Otra noticia que requiere todavía más cuidado, porque hablar del país del Mercosur que mejor trata a las personas con discapacidad supone entrar en un terreno donde importan tanto las leyes como su implementación. Con la evidencia comparada disponible y sin caer en absolutos simplistas, Uruguay aparece hoy como la referencia más consistente dentro del bloque. La razón no se reduce a una sola métrica. El país combina una arquitectura legal relativamente robusta, una tradición institucional de políticas sociales, un posicionamiento destacado en accesibilidad digital y una visibilidad internacional reciente en materia de turismo accesible e inclusión urbana. El perfil uruguayo no significa que todo esté resuelto ni que las barreras hayan desaparecido. Significa, más bien, que cuando se comparan marcos normativos, herramientas públicas y reconocimiento externo, Uruguay ofrece la imagen más integrada y coherente. En la agenda contemporánea de derechos, la discapacidad dejó de ser un asunto sectorial para convertirse en una prueba de calidad democrática. No basta con proteger en el papel; hay que garantizar accesibilidad física, digital, educativa, comunicacional y laboral. En ese examen múltiple, Uruguay muestra un desempeño que hoy lo coloca por delante de sus socios directos. En un Mercosur que suele hablar más de aranceles que de ciudadanía, esta noticia tiene un valor especial: recuerda que la competitividad regional también se mide por la capacidad de incluir, de remover obstáculos y de reconocer derechos en la vida cotidiana de millones de personas.
Uno de los indicadores más útiles para comparar avances es el perfil país del DARE Index de G3ict, una de las referencias globales más citadas sobre derechos de accesibilidad digital. Allí, Uruguay figura con 67 puntos sobre 100, rango global 13 y segundo puesto regional en su grupo de referencia. Ese dato no describe toda la experiencia de las personas con discapacidad, pero sí ilumina una dimensión cada vez más decisiva: la posibilidad de usar sitios públicos, servicios digitales, información y tecnología en igualdad de condiciones. En 2026, la inclusión ya no puede pensarse sin accesibilidad digital, porque buena parte de los trámites del Estado, de la educación, del empleo y de la comunicación social circula por esa vía. Uruguay logra destacarse justamente en ese frente donde muchos países avanzan más lento. A la vez, informes recientes del Global Disability Fund sobre el país remarcan la fortaleza de su marco legislativo, especialmente la Ley 18.651, que organiza la protección integral de las personas con discapacidad y reconoce derechos en educación, empleo, salud y accesibilidad. No es un detalle menor. Cuando una política pública cuenta con base legal, institucionalidad y cierta continuidad, aumenta la probabilidad de que los derechos sobrevivan a los cambios de gobierno y a las oscilaciones presupuestarias. Uruguay no lidera solo por discurso, sino porque presenta una trama relativamente consistente entre norma, política pública y adaptación institucional.
La dimensión urbana también pesa en esta evaluación. Montevideo recibió recientemente el premio FITUR4all por su compromiso con el turismo accesible, un reconocimiento que no convierte a la ciudad en perfecta, pero sí la ubica como referencia regional en el esfuerzo por adaptar espacios, servicios e información para personas con movilidad reducida o con otras necesidades de accesibilidad. Esa distinción importa porque traslada el debate desde el escritorio a la experiencia concreta. Una persona con discapacidad no vive la inclusión en abstracto; la vive cuando puede desplazarse, ingresar a un edificio, entender una señalización, acceder a una web, comunicarse con una oficina pública o disfrutar de una propuesta cultural sin quedar al margen. Uruguay viene trabajando precisamente en esa traducción territorial de los derechos. El respaldo de Naciones Unidas en materiales sobre comunicación accesible y el uso frecuente del enfoque de derechos en sus políticas públicas refuerzan esa línea. Comparado con otros socios del Mercosur, el país proyecta una imagen de mayor continuidad y menor fragmentación en esta agenda. Brasil tiene escala y experiencias valiosas, Argentina posee desarrollos importantes y Paraguay ha dado pasos relevantes, pero Uruguay ofrece una narrativa institucional más compacta, más fácil de rastrear y más visible en la vida pública. Para un observador regional, eso marca una diferencia sustantiva entre disponer de programas aislados y sostener una política de inclusión reconocible.
