
Cuando Pedro defendió su proyecto final en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, sintió que empezaba una nueva etapa. Habían sido años intensos, noches de maquetas, planos interminables y discusiones sobre ciudad, hábitat y futuro. “Me imaginé trabajando en un estudio, aprendiendo, equivocándome y creciendo”, dice. Dos años después, su carpeta de trabajos viaja de casilla en casilla de correo sin recibir respuestas. “A esta altura, lo que más desgasta es el silencio”.
La historia de Pedro no es excepcional. Tampoco la de Laura, egresada en la misma generación, con un promedio alto y una pasantía curricular que parecía abrirle puertas. “Pensé que la experiencia iba a pesar —cuenta—. Hice prácticas, participé en concursos, me formé en softwares nuevos. Pero cuando dejás de ser estudiante y pasás a ser egresada, el panorama cambia: de repente necesitás experiencia… que nadie te quiere dar”.
Ambos eligieron Arquitectura por vocación. Hablan de la carrera con orgullo, con cariño, incluso con cierta nostalgia. Pero el entusiasmo convive con una sensación incómoda: la distancia entre la formación universitaria y las condiciones reales del mercado laboral.
“Nos dijeron que el país necesitaba profesionales comprometidos con la vivienda social, la planificación y el patrimonio. Yo quiero trabajar en eso —dice Pedro—, pero las ofertas que aparecen son esporádicas, mal pagas o por pocos meses”.
Laura suma otro matiz: “No es que no haya trabajo en absoluto: hay tareas fragmentadas, monotributo, contratos temporales, y muchas horas gratis ‘para aprender’. El problema es que no te permite proyectar tu vida”.
En estos dos años, Pedro envió más de cien currículums, se postuló en llamados públicos, golpeó puertas en estudios privados y se inscribió en cursos para ampliar su perfil. En paralelo, hace trabajos aislados: renders, relevamientos, algún diseño de interiorismo. “Sirven para sobrevivir —explica—, pero no construyen trayectoria”.
Laura intentó un camino similar. Armó un portafolio digital, se reunió con docentes, pidió cartas de recomendación. “A veces llegás a las entrevistas finales —cuenta—, pero el puesto queda congelado o lo gana alguien con cinco años de experiencia. Es una paradoja: te exigen experiencia previa para roles que, en teoría, son junior”.
Ambos reconocen que el contexto económico influye, pero creen que hay problemas estructurales: sobresaturación de egresos en ciertos años, falta de incentivos para primeras contrataciones, baja inversión pública sostenida y dificultad para conectar academia con sector productivo.
La falta de empleo no solo golpea el bolsillo. También erosiona la autoestima. “Te empezás a preguntar si hiciste algo mal —dice Pedro—. Y no es fácil explicarle a tu familia que hiciste todo ‘según el manual’ y aun así no alcanza”.
Laura subraya el impacto emocional: “Vivís en una especie de pausa. Postergás decisiones —independizarte, formar pareja, estudiar un posgrado— porque no sabés cómo vas a sostenerte. Y ese limbo cansa”.
Ambos aceptan trabajos ajenos a su carrera para sostenerse. “No me avergüenza —dice Laura—. Lo que me preocupa es naturalizar que después de seis años de formación universitaria, el mercado no te incluya”.
La conversación vuelve una y otra vez sobre un punto: la percepción de que el esfuerzo individual no siempre se traduce en oportunidades. Pedro recuerda profesores que lo alentaron a seguir investigando. “Me gustaría —dice—, pero también necesito vivir”.
Laura, en cambio, miró hacia el sector privado. “Mandé propuestas a desarrolladoras, inmobiliarias, empresas de construcción. Te piden manejar todo: proyectos, presupuesto, obra, comunicación. Y te ofrecen honorarios que no cubren ni el alquiler”.
No se trata de desánimo absoluto. Ambos continúan capacitándose. Participan en talleres, colaboran en proyectos colectivos, siguen enviando propuestas. Pero el entusiasmo ahora convive con una prudencia casi defensiva.
La historia de Pedro y Laura representa a muchos jóvenes profesionales que, tras egresar, chocan con un mercado restringido y reglas difusas. La crisis de inserción no es solo individual: cuestiona la capacidad del país para retener talento y transformar formación en desarrollo.
Especialistas consultados señalan tres desafíos:
- políticas públicas que incentiven la contratación de noveles profesionales;
- vínculos más fuertes entre universidad, Estado y empresas;
- programas de mentoría que acompañen los primeros años, cuando el salto entre la teoría y la práctica resulta más crítico.
Pedro cree que hay que abrir nuevas vías: “Más concursos para jóvenes, más becas para proyectos pequeños, más cooperación con municipios. La arquitectura no es solo grandes obras”.
Laura imagina un ecosistema diferente: “Espacios de coworking, redes de intercambio, trabajos colaborativos. Si el mercado tradicional se cierra, tal vez tengamos que inventar el nuestro”.
Aun así, ambos piden algo básico: una primera oportunidad real, paga y formativa. No como excepción, sino como política. “Nadie quiere que le regalen nada —dice Pedro—. Queremos aprender trabajando, con dignidad”
Mientras tanto, continúan. Pedro diseña en su computadora un proyecto personal sobre vivienda mínima adaptable. Laura colabora en un grupo que investiga la recuperación de espacios públicos en barrios periféricos. Son iniciativas pequeñas, pero sostienen el sentido.
“Si algo nos enseñó la facultad —dice Laura— es que toda ciudad es un proceso. Capaz nuestra inserción laboral también lo es: lenta, irregular, pero posible”.
Pedro asiente. “Seguimos insistiendo. Quizá, cuando alguien se anime a apostar por nosotros, descubra que lo que más falta no es experiencia: es oportunidad”.
Amalia Plachot
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/egresar-y-no-conseguir-trabajo-la-otra-cara-del-sueno-profesional-id181932/
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