
La primera aparición del lector de tabaquería fue en la fábrica de tabacos El Fígaro en 1865, y no demoró en provocar la desconfianza de las autoridades coloniales españolas y los patronos súbditos.
Ni los behiques, que representaban el nivel de desarrollo social y religioso de los taínos, con poderes ´sobrenaturales´ concedidos por la diosa Atabey, para ejercer como médicos-hechiceros, teólogos, adivinos y profetas, pudieron predecir el camino impensable de la hoja del tabaco.
Entonces el hechizo de la humareda del tabaco nativo, llamado kohiba, aparentementeera utilizado por sus propiedades medicinales y para alejar a los insectos.
«No había hallado el gran Can, ni tampoco la fuente donde nace el oro, pero había encontrado algo que ha alzado desde entonces más ensueños que el oro y que ejerce más poder sobre el hombre de lo que ejercía sus súbditos el Gran Can».
Y como Colón a la trascendental noticia no le dio importancia, Madariaga expresó: «Así somos de ciegos para con los favores de la suerte (…) cuando la naturaleza le ponía oro en los ojos de una forma nueva e inspirada. Colón no lo reconoció y lo dejó seguir desvaneciéndose en humo antes sus propios ojos sin darse cuenta de su aroma»; son palabras del biógrafo colombista don Salvador de Madariaga, en su obra Vida.
La información aparece en el diario de Colón, el martes 6 de noviembre de 1492. «Hallaron los dos cristianos por el camino mucha gente atravesaba a sus pueblos, mujeres y hombres con un tizón en la mano, yerbas para tomar sus sahumerios que acostumbraban».
Los originarios concedían a la planta ceremonial más venerada en América, una relevante significación espiritual y así es hasta hoy en la región más oriental, para las comunidades de descendientes de los primeros pobladores de Cuba.
Era el centro del mundo de sus creencias. Los caciques taínos hablaban a través del tabaco con sus dioses, con sus antepasados, para comunicarles sus vicisitudes, sus enfermedades, tanto individuales como las de la colectividad. Se sumergían en una simbiosis mágico-religiosa para la petición de ayuda.
Al respeto de esta ceremonia, Las Casas nos describe: «Tenían hechos algunos polvos de ciertas yerbas muy secas y bien molidas, de color canela… estos ponían un plato redondo, no llano… de madera liso y lindo, que no fuera más hermoso de oro ni plata; era casi negro y lucía como azabache. Tenían un instrumento de la misma madera… Y con la misma pulidaza y hermosura; la hechura de aquel instrumento era del tamaño de una pequeña flauta, todo hueco como es la flauta y se abría por dos canutos huecos… aquellos canutos puestos en ambas dos ventanas de las narices y el principio de la flauta, decíamos, en los polvos que estaban en el plato sorbían con el huelgo hacía dentro, y sorbiendo recibían por las narices la cantidad polvos que tomar determinaban, los cuales recibidos del seso como si hubieran bebido vino fuerte, donde quedaban, cuasi borrachos. Estos polvos ceremonias llevaban cojoba… en su lenguaje… con esto eran dignos del coloquio de las estatuas y oráculos, por esta manera se les descubrían los secretos… de allí oían y sabían si les estaba por venir bien, adversidad o daño».
El macuyo, como le llaman a las hojas de tabaco envueltas, lo pasa el cacique después de la oración a cada uno de los participantes, porque es la primera ofrenda que se le hace a los espíritus o a un árbol. Así narró Alejandro Hartmann Matos, Historiador de Baracoa, e investigador de la presencia de descendientes de los aborígenes cubanos en la región oriental del país, sobre los cultores del embrujo del tabaco. Siguen entonces -precisa Hartmann actualmente- cantos de alabanzas de los ancestros expresando en típico ritmo, únicos del son oriental como el Changüí, Nengón y Kiribá.

Con interés de instruirlos
Cuentan que en diciembre de 1865, Nicolás de Azcárate, un rico ilustrado propuso distraer a los torcedores de habanos, durante su tediosa tarea de muchas horas diarias. Era también interés del prestigioso jurisconsulto, instruirlos en el progreso y las ideas reformistas.
Nicolás Azcárate, fue el fundador del Liceo de Guanabacoa, del Liceo de La Habana y presidente de la sección de Literatura. En unión de otros intelectuales, creó la Asociación de Escritores y Artistas Cubanos.
Pronto las autoridades españolas suprimieron las reuniones culturales del Liceo, por lo que dio lugar a sus famosas tertulias de carácter privado. Precisamente la gran amistad entre Juan Gualberto Gómez y José Martí (retornado a La Habana, procedente de Guatemala), nació en el bufete de Azcárate.
José Martí le dedicó un trabajo en el periódico “Patria”, el 14 de julio de 1894. Sobre Azcárate, hizo referencia a la posición asumida ante el problema de la independencia de Cuba, por el fallecido periodista y abogado. En su artículo, Martí no dejó de tratar con respeto y reconocer las cualidades de Azcárate, desde el punto de vista oratorio y literario.
