En el recorrido de la vida, el transitar la familia, el barrio, los ámbitos educativos, la experiencia de emigrar, la responsabilidad de dirigir un diario y el contacto directo tanto con los sectores más vulnerables como con los más encumbrados, sin pertenecer del todo a ninguno, termina ampliando la mirada. Esa combinación de experiencias moldea un campo visual y mental más amplio, más atento a los matices y menos condicionado por una única perspectiva.
Aplica, en este contexto, aquello que canta la querida murga Falta y Resto: saber disfrutar —o enojarse— con un gol en offside, un pan con grasa y un limón.
Una síntesis tan simple como brutal de nuestras contradicciones, donde lo esencial y lo absurdo conviven sin pedir permiso.
Dialogar con presidentes y expresidentes, con colegas periodistas, con dirigentes sindicales, con autoridades del sistema de salud y con tantos otros actores relevantes del país no otorga ninguna superioridad informativa. Pero sí brinda, al menos, una base para comprender la complejidad de la trama social. No interpretarla, teniendo ese acceso, revela una preocupante incapacidad —o una falta de voluntad— para entender la realidad.
Cabe señalar, además, que, a diferencia de buena parte del periodismo —y esto merece decirse con claridad—, son muy pocos los que conocen al CASMU desde adentro como lo hemos hecho nosotros.

No se trata de una afirmación ligera: hablamos de un trabajo sostenido, de recorrer sus instalaciones, dialogar con trabajadores no médicos, con profesionales de la salud, con áreas administrativas y con empresas tercerizadas que operan dentro de la institución y fuera de ella. Ese contacto directo, en el acierto y en el error, es lo que permite construir una mirada informada y no meramente opinativa.
Y si con todo lo dicho no interpretas que es CASMU , es que sos un verdadero neófito o un pelotudo importante.
Hoy la crisis ocupa los titulares de todos los medios, incluso de aquellos que apenas ubican al CASMU por su policlínico central en 8 de Octubre.
Y ahí aparece, precisamente, uno de los mayores problemas: opinar desde afuera, sin haber pisado la institución, sin conocer su funcionamiento real. Como me dijo una vez un gerente del CASMU: “ustedes por lo menos entraron, caminaron y vieron antes de hablar”.

En este contexto, palabras como crisis, cierre, fragmentación, irregularidades o negocios empiezan a repetirse hasta instalarse en el imaginario colectivo. Llegan a la opinión pública, impactan en los usuarios y también alcanzan al propio presidente Yamandú Orsi, que —vale decirlo— conoce la situación a través de lo que le transmite la ministra Cristina Lustemberg.
El efecto no se detiene ahí. También golpea directamente a los acreedores del CASMU, a los prestamistas, a quienes operan con instrumentos financieros como el descuento de cheques. Y sin embargo, en la asamblea, desde el oficialismo, muchos de ellos fueron tratados poco menos que como delincuentes, en un tono que rozó lo irresponsable.
Resulta incómodo decirlo, pero es necesario: esos mismos actores señalados son, en buena medida, los que hoy sostienen el funcionamiento cotidiano de la institución. Son quienes, con mayor o menor margen, permiten que miles de trabajadores —médicos y no médicos— cobren sus salarios en tiempo y forma.
La consigna de campaña del doctor Domingo Beltramelli fue clara: “sacar a los prestamistas de adentro del CASMU”. Sin embargo, la realidad terminó yendo en sentido inverso. Lejos de desaparecer, esos actores hoy son más determinantes que nunca, al punto de convertirse en un sostén silencioso —y a la vez incómodo— del sistema.
El nivel de exposición es tal que, en términos figurados,los prestamistas se acuestan y se levantan con Beltramelli.
Y no es una exageración: la presidencia del CASMU no es un cargo de medio horario ni de dedicación intermitente. Es una responsabilidad de 24 horas, los siete días de la semana. Pretender conducir una institución en crisis con presencia parcial no solo es insuficiente, sino peligroso.

