
Trump abre una campaña contra Irán, da por muerto a Jamenei y amenaza con seguir atacando mientras Oriente Próximo entra en un vértigo brutal
Donald Trump ha llevado la crisis con Irán a un punto mucho más peligroso que el de una amenaza puntual. La Casa Blanca confirmó este 28 de febrero de 2026 que Estados Unidos ha entrado en “grandes operaciones de combate” contra la República Islámica junto a Israel, una ofensiva bautizada por el Pentágono como Operation Epic Fury. Lo decisivo no es solo el ataque. Lo decisivo es la frase con la que Trump ha querido envolverlo: la idea de que los bombardeos seguirán mientras no quede garantizada una paz que, en su relato, pasa por desarmar a Teherán, arrasar su capacidad de misil y dejar al régimen sin aire. Esa formulación cambia el marco entero. Ya no habla como quien ordena un golpe limitado; habla como quien abre una campaña militar con horizonte político.
El mensaje ha llegado, además, con una carga simbólica enorme. Trump ha asegurado que Alí Jamenei ha muerto, Israel sostiene que el líder supremo iraní fue alcanzado y que su cuerpo habría sido localizado, mientras durante horas los medios oficiales iraníes difundieron la versión contraria y mantuvieron que seguía “dirigiendo el campo”. En medio de esa niebla, el dato firme es otro: Teherán ha respondido con misiles y drones contra Israel y contra varios países del Golfo que albergan bases estadounidenses, desde Bahréin y Qatar hasta Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. A estas alturas, la crisis ya no cabe en el molde de una represalia. Es una guerra en expansión, con efecto directo sobre la seguridad regional, el petróleo, la diplomacia y el equilibrio interno de Irán.
La frase que convierte un bombardeo en campaña
Lo más duro del mensaje de Trump no ha sido el tono, que en él casi nunca sorprende, sino la arquitectura política de lo que ha dicho. Cuando un presidente de Estados Unidos vincula una secuencia de “raids” a una paz futura sin fecha, sin condiciones cerradas y sin un límite militar claro, lo que está haciendo es sustituir el lenguaje de la disuasión por el de la imposición. No ha dicho: atacaremos si Irán cruza una línea. Ha dicho, en esencia, ya estamos atacando y seguiremos hasta moldear el desenlace. Esa diferencia, en Oriente Próximo, pesa como plomo.
Trump ha defendido que el objetivo es “eliminar amenazas inminentes” del régimen iraní, destruir sus misiles, aniquilar buena parte de su estructura naval y dejar sin palanca a las redes armadas que Teherán ha cultivado durante años en la región. Pero el discurso fue todavía más lejos. En su vídeo, pidió a los miembros de la Guardia Revolucionaria que depongan las armas, les ofreció inmunidad si se rinden y les advirtió de “muerte segura” si siguen resistiendo. Después se dirigió a la población iraní con otra frase aún más reveladora: cuando terminen las bombas, dijo, será el momento de “tomar el gobierno”. Ahí asoma con claridad un objetivo político que desborda la justificación militar inicial.
Eso es lo que vuelve especialmente seria esta amenaza. Trump no está presentando una operación de castigo; está dejando caer una lógica de cambio de régimen. Puede que la Casa Blanca no use formalmente esa etiqueta en todos sus comunicados, pero el contenido del mensaje apunta justo ahí. Y cuando Washington se mete en ese terreno, el problema deja de ser solo si puede destruir una instalación o abatir a un mando. El problema pasa a ser qué queda en pie después, quién ocupa el vacío y cuántos actores deciden prender la región antes de aceptar una derrota.
La otra frase que retrata el momento llegó cuando Trump admitió algo poco habitual en un anuncio de este tipo: podría haber bajas estadounidenses. Dijo que su administración había tomado todas las medidas posibles para reducir riesgos, pero reconoció que “en la guerra” eso puede no bastar. No es un matiz menor. Si la propia Casa Blanca verbaliza la posibilidad de muertos propios, está admitiendo que no contempla una escaramuza quirúrgica, sino una operación con réplica, desgaste y varias jornadas por delante.