“En las letras halló consuelo, y empleo a su actividad voraz, aquel espíritu constructor; y los años no dejarán morir- a pesar de su equivocado silencio y luctuosa intervención en la época sagrada de su patria- la memoria del cubano pujante cuya culpa mayor fue acaso la de haber malogrado su natural grandeza en el empeño vano e imposible, con su alma de pobre y de rebelde, de brillar por las pompas del mundo en una sociedad vejada y despótica.”, expresó Martí.
El primero
La primera aparición del lector de tabaquería fue en la fábrica de tabacos El Fígaro en 1865, y no demoró en provocar la desconfianza de las autoridades coloniales españolas y los patronos súbditos.
Dicen que bastaron seis meses para evidenciar el impacto del lector de tabaquería; tuvo tal repercusión que se crearon más de mil plazas de esos ´lectores´, elegidos entre los propios trabajadores.
No todos los lectores de tabaquería o los trabajadores, podían elegir los libros. Hubo patrones que imponían textos de la historia de España, que combinados con el aroma del tabaco y la monotonía, hasta sueño les provocaría. Sin embargo, había fábricas con alguna organización sindical constituida, donde los trabajadores preferían las obras de los clásicos de la literatura como Emilio Zola y Víctor Hugo.
Pronto las obras de José María Carretero, que usaba el seudónimo de El Caballero Audaz, dieron paso a textos más complejos de autores como Balzac, Cervantes… Carlos Loveira, entre los escritores cubanos, gozaba de la mayor preferencia. Dumas y Shakespeare se llevaban las palmas entre los extranjeros, y tal fue la aceptación de que gozaron que personajes creados por ellos, como el conde de Montecristo y Romeo y Julieta, dieron nombre a famosas marcas de puros, describe el cronista Ciro Bianchi.
Para 1886 surgió un argumento reprobatorio del Capitán General de la Isla, Francisco Lersundi, quien insistió en que la lectura de tabaquería, estimulaba la distracción de los obreros y fomentaba la indisciplina.
Apenas seis meses después de la primera lectura, fue suspendida la función. La lectura se vio amordaza. Naturalmente para los patronos mantener a un obrero dependiente e ignorante, el silencio y la censura, fueron su fórmula. Las autoridades coloniales temían que los ideales independentistas se arraigaran.
Reaparecieron en 1880 y pocos años después se consolidaron con la entrada a la isla de propaganda anarquista. Iniciada ya la Guerra de Independencia, hacia 1896 fueron suprimidos nuevamente. Años después y hasta hoy, quedó restablecido el oficio.
El aplauso con chavetas
Desde un púlpito o tribuna elevada en el centro de la sala, proyectaban su voz sobre el ritmo constante de aquella maniobra de los trabajadores cabizbajos, cuyas manos enrollaban el tabaco, con movimientos sincrónicos y repetitivos.
Por el año 1922, veinte años después de establecida la República, es cuando las transmisiones radiales dan sus primeros pasos en la Isla. Entonces llegaron a alternarse algunos programas radiales, con la actividad del lector presencial del lector de tabaquería.

Sin embargo, la gracia de este prevaleció como una fuente vital de educación y pensamiento crítico de los trabajadores, en su mayoría sin educación formal, que recibían también la lectura de los periódicos con los acontecimientos mundiales, se familiarizaron con las ideas políticas e ilustraban su intelecto con la literatura clásica.
El salario del ´lector´ era recogido por los propios trabajadores, quienes contribuían para mantenerlo. Para elegir las obras que debían ser leídas, los trabajadores votaban democráticamente por la que consideraban más enriquecedora.
Después de los más emocionantes capítulos o la finalización del libro, apenas sin levantar la vista y continuando su labor, los torcedores de tabaco golpean con una mano contra la mesa, utilizando sus herramientas de corte a manera de aplauso. Seguidamente dejan a un lado la chaveta y vuelven ambas manos sobre la delicada y oscura hoja del tabaco. La tuercen, la acarician para formar la divina vitola.
Con frecuencia los lectores de tabaquería abordaban temas radicales en sus intervenciones, por lo que los dueños de las fábricas se oponían a mantener la figura del lector. En varios periodos históricos, algunos lectores fueron amenazados y golpeados por testaferros. Los empresarios consideraban que los contenidos de sus lecturas promovían la sindicalización, la exigencia de los derechos laborales, generando huelgas y conflictos.
Sin embargo, la tradición se expandió a fábricas de Florida en Estados Unidos, a donde se habían trasladado muchas tabaquerías. La historia cuenta de la contribución de los tabaqueros cubanos en Tampa y Cayo Hueso a la lucha por la independencia de Cuba del yugo colonial español. La tribuna de los lectores era el lugar de exhortación patriótica; a su vez los torcedores, aplaudieron con sus chavetas los discursos de José Martí.
Si el tabaco cubano es el mejor del mundo, en su calidad alta y refinada influye, de manera indudable, el arte del lector de tabaquería. Hace que el tabaquero imprima a la hoja, la pasión de lo que escucha. Solo así, dice el poeta Miguel Barnet, ese placer grande de la vida que es fumar, deviene éxtasis supremo, cita Cubadebate sobre el oficio surgido en el siglo XIX.
