
Hay una idea que a menudo pasa desapercibida: el aire que respiramos no sólo afecta a nuestra salud, sino también a la comida que ponemos en la mesa. Cuando hablamos de contaminación atmosférica, pensamos en humo de coches, industrias o calefacciones. Pero rara vez nos detenemos a considerar que estos mismos contaminantes pueden alterar el crecimiento de los cultivos, la calidad de los alimentos y, en definitiva, la seguridad de nuestra dieta. La agricultura, que depende del aire tanto como del agua y la tierra, es una víctima silenciosa de la polución.
Uno de los principales enemigos es el ozono troposférico. No es un gas que salga directamente de un tubo de escape, sino que se forma cuando los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles reaccionan con la luz del sol. El resultado es un contaminante que daña las hojas, reduce la fotosíntesis y debilita a las plantas.
Un viñedo expuesto a niveles elevados de ozono, por ejemplo, puede perder vigor, y un campo de trigo puede ver reducida su producción hasta un 20%. Es como si el aire, en vez de nutrir, se volviera contra la planta.
Otro protagonista es el dióxido de azufre (SO2), que proviene sobretodo de la combustión de carbón y petróleo. Cuando se mezcla con la humedad atmosférica, da lugar a la lluvia ácida. Esta lluvia no quema las hojas, pero sí acidifica el suelo, altera la disponibilidad de nutrientes y debilita las raíces. En zonas agrícolas cercanas a polígonos industriales, los efectos se notan en la fertilidad del terreno y en la necesidad de aportar más fertilizantes a compensar.
Los óxidos de nitrógeno (NOx) tienen un papel doblemente dañino: por un lado, contribuyen a la formación de ozono y, por otro, también participan en la lluvia ácida. El círculo se cierra y la planta queda atrapada entre dos frentes. En Cataluña, las zonas agrícolas cercanas a grandes vías de tráfico, como el Baix Llobregat, conviven con esa presión constante.
No menos importantes son las partículas en suspensión (PM10 y PM2.5). Estas diminutas partículas pueden depositarse sobre las hojas y reducir la captación de luz, como si fuera una capa de polvo persistente. En frutas y hortalizas, pueden afectar a la calidad organoléptica: el gusto, el olor, incluso el aspecto.
Además, algunas partículas llevan metales pesados como plomo o cadmio, que pueden acabar acumulándose en el suelo y, a la larga, en la cadena alimentaria.
Por último, podemos citar los compuestos orgánicos volátiles (COVs) y los metales pesados. Aunque a menudo se hable de ellos en relación a su efecto nocivo sobre la salud humana, también afectan a los cultivos, ya que pueden alterar procesos fisiológicos de las plantas y contaminar los alimentos. El consumidor final, sin saberlo, puede estar ingiriendo restos de estos contaminantes.
Todo ello tiene consecuencias directas: menor rendimiento agrícola, alimentos con menor calidad y riesgos añadidos para la salud. Pero también tiene impacto económico y social. Los agricultores deben hacer frente a pérdidas de producción, incrementos de costes y, en algunos casos, a la desconfianza de los consumidores. La contaminación atmosférica se convierte así en un factor invisible que erosiona la sostenibilidad del sistema agroalimentario.
Existen estrategias de mitigación que pueden ayudar. La producción ecológica, con prácticas respetuosas con el medio ambiente y una certificación oficial de su práctica, es una primera línea de defensa. Las barreras vegetales en torno a los campos pueden reducir la deposición de partículas. La monitorización ambiental permite anticipar episodios de contaminación y ajustar las prácticas agrícolas. Y, por supuesto, la reducción de emisiones a escala urbana e industrial es clave para proteger tanto la salud de las personas como la de los cultivos.
El caso del Parc Agrari del Baix Llobregat es un ejemplo paradigmático de esta situación. Situado junto a Barcelona, rodeado por vías de tráfico intenso, polígonos industriales y el aeropuerto, es un espacio agrícola que suministra hortalizas frescas a la ciudad y a Mercabarna. Su existencia es un tesoro: permite reducir la pisada de carbono del transporte, garantizar productos frescos y mantener un paisaje agrícola vivo en plena área metropolitana.
Pero esa cercanía es también su vulnerabilidad. Los cultivos del Parc Agrari están expuestos a niveles elevados de ozono troposférico y óxidos de nitrógeno, derivados del tráfico y de la actividad industrial. La deposición de partículas en suspensión afecta a la fotosíntesis y calidad de los productos. La lluvia ácida altera el pH del suelo y la disponibilidad de nutrientes. Todo esto puede reducir el rendimiento agrícola y comprometer la seguridad alimentaria.
Es una paradoja que obliga a buscar equilibrios. El Parc Agrari ha impulsado colaboraciones con instituciones científicas para monitorizar la calidad del aire y ha fomentado la producción ecológica certificada, que garantiza prácticas respetuosas con el medio y ofrece confianza al consumidor. También se han establecido barreras vegetales y estrategias de gestión para reducir el impacto de la polución. Sin embargo, la presión urbana sigue siendo un reto.
Aquí se hace evidente la contradicción de la agricultura periurbana, ya que producir cerca de las ciudades significa menos transporte, menos emisiones globales y alimentos más frescos, lo que supone una ventaja ambiental y social, pero esta misma proximidad implica una mayor exposición a la contaminación atmosférica urbana e industrial, que puede disminuir la calidad y la productividad de los cultivos. Es necesario que las administraciones tomen el reto de garantizar producciones agrícolas cercanas a las zonas urbanas con su seguridad.
En definitiva, el aire que nos envuelve es un ingrediente más de nuestra alimentación. Puede ser invisible, pero deja huella en cada tomate y en cada uva. Entender esta conexión es esencial para valorar la importancia de reducir la contaminación atmosférica. No se trata sólo de respirar mejor, sino también de comer mejor.
Autor: Isidre Martínez, Ingeniero Agrónomo.
Julia
Fuente de esta noticia: https://www.bioecoactual.com/2026/03/09/cuando-el-aire-se-come-la-cosecha-contaminantes-atmosfericos-y-agricultura/
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