Qué se sabe de los ataques y de los blancos elegidos
La operación lanzada este sábado es, por escala y ambición, la ofensiva más agresiva de Estados Unidos e Israel contra Irán en décadas. Según lo que ha ido saliendo a lo largo del día, la campaña golpeó objetivos militares, sistemas estratégicos y enclaves ligados al mando iraní. Israel afirmó que unos 200 cazas participaron en la mayor misión aérea de su historia y que se alcanzaron alrededor de 500 objetivos en territorio iraní, incluidos sistemas defensivos que ya habían quedado dañados en ataques anteriores. Washington, por su parte, presentó la maniobra como la segunda gran acción directa contra Irán desde el regreso de Trump a la Casa Blanca; la primera había sido en junio, cuando Estados Unidos atacó instalaciones nucleares iraníes después de una guerra aérea de doce días.
La gran novedad es que esta vez no se ha vendido como una noche de fuego y retirada, sino como una secuencia preparada para durar varios días. Ahí está una de las claves políticas de la jornada. El propio entorno de Trump, según lo deslizado en Washington, asumía antes del inicio que la operación podía implicar represalias sobre bases, personal o aliados de Estados Unidos en la región. Aun así, el presidente la aprobó. Lo hizo desde Mar-a-Lago, con su equipo de seguridad nacional alrededor y en contacto con Benjamín Netanyahu, según confirmó la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt.
La figura que domina todas las horas posteriores al ataque es, claro, Alí Jamenei, líder supremo de Irán desde 1989 y centro real del sistema político, militar y religioso del país. Trump lo dio por muerto con una frase brutal en su red social. Netanyahu sostuvo que había “muchas señales” de que ya no estaba. Un alto cargo israelí llegó a afirmar que el cuerpo había sido hallado. Mientras tanto, desde Irán se emitieron mensajes que negaban esa versión y sugerían que Jamenei seguía vivo. La incertidumbre no es un detalle, porque de ella depende el siguiente movimiento del régimen, la eventual sucesión y la reacción de una estructura estatal acostumbrada a cerrar filas cuando se siente atacada desde fuera.
Junto a Jamenei, varias informaciones sitúan entre los mandos abatidos al ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, y al comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammad Pakpour, aunque no todos los nombres han quedado fijados con la misma nitidez y algunos extremos siguen mezclados entre versiones oficiales, fuentes de inteligencia y medios iraníes. Sí parece claro que el objetivo fue decapitar parte de la cadena de mando. También se habla de bajas en el entorno del programa nuclear y de un golpe severo al complejo desde el que se coordinan capacidades balísticas y de defensa. No es un ataque para enviar una señal. Es un ataque pensado para desorganizar al adversario desde arriba.
Ese detalle importa mucho porque una cosa es destruir infraestructura y otra intentar romper el cerebro operativo del régimen. La historia reciente demuestra que ese tipo de ofensivas puede producir dos efectos opuestos. A veces deja al aparato rival descolocado durante días. Otras veces lo compacta, lo militariza más y acelera el ascenso de figuras todavía más duras. De hecho, en Washington circulaban análisis previos según los cuales, incluso si Jamenei caía, el relevo más probable no tenía por qué abrir una transición suave, sino endurecer aún más la represión y el control de la Guardia Revolucionaria.
La respuesta iraní abre un frente regional
La réplica iraní no tardó y, sobre todo, no se limitó a Israel. Teherán disparó misiles hacia territorio israelí y extendió la respuesta a varios países árabes del Golfo que alojan fuerzas o infraestructuras estadounidenses. Hubo alertas, explosiones y escenas de pánico en Bahréin, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y otros puntos de la región. Bahréin informó de un ataque sobre el centro de servicio de la Quinta Flota de Estados Unidos; Qatar aseguró haber interceptado todos los misiles dirigidos contra su territorio; Kuwait confirmó un ataque contra una base militar estadounidense. En Abu Dabi y Dubái también se oyeron explosiones, con episodios de alarma incluso en zonas hoteleras de alto nivel. La imagen era muy gráfica: el conflicto ya no se quedaba dentro del eje Teherán-Tel Aviv, sino que salpicaba al tablero entero.