El Consejo Nacional de Patrimonio de Cuba, reconoció la importancia cultural y la singularidad de este oficio que no existe en ninguna otra parte. Cuba aspira a que la lectura de tabaquería sea incluida por la UNESCO en su lista de Patrimonio Intangible de la Humanidad.
Cuentan que a la Fábrica de tabacos Partagás, de la ciudad de La Habana, un mal día después de 1953, el lector de tabaquería recibió la «visita» de miembros del Buró de Investigaciones para preguntarle de forma atemorizante, quién le había dado el escrito recién leído. El lector respondió que lo había encontrado en su mesa y procedió naturalmente a su lectura. Por suerte todo terminó en una amenazadora advertencia al lector, al no poder probar lo contrario y ante la alteración de los trabajadores torcedores.
Ese día se había leído el documento deLa historia me absolverá. El alegato de autodefensa de Fidel Castro, ante el juicio en su contra comenzado el 16 de octubre de 1953 por los asaltos a los cuarteles de Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente, sucedidos el 26 de julio anterior. Ante este juicio, Fidel, entonces licenciado en Derecho Civil, decidió asumir su propia defensa y que posteriormente se convirtió en un folleto circulado clandestinamente.
En una carta desde el presidio Modelo a la combatiente Melba Hernández, el 17 de abril de 1954, Fidel le dice: …no se puede abandonar un minuto la propaganda, porque es el alma de toda lucha. La nuestra debe tener su estilo propio y ajustarse a las circunstancias.
El dirigente de la Generación del Centenario (por coincidir 1953 con el centenario del nacimiento de José Martí), elaboró un plan de trabajo centrado en la propaganda, así llegó a algunas tribunas de lectores de tabaquería, quienes a riesgo de sus vidas decidieron darlo a conocer.
Después del triunfo de la Revolución en 1959, los lectores pasaron a ser plantilla oficial de las fábricas de tabaco y reciben un salario por ello, sin necesidad de que los torcedores tuvieran que erogar de sus recursos.
Se instauraron cuatro turnos de lectura, dos sesiones de mañana y tarde, cada uno de 45 minutos, con un intervalo de 15 minutos entre ellos, evidenciado con una campanita de atención que estimulaba el silencio de los torcedores.
De las memorias de Jesús Serrano González, se captan interesantes anécdotas del sector obrero al que perteneció. Narra cómo la Fábrica de Tabaco Romeo y Julieta, creada en 1875, -por Inocencio Álvarez y Manín García– cuya reputación de artesanía la ha convertido hasta hoy en una de las firmas líderes del mercado internacional, ha sido premiada y reconocida por su calidad en diversos eventos internacionales.
Para el momento de esta narración, corría el tercer año de la Revolución cubana, proceso recibido por los tabaqueros que aportaron durante la lucha y salieron de sus fábricas a celebrar su conquista.
Era 1961 cuando comenzó la Campaña de Alfabetización, que con el concurso voluntario de más de 300 mil participantes, permitió erradicar el analfabetismo y facilitar el acceso universal a los distintos niveles de educación de manera gratuita.
En la fábrica Romeo y Julieta, había un compañero que, incluso en pleno verano, usaba una levita. Entre bolsillo y bolsillo del chaleco le colgaba la cadenita de un reloj. Solo se quitaba el sombrero cuando se sentaba a trabajar y llevaba siempre los zapatos bien lustrados. Le llamaban El Conde, un apodo que se aplicaba usualmente a quienes vestían así.

Serrano González dice que todos gustaban de escucharlo, pues poseía amplios conocimientos de literatura e historia. En cierta ocasión, durante un acto en apoyo al Gobierno Revolucionario, El Conde entabló una conversación sobre la Revolución Francesa con un grupo de estudiantes universitarios, a quienes impresionó por su gran dominio del tema. Sus compañeros tabaqueros bullían de orgullo al presenciar el debate.
Cuando la Campaña de Alfabetización, en la entrada de cada fábrica se colocó una mesita con una hoja y un lápiz. Los obreros debían demostrar su escritura, para poder detectar quiénes necesitaban ser alfabetizados. Grande fue el asombro cuando se supo que El Conde no sabía escribir. Todos sus conocimientos los había adquirido con las lecturas de tabaquería.

A partir de ese momento, el Conde se inscribió para alcanzar su nivel de educación primaria y aprender a leer y escribir. Aunque se desconoce cuántos lectores de tabaquería han existido en Cuba, actualmente superan los 200, que expanden los conocimientos, incluyendo una larga lista de escritores latinoamericanos y cubanos. Algunos títulos se repiten a petición del ´público´ de los torcedores, al punto de llegar a conocerlos casi de memoria. La tradición de la lectura de tabaquería es parte de la cubanía, que convirtió a este sector en uno de los más avanzados del movimiento obrero cubano.
Autor: Rosa María Fernández
Fuente: Agencias
Publicado por: Rosa Maria Fernandez
Fuente de esta noticia: https://www.telesurtv.net/la-cubania-del-lector-de-tabaqueria/
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