
Después de décadas de avances en temas de empoderamiento femenino, y de reflejar un liderazgo que muchas mujeres necesitábamos para crear espacios de conversación, unidad y conexión humana, se nos prometía un futuro mejor. Un progreso estructural, económico y simbólico que abriría caminos hacia una sociedad más equitativa.
Hoy, quizás ha llegado el momento de evaluar con honestidad lo que sigue, lo que dejamos atrás y, sobre todo, lo que realmente hemos logrado.
Las mujeres históricamente nunca fuimos débiles. Venimos de un legado legítimo de liderazgo, resiliencia y convicción. Sin embargo, durante mucho tiempo ese liderazgo no tuvo un horizonte claro. Muchas mujeres estaban absorbidas por las responsabilidades de formar hijos, sostener hogares y contribuir silenciosamente al bienestar familiar, mientras su propio desarrollo personal quedaba relegado.
En la última década, el poder femenino ha evidenciado una fuerza renovada. Tal vez impulsada también por el cansancio y el enojo de una sociedad que aún no otorga a la mujer un lugar verdaderamente justo y equitativo en su posición global frente a los hombres.
En la economía, por ejemplo, en muchos países las mujeres todavía ganan menos del 70% del salario de los hombres ocupando los mismos puestos de trabajo, incluso habiendo demostrado capacidad en tareas que durante décadas fueron consideradas exclusivamente masculinas.
A pesar de los avances de esta última década, también quedan preguntas claras. ¿Acaso algunas de las formas en que se planteó la lucha terminaron generando nuevos obstáculos? ¿La economía global contribuyó a este retroceso que muchos temían?
En muchos hogares, la realidad volvió a repetirse: la madre regresó a casa para que los hijos pudieran ir a la universidad, o tomando dos o tres trabajos mientras sus propios sueños quedaban nuevamente en pausa.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué salió mal?
Quizás muchas causas simultáneas terminaron entorpeciendo el discurso. Quizás otros ruidos añadieron sal a una herida histórica femenina que lleva generaciones reclamando algo muy simple: el reconocimiento del valor económico, social y moral de la mujer. Un valor por el que nuestras abuelas y madres lucharon incansablemente para que nuestra generación tuviera más oportunidades.
Pero también es justo preguntarnos si realmente todo está perdido.
Porque cuando observamos a nuestras niñas millennials y a la generación Z, vemos algo profundamente esperanzador. Las vemos sólidas, capaces, decididas. A edades muy tempranas ya no esperan que alguien diseñe su futuro por ellas: lo están creando.
Viajan solas. Toman decisiones que antes muchas mujeres no podían imaginar hasta bien entrada la adultez. Llegan a la universidad convencidas de que la educación es la llave para demostrar todo lo que tienen para aportar al mundo.
Quizás porque crecieron viendo en sus madres esa lucha constante por ser escuchadas y validadas.
Ellas ya no lo buscan: lo diseñan.
El futuro, probablemente, les pertenezca a ellas. Y tal vez ese será el mayor logro de una generación que quedó a mitad de camino en una lucha que aún está lejos de ser completamente justa.
También tendremos que aceptar algo con humildad: el machismo no desaparece de un día para otro. No se elimina con consignas; se analiza, se comprende y se transforma a lo largo de varias generaciones.
Generaciones de jóvenes que comprenderán que se necesitan dos personas en casa para criar niños sanos, formar adultos equilibrados y construir familias verdaderamente funcionales.
Porque al final, el verdadero progreso no se trata de reemplazar una voz por otra, sino de aprender a construir juntos una sociedad más justa para todos.
@womentalks for @prensamercosur
ACERCA DEL CORRESPONSAL
BRIYIDT RIPAMONTI
Es colombiana empresaria de Miami Florida, editora de algunas revistas de renombre y activista en la protección del planeta Fundadora de la organizacion SOS Water Global
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