Ese movimiento lo cambia todo porque convierte la crisis en algo regional de verdad, no solo iraní-israelí con ayuda norteamericana. Las monarquías del Golfo llevan años intentando navegar entre el paraguas militar de Washington y la necesidad de no quedar atrapadas en una guerra abierta con Teherán. Ahora ese equilibrio se ha resquebrajado. Si Irán considera legítimos todos los enclaves que sostienen la presencia militar estadounidense, el conflicto deja de tener una sola línea de frente y se vuelve reticular, disperso y mucho más difícil de contener. Un misil en Bahréin o una explosión cerca de Dubái no son meros daños laterales; son mensajes políticos con olor a queroseno.
Al mismo tiempo, la reacción iraní sirve para desmontar una idea que circuló en Washington durante los días previos: la de que un golpe inicial muy severo podría dejar a Teherán tan aturdido que su respuesta sería limitada. No ha sido así. Incluso con daños graves en la cadena de mando y con la incertidumbre sobre Jamenei, la República Islámica ha mostrado capacidad para lanzar una réplica compleja, simultánea y diseñada para tocar puntos sensibles del entramado estadounidense en Oriente Próximo. El siguiente escalón, por eso mismo, da miedo. Porque si la primera ola iraní no ha cerrado el episodio, la segunda puede buscar objetivos más delicados o más costosos en términos simbólicos.
En paralelo, la dimensión humana ya ha empezado a abrirse paso entre el lenguaje militar. En ciudades iraníes se han sucedido escenas de pánico civil, familias refugiadas en casa y llamadas de auxilio. Un testimonio desde Tabriz resumía la atmósfera con una crudeza casi insoportable: niños temblando, una madre convencida de que no había adónde ir. También llegaron informaciones sobre el impacto en una escuela de niñas en Minab, en el sur de Irán, con decenas de víctimas mortales según autoridades locales citadas por medios estatales. El cuadro general, aunque algunos detalles sigan en disputa, es inequívoco: la operación ya ha entrado en el terreno más sucio y más viejo de cualquier guerra, el de los civiles atrapados entre los objetivos estratégicos.
Hay un nervio económico que recorre toda la crisis y que casi siempre reaparece cuando Irán y Estados Unidos se miran a través de la mira: el estrecho de Ormuz. Por ahí pasa alrededor de una quinta parte del consumo mundial de petróleo, y la mera posibilidad de que el tráfico quede afectado ya ha disparado las alarmas en los mercados. Irán ha lanzado advertencias sobre el paso marítimo y los analistas energéticos dan por hecho que, si no aparece una desescalada rápida, el barril puede rebotar con fuerza en la apertura de los mercados internacionales. España, Europa y la economía global sienten enseguida cualquier sacudida sostenida en esa arteria del Golfo: combustible más caro, transporte tensionado, inflación, cancelaciones aéreas, primas de riesgo y la habitual cadena de sobresaltos que empieza lejos y termina colándose en la vida cotidiana.
De Ginebra al bombardeo
La violencia de este sábado llega después de semanas de contactos entre Washington y Teherán sobre el programa nuclear iraní. Había habido reuniones recientes, incluida una cita en Ginebra, y seguían abiertos canales para intentar un acuerdo que rebajara tensiones. Ese detalle vuelve más abrupto el salto de Trump. Hace apenas unos días, el vicepresidente JD Vance seguía diciendo públicamente que el presidente prefería una solución diplomática. La secuencia ha sido casi de vértigo: negociación, ultimátum, despliegue militar masivo y bombardeo. Muy Washington, sí; también muy Oriente Próximo: la mesa puesta y, de repente, los aviones.
