que da vértigo por lo concreto: el calendario institucional de la ONU. La Resolución 2797 prorrogó el mandato de la MINURSO hasta el 31 de octubre de 2026, pero abrió la puerta a una revisión semestral. Eso significa que no se trata solo de “hablar por hablar”, sino de hablar con un reloj encima de la mesa. En abril —ese mes aparece como referencia en las conversaciones políticas— planea la posibilidad de que la misión se recorte o se rediseñe por presión política y por ajustes presupuestarios. Marruecos lleva tiempo cuestionando el papel de la MINURSO, y en particular cualquier deriva que fortalezca su componente político o de supervisión.
La MINURSO nació para facilitar un referéndum. Que, treinta y tantos años después, siga ahí sin referéndum es una anomalía que todos conocen y que cada parte utiliza a su favor. Marruecos señala la parálisis como prueba de que el referéndum es inviable; el Polisario lo utiliza como prueba de que el mundo prometió y no cumplió. Mientras tanto, la misión sostiene el alto el fuego… o lo que queda de él, y mantiene canales de comunicación militar que, en una zona minada y con movimientos armados, evitan que un incidente se convierta en incendio.
La votación de la Resolución 2797 también explica la presión actual. Fue aprobada con 11 votos a favor, sin votos en contra, y con abstenciones relevantes, entre ellas Rusia, China y Pakistán. Argelia, por su parte, no participó en la votación. Ese reparto deja una sensación clara: el Consejo de Seguridad no está fracturado por completo, pero tampoco está unido en la lectura de fondo. Y, aun así, la resolución ha sido interpretada por Marruecos como un espaldarazo político, una señal de que el discurso de la “autonomía realista” gana terreno.
En paralelo, la Unión Europea ha dado pasos que Rabat exhibe como respaldo: a finales de enero, Bruselas se alineó con la idea de que el plan marroquí de autonomía puede ser la base para una salida política “justa, duradera y mutuamente aceptada”. Esa frase, que parece neutra, en la práctica se ha leído como un movimiento europeo hacia la posición marroquí. Argelia lo observa con incomodidad, y el Polisario lo denuncia como un deslizamiento que deja a la autodeterminación en un rincón.
El mes de abril y la revisión de la misión actúan como amenaza y como palanca. Amenaza, porque si la misión se debilita, aumenta el riesgo de escalada. Palanca, porque si la misión se mantiene, se puede exigir a las partes una mínima hoja de ruta. La reunión de Madrid, en ese sentido, parece pensada para algo muy concreto: fijar un esquema de contactos antes de que el debate sobre la MINURSO se convierta en otro choque frontal en Nueva York.
España, el coste de un escenario con memoria
España aparece en esta historia de un modo incómodo: no como potencia decisoria, pero sí como país cuya historia está pegada al asunto. El Sáhara fue colonia española, luego provincia, y la retirada de 1975 bajo los Acuerdos de Madrid dejó un expediente que nunca se cerró del todo en el imaginario político y jurídico. Ese pasado hace que cualquier gesto en Madrid se lea con lupa, tanto en Rabat como en Argel, y también en el propio debate interno español.
En la última década, y de forma muy visible desde 2022, España ha movido su posición política hacia el reconocimiento de la propuesta marroquí de autonomía como la base “más seria, creíble y realista” en el marco de Naciones Unidas, una formulación que el Gobierno de Pedro Sánchez asumió para recomponer la relación con Marruecos tras una crisis profunda. Ese giro abrió una fractura con Argelia, socio energético clave, y dejó al Polisario en una posición de choque con Madrid. Desde entonces, España intenta caminar por una línea estrecha: sostener el acercamiento a Marruecos sin romper del todo el vínculo estratégico con Argelia, y sin asumir un papel que la convierta en blanco permanente de reproches.
La reunión en la embajada estadounidense reduce el margen de lectura “España manda”. Y aun así, España está ahí: por logística, por diplomacia, por simbolismo. Albares ha tenido que moverse con precisión quirúrgica, manteniendo encuentros bilaterales con ministros de la región sin que eso se interprete como alineamiento automático. Y, además, con una realidad doméstica que no perdona: el Sáhara es un tema que atraviesa partidos, coaliciones, asociaciones de solidaridad y memorias familiares de una forma que otros conflictos no consiguen.
Rabat juega con esa complejidad. Marruecos quiere que el asunto del Sáhara sea tratado como “integridad territorial” y como un tema que ya está, en el fondo, resuelto. Argelia quiere que el asunto se mantenga como descolonización pendiente y como un ejemplo de resistencia política. España, atrapada en medio, trata de que la palabra “Sáhara” no se convierta en la llave que abre todas las crisis a la vez: migración, Ceuta y Melilla, cooperación policial, comercio, energía. Son compartimentos comunicantes, aunque se finja que no.
Por eso el silencio también beneficia a Madrid. Sin titulares oficiales, sin declaraciones grandilocuentes, el Gobierno español reduce el riesgo de convertirse en protagonista involuntario. El protagonismo, esta vez, lo reclama Washington. España, si algo, presta el suelo y apaga luces alrededor.
Madrid como termómetro del Magreb en 2026
La reunión no resuelve el conflicto; lo reordena. Ese matiz importa. De Madrid sale, sobre todo, la constatación de que el expediente del Sáhara vuelve a estar en el centro de un triángulo de poder: Marruecos, Argelia y Estados Unidos, con el Polisario intentando que no se le reduzca a nota a pie de página. El método estadounidense —control del espacio, discreción extrema, formato con varios actores— busca evitar el choque frontal y empujar hacia un acuerdo “posible”, incluso si no es el acuerdo “soñado” por una de las partes.
En esa tensión está el corazón del asunto. Marruecos quiere convertir su autonomía ampliada en un producto político exportable: un texto más robusto, más institucional, más presentable, con promesas de autogobierno que parezcan comparables a modelos europeos, pero sin abrir la puerta a la independencia. El Polisario insiste en que sin independencia como opción no hay autodeterminación real. Argelia no quiere perder el pulso regional ni quedar como país que “cede” ante Rabat. Mauritania mide cada paso para no ser arrastrada. Y la ONU, con De Mistura como cara visible, intenta que el marco jurídico no se disuelva en la pura correlación de fuerzas.
El silencio de Rabat y Argel, al final, dice bastante: se está negociando algo sensible, se está midiendo el riesgo de cada palabra y se está probando si existe un espacio mínimo donde hablar sin que el diálogo se rompa al primer titular. Madrid ha sido el lugar de esa prueba. No el final, no el giro definitivo, pero sí un punto que deja una sensación clara: en 2026, el Sáhara vuelve a discutirse con diplomacia de guante fino y con el ruido de fondo de un conflicto que, cuando se tensa, recuerda que no es solo papel y comunicados, sino territorio, fronteras, exilio y poder real.
🔎 Contenido Verificado ✔️
Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: El País, El País, Naciones Unidas, ONU, Ministerio de Asuntos Exteriores.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/reunion-en-madrid-sobre-el-sahara-occidental/
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: Telegram Prensa Mercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: https://t.me/prensamercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://www.whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1W
