
La discusión sobre el futuro político de Montevideo no puede reducirse a un simple ejercicio electoral. La capital es, desde hace décadas, el laboratorio donde la izquierda uruguaya ensaya políticas públicas, revisa sus límites y redefine sus horizontes. En ese sentido, la noción de “continuidad en el cambio” no es un eslogan vacío: expresa el dilema central del Frente Amplio (FA) en esta etapa. ¿Cómo sostener conquistas sociales y de gestión sin caer en el inmovilismo? ¿Cómo innovar sin desarmar los consensos que permitieron avanzar?
La primera tarea es reconocer que la ciudad no es la misma que en los años noventa. Montevideo se urbanizó, se diversifica, cambió su matriz de consumo, incorporó nuevas demandas ambientales, culturales y de movilidad. El FA contribuyó decisivamente a ese proceso con políticas de inclusión, ampliación de servicios, jerarquización del espacio público y planificación territorial. Pero ese capital corre el riesgo de transformarse en rutina si no se lo proyecta sobre una nueva agenda.
Montevideo, además, enfrenta tensiones propias de cualquier gran capital: desigualdades persistentes entre zonas, acceso dispar a servicios, problemas de limpieza y convivencia, transporte que todavía no termina de resolver la integración metropolitana. La continuidad progresista sólo tendrá sentido si se hace cargo de estas brechas con una mirada novedosa: innovación tecnológica sin fetichismos, políticas sociales más focalizadas, y una gestión que mida resultados, corrija a tiempo y rinda cuentas con claridad.
La izquierda debe cuidar su mayor activo: la credibilidad construida a partir de políticas públicas que ampliaron derechos. Pero esa credibilidad no es un patrimonio eterno. Cuando la gestión se vuelve autorreferencial o burocrática, se debilita el vínculo con los sectores populares y emergen discursos simplificadores que prometen “orden” a costa de derechos. Ahí reside el desafío de la hegemonía: convencer, no imponer; seducir, no disciplinar.
La “continuidad en el cambio” exige, entonces, una renovación de liderazgos, de estilos y de prioridades. Implica abrir paso a generaciones que crecieron en democracia y que reclaman respuestas sobre clima, género, vivienda, cultura digital y trabajo precario. También demanda un diálogo honesto con quienes ven con escepticismo la gestión, reconociendo errores y mostrando que es posible hacer mejor.
Montevideo puede seguir siendo una referencia progresista si se anima a dar un salto democrático cualitativo. No basta con administrar lo heredado: es necesario convertir la ciudad en un espacio donde la gente sienta que decide, que es escuchada y que el Estado está de su lado. La utopía democrática no es una meta lejana; es la brújula que debe orientar la continuidad renovada del proyecto frenteamplista. Sin ella, la izquierda corre el riesgo de confundirse con el poder que alguna vez se propuso transformar. Con ella, en cambio, Montevideo puede seguir marcando el camino de un progreso que no renuncia a la justicia ni a la esperanza.
Amalia Plachot
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/el-capital-simbolico-del-frente-amplio-id181491/
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