El punto de ruptura estaba en dos asuntos que llevan años atravesando cualquier negociación con Irán: el enriquecimiento nuclear y el programa de misiles balísticos. Teherán daba señales de flexibilidad en algunos apartados si había alivio de sanciones, pero no aceptaba entregar toda su capacidad estratégica ni mezclar sin coste el expediente nuclear con el misilístico y el regional. Para Trump y Netanyahu, en cambio, el margen se había estrechado hasta casi desaparecer. La tesis compartida en Washington y Jerusalén era que, si Irán seguía avanzando, la próxima crisis sería más cara y más difícil de controlar. Y cuando esa es la tesis dominante, la diplomacia se convierte en un pasillo cada vez más estrecho.
Lo ocurrido después deja una consecuencia inmediata: la negociación ha quedado volada, al menos de momento. En Naciones Unidas, el secretario general António Guterres condenó los ataques y pidió una vuelta urgente a la mesa para evitar que la región se desborde todavía más. El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, acusó a Estados Unidos e Israel de violar el derecho internacional y reclamó una respuesta del Consejo de Seguridad. Desde Europa, Emmanuel Macron pidió una reunión urgente del Consejo y habló abiertamente de una guerra con consecuencias graves para la paz internacional. La foto diplomática, así vista, es la de una comunidad internacional intentando recuperar la palabra cuando ya hablan los misiles.
También hay una dimensión incómoda en el calendario. La ofensiva se produce después de contactos directos y cuando aún existía la expectativa de que una nueva ronda pudiera, como mínimo, frenar la escalada. Por eso en varias capitales europeas se percibe el ataque como un salto deliberado sobre la vía negociadora, no como el último recurso inevitable. Estados Unidos e Israel sostienen que Irán había cruzado ya umbrales peligrosos y que la amenaza era demasiado seria para seguir esperando. Irán replica que seguía negociando y que la ofensiva demuestra que la otra parte nunca buscó un acuerdo estable, sino forzar una capitulación total.
Washington, Netanyahu y el cálculo de una guerra larga
En Estados Unidos, la operación también ha encendido un debate áspero sobre legalidad, estrategia y coste político. El secretario de Estado, Marco Rubio, informó a los líderes del llamado Gang of Eight antes del arranque de la ofensiva. La administración sostiene que actuó para neutralizar una amenaza grave, pero en el Capitolio ya han aparecido críticas que van desde la exigencia de autorización formal del Congreso hasta el reproche de haber iniciado una guerra de elección sin final estratégico claro. Esa expresión resume bastante bien el malestar de la oposición demócrata y de algunos republicanos incómodos.
La paradoja para Trump es evidente. Regresó al poder vendiéndose como presidente de la paz, menos inclinado que sus rivales a empantanarse en aventuras exteriores, y ahora firma la decisión militar más arriesgada de toda su presidencia. Parte del Partido Republicano aplaude la ofensiva porque considera que Irán llevaba demasiado tiempo jugando con el reloj nuclear y el equilibrio regional. Otra parte teme que una campaña larga erosione justo lo que más importa en casa: economía, inflación, coste de la vida y fatiga bélica del electorado. La unidad del bloque trumpista no está garantizada si los días pasan y el conflicto se alarga.
Ese choque interno no es un detalle de pasillo. En política estadounidense, las guerras suelen empezar con un reflejo de cierre de filas y continuar, si se atascan, con una erosión lenta y muy corrosiva. Trump parece apostar por una victoria rápida, visual y políticamente rentable: golpear, intimidar, reducir la capacidad iraní y forzar un nuevo equilibrio antes de que el desgaste le alcance. El problema es que Irán no necesita ganar una guerra convencional para arruinar esa narrativa. Le basta con convertirla en un conflicto más caro, más largo y más confuso de lo que Washington prometió.
