¿Cómo fueron tus inicios en el Círculo de Bellas Artes?
Sí, bueno, yo había sido evidentemente usuario de la institución en la universidad. Recuerdo que con los amigos siempre veníamos a ver qué se cocía cada día en el Círculo, cómo era esa programación y, por lo tanto, lo conocía, como tantos otros madrileños y españoles —en mi caso ítalo-español—, como usuario de esta institución tan bonita y tan prestigiosa. Pero es verdad que en el año 2014, si no recuerdo mal, Juan Barja, el anterior director, por iniciativa de Juan Miguel —y en ese momento era un proyecto compartido con La Fábrica— funda la Escuela Sur, la Escuela de Profesiones Artísticas, y me encomiendan a mí, que entonces era un joven profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Autónoma, la conceptualización de las asignaturas teóricas de esta escuela, las asignaturas filosóficas. Montamos un pequeño grupo de profesores que dábamos clase allí y eso me permitió durante muchos años dar clase en la Escuela Sur, conocer el Círculo de Bellas Artes desde dentro, entender qué se podía hacer para mejorar algunos aspectos que yo veía que podían funcionar de otra manera. Y cuando en el año 2019 Juan Barja se jubiló, pues hubo un concurso y yo decidí presentarme y, bueno, la Junta Directiva tuvo la mala idea de elegirme. Y bueno, aquí estoy desde hace seis años; ahora acabo de renovar por cuatro años más y la verdad es que el proyecto que, junto con el impulso de Juan Miguel, estamos llevando a cabo ha permitido rejuvenecer mucho el público, internacionalizar la institución, tejer redes con otras instituciones culturales y académicas, así que estamos muy contentos del resultado.
¿En qué se parece el Círculo de Bellas Artes a Madrid?
Yo creo que se parece mucho a Madrid en que es una fusión muy lograda de lo local y de lo internacional. Es algo muy arraigado en la historia personal de los madrileños y en la historia de la ciudad, pero al mismo tiempo es una institución cada vez con mayor presencia internacional, con visión en todo el mundo. Creo que a Madrid le ha pasado un poco lo mismo. Y también se parece a Madrid en el sentido de que es una ciudad respetada, visitada, pero también es una ciudad querida, donde la gente se siente a gusto desde un punto de vista más personal y más sentimental. Al Círculo le pasa eso: combina muy bien ese lado sentimental, emocional y de adhesión personal con una excelencia en la programación artística. Entonces yo diría que esta es la mayor similitud.
Han pasado ya cien años. Si nos remontamos a 1926, encontramos la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, después la Segunda República, la Guerra Civil, el franquismo y los inicios de la democracia. Es decir, un siglo profundamente convulso para la historia de nuestro país y del mundo en general. De cara a los próximos cien años, ¿qué valoración haces del horizonte que se abre y qué papel crees que puede desempeñar el Círculo de Bellas Artes? ¿Qué fórmulas o herramientas culturales podría poner en marcha para afrontar —o incluso contrarrestar— lo que muchos interpretan como la emergencia de un nuevo orden mundial?
Han sido 100 años muy intensos, muy difíciles de la historia de nuestro país. El Círculo también, como nuestro país, ha pasado por épocas difíciles en lo político, en lo económico, pero se ha mantenido en todos estos años como ese espacio de pluralidad, de consenso argumentado, de convivencia, de diferentes maneras de ver el mundo.
Hoy en día se habla mucho de los peligros de la polarización. Yo no estoy tan seguro de que la polarización sea de por sí mala. Yo creo que ideas diferentes convivan, incluso ideas radicalmente diferentes, es muy bueno; que haya esa pluralidad de visiones en una sociedad o en una institución cultural. Mucho peor sería una homogeneidad impuesta, un pensamiento único, del que creo que se habló en algunas épocas, como el que precisamente se daba en esas dictaduras, primero de Primo de Rivera y luego de Franco, que desgraciadamente ocuparon mucho tiempo de estos 100 años. Así que bienvenida sea la pluralidad y el disenso radical, siempre y cuando se dé de forma argumentada, civilizada, a través de conceptos, a través de formatos que permitan la libre disputa entre ideas distintas. Y el Círculo justamente ha sido eso en nuestros 100 años: un lugar donde la diferencia podía encontrarse y confrontarse. Entonces yo auguro, espero, que en los próximos 100 años no prevalezcan esas formas de homogeneidad promovidas por la tecnocracia imperante a nivel mundial y también por las formas ultraderechistas de pensamiento único que desgraciadamente parece que se van imponiendo en toda Europa y en parte también en España, y que pueda existir un lugar como el Círculo, como espacio de pluralidad, de libertad y de confrontación educada y argumentada.