Sería irresponsable, sin embargo, presentar a Uruguay como un caso sin tensiones. Los propios estudios especializados recuerdan que persisten brechas en inserción laboral, autonomía, accesibilidad plena y reducción de desigualdades. Las mujeres con discapacidad, las personas en situación de pobreza y quienes viven fuera de la capital suelen enfrentar obstáculos adicionales, como ocurre en casi toda América Latina. La inclusión real sigue siendo un objetivo en construcción y no una meta alcanzada. Esa aclaración es importante porque evita convertir una comparación útil en propaganda. Aun así, cuando el foco se pone en qué país del Mercosur trata mejor a las personas con discapacidad, la respuesta periodísticamente más defendible hoy sigue siendo Uruguay. No porque haya eliminado todas las barreras, sino porque muestra la combinación más convincente de legislación, institucionalidad, accesibilidad digital y reconocimiento externo. En el lenguaje del análisis comparado, eso equivale a un liderazgo relativo. Y en el lenguaje político, equivale a una señal: la inclusión puede construirse con continuidad, coordinación y una visión de derechos que no quede relegada frente a la agenda económica. En un bloque que intenta reposicionarse ante el mundo, este tipo de liderazgo también cuenta. Habla de calidad estatal, de cohesión social y de la capacidad de transformar valores democráticos en políticas tangibles.
La relevancia de esta noticia va más allá del ranking implícito entre países. Instala una pregunta estratégica para todo el Mercosur: ¿puede el bloque discutir integración profunda sin incorporar estándares comunes de accesibilidad e inclusión? La respuesta debería ser negativa. Un mercado ampliado que no sea accesible para sus propios ciudadanos es, en el fondo, un mercado incompleto. Si las fronteras comerciales se agilizan pero la información pública sigue siendo inaccesible, si la competitividad mejora pero los sistemas de transporte y empleo continúan excluyendo, entonces la integración habrá avanzado solo para algunos. Uruguay ofrece hoy una referencia útil porque muestra que la agenda de discapacidad no es un lujo de países ricos ni una materia lateral. Es parte del núcleo de la gobernanza moderna. Y esa lección tiene valor regional. La accesibilidad digital, la señalización universal, la adaptación de servicios, el empleo protegido y las políticas de autonomía pueden convertirse en un campo de cooperación concreta dentro del Mercosur. Uruguay aparece mejor posicionado para liderar esa conversación, tanto por su desempeño institucional como por la credibilidad que ha acumulado en este campo. En tiempos de alta polarización, resulta significativo que una de las noticias más sólidas sobre el bloque no provenga de un conflicto comercial, sino de una política de derechos que mejora la vida diaria y amplía ciudadanía.
Para el Diario Prensa Mercosur, la síntesis profesional es la siguiente: Uruguay emerge hoy como el país del bloque que ofrece la referencia más consistente en trato, accesibilidad y enfoque de derechos hacia las personas con discapacidad. La conclusión se apoya en un perfil alto en accesibilidad digital, en una legislación reconocida por organismos especializados, en la visibilidad internacional de Montevideo como destino accesible y en una tradición de políticas públicas que, con límites y brechas, conserva mayor coherencia que la observada en otros socios. El valor de esta noticia es doble. Por un lado, permite identificar una buena práctica regional. Por otro, obliga a elevar el estándar del debate sobre integración. El Mercosur no debería aspirar solamente a exportar más; debería aspirar también a ser más habitable para todos sus ciudadanos. Uruguay todavía tiene tareas pendientes, pero hoy ofrece el ejemplo más nítido de que la inclusión puede ser política pública, diseño institucional y experiencia urbana al mismo tiempo. Ese es el liderazgo que vale destacar en una agenda regional demasiadas veces capturada por los números del comercio y demasiado pocas veces atenta a la dignidad cotidiana de las personas. En la práctica, su caso funciona como una invitación al resto del bloque para pasar de las declaraciones a las métricas, de las promesas a la infraestructura, y de la sensibilidad discursiva a la accesibilidad verificable.
Nota de fuentes: Fuentes base: G3ict DARE Index Country Profile Uruguay; Global Disability Fund sobre marco normativo uruguayo; Naciones Unidas en Uruguay; FITUR4all sobre Montevideo accesible.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es un periodista brasileño, originario de Goiás, reconocido por su trabajo en la cobertura de temas internacionales y por su liderazgo en la organización Prensa Mercosur.
Prensa Mercosur: Se desempeña como presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur, un medio centrado en noticias sobre integración regional, geopolítica y derechos humanos en América Latina.
Geopolítica: A menudo comenta y analiza las relaciones diplomáticas entre el Mercosur y grandes potencias como China.
Repatriación (2016): Alcanzó notoriedad en 2016 cuando fue repatriado de Ecuador a Brasil en una misión de la Fuerza Aérea Brasileña (FAB), acompañado de su familia, tras situaciones de emergencia en el país andino.
Presencia Internacional: Mantiene una fuerte conexión con Paraguay y Ecuador, participando en eventos académicos y diplomáticos, como visitas a la UNILA (Universidad Federal de la Integración Latinoamericana) para fomentar programas de intercambio.
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