En Jerusalén, la operación se lee como la culminación de una línea que Netanyahu lleva tiempo defendiendo: impedir que Irán consolide una capacidad militar y nuclear que, a su juicio, haga irreversible la amenaza sobre Israel. La frase del primer ministro israelí tras el ataque fue muy reveladora. Dijo que la campaña abriría las condiciones para que el pueblo iraní tomara en sus manos su destino y se quitara de encima el peso de la tiranía. Es decir, el discurso israelí y el estadounidense han quedado alineados no solo en el plano militar, sino también en el político: ambos sugieren que la ofensiva puede empujar una mutación interna en Irán.
Israel, además, llega a este punto tras haber debilitado durante los últimos años varias de las piezas que Teherán utilizaba para proyectar poder en la región, desde redes aliadas hasta mandos militares concretos. El jefe del Estado Mayor israelí, Eyal Zamir, aseguró que durante meses trabajó en planes de batalla conjuntos con los mandos estadounidenses. No parece una improvisación de madrugada. Esto venía cocinándose mientras continuaban las conversaciones nucleares y mientras Washington acumulaba medios militares en la zona. La diferencia entre el discurso diplomático y la preparación bélica era ya mínima.
Aun así, el golpe no resuelve automáticamente el problema estratégico de Israel. Si Jamenei ha muerto, se abre un vacío de poder muy delicado en un país con instituciones, facciones armadas y un aparato de seguridad que no desaparece porque caiga su vértice. Si no ha muerto, el régimen puede utilizar la supervivencia como símbolo de resistencia. En ambos escenarios, Israel consigue un éxito táctico enorme pero se expone a una fase larga de represalias, sabotajes y guerra indirecta. Y ahí el aliado imprescindible sigue siendo Estados Unidos, que ya ha dejado de actuar como respaldo lejano para convertirse en actor central de la ofensiva.
Una paz formulada como ultimátum
Lo que queda al final del día no es solo el ataque, ni siquiera solo la posible muerte de Jamenei. Lo que queda es una definición peligrosísima de la paz. Para Trump, esa paz parece significar un Irán sin capacidad de misil, sin programa nuclear operativo, sin margen regional y quizá sin el régimen que lo gobierna desde hace décadas. Para Teherán, en cambio, la paz empieza por sobrevivir a la ofensiva sin aceptar una humillación total. Entre una idea y la otra hay un abismo, y ese abismo suele llenarse con más violencia.
Por eso la frase sobre seguir atacando hasta imponer la paz no debe leerse como simple fanfarronada. Es la formulación de una campaña abierta, con objetivos militares y políticos mezclados, con aliados árabes ya salpicados por la respuesta iraní, con el petróleo pendiente del estrecho de Ormuz, con la ONU pidiendo freno y con Washington discutiendo si acaba de entrar en otra guerra de final imprevisible. Puede que Trump crea que el golpe de este 28 de febrero acelera el derrumbe del régimen iraní. También puede ocurrir lo contrario: que consolide a los sectores más duros, convierta la región en un tablero aún más volátil y haga de la palabra “paz” un eufemismo para algo bastante más oscuro.
La clave de las próximas horas no estará solo en los partes militares, sino en algo mucho más delicado: si Irán decide medir su respuesta o ampliarla, si Estados Unidos mantiene la promesa de varios días de operaciones, si la sucesión en Teherán deriva en pugna interna o en cierre total de filas y si los países del Golfo aceptan el papel de bases logísticas sin intentar frenar la siguiente oleada. Ese es el verdadero tamaño de la noticia. No una frase incendiaria, no un titular bronco, no una pose. Un presidente estadounidense ha ligado la continuidad de los bombardeos a una paz definida por él mismo, y lo ha hecho en una región que lleva décadas demostrando que las guerras rara vez terminan donde sus impulsores creen.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/raids-sobre-iran-seguiran-hasta-la-paz/
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