La situación exige otra actitud. No alcanza con administrar desde la distancia ni con repartir el tiempo entre otras actividades. Hoy, más que nunca, se impone una conducción de tiempo completo, con dedicación exclusiva y con decisiones que estén a la altura de la gravedad del momento.Porque el margen para la distracción ya no existe.
En este escenario, atacar a quienes hoy financian y sostienen parte del funcionamiento cotidiano no sólo es contradictorio, sino profundamente riesgoso. Son esos mismos actores los que, en caso de perder confianza, podrían acelerar un desenlace crítico.
El sistema funciona, en gran medida, por una lógica de confianza sostenida en el tiempo.
El riesgo es concreto: si los financistas dejarán de operar con el descuento de cheques a 180 días, el impacto sería inmediato. Se cortaría el flujo hacia proveedores, se tensaría la cadena de pagos y la institución podría entrar en una espiral de asfixia financiera en cuestión de semanas.
No es una advertencia exagerada, sino una descripción de la fragilidad actual.Durante años, el CASMU operó con un respaldo político y estatal que, con matices, atravesó distintos gobiernos. Ese contexto ya no es el mismo. Hoy la confianza se construye día a día, y cada decisión tiene consecuencias directas sobre la liquidez. Aplicar soluciones simplistas en una estructura compleja es, en los hechos, jugar con fuego.
A esto se suma un problema de fondo: muchos de quienes hoy toman decisiones no conocen la institución en profundidad. No la recorrieron, no dialogaron con sus trabajadores ni con las empresas que prestan servicios, no dimensionan su infraestructura ni su capacidad instalada.
Deciden desde afuera, sin comprender el entramado real que sostiene al CASMU.
Cuando eso ocurre, la gestión deja de ser estratégica y pasa a ser meramente reactiva. Y en un contexto de crisis, reaccionar tarde o mal puede ser letal. Porque no se trata solo de números: hay miles de trabajadores, más de 160.000 usuarios y una red de servicios que no admite improvisaciones.
Es válido investigar, y si hay responsabilidades, deberán determinarse. Pero el tiempo no se detiene. Mientras se discute el pasado, el presente se deteriora y el futuro se acorta. El reloj corre, y no espera a nadie.
Además, hay límites estructurales. El sistema de salud difícilmente convalide nuevos aportes al CASMU sin extenderlos al resto de las mutualistas. Y surge una pregunta inevitable: ¿hay recursos disponibles para sostener una nueva asistencia? La experiencia reciente sugiere que no alcanza con inyecciones puntuales.

En este punto, el rol del Ministerio de Salud Pública es clave.La ministra Cristina Lustemberg tiene la responsabilidad de sentar a todos los actores en la misma mesa, transparentar intereses y ejercer la autoridad que el cargo le confiere. No hay más espacio para dilaciones ni para diagnósticos a medias.
Porque si los intereses particulares terminan imponiéndose sobre el interés general, las consecuencias serán inevitables. Y en ese escenario, no debería temblar la mano a la hora de tomar decisiones de fondo.
Lo que está en juego no es menor: cerca de 7.000 empleos directos, más de 160.000 usuarios y una extensa red de puestos de trabajo indirectos. Detrás de cada número hay personas, familias y un sistema que cumple un rol central en la salud del país.
También hay un mensaje para el sistema político: quienes pueden verse afectados por esta crisis son ciudadanos que votan, que participan y que esperan respuestas. La dimensión del problema exige responsabilidad, acción y, sobre todo, urgencia.
El panorama es claro: o se encuentra una salida integral y coordinada , o el deterioro será cada vez más difícil de revertir.
En definitiva, la disyuntiva es tan simple como dura.
Habrá CASMU para todos, o no habrá CASMU para nadie.
Juan Carlos Blanco Sommaruga
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/cristina-habra-casmu-para-todos-o-no-habra-casmu-para-nadie-id189547/
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