No sé si deberíamos temer lo que viene ni hasta qué punto la cultura puede actuar realmente como una herramienta transformadora, especialmente desde el arte contemporáneo y las nuevas dinámicas culturales. ¿Debemos tener miedo del futuro?
Yo creo que hay que tener precaución. Es decir, hay que saber leer los signos de voluntad de narcotización de la población para que no se rebele, no se oponga a unas formas de sumisión que son absolutamente nuevas. Es muy curioso cómo en este momento, a nivel mundial, a nivel europeo y a nivel español, estamos conociendo unas formas de desigualdad económica nunca vistas en la historia de la humanidad. Y, sin embargo, las respuestas políticas organizadas que están surgiendo frente a esta tremenda desigualdad son más pequeñas y más débiles que nunca.
Hay un intento de fragmentación de la sociedad, de atomización, de refugio de cada persona en su propia red social, en su propio interior, en su propia pantalla. Entonces necesitamos lugares para advertir de los peligros; no sé si para alertar con miedo, pero sí para diagnosticar con lucidez cuáles son estas amenazas, pero también para construir plataformas de esperanza, plataformas de colaboración, de nuevas formas de comunidad, de nuevas formas de vínculo social cada vez más rotas. Y las instituciones culturales ahí jugamos un papel fundamental. Y dentro de las instituciones culturales, el arte contemporáneo y también otras disciplinas como la filosofía son ese lugar de la absoluta libertad, de la absoluta creatividad, de la auténtica innovación.
Frente a un discurso de la innovación entendida como desarrollo tecnológico, mera digitalización, la verdadera innovación, entendida como transformación de las personas, de los conceptos, de la sociedad, se produce en disciplinas como el arte contemporáneo o la filosofía. Solo ahí se puede cambiar absolutamente el paradigma, el marco de referencia, las preguntas hegemónicas, así que necesitamos estas disciplinas más que nunca hoy en día en este ambiente absolutamente narcotizado en el que estamos.
¿Cuáles son los paradigmas, qué te gustaría que caracterizara el futuro del Círculo de Bellas Artes?
Yo creo que se traduce en dos conceptos: uno es Europa y otro es apertura. Europa: el Círculo de Bellas Artes, que es casi Europa, lo viene siendo desde hace bastantes años. Creo que en los últimos años, con el impulso de Juan Miguel y también el mío, se ha abierto verdaderamente a Europa, se ha convertido en una institución muy conectada con otras de nuestro continente y, sobre todo, que defiende un europeísmo que es cada vez más importante. El europeísmo hasta hace poco era algo aburrido, burocrático, ligado a lo gris de Bruselas. Hoy en día ser europeísta se va a convertir cada vez más en algo heroico, subversivo, alternativo, y el Círculo va a estar ahí defendiendo ese europeísmo y esa concepción transnacional de la cultura.
¿Estamos hablando quizás de un proceso de internacionalización?
De comprensión de la cultura a nivel transnacional. Frente a todo nacionalismo cerrado, excluyente, identitario, patriotero, el Círculo cree en la cultura como movimiento transnacional que acerca a los pueblos, que produce resultados híbridos, no fácilmente clasificables. Y en esa comprensión transnacional de la cultura seguiremos estando. Y, por otro lado, como te decía, apertura a la ciudadanía. Grandes proyectos como el Festival de las Ideas, el Refugio Climático, la Bienal Ciudad y Ciencia, las Navidades del Círculo, son nuevas formas de crear comunidad, crear ciudadanía, abriendo la institución al pueblo de Madrid. Y en eso vamos a seguir persistiendo.