En 2023, algunos de los mayores petroleros del mundo ya empezaron a navegar con los transpondedores apagados en zonas de riesgo para evitar ser rastreados, una práctica conocida como “dark shipping” que complica saber qué carga transportan y hacia dónde se dirigen. En escenarios de máxima tensión, estos movimientos opacos suelen multiplicarse y anticipan cambios más profundos en cómo circula realmente la energía por el mundo.
Las nuevas reglas. Aunque pueda parecerlo, en realidad, el estrecho de Ormuz no está formalmente cerrado, pero en la práctica ha dejado de ser un espacio neutral para convertirse en un paso condicionado por Irán, donde el tránsito depende de autorizaciones implícitas y rutas específicas bajo su control.
En medio de ataques, minas y una amenaza constante que ha paralizado a cientos de buques, algunos petroleros han logrado cruzar con una táctica simple: seguir trayectorias pegadas a la costa iraní, evitando los corredores habituales y sugiriendo la existencia de un sistema de paso selectivo que redefine quién puede circular y en qué condiciones.
El filtro invisible de Teherán. Los barcos que consiguen atravesar el estrecho no lo hacen al azar, sino dentro de un patrón cada vez más claro: tránsito negociado, banderas “aceptables” y destinos alineados con países que no participan directamente en el conflicto o sin directamente “amigos”.
Ahí aparece principalmente India y China junto a actores neutrales que han empezado a asegurar cargamentos mediante contactos diplomáticos, mientras buques vinculados a Occidente quedan fuera o directamente expuestos. Este modelo permite a Irán mantener un flujo mínimo de energía que evita un colapso total del mercado, pero al mismo tiempo convierte el paso en una herramienta de presión geopolítica, donde cada tránsito es una concesión y no un derecho.

Flujo mínimo con impacto global. Aunque el número de barcos que logra cruzar sigue siendo una fracción de lo habitual, ese pequeño goteo resulta suficiente para influir en los precios energéticos y evitar una escalada mayor, especialmente hacia Asia.
Dicho esto, el cuello de botella es enorme, con cientos de buques esperando y una logística extremadamente limitada en un paso que de por sí ya funciona como una autopista de dos carriles. La amenaza constante de drones, minas o ataques puntuales mantiene el riesgo en niveles máximos y disuade a la mayoría de los operadores, consolidando un sistema donde la excepción, y no la normalidad, marca el ritmo del comercio.
China en cabeza. En este contexto, China emerge como uno de los principales beneficiarios de este sistema selectivo, absorbiendo gran parte del crudo que logra salir del Golfo y utilizando su posición ambigua para mantener abiertas líneas de suministro que otros no pueden garantizar.
Dicho de otra forma, la aparición de buques con vínculos chinos entre los pocos que cruzan el estrecho refuerza la idea de que el acceso a Ormuz ya no depende solo de la geografía, sino más bien de la alineación política, consolidando una red de tránsito donde Pekín gana margen mientras otros actores pierden acceso.
El plan B euroasiático. Paralelamente, China y Rusia están acelerando la construcción de alternativas estructurales a rutas vulnerables como Ormuz, impulsando corredores logísticos propios que incluyen la Ruta del Ártico y redes terrestres a través de Eurasia.
Con inversiones en puertos, buques rompehielos y sistemas logísticos independientes, ambos países buscan reducir su exposición a cuellos de botella controlados por terceros y crear una arquitectura comercial más resiliente y alineada políticamente. Esta estrategia no solo responde a la crisis actual, sino que apunta a una reorganización duradera del comercio global.
Un escenario incómodo para Estados Unidos. Qué duda cabe, la combinación de un estrecho parcialmente controlado por Irán, un flujo energético que se redirige hacia Asia y el desarrollo de rutas alternativas fuera de la influencia occidental configura un escenario cada vez más desfavorable para Estados Unidos.
Mientras Washington intenta responder con escoltas navales y presión internacional (aunque a última hora volvió a dar marcha atrás diciendo que no necesita ayuda de los aliados), su capacidad para garantizar el libre tránsito es limitada frente a un sistema donde basta una mina o un dron para paralizarlo todo. El resultado es un cambio silencioso pero profundo: el control de los flujos energéticos empieza a depender menos de la fuerza militar directa y más de redes políticas y logísticas que escapan al control estadounidense.
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Miguel Jorge
Fuente de esta noticia: https://www.xataka.com/magnet/pese-a-drones-minas-ormuz-truco-esta-permitiendo-paso-barcos-a-eeuu-no-le-va-a-gustar-sus